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Sonreír o gritar | Guillermo Núñez Jáuregui

(WEB)

La librería Torre de Lulio celebra su vigésimo aniversario con Sólo los libros sobreviven, un discreto volumen que se suma a la larga lista de libros sobre libros. Lo compré y leí anteanoche (se distribuye en la Torre de Lulio, que había visitado para comprar, finalmente, las Invenciones de Tommaso Landolfi, en la edición de Siruela). Se incluyen cuatro ensayos en torno a la lectura y los libros, dos de Agustín Jiménez (quien fundó y regenta la librería) y dos de Luigi Amara. El volumen festeja tanto a la comunidad de lectores (una coda en los ensayos es la idea humanista de la lectura como una forma para evitar la soledad en solitario), como a los distintos fetiches a los que sucumbimos quienes leemos: desde la atmósfera de una librería de segunda mano, pasando por la caza de un título (Amara, quien ahora recorre como alma en pena estanterías buscando libros de Leónidas Lamborghini, en “Un libro es una máquina de tiempo y una bomba”, recuenta cómo buscó la primera edición de Ferdydurke de Gombrowicz en español, así como la primera edición de los Epigramas de Carlos Díaz Dufoo hijo), hasta el vínculo entre lectura, viaje y descubrimiento (en “Viajes alrededor del libro” Jiménez nos presenta a Álvaro Cunqueiro y a Antonio Porchia).

Ahora que en Guadalajara se celebra una nueva y magna edición de la FIL es imposible ignorar el sonidero que hace la industria editorial cuando se pone en marcha (colocando a distintos autores a su servicio). Dado el clima hice un pequeño doblez en una página para marcar esto de “Libros de segunda mano”, el otro ensayo de Amara incluido en el volumen: «Todo libro nuevo despierta suspicacias. Según los cálculos más optimistas, la capacidad física de un lector apenas rebasa la cifra de 200 volúmenes al año (aunque un célebre crítico italiano se jactaba de leer un libro diario, sin ningún límite prefijado de extensión), lo cual multiplicado por sesenta (bajo el supuesto de que uno viva todo este tiempo y haya empezado a leer con lujo de incontinencia a muy temprana edad), da como resultado la cifra de 12,000 ejemplares a lo largo de la vida, número muy inferior al de los libros que se escriben anualmente en el mundo. Si a esa cantidad le sumamos los millones de títulos distintos que se han acumulado desde el invento de Gutenberg, más todos los que ahora mismo están viendo la luz, daremos con un número desmesurado, monstruoso, frente al que no se sabe si sonreír o gritar. Entre toda esa avalancha de papel impreso que se acumula en los anaqueles de lo que aún no hemos leído, ¿cómo saber qué libro vale la pena elegir para este día en particular, a sabiendas de que toda elección se realiza en detrimento de las demás?». Amara sugiere, entonces, que al criterio lo puede asistir el subrayado: «Aunque el hecho de que alguien más haya leído un libro no es garantía de nada, muy pronto adquirí el hábito de tomar distancia de los libros “vírgenes”, recién salidos del horno, aquellos cuyas hojas blancas todavía olorosas a pegamento podrían opacar con su fulgor la calidad del contenido, y entonces regirme por la vieja máxima de que “el tiempo es el mejor juez” en una de sus acepciones más literales y para algunos más obtusas: preferir los libros viejos, desgastados, con abundancia de anotaciones y marcas y hasta tachones, que de un modo u otro delaten las pasiones de algún lector anterior».

Nuestra relación con los subrayados y las marcas cambian. Como casi cualquier lector estudiantil fui y anoté sandeces en los márgenes de clásicos (algunas me han salvado, por pudor, de prestar ciertos ejemplares) y últimamente si no me atrevo a poner un punto para señalar una línea en una página, al menos la doblo (si sé que es un libro al que regresaré para comentar algo). De cualquier forma, comprendo bien esa doble vida que puede tener un libro, ese segundo, tercer o cuarto volumen que se desprende de las lecturas ajenas: se trata de la manifestación de esa conversación continua, que en el mejor de los casos ha nacido de la irritación y el disenso (es decir, del pensamiento) antes que de la idea compartida o repetida y que a menudo es poco más que la publicidad trabajando de boca en boca. Feliz aniversario, pues, a uno de los depósitos que ofrecen cierta garantía sobre los libros que pone a circular, la Torre de Lulio.

 

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