Luis Bugarini

Lecciones del otro maestro

Con el vigor que lo define, J.G. Ballard afirmó: “la ciencia ficción es la verdadera literatura del siglo XX”, y remata: “tal vez sea la última forma literaria existente antes de la muerte de la palabra escrita y el dominio de la imagen visual.”

Para quien tenga trato usual con la obra de Ballard, será fácil entender esta forma casual deénfasis paranoide, expresado por un autor ensimismado en esbozar el horizonte apocalíptico que nos aguarda el fin de los tiempos. La ciencia ficción soporta con estoicismo el desprecio de la academia y de lectores exquisitos, censores permanentes de la corrección política en el ámbito literario. Y es que a pesar de contar entre sus filas con escritores tan necesarios como Swift, Wells o el mismo Poe, se antoja reciente el hito en que abandona la preferencia de los elegidos para posicionarse en las estanterías de los más delicados.

Uno de los autores cuya principal preocupación fue la ciencia ficción y sus límites y que más contribuyó a lograr esa migración fue Philip K. Dick (1928-1982), personaje arrastrado al escándalo y ligado de manera irremediable a BladeRunner (1982) de Ridley Scott, al consumo frenético de estimulantes y a una producción novelística profusa en un lapso muy breve de tiempo.

Dick continúa suscitando polémica entre quienes desestiman su valor y entre quienes veneran sus obras. Su narrativa deambula entre el estallido incómodo del retrato amargo, la exploración teológica por el camino de un autodidactismo metafísico, así como entre la meditación sobre la historia humana mediante parábolas cuyo refinamiento impide desecharlo a la primera hojeada. No en balde era un meticuloso lector de profetas bíblicos.

Trabajando como joyero en Chicago, Dick publica su primera novela, Lotería Solar (1955), la cual obtiene un éxito modesto pero que funciona para definir un estilo personal. El uso de enervantes lo hace trabajar de manera frenética y los triunfos se suceden sin gran dificultad. David Pringle, crítico especialista en el género, lo señala como “uno de los autores de culto en ciencia ficción” y lo incluye en Ciencia ficción. Las 100 mejores novelas, en el que sobresale por ser el autor con mayor número de novelas reseñadas. En ese libro aparecenTiempo desarticulado (1959), El hombre en el castillo (1962), Tiempo de Marte (1964), Los tres estigmas de Palmer Eldrich (1964), El doctor Moneda Sangrienta (1965) y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968).

Parece imprescindible completar esta lista con VALIS (1978), acaso su novela más elaborada y metafísica, y por supuesto la compilación de sus relatos, escritos a lo largo de décadas y muchos de ellos llevados al cine. Ahora que las formas de la  distopía son tema recurrente en la narrativa anglosajona, cabe volver alas novelas del gran alquimista de estas visiones congeladas en un espejo sin tiempo.

Dick, apenas debo decirlo, es un autor que escribe historias revueltas. La aparente sencillez en la articulación de su narrativa contrasta con una transparencia que se torna una abrumadora y tórrida sorpresa. Anticipó tramas que el posmodernismo lanzó al ruedo como de autoría directa: el sentido de vacío, la voracidad por las drogas, el narcisismo consumista, la indiferencia ante el acontecer político y el nihilismo insuperable de la vida urbana.

La lectura de sus obras da cuenta del barrizal ético que cada día nos espera en la calle, pero también del valor imprescindible de la literatura para recrear atmósferas cubiertas por el sutil manto de la angustia.


Escrito por Luis Bugarini

luis-bugarini-autor(ciudad de México, 1978) es escritor y crítico literario.