Zeugenaussage Albert Speer

Albert Speer ante la historia | Por Luis Bugarini

En las librerías circulan libros singulares que comparten sus aportaciones con varias disciplinas. La lectura de autores como Bruce Chatwin o Theodor Sturgeon se recomienda entre asiduos, pues apenas figuran en las historias literarias de rigor. Es el caso de las Memorias de Albert Speer (1905-1981), un militante del nacionalsocialismo que fue el principal arquitecto de Hitler y que derivó, años después, en Ministro de Armamento y Municiones. Enunciado así, el libro se antojaría una previsible apología, pero el testimonio de Speer es estremecedor.
Aparecidas en alemán con el título Erinnerungen (1969), la traducción española tardó más de treinta años en aparecer. El acercamiento a la tragedia del nacionalsocialismo por parte de algún memorialista participante en los hechos no es nuevo: en los setenta la editorial Bruguera hizo la traducción de las memorias de Goebbels (1897-1945) en dos volúmenes que, debido a su aire politizado y desafiante, no se reeditaron y son ilocalizables. El caso de Speer es diferente. Son páginas que abarcan un largo periodo de tiempo: desde los inicios de Hitler como alborotador de la vida política alemana, hasta su desaparición física en el búnker de Berlín el 30 de abril de 1945. ¿Cómo realizar un acercamiento a una figura que se ha vuelto mítica? Tanto se ha escrito sobre Hitler que los libros aparecen y desaparecen con fugacidad pasmosa. Además, no sólo su figura se ha vuelto inabarcable, sino también la propia Segunda Guerra Mundial y los campos de concentración.
A diferencia de Hitler, Speer no se quitó la vida y enfrentó, al igual que otros dirigentes del régimen, los juicios de Nuremberg. La banalización cinematográfica del juicio ha impedido un acercamiento histórico más aséptico, pues aunque Alemania haya perdido la guerra, se actuó en contra principios jurídicos elementales, como la imparcialidad de los jueces o el respeto al debido proceso. Así, esos juicios aún son objeto de disputa. Lo que ofrece Speer es una aproximación meditada. ¿En qué radica esa distancia ese aspecto profiláctico? Él tuvo un lugar privilegiado en el régimen. Su calidad de arquitecto del Reich lo acercó al núcleo de los íntimos de Hitler y desde ahí presenció la decadencia del experimento nazi.
La redacción de las Memorias sucedió mientras Speer purgaba una sentencia a veinte años de cárcel por su participación en el gobierno nazi, y la distancia no genera un mea culpa: Speer es equilibrado en su valoración. Retrata la vida cotidiana de los dirigentes del Reich, las penurias de Hitler, la presencia de Eva Braun y las intrigas de un régimen cercano a una corte imperial. Al lado de los hechos de repercusión histórica, se detallan las minucias: Hitler no comía carne roja y tenía recelo ante la comida que le servían; temía, además, perder su figura y bromeaba sobre la barriga de su homólogo italiano; amaba a sus perros y Eva Braun recibía un trato distante cuando había reuniones con funcionarios de importancia. Se agradecen los trazos de frivolidad en los momentos álgidos y frente a las disputas entre los allegados del dictador, lo que transforma al lector en un personaje expectante ante una sucesión de vertiginosa de hechos.
Speer era un militante atípico en la barandilla nacionalsocialista: hombre taciturno y distante, se ganó la confianza de Hitler con sus obras arquitectónicas, todas logradas en tiempos asombrosos. Dado su carácter reflexivo y apartado de las contiendas políticas en los mandos medios, tuvo un sitio de privilegio al lado de Hitler. Ese carácter no lo alejó de las murmuraciones y el juego de manipulación de Ribbentrop o Himmler. Con todo, sobrellevó las intrigas y logró permanecer cercano a Hitler, con el que llegó a tener algún roce, eventualmente. A diferencia de otros colaboradores, Hitler sentía respeto por Speer, un hombre cuya único interés era pasar el mayor tiempo posible con su familia.
¿Qué encontramos, entonces, además de una historia personal de la Segunda Guerra Mundial? Speer puso atención en detalles que pasan desapercibidos para el historiador. De los aspectos que más llaman la atención del volumen es el registro pormenorizado de uno de los personajes centrales del siglo XX: Hitler. Mitificado hasta la paranoia, Speer lo exhibe como un individuo inseguro pero con gran capacidad de trabajo, dependiente de sus colaboradores aunque incapacitado para dejarles tomar una decisión de importancia sin antes consultarlo con él, generoso para escuchar las peticiones de los demás pero riguroso para imponer su voluntad sobre quienes intentaban violentar sus disposiciones. Queda un Hitler humanizado, de carne y hueso, lejos del hálito áulico de sus apologistas. Speer no es condescendiente, analiza sus discursos y busca las claves de su poder frente a las masas. Imposibilitado para ofrecer respuestas y con su propia incertidumbre frente al juicio de la Historia, se limita a sembrar más preguntas.
Hitler admite la consideración de haber sido uno de los estadistas del siglo, con una capacidad organizativa sobresaliente y un olfato bélico nada desestimable; y admite la condena inmediata, el recelo que produce la avaricia desmedida y la descalificación satanizadora de todo lo que no se comprende a cabalidad. Esta consideración bipolar, que mucha de la bibliografía sobre el personaje jamás ha estimado como posible debido al actual modelo político del mundo, es otro de los méritos de las Memorias. Los maniqueísmos, producidos por un intenso bombardeo de imágenes y películas, han perpetuado una imagen deslucida de una tentativa política que no por desmedida concluye desestimable. Puede que la cercanía impida una valoración más justa.
La relación minuciosa de los hechos, desde la perspectiva de un arquitecto, no pierde importancia y las consideraciones de Speer están lejos de ser las impresiones de alguien sorprendido por los hechos de la contienda. La pérdida de Stalingrado fue la piedra de toque que sirvió para despertarlo, a él y a muchos otros, de su letargo. Fue la primera gran derrota y todo, al parecer, fue un asunto de orgullo nacional, en donde Hitler, temeroso de la opinión de la prensa extranjera, ordenó una retirada que hubiera sido más meritoria que el derroche de tantas vidas de jóvenes alemanes. Lo cierto es que conforme avanza la maquinaria de las derrotas políticas y militares, Hitler comienza a perder la seguridad que un tiempo estimó infinita.
Se le puede reprochar todo a Speer, incluso la construcción y diseño de los campos de concentración, aun cuando él no tenía conciencia de su finalidad, excepto la redacción de unas memorias aburridas, pausadas o apologistas. ¿Cabe hacer la defensa o la condena de un hecho histórico que aún no se entiende en proporción y consecuencias? Speer manifiesta incertidumbre y los veinte años que pasó recluido en prisión apenas si sirvieron para darle una perspectiva sobre lo ocurrido. Auschwitz comenzó a sonar en sus oídos a mediados de 1944, cuando la mayoría de los mandos había perdido fe en el destino de la guerra y Alemania se hundía en el pozo de la tragedia. No fue sino hasta ese momento pues Speer, como Ministro de Armamento, pasaba más tiempo pensando cómo emplear los millones de marcos que recibía para ampliar el dominio bélico frente a los Aliados. Cifras, números, mano de obra, etc., todo eso lo mantuvo alejado de Auschwitz, una realidad que salió a la luz terminada la guerra. Ese desconocimiento le valió ser condenado a prisión y no a la pena capital a la que fueron condenados varios colegas del régimen. De igual modo, la actitud de Speer originó rumores en el seno del Partido. En uno de los episodios álgidos de las Memorias, Speer le muestra a Hitler el fragmento de una nota anónima publicada en el Observer:

Speer no es uno de esos nazis extravagantes y pintorescos. De hecho ni siquiera se sabe si tiene opiniones políticas. Se habría podido adscribir a cualquier otro Partido político, si hacerlo le hubiera servido para conseguir trabajo y una carrera. Simboliza al tipo de hombre que se está volviendo cada día más importante en todos los Estados que participan en la guerra: el técnico puro, el hombre brillante que no proviene de una clase social ni tiene antepasados gloriosos y cuyo único objetivo es abrirse paso en el mundo gracias a sus facultades como técnico y como organizador. Este es su tiempo. Puede que nos deshagamos de los Hitler y de los Himmler, pero los Speer, sea lo que fuere lo que pueda pasarle a este en particular, seguirán mucho tiempo entre nosotros.

Esta nota lo retrata, en gran medida. Causó revuelo no sólo en el Partido, que veía en Speer a un sucesor de Hitler, sino también en este último, que lo veía crecer en importancia y su figura era conocida y vigilada desde el exterior. Con todo, él prefirió mantenerse en la oscuridad y el silencio y evitaba el roce público a diferencia de otros, como Goebbels o Hess. No es complicado hacer el símil entre el funcionamiento del régimen nazi con una corte del siglo XVII. En el Reich, al igual que en las cortes absolutistas francesas, todo giraba alrededor de Hitler. Su presencia era omnímoda. Speer ironiza la actitud servil de los demás, desde su perspectiva privilegiada de arquitecto del régimen, una posición que lo acercaba a Hitler por sus tempranas aspiraciones artísticas. Aunque a esta comparación le hace falta el componente del campo de concentración, de la maquinaria de asesinato colectivo. Speer, calmado y susceptible, confiesa su responsabilidad después de haber escuchado el primer rumor:

No hice pregunta alguna, ni a Himmler, ni a Hitler, ni hablé de ello con mis amigos. No hice ninguna investigación. No quería saber lo que estaba ocurriendo ahí. En aquel momento, mientras Hanke me ponía sobre aviso, toda mi responsabilidad se hacía real. Mi ceguera voluntaria contrarresta todo lo positivo que quise y debía hacer en el último periodo de la guerra. Comparadas con esta ceguera, mis actividades se reducen a nada. Precisamente porque en aquella ocasión fallé, aún hoy me sigo sintiendo personalmente responsable de Auschwitz.

La sombra de Auschwitz se siente en cada página. ¿Alemania valía la pena, esto es, un sacrificio de proporciones bíblicas por un ideal quimérico? Quizá no, confiesa Speer, pero Alemania tragó el señuelo. Con nada puede atenuarse su responsabilidad histórica, política y humana. Se agradece la redacción de esas Memorias que dan luces sobre los caminos de la naturaleza humana en tiempos de vivencia extrema: guerra, desesperación e impotencia.

Zeugenaussage Albert Speer

Texto exclu­sivo de la ver­sión dig­i­tal.


 Escrito por Luis Bugarini

(Ciu­dad de Méx­ico, 1978). Es escritor y crítico literario.