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Mercurio y el mensaje (espacial) del progreso | Por Víctor Roberto Carrancá

Una carta en una botella, solitaria y que flota, en este caso, en un océano de nubes; en ese limbo donde perdura la credulidad.
Ahí encontramos a Mercurio, mensajero alado cuyo vuelo ejemplifica que todo permanece en el aire. Principalmente, las misivas ficcionales que simbolizan el progreso.
En “The Unparalleled Adventure of One Hans Pfaall”, Edgar Allan Poe relata, a manera de nota periodística, un viaje a la Luna realizado en globo aerostático. La historia responde a una serie de artículos publicados en Nueva York en 1835, que describían la llegada  al territorio selenita y que fueron conocidos con el nombre de The Great Moon Hoax.
Esta noticia incrementó las ventas del periódico The Sun, de modo inusitado. El poder de la mass media apeló a la ciencia ficción con un fin nacionalista, a la vez que mercadotécnico. La sensación del evento apócrifo implicó, incluso, que otros periódicos reprodujeran la noticia aludiendo a la importancia científica y astronómica del suceso.
La cuestión era evidente: durante una época en donde la expansión territorial significaba todo, había que dar cuenta de acontecimientos insólitos que demostraran la superioridad de un país.
Algo similar sucedería con el llamado The Great Ballon Hoax: un artículo, publicado en 1844, que narra la gran hazaña del explorador Monck Mason, quien logra cruzar el Océano Atlántico en 75 horas, a bordo del globo Victoria (el mismo nombre del globo que llevaría al Dr. Ferguson y sus dos acompañantes, a una aventura similar, en Cinco semanas en globo, la célebre novela de Verne).
Aunque este nuevo artículo (anunciado como un hoax, a cargo, nuevamente, de la pluma engañosa de Poe) no tuvo el alcance que el de los viajes a la Luna, se demuestra que el globo era, a ojos del público, el símbolo del progreso. Materializado, claro está, en el poder colonizador del Primer Mundo y, por lo tanto, en la necesidad de llegar cada vez más lejos.
Y aquí la continuidad de la metáfora.
La “carrera espacial” materializó esta competencia por marcar el aire.
La verdadera competencia fue a nivel mediático. Por ello, la “conquista de la Luna”, dicen algunos, fue solo un montaje.
El suceso de Armstrong no implicaba, a ojos de miles de norteamericanos, ninguna relevancia científica. Lo importante era observar a las barras y las estrellas, colocadas, antes que ninguna otra bandera, sobre la arena blanca. De ahí que la North American Vexillological Association emitiera su estudio “Where No Flag Has Gone Before: Political and Technical Aspects of Placing a Flag on the Moon”, lo anterior, debido a que la colocación de una bandera debía responder a una necesidad simbólica, antes que fáctica.
El espacio exterior, nos dice el Treaty on Principles Governing the Activities of States in the Exploration and Use of Outer Space, including the Moon and Other Celestial Bodies, no es susceptible de apropiación. Ninguna nación puede ocupar la Luna ni cualquier otro cuerpo celeste.
Aun así, al mirar hacia allá arriba, resulta inevitable pensar en aquella bandera que, incluso, desafía las leyes de gravedad puesto que “aparenta” moverse con el aire.
Ahora, después de varias décadas, aunque el tiempo que se ha encargado de lanzar a un segundo plano la conquista del espacio (sustituible, claro está, por guerras reales con implicaciones económicamente reales), estamos cercanos a la posibilidad de realizar el primer viaje tripulado a Marte. Por ello, la pregunta regresa: ¿habrá que acudir, nuevamente, a la vexilología? ¿Qué símbolo o bandera podrá corroborar que “el ser humano” ha pisado el Planeta Rojo?
En este sentido, el proyecto Mars One no ha hecho miramientos respecto a la nacionalidad de la tripulación de astronautas que emprenderá este one way trip, cuyo destino es la cienciaficcionalmente esperada colonización de Marte; sin embargo, no podemos dejar de preguntar las consecuencias que tendrá encerrar, durante más de doscientos días, a un grupo multicultural, mismo que deberá cohabitar, por el resto de sus vidas, en un “espacio neutro”, sin nacionalidades ni banderas.
Quizás este es el inicio de un asentamiento utópico sin precedentes o, tal vez, una razón para ver materializados aquellos filmes de terror donde todos mueren, en este caso, por sentir una repentina falta de pertenencia.
Al final, todo quedará asentado en el mensaje, sugestivo y etéreo, que se decida trasmitir.

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Fotografía de Alx Murray

 


Escrito por Víctor Roberto Carrancá

(Ciu­dad de Méx­ico, 1984).  Egre­sado de la Escuela de Escritores de la SOGEM, tiene estu­dios de Maestría en Letras Iberoamer­i­canas y diver­sos cur­sos y diplo­ma­dos en cien­cia fic­ción, ter­ror, así como en crim­i­nología apli­cada al cine y la literatura.

Ha obtenido diver­sos pre­mios lit­er­ar­ios, como el Primer Lugar en el Cuarto Con­curso de Cuen­tos sobre Ale­bri­jes (INBA y MAP), Men­ción de Honor en el Primer Cer­ta­men Pan­his­pánico de Relato Breve Letra Tur­bia (España), entre otros.

Ha pub­li­cado en diver­sas revis­tas y antologías de cuento e impar­tido talleres de creación lit­er­aria, cien­cia fic­ción y ter­ror. El espejo del Soli­tario (Fic­ti­cia, 2014), es su primer libro de cuento

Fotografía de Alx Murray