Fotografía: Adrián Duchateau

El hombre desfal(c)ado

¿Qué es el hombre?

Esta es, quizás, una de las preguntas más inquietantes en la vida del ser humano. Sucede así puesto que, desde el inicio de nuestra historia, el uso del vocablo hombre como sinónimo de toda la especie excluye la duplicidad de los sexos.

Por ello, la interrogante permanece. Más importante, la pregunta todavía hiere y lacera: ¿Qué es ser hombre? ¿Cómo y cuándo se es hombre?

La historia empieza:

En el principio, Dios creó el falo.

Lo creó, por supuesto, del mismo material endeble y quebradizo con el que creó al hombre: el barro.

Sin embargo, de acuerdo a distintas corrientes del pensamiento contemporáneo, es bajo su símbolo que estamos siendo  recreados.

El siglo pasado, Simone de Beauvoir inauguró la tendencia feminista moderna con un planteamiento simple aunque, definitivamente, abrumador: No se nace mujer, se llega a serlo.

Esto confirma la polémica y de por sí, mal interpretada sentencia de Lacan que dice que “La Mujer no existe”. Esto es así, puesto que el falo funge como un significante fundamental para establecer la existencia de la persona en términos de lo real. Sabemos, pues, que la mujer puede verse, en muchas ocasiones, exenta de un símbolo determinante que presuponga toda su realidad.

¿Cabría, entonces, preguntarnos, si sucede lo mismo con el hombre?: bajo el oprobio de un símbolo autoerigido, ¿no se recrea como un mero artefacto cultural, basado quizá, en el concepto, fal(s)o y engañoso, de la primacía de su sexualidad?

Podríamos coincidir con la mayoría de los postulados feministas e inferir que, en efecto, la mujer, dentro de un sistema de opuestos jerarquizados, ha sido relegada a las sombras de manera histórica.

Sin embargo, nociones más atrevidas nos hacen ver que la superioridad del hombre (basada, justamente, en la primacía significante del falo), no sólo ha proscrito a la mujer a estos páramos ensombrecidos; sino que el propio hombre también ha sufrido una alienación, al grado de que la misma hegemonía sexual que lo hace concebirse como insuperable, también lo ha desterrado fuera de sí mismo.

Sucede así, puesto que toda su identidad ha sido construida y deificada en un ideal, simbólico e inalcanzable, destinado, invariablemente, a la caída.

La Torre de Babel aún existe. Emerge como el sueño imposible en donde el hombre, a través de la verticalidad, puede desgarrar el delicado himen del cielo y conocer, así, el rostro divino.

El mundo, ha sido fundado, erigido y mantenido, en                El Falo.

El Pene.

El Órgano.

El Miembro.

Entonces, si el hombre es falo y el falo es, por tanto, el verdadero Creador del hombre, ¿qué sucedería si, súbitamente, los separáramos?

La Torre y con ella, todo el ideal de supremacía varonil, se vendría abajo.

Porque Babel está destinado a caer. Una, cien y hasta infinitas veces.

El falo es El Mito.

Su (ob)literación implica, el derrumbe del concepto de Hombre.

Ahora bien, las consecuencias sociales de la supremacía del falo y, más importante, de su castración simbólica, fueron establecidas por Hélène Cixous.

El concepto de Falogocentrismo y la desmitifiación de su predominio, son temas abordados, de manera tan amplia como abrumadora, por esta autora argelina.

Sin embargo, a pesar de la prosa elegante y los argumentos incisivos, lo cierto es que todavía nos resulta imposible imaginar una sociedad despojada del Mito del Falo.

El fin de la pornografía, novela de Chávez Castañeda, inicia con un supuesto simple aunque, por supuesto, aterrador (tan simple y aterrador como aquella premisa kafkiana donde los hombres despiertan siendo insectos; todavía más pavorosa): la pérdida del miembro viril.

Para entender esta situación, es importante establecer que el protagonista no encuentra, como bien podría pensarse, que su miembro ha sido cercenado. Por el contrario, éste aparece abandonado como si hubiese decidido desprenderse, por voluntad propia, del cuerpo de su dueño.

Sin duda, esta premisa puede resultarnos absurda (¡Dios quiera y la realidad no nos confirme, un día, lo contrario!) y recordarnos, tal vez, a “La Nariz” de Nicolai Gogol, donde el mayor Kovalev encuentra que ha perdido su nariz y que la misma se ha transformado en un Consejero de Estado.

En el caso particular, el órgano caído no cobra vida propia ni se ausenta para transformarse en un funcionario público de alta categoría. El miembro, simplemente, se desprende para convertirse, a ojos de su antiguo dueño, en algo ajeno.

Sucede, entonces, que la desmitificación del falo como superior jerárquico de toda corriente del pensamiento (ese logos del falogocentrismo) implica, de cierta forma, la necesidad de esa castración simbólica.

Miembro, luego existo.

Sin la verga, el hombre, simplemente, ya no es.

Ya no es ni siquiera pronunciando el Yo con esa ye mayúscula que, de manera visual, se nos presenta como el ícono sustitutivo de un falo en reposo. Yo, Yo, Yo, Yo.

Este Yo, quizá, a partir de la pérdida, debería escribirse así: (Y)o. Asemejando, ahora, /después de su deconstrucción/ al cuerpo sin falo.

¿Cuáles serán, entonces, las consecuencias de esa castración simbólica?

¿Cómo derrumbar los bosques donde, bajo las sombras, tal como nos dice Cixous, las mujeres duermen agobiadas por una carencia ficcionalizada?

Sabemos que la literatura es uno de los medios más adecuados para llegar a cualquier lado.

En el principio, el Autor creó al hombre. Lo hizo, sin embargo, no a Su imagen ni a Su semejanza. Lo creó, esta vez, desvergado.

Y aunque no podemos estar seguros de que, tal como en El fin de la pornografía,  nuestros miembros, un día cualquiera y sin motivo aparente, pueden desprenderse de nuestro cuerpo; es un hecho que algunas lecturas pueden generar una inquietud punzante.

Se trata de la misma inquietud que nos hace imposible despertarnos sin levantar las sábanas y echar un vistazo pequeño, casi inconsciente, a ese pedazo de carne que, oculto en el pantalón, parece dormir con mayor placidez que nuestras cabezas temerosas y enfermas.

Fotografía: Adrián Duchateau

Fotografía: Adrián Duchateau


Escrito por Víctor Roberto Carrancá

Adrián Duchateau (Fotografía)

Adrián Duchateau

Ha tenido colaboración con revistas como Elle, Gatopardo, Travesías, 192, Periódico FRENTE, Escala, Quien, Ok; Participación en el libro Sonidos Urbanos, Exposición septiembre 2010 Ya-ax condesa, proyecto Recolecciones, Exposición Mayo 2011, Rompope Gallery. Postproducción de fotografía en proyectos de publicidad para Axe, Movistar, Harpic, Superama, Oreo, Ritz, Bimbo, Flanax, Pirwi, Copertone, Nes-Quick entre otros.