Luis Bugarini

Jugo de manzana

“—Porque me voy a Roma, ¿recuerdas? Me largo. Dejo el país. Vuelvo a mis raíces, a la cuna de la civilización, al significado del significado, al alfa y el omega. Adiós a Point Dume, a los hijos, a los perros y a una mujer que nunca me entendió y nunca me entenderá.”

John Fante, Mi perro idiota.

 

 

Minutos antes de abordar el avión, supe que no habría marcha atrás.

Que el instante en que los dados del azar quedan suspendidos, en que parece resumirse el curso de una vida, culmina. Pero también comprobé que es posible decidir y más: que hay una posibilidad de entregarse en su totalidad a una opción por elección voluntaria. En el último momento, para darme valor en ese trance álgido, me hice acompañar de la mejor edición de la poesía de Gabriele D’Annunzio, así como del ejemplar del día del Corriere della Sera del día, mismo que pagué carísimo en el aeropuerto de la ciudad de México. Ignoro la causa de haberlo comprado, si en el avión, con toda seguridad, habría ejemplares de cortesía. Supongo fue el nerviosismo. En mi cabeza, entre imágenes cortadas, repasaba la lírica del poeta italiano y una secuencia de impresiones fabulosas me asaltaban de manera intermitente. Era tiempo de mostrar coraje. Pensé: si acceder a una vida elegida es posible, ésta sólo se alcanzaría en el trasfondo de un escenario elegido, poblado por las ilusiones que nos alimentaron durante los años duros, o que nos resucitaron después de muertes simbólicas—tal era mi creencia.

Por mi parte, tal escenario elegido sería Roma, Milán, el puerto de La Spezia o alguna otra ciudad italiana. La que fuera.

Messicano? –preguntó desde el fondo de la ventanilla la mujer de migración italiana que atendía a los extranjeros. No respondí y le extendí, con distracción, los tres pasaportes. Tania estaba cansada, irritable por el jet lag y el llenado por tres tantos de los formularios de cualquier aeropuerto. Pero mi silencio frente a aquella mujer no era casual. La identidad de las personas era un asunto que me tenía desvelado, al menos desde varias décadas atrás. ¿De dónde son las personas? ¿Las herencias culturales se otorgan sólo por nacimiento, o se pueden perseguir por elección voluntaria?

Signore, sei messicano? –la mujer reiteró la pregunta, con rostro agotado.

Pero no respondí. Por el contrario, miré de nuevo a la mujer con atención, en especial el cuello y la caída del pelo. Me pareció, por la maraña, que no se peinó o que era demasiado atrevida para asistir a trabajar en esas condiciones. Había que habituarse.

Sì, il signore è messicano, –respondió Tania, con el italiano de libro que había aprendido en la Dante Aligheri del Distrito Federal.

Entre tanto, seguí mirando a la mujer con atención y creí reconocer en sus ojos la misma mirada que Alida Valli tenía en Senso de Visconti, justo cuando intentaba llorar aunque al mismo tiempo no podía ignorar la esperanza de que el amor verdadero regresa con una confesión a pecho vivo. Pensé en la ilusión de la esperanza y reiteré que es imposible recargarse en ella en tiempos de necesidad. Que era un lujo. Sentí alguna tristeza de no poder compartir esta memoria chispeante. Tania, puedo firmarlo, desconocía Senso y acaso en un radio de diez kilómetros nadie había visto el filme o lo recordaba con inquietud mayor. Entre destellos, es cierto, miraba a Luca y aún con cierta nostalgia anticipada me convencí de que su madre haría el mejor trabajo por llevarlo al buen camino.

Lejos del pensamiento por Alida Valli, el corazón me latía trepidante. Las manos me sudaban y tenía la boca reseca. Los ojos me lagrimaban y sentí cómo la fuerza se me iba de las piernas. Procuré sobrellevar mi nerviosismo y le dije a Luca—más para distraerme que para informarle—, que Roma era una de las ciudades más viejas del mundo, que había que verla con atención. El niño apenas me escuchó. La mujer, paciente, analizaba los pasaportes con detenimiento. En un momento de especial nerviosismo, me hizo quitarme la gorra y los lentes. Creí desfallecer. Por primera vez en mi vida un destello sorpresivo me hizo perder parte de la visión del ojo derecho. De pronto, manchas impedía la visión clara de los objetos. Lo atribuí al cansancio, a la desesperación, a las horas prolongadas de lectura. Tania, en su ignorancia de las causas de mi nerviosismo, miraba fuera de las puertas de cristal, esperando hubiese donde comer algún refrigerio. Y de pronto, la frase increíble:

Benvenuti a Italia —refirió la mujer con el entusiasmo más impersonal posible, mientras abría la puerta metálica y colocaba el sello en los pasaportes que formalizaba la entrada al país. Estábamos, finalmente, en Roma. En la calle, fuera del aeropuerto, justo donde la dolce vita llueve a cántaros y no es invento de un restaurante para extranjerizantes. Logré pasar los billetes sin apenas complicaciones. Respiré de alivio. Era increíble lo que podía esconderse en los juguetes de un niño. De inmediato nos acercamos al primer estanquillo al paso a comprar agua, café y un trozo de pizza para Luca, que corría de un lado a otro, gritando sin consideración.

—Después de horas, lo logramos…, dijo Tania, sin el menor entusiasmo. Asentí con la cabeza. Volvíamos juntos por cuarta vez a Italia. Nos sentíamos en casa. Cuesta trabajo llevar encima verdades difíciles de aceptar. Pero mi suerte estaba firmada y era momento de arrojarme al vacío y buscar un sendero distinto en mi vida.

 

Los dejé comiendo y fui al sanitario. Me sentía mareado por el nerviosismo. Con toda seguridad, estaba pálido, aunque hubiera sido fácilmente explicable debido a las horas de vuelo. En la parte trasera de un camión de metal, el cual viajó con nosotros por motivos del niño, se encontraban guardados los billetes. Como quien tiene que pellizcarse para verificar que no está dentro de un sueño, saqué el camión y comprobé que seguían ahí. Aproveché para guardarlos en el pantalón.

En el baño, un par de sujetos discutían sobre los resultados del fútbol. Entré a un compartimiento cerrado para contar el dinero. La razón de tenerlo era simple: mes y medio atrás, después de quince años de servicio, fui cesado del trabajo. Así de sencillo. Sin explicaciones ni pausas para la lágrima. Y no es que fuera el más feliz, haciendo diario lo mismo. Pero de ahí comíamos. De ahí se pagaban las vacaciones, los regalos de navidad, del día de la madre. No informé en casa y durante los tres meses que se tardaron en pagarme vagaba por cafés y librerías y también asistía al cine. Aproveché lo que durante años me estuvo vetado. Fui libre por completo. Llegaba a casa y además inventaba anécdotas sobre el jefe o sobre supuestos nuevos compañeros de trabajo. Nunca antes mi inventiva tuvo tantas oportunidades para brillar. Y lo hizo.

Así que partí el dinero en dos y la otra parte se quedó en casa. Tania tendría que hacer frente a compromisos inmediatos. Luego, la desolación. Por supuesto ella ignoraba esta variación triste de la fortuna y estaba en Roma con la idea de que pasaríamos algunos días de vacaciones juntos. Por mi parte, la intención era convivir algunos días más con Luca y, sobre todo, que conociera Roma, la cual difícilmente conocería sino hasta después de muchos años. Ya tenía edad de guardar algún recuerdo. La responsabilidad ética de la decisión que estaba por tomar me rondó la cabeza desde el momento en que me despidieron, pero no fue sino hasta que compré los boletos de avión e hice las reservaciones de hotel, que el asunto se resolvió y quedó muy lejos de ser debatible.

El tránsito en el aeropuerto era pasmoso. Cientos de viajeros iban de un lado a otro, con la prisa convencional de cualquier metrópoli, pero con la sonoridad habitual del italiano promedio.

Salí del baño y Tania y Luca me miraron con alivio. Comer y beber les regresó el alma al cuerpo. Más de diez horas de vuelo, sentados en la misma posición, terminan por atenuar al temperamento más fogoso. Por supuesto sentía remordimientos por lo que estaba próximo a realizar, pero sólo se vive una vez y hay que buscar la plenitud.

—¿Quieren algo más de comer?…, les pregunté pero no hubo respuesta.

La intención era pasar unos días en Roma y quizá ir a Nápoles en tren. Como es natural, la edad de Luca nos imponía restricciones en cuanto a la posibilidad de movernos, pero no tantas como cuando era necesario tener vacaciones sedentarias alrededor del hotel. Estaban lejos los años en que la logística familiar estaba subordinada a sus necesidades, a su capacidad para caminar o a su tolerancia para permanecer sentado durante horas en la carriola. Ahora era un viajero pleno.

Imposible no recordar la primera vez que recorrí Italia. Era un joven regular e imaginaba posible cambiar al mundo. Fue un viaje apresurado, plagado de carencias. Apenas tenía algo de dinero para comer una vez al día. Pasaba horas en la biblioteca y por la tarde paseaba por las plazas, antes de regresar al cuarto que rentaba. No pasaba los veinticinco años. Regresé en un par de ocasiones más, ambas por trabajo. Después de años, finalmente, pude regresar y además hacerlo acompañado. Reconocía la ciudad al dedillo. Sus cambios de piel eran mínimos. Más edificios, algo más de tecnología. Sin embargo, en el centro de todo, el arte italiano de varias épocas. Ese vértigo por la contemplación de esa forma particular que llegó a buen puerto y por tanto está llamada a permanecer.

—¿Vamos por las maletas?, escuché a lo lejos. Asentí y avanzamos hacia la oficina correspondiente. Más que nunca, más que en cualquier otra ocasión en que pude hacer un viaje fuera de México, me invadió un pánico espectral. Las manos me temblaban y mis piernas perdían fuerza. Saqué un cigarro de modo instintivo. La primera bocanada, honda, me dio algún alivio. Después, a seguir cargando aquella verdad insoportable. Era posible deducir que una vez que Tania y Luca estuvieran de camino de regreso al Distrito Federal, la tensión bajaría. Cuando estuviera solo, frente a un destino incierto, atenido sólo a las opciones que tenía pensadas para sobrevivir, sólo hasta ese momento sabría si esta acción había sido un triunfo o si la rueda ciega de la fortuna había dado otra vuelta inesperada, enviándome más al fondo.

A la manera de Dante, estaba “nel mezzo del cammin di nostra vita”, sólo que yo bajaría al infierno o subiría al cielo sin Virgilio, viajero protector y guía consumado de travesías imposibles.

Entregué los comprobantes del equipaje al oficial migratorio. Todo estaba en orden. Sólo eran tres maletas. Una por viajero. Luca tenía cara de perro cansado, aunque el pan y la bebida lo cargaron de energía. Ahora gritaba y corría, nuevamente. Era la tarde de un especial nueve de octubre. Fuera del aeropuerto, llovía con intensidad. Conseguimos un taxi que nos llevara al hotel, aunque por la densidad del tráfico tardaríamos más de dos horas en llegar.

 

El hotel tenía los servicios básicos. La atención era adecuada y todo estaba limpio. Dado que Tania y yo conocíamos Roma, nos avocamos a llevar a Luca a los lugares clave. Ya tenía edad de admirar la belleza del Coliseo Romano, aunque hubiera sido infructuoso llevarlo a lo que aún queda de las termas de Caracalla. Demasiada piedra a medio colocar podría tener un efecto adverso, más que un acento inspirador. Había que administrarle el amor a Roma—que empezó en casa—, y luego a Italia.

Así que los días pasaban sin mayor inconveniente. Desayunábamos en el hotel, para después salir a caminar y a perdernos entre callejuelas. Ya no fue posible viajar a Nápoles. Ambos olvidábamos cuán vasta es Roma y sus confines. Luca caminaba por espacio de unas horas y luego pasaba a la carriola, donde dormía para después levantarse a caminar más tiempo. En esos espacios, Tania y yo aprovechábamos para beber un espresso en alguna esquina, o para entrar a alguna librería a perder las horas. Entretanto, platicábamos con esas pausas de las personas que se conocen demasiado y en donde los diálogos flotan en silencio. Apenas exclamaciones, murmullos, palabras a medias, gestos. Luego despertaba el niño y recobrábamos el habla. Los hijos dispersan el peso del silencio y pueblan la tarde de gritos y exigencias irreprochables.

Por la noche, ya en el hotel, dormíamos al niño después de un baño reglamentario. Después del tercer día, Luca se acostumbró a la diferencia horaria. Dormía como cualquier italiano. Suerte feliz de la inocencia. Por mi parte, cuando todo se apagaba para dormir, la cabeza me daba vueltas. Tenía insomnio y durante horas analizaba con detenimiento cuál podría el destino del dinero y más: ¿cómo podría recomenzar la vida en otro país, en otra lengua, partiendo desde un punto blanco?

El plan provisional que tenía hasta ese momento estaba estructurado de la siguiente manera: el día previo al vuelo de regreso, desaparecería del hotel dejando una nota, informando a Tania mi decisión de quedarme en Italia por tiempo indefinido, además del viraje en mi situación laboral. Luego, hacerle saber del dinero que hay en la casa, además de que podría disponer de todos y cada uno de los bienes que había en la ciudad de México para hacerle frente a las necesidades tanto suyas como del niño. Al menos mientras lo que durase aquél dinero, que no era demasiado. Entretanto, buscar un alojamiento barato fuera de Roma, que me diese oportunidad de buscar alguna ocupación, a efecto de que el dinero rindiese el mayor tiempo posible. Me entristecía saber que sería improbable ver a Luca de nuevo. Tania, al menos durante algunos años, le impediría comunicarse conmigo. Tal era el tamaño de sus enojos. Además, por mi parte, ignoraba si quería seguir en contacto con él. Quizá era una despedida absoluta y sería doloroso para ambos.

Entre mis opciones de primera mano estaban fungir como guía de turistas hispano, italo o angloparlantes en Italia, lo cual me obligaba a perfeccionar mi conocimiento de la ciudad eterna; ser conductor de taxi, esperando no hubiese demasiado papeleo que llenar por parte del gobierno—una ocupación que dadas las altas tasas de desempleo en México, era factible realizar en barrios paupérrimos, aún con títulos universitarios—; criar perros de raza, una vez que estuviera estable en un lugar determinado; ser repartidor en motocicleta, que aprendí a manejar por obligación; dar clases de español o de inglés; podía contestar teléfonos en un call center. O muchas otras ocupaciones más. El límite, por primera vez, era la imaginación y no las condiciones del entorno.

La cabeza me hervía con posibles destinos. Y me sobraría tiempo y voluntad para entregarme a esa ocupación.

Durante los días de vacaciones en Roma, de una manera discreta, revisaba las ofertas de trabajo en el periódico, el precio de las rentas, posibles trabajos temporales. Los billetes no durarían demasiado, por lo que había que actuar pronto. Era cierto que la migración excesiva había prevenido al gobierno respecto de los migrantes espontáneos, pero en mi caso el nexo con Italia era de sangre. Era un hijo de la patria grande, nacido lejos, exiliado por razones oceánicas. Mi historia era la de miles de italianos de segunda y tercera generación nacidos fuera de Italia. Quedaba como visita obligada, por supuesto, a la ciudad de Avelino, en la región de Campania. El lugar legendario de donde se contaban que partió el abuelo para probar suerte en México.

—Un boleto de tren para Génova —murmuré sin darme cuenta en algún momento de aquel insomnio.

—¿Sigues despierto? —preguntó Tania a mi lado, con voz quebrada. Respondí con un monosílabo entrecortado. La abracé. Se acomodó debajo de la cobija. Me dijo que aún no se acostumbraba al horario y que le preocupaba la salud de su madre. Yo la escuchaba, con la mirada perdida en la negrura del cuarto. Luca soñaba, a un lado. Fuera del hotel, circulaban motocicletas que sin apenas aviso hacían sonar el claxon. El hotel estaba cerca de una esquina, transitada y ruidosa. Una luz ambarina, que coloreaba más que lo que alumbraba, se filtraba por la ventana, entre los pliegues de las cortinas. No recuerdo si nos dimos un beso antes de dormir. Ojalá y así hubiese sido.

 

Me pareció natural suponer que si congoleños, senegaleses, ecuatorianos y demás inmigrantes podían sobrevivir y darse un modo de vida en la vieja Italia, no podría hacer menos yo, que hasta profesión tenía en México. Ahora bien, vale más maña que fuerza. Eso es indudable.

Los días se fueron sin apenas sentirlo. Estábamos a dos días del regreso. Nerviosismo, aprehensión, incluso dudas. Disparar el gatillo en la sien por la promesa de una vida distinta. Ir de un lado a otro sin apenas saber la causa. Iniciaba la melancolía de la partida. Tania, por su parte, aprovechaba para comprar algunos recuerdos de último minuto. No imaginaba que regresaría con una noticia devastadora. Luca, por su parte, jugaba y gritaba: blindado en su universo de formas fugaces. Durante las horas del día, me llegaban ráfagas a la memoria sobre el hecho de que la pasión por Italia empezó en casa, con los relatos del abuelo y sus canciones infantiles. Después pasó a mi padre, experto en cine italiano. Había en las palabras de los abuelos una música hechizante, escuchada por todos en cada reunión y dueña de giros inesperados. Costaba trabajo aprender aquel sonsonete, aunque se lograba con el tiempo. A lo lejos, con tantos años de distancia, aún era posible escucharlo.

Estos aspectos de mi educación y otros más reforzaron la elección que estaba tomada. Esto sería una vuelta al origen, que jamás puede ser abyecto. Conforme las horas se agotaban, procuraba disfrutar a Luca lo más que se pudiera. Lo llevaba a comprar un gelato y lo compartíamos a gritos y besos. Lanzámos monedas a la fontana di Trevi, mientras le explicaba algunos detalles de la iconografía, mismos que ignoraba de manera triunfal. ¿Tuve momentos de flaqueza? Unos cuantos. ¿Padecí fiebre y agonía por estar a nada de dejar atrás lo poco que había logrado en la vida? Invariablemente. Sin embargo, la música del italiano, esa forma sutil de los italianos de optar por la vida, la promesa de la vagancia nocturna, me hacía silenciar aquellos remordimientos nacientes.

Habría tristeza, es cierto. La soledad, a ratos, estaría cargada de amargura. Me daba fuerza pensando en los hombres de temple que habían soportado la cárcel, exilio, abandono. Me contentaba recordando que cientos de hombres sufrieron la burla de los demás y hasta el desprecio porque carecían de la opción de decidir ante el desastre. Yo, en cambio, me encontraba ante el desafío de decidir, acaso por primera vez en mi vida, el curso a seguir. O al menos a intentarlo. La sola existencia de esta posibilidad era estimulante, vital, energética. Lo demás parecía muerto. Mi proceso de desprendimiento inició meses atrás. Estaba listo.

Para ese día, Luca tenía rostro de cansancio. Demasiada pizza, gelato y palabras incomprensibles. Creo que pude entenderlo. Tania, por el contrario, luchaba contra el reloj. La última noche, por ejemplo, pagó cuatro horas de niñera para que los dos fuéramos a cenar a un restaurante que le recomendaron. Venciendo todas mis resistencias, accedí al final. Dejamos a Luca dormido y tomamos un taxi.

—El Coliseo iluminado de noche es mágico, dijo. Y asentí porque era cierto. Había algo en esa luz ambarina que radicalizaba los númenes de aquel viejo teatro. Por las ventanas se escapaba el eco de siglos de historia. Aquello fue un hallazgo, una reverberación de que los hitos no se deciden solos y hay que empujarlos.

En el restaurante, conversamos sobre algunos planes a futuro. Me sentía un traidor. Estaba por abandonarla. Nunca como durante aquella cena dudé sobre si estaba tomando la mejor decisión. ¿Era posible, en realidad, optar por la libertad? Al final el vino nos hacía sonreír de más. Nos besamos, afiebrados. Tal como cuando nos conocimos. Con ese ardor loco de beberse a la otra persona. La intensidad de aquellos besos aún sobrevive en mis labios. El mesero era simpático y hasta servicial. La música de fondo permitía la charla a media voz. Llamamos a la niñera para saber cómo estaba Luca. No había nada que reportar. El pequeño seguía dormido, soñando con las experiencias del día. Quizás tramando nuevos juegos una vez que la luz del día apareciera a través de las cortinas.

El taxi de regreso, como por un embrujo inevitable, volvió a rodear el Coliseo. Con el mareo del vino, quedamos en silencio. Nuestras manos, eso sí, viajaban engarzadas. Una música ligera de piano sonaba en el radio del auto. También la voz delicada de una mujer al fondo. Música para la noche. En la recepción estaba una mujer semidormida, viendo televisión. Despedimos a la niñera y le di una propina generosa, quizás inmerecida. Luca dormía a pierna suelta.

Por torpeza y embriaguez tiré una copa que fue directo contra el suelo, estallándose en pedazos. Luca no despertó y ambos respiramos hondo. Nos desnudamos y levemente alcoholizados y nos abrazamos para vencer al frío. Acaso sería la última vez que sucedería.

 

Terminé de escribir la nota que dejaría a Tania durante la madrugada. El insomnio me acosaba. A través de las líneas que las cortinas dejaban libre, los primeros rayos de luz se filtraban, anunciando la aurora. En mi nerviosísimo, consultaba el reloj cada cinco minutos. La carta hacía un balance de nuestra relación, que me pareció justo. Por supuesto le agradecía toda la paciencia y entrega a nuestra relación, aunque la prioridad era Luca. Estimaba necesario un giro en su educación, que de pronto salía de los parámetros habituales. Intenté varias veces el texto y lo guardé en el saco, junto al rollo de billetes que me darían la oportunidad de iniciar de nuevo.

En la calle se iniciaban los preparativos de lo que se anunciaba como una gran marcha de protesta en contra de alguna política de gobierno. Me asomé a la ventana pues esas consignas serían mi presente. El plan era desparecer antes de partir hacia el aeropuerto e instruir que la recepción entregase la nota a Tania. En principio carecía de una ruta a seguir, aunque la prioridad sería buscar algún acomodo en las afueras de Roma. Tenía en el bolsillo algunas direcciones de lugares para rentar.

Durante el desayuno, besé a Luca más que de costumbre. Me miraba extrañado y harto, como era natural. Estaba cansado del viaje y deseaba regresar cuanto antes a la Ciudad de México, a su cuarto, poblado de juguetes familiares. Era de entenderse. Con toda seguridad tendría problemas para entender que su padre optó por quedarse en otro país, para aventurarse sin destino aparente. Tania, por su parte, no lo entendería.

El vuelo estaba programado para las nueve de la noche. Un taxi pasaría al hotel por nosotros—quiero decir “por ellos”—, a las seis de la tarde. Para ese momento yo debería encontrarme libre de cualquier atadura, de camino hacia de ninguna parte. Había, por tanto, una mañana libre.

La mujer de la recepción nos preguntó a dónde iríamos ya que, según nos hizo saber, ese día estaban proyectadas algunas manifestaciones en la ciudad. Todas multitudinarias y de aliento peleonero. El partido de la oposición estaba inconforme con los resultados de alguna elección y, por tanto, era el momento esperado para salir a las calles.

—¿A dónde vamos?— pregunté a Tania, que batallaba por ponerle el suéter a Luca pues la mañana había amanecido helada.

—Tú decide— fue su respuesta. Fuera de la puerta del hotel avanzaban los manifestantes, a la marea de un océano.

Pedí un taxi en la recepción. Por las condiciones del tráfico refirió que tardaría más de lo común. Iríamos a la Piazza del Poppolo, a la que le tenía especial afecto. Me interesaba que Luca viese—ya que no hubo oportunidad de hacerlo antes—, el obelisco egipcio en el centro de la plaza. Informé a la mujer de la recepción que estaríamos en el café adyacente al hotel en caso de que el taxista se presentara. El mar de gente no dejaba de pasar. Coreaban consignas y en su rostro se sentía la frustración y el desaliento. También el ánimo feroz de pelear por aquello que juzgaban suyo.

El muchacho que atendía el café nos miró con rostro desconcertado. Quería cerrar el lugar. Le hice saber que sólo esperábamos un taxi, que en cuanto llegase nos iríamos. Nos recibió a regañadientes, sobrado de inquietud. Al fondo del café había un salón de juegos para niños y Luca se apresuró a conocerlos. Tania pidió un té y yo un café y pan dulce. Fabio, como dijo llamarse, nos informó que Roma ardía, que se encontraba al borde del colapso. Un político que había dañado a toda Italia subía al poder y el descontento era generalizado.

La chica de la recepción del hotel entró al café para informarnos que llamaron de la central de taxis para cancelar el envío de la unidad al hotel. Pero justo antes de que la chica cruzase la puerta del café, entraron cuatro individuos gritando. La amagaron y la pusieron de rodillas, lo mismo que a Fabio, a Tania y a mí. Nos hicieron mirar al suelo. Estaban exaltados, furiosos contra quien pusiera resistencia. Por suerte nadie hizo una tontería. Uno de ellos, creí adivinar, traía una pistola debajo del suéter. Abrieron la caja y sacaron el efectivo, que apenas era significativo. Hurgaron a la chica y le quitaron el teléfono y una billetera delgada. Así fueron, uno por uno. Al bolsearme encontraron el rollo de billetes que traía en el saco, lo mismo que la carta, que el individuo tiró al piso, mientras nos gritaba. Tania pudo ver el dinero que me quitaron. También nos arrebataron los teléfonos y carteras. Esto sucedió en segundos. Luego de la agitación y los gritos Luca salió del fondo, con el rostro pálido de miedo. Ya se habían ido. Corrió a los brazos de su madre, con lágrimas de ignorar qué sucedió. Me apresuré a levantar la carta.

—Es la reservación de los asientos del vuelo—, le dije a Tania, que no dio importancia al detalle, en medio de aquella tragedia.

Fabio llamó de inmediato a la policía, que no tardó en llegar. Declaramos ante la autoridad—omití, por supuesto, el detalle del efectivo—, y se iniciaría la investigación, según nos dijeron. Por suerte los pasaportes estaban en el hotel, lo mismo que efectivo suficiente para cubrir los últimos gastos. El vuelo se retrasó una hora y a las diez el avión encendía el motor. Luca tenía ojos de sueño. Tania eligió ventana y con la mirada perdida en las luces de la pista de despegue, me preguntó:

—¿Y todo ese dinero? ¿De qué era?

—La reserva para imprevistos.

—Parecía mucho…

—No sabes qué pueda pasar.

No habló durante el resto del vuelo. En tanto hubo oportunidad pidió jugo de manzana, tal como era su costumbre.

 

 

 

 

 

Por la tarde

 

 

No me pareció ocioso preguntar si el tamaño de la cruz—el cual variaba según el artista que representara la escena de “El descendimiento”—, tenía alguna especificación teológica o acaso apenas histórica, así fuese sugerida, en alguno de los Evangelios, en cualquier otra parte de la Biblia o en algún testimonio fiable de la época.

La mirada fue inquisitiva de parte del doctor Ramiro Trueba González, experto en temas teológicos y en la historia del arte religioso europeo. A la par, por ignorancia e instinto, algunos alumnos movieron la cabeza en señal de reprobación. Repasé mentalmente mi pregunta y no había nada ahí que pudiese afectar el decoro general, pues era una clase de historia del arte y no una capilla medieval. Entonces, continué:

—Llama mi atención, maestro, que la altura del madero sea distinta en cada representación de la escena y esto tiene relevancia ya que impacta la visión del artista sobre si se añade o no una escalera y además quién aparece sobre ella.

Hubo un silencio, quiero pensar que incómodo. Densificó el ambiente, es cierto. El doctor unió sus manos detrás de la espalda, en tanto miraba por la ventana que un niño jugaba con una pelota. Amenazaba una tarde de lluvia. Seguí con el razonamiento:

—Pienso en representaciones tan distantes como cualquiera que aparezca en un manuscrito iluminado—que no faltan—, o en la que realizó Barnett Newman a partir de formas abstractas.

Pero no quedaba convencido. Por suerte traía a la mano una biblia de bolsillo y abrí el versículo de Juan 19:38-42, en donde traía subrayado lo siguiente: “Tomaron [José de Arimatea y Nicodemo], pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos con aromas según la costumbre de sepultar que tienen los judíos…” Pero no hubo necesidad. Se ajustó los lentes, con lentitud, y en medio del silencio general resolvió, con voz tenue:

—Lo que pregunta sobrepasa el alcance del temario propuesto para este curso y ya que lo menciona, he de decir que me interesa en lo personal, más allá de lo que es en sí la representación del descendimiento. Búsqueme al terminar la clase.

Así lo hice. Me dio su tarjeta y pasados los meses recibí una llamada suya.

 

Aquélla mañana de sábado en que me citó el doctor Trueba en su estudio, desperté antes de tiempo y desayuné con frugalidad. Estaba nervioso. Sus publicaciones eran infinitas. Era considerado un sabio por la amplitud de su erudición y en todos los foros se le trataba con una deferencia envidiable y, a mi juicio, algo teatral y más bien afectada.

Eran los días en que tenía tiempo libre y estaba inquieto e iba de un lado a otro. Pero ya no era joven. Pasé demasiados años en una oficina como carne de cañón para cumplir intereses diversos. Recibí una herencia minúscula de la muerte de mi padre—Dios lo tenga en su gloria—, y bien administrada me permitía darme una vida despreocupada aunque lejos del derroche. Parte de esa cuota mensual la disponía para la compra de libros, a inscribirme a cursos sobre asuntos de la sensibilidad, como era el caso del curso del doctor Trueba y otros más, y a la práctica del senderismo pues siempre fui un caminante experto.

Pero el nerviosismo de esa mañana era inusual a mi edad. No fue difícil encontrar la dirección del doctor. Era una casona amplia, muy al estilo del siglo XIX, con un portón enorme de madera infranqueable al frente y, una vez adentro, un patio amplio con una fuente seca al centro. Toqué en un par de ocasiones. La aldaba tenía forma de león. El brillo de su forma confesaba una vida larga en servicio. Se oyeron unos pasos del otro lado. Una señora de edad me preguntó a quién buscaba. Respondí que tenía cita con el doctor Trueba, que me esperaba.

—No me dijo nada —, respondió. Permítame, iré a preguntar y vuelvo.

Tardó algunos minutos y cuando regresó abrió aquélla puerta de madera. Como es usual en la madera y herrería viejas, todo crujió. Era diciembre y la mañana amaneció fría, pero dentro de la casa la temperatura era helada. Aproveché para cerrarme la gabardina. Señaló el cuarto-estudio del doctor Trueba y me pidió que lo esperara ahí. Eso hice. Luego de veinte minutos admirado de las colecciones de libros en la biblioteca, saqué un volumen con un tratado sobre la forma urbana de la ciudad de Roma. Me senté en uno de los sillones e inicié la lectura. Los grabados, muchos de Piranesi, eran de embeleso. Se fueron otros treinta minutos y devolví el libro a su lugar. Parecía claro que el doctor me había olvidado o que, de manera determinante, no deseaba concederme la cita. Lo que fuera me pareció una majadería.

Salí al pasillo para buscar a la persona que me abrió la puerta. La casa parecía desolada. No había nadie a quien recurrir. Todo parecía salido de otro tiempo, como si al haber entrado al estudio los años se hubiesen acelerado. Me enfilé directo hacia la salida. Lamenté haber perdido la mañana aunque, por otro lado, al menos había conocido su biblioteca.


Escrito por Luis Bugarini

luis-bugarini-autor(ciudad de México, 1978) es escritor y crítico literario.