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Sobre un texto maravilloso de Fadanelli | Alfredo Lèal

(WEB)

Una de las pocas cosas que me sigue impresionando del internet es su capacidad para sorprenderme, para molestarme, para impulsarme a actuar.

Para aquéllos que, como se dice, “nacieron” con el internet, la experiencia de los que lo vivimos (y lo incorporamos a nuestras vidas) hace poco más de diecisiete años debe parecer una especie de mito. En casa era las más de las veces inaccesible, no sólo por los altos costos que implicaba para la clase media tener una herramienta que, seamos honestos, servía para muy poco, casi nada en realidad (entre las tantas formas que encontrábamos para tener internet estaban los discos de AOL que regalaban en los semáforos con un mes de prueba gratis y las claves de Terra que podías conseguir con algún amigo por un pago único; el funcionamiento de ambos, hasta la fecha, sigue siendo un misterio para mí), sino porque, como saben, cuando usabas el internet el teléfono de la casa estaba indisponible: o lo uno o lo otro, porque, por supuesto, los celulares aún eran bastante costosos y la gente seguía hablando por teléfono en su casa. Muchos de los que aún tuvimos que pasar por el ritual de marcarle a la chica o el chico que nos gustaba y tomar fuerzas de quién sabe dónde para preguntarle al padre o a la hermana por nuestro prospecto hemos tenido que adoptar ciertos modelos comunicativos que, de tan sencillos, nos parecen pusilánimes, y seguimos aferrados a otros que, en cambio, muchos de mis llamados fellows milennials encuentran obsoletos, como el correo electrónico. Lo cierto es que no todos sienten saudade al recordar el gemido de un módem conectado una de esas tantísimas computadoras armadas que pululaban en el país o saben el esfuerzo que implicaba alcanzar a ver dos o tres fotos porno en los cafés internet. En San Pedro Mártir había uno que yo frecuentaba, en Plaza Perales, a unos pasos del Fovissste. El local tenía unos diez metros de profundidad y todas las computadoras estaban a la derecha, separadas por paneles. Las más solicitadas, claro, eran las del fondo, donde, para mí, empezó un proceso de autoflagelación que, hasta ahora que lo escribo, quizá me llevó a revalorar algunos de los principios cristianos con los que me educaron, a reescribirlos, a resignificarlos.

Justamente cerca del final de ese primer proceso de ostranenie (1997-2000) que he tratado de delimitar arriba y el comienzo de la normalización del uso de la red, se presentan las imposibilidades que planteaba el internet a nivel lingüístico. Me refiero, sencillamente, al problema de trabajar en y con un lenguaje que la mayoría de nosotros desconocía (y, creo, seguimos ignorando, aún en sus fundamentos) y que, no obstante, a diferencia de cualquier otro lenguaje, era imposible no creer que aprehendíamos con el uso cotidiano cuando, en realidad, se trataba más bien de un proceso de apre(he)ndizaje por parte del lenguaje hacia nosotros. Cerca del primer decenio de nuestra conflictiva relación, con el nacimiento de los blogs y las primeras redes sociales virtuales, muchos creíamos que hablábamos html globalizado cuando en verdad estábamos apenas balbuceando algunas palabras mal pronunciadas en Java que nunca más nos servirían para nada. En muchos sentidos, digo, era frustrante no hablar el lenguaje en el que nuestra realidad comenzaba a discurrir, no sólo porque esta imposibilidad limitaba el acceso a muchas plataformas (y, otra vez, el uso del internet mismo, en su generalidad, quiero decir) sino porque al ignorar el lenguaje caíamos en el segundo gran problema, la segunda gran molestia: la impotencia. No es coincidencia que al mismo tiempo en el que el sildenafil se difundiera masivamente las redes sociales se comenzaran a gestar como eso que, aparentemente, nos hace todo poderosos, eso que de-tiene nuestra impotencia y la disfraza de poder (falocéntrico, claro). Y esa otra molestia, por supuesto, deriva en la que quizás es la más importante: aquélla de encontrarse en todo momento con eso que no deseamos encontrar, desde el mail que nuestra exnovia no contesta jamás hasta un artículo de Fadanelli como el que, justamente, me ha impulsado a escribir esto.

Es así como, buscando algo relacionado a la pasada presentación en la FFyL de la UNAM de mi novela La vida escondida aún, me encuentro con un tuit de mi editor, Nahum: “dos títulos de @librosampleados (1 aarebatada y 1 Cartón-ERA) y dos de @animaldinvierno en la mesa de @GFadanelli http://eluni.mx/2cRZzrG ”. Click. Un texto en el que, literalmente, Fadanelli copia los títulos de los libros que tiene sobre su mesa (esa misma mesa, donde la navidad del 2012, Vicky y yo comimos junto con Da Jandra y Agar, Fadanelli y Yolanda, de cuya sobremesa guardo un recuerdo muy vívido: Da Jandra le pregunta a Fadanelli sobre el Chicharito, a lo que Guillermo contesta: “¿qué puedes esperar de un chavo que se hinca en el círculo central y reza el Padre Nuestro antes de que inicie el partido?”, ligado a la afirmación de su predilección, que comparto, por la Liga Italiana por encima de las demás ligas europeas). El catálogo de libros es impresionante en todos los sentidos, pero menciono solamente tres que, a su modo, son ejemplares: 1) conviven Vattimo y Habermas con Héctor Iván González y Daniela Bojórquez; 2) se encuentran Deleuze, Humberto Batis y Guillermo Tovar y de Teresa; 3) brilla por su ausencia cualquier libro, el que sea, anónimo. Hay incluso un libro del propio Fadanelli en la lista de Fadanelli. Y, por supuesto, no podía faltar el diccionario del uso del español de María Moliner. Más allá de esta mínima descripción de la descripción, es preciso decir que el texto es insufrible —no sólo por la obvia razón de que plantea al escritor como el lectorinassouvi por excelencia, ávido de todo y de todos y, por todos los medios, tratando de legitimarse sin cesar (y, si se puede, de paso, quizá legitimar a alguno que otro autor que, cree él, el escritor, necesita esa legitimación)— sino por la disposición misma de las palabras, que se aglutinan sin dirección, que apenas hacen sintagma, que apenas tienen coherencia más allá de lo fragmentario del nombre propio al enlazarse con un título. El texto es, empero, maravilloso, aunque esto, por supuesto, no tiene nada que ver ni con Fadanelli ni con la industria cultural que acepta, difunde y celebra textos como ése, publicado y, supongo, pagado también por El Universal, aun cuando ignoro cuánto puedan pagarle a Fadanelli o a cualquier otro escritor por un texto así —que, en términos de cuartillas, bien podría haber llenado con nombres de las pornstarlets que se conviertieron en pornstars desde el inicio del internet hasta nuestros días, o con palabras del diccionario básico de html. Digo que es maravilloso porque ese texto, ese fárrago, no es el síntoma sino el resultado, en muchos, muchísimos sentidos, de eso que he intentado exponer en otra parte (coincidentemente en esa novela de la que estaba buscando algo, una nota, buena o mala, eso no importa, en internet: La vida escondida aún) y a lo que le he dado el nombre de editorialitarismo.

Por supuesto, no espero que ahora sigan leyendo este texto (el mío, quiero decir), no por mucho tiempo. Refraseo: no espero que, después de decirles que Fadanelli ha publicado un nuevo texto, quieran seguirme leyendo a mí, si acaso alguien me lee.

Concluyo, entonces. No sin antes copiar la respuesta a este texto, el mío, quiero decir, por parte de Mariano V. Osnaya: “En algún lugar leí que Piglia, cuando se ponía a escribir y no a ordenar y catalogar viejos escritos, quitaba todos los libros de su escritorio; también desconectaba el internet y la línea de teléfono. Nietzsche hacía algo similar: no quería tener ninguna autoridad o falsa autoridad observando su trabajo. Otros se quedaban con unos pocos; por ejemplo Marx, que, cuando escribió el Capital, sólo tenía en su escritorio la Metafísica de Aristóteles, la Lógica de Hegel y sus propios papeles de juventud. Parece que la curva sobre la ‘calidad’ de lo que escribimos es inversamente proporcional al número de libros que tenemos en nuestro escritorio: cuantos más libros tenemos en el escritorio, cuanto menos o peor es lo que escribimos, y viceversa. Con Fadanelli, éste sería el caso. En cuanto a tu texto: no entendí muy bien la referencia a Todorov. Habría que investigar, y seguro Perec lo hace en alguna parte, la historia de las listas o series o enumeraciones en la literatura, tendríamos que empezar con el catálogo de las naves en Homero. Pensando en tus clases, sería bueno preguntarles a tus alumnas qué piensan [del catálogo de Fadanelli]. En realidad es una lista de armas y tropas: así, todo listado en la literatura estaría vinculado con la temática bélica. Curioso que el segundo tomo de los Diarios de Renzi comience con el problema de la series y los catálogos en relación a la escritura del diario (al final sí pedí por adelantado el libro y hace unos minutos me llegó al celular… del lenguaje java a los iBooks leídos en el iPhone). Piglia dice que hay por lo menos dos series de acontecimientos: los históricos y los privados. Por azar se conectan ambos y ahí, cuando eso sucede, es cuando el escritor empieza a escribir. En el caso de Piglia (ya lo leerás) fue cuando la policía militar fue a catear el edificio donde vivía con Julia, lo que lo obligó a vivir, en adelante, casi en la clandestinidad. Ahí los años felices. Qué miserable la vida cuando tienes a tu disposición todo el catálogo de libros del mundo (sea la casa de Fadanelli o Amazon), qué triste cuando los libros han perdido su peligro, su gesto amenazante. No así, como en tu caso, cuando los libros que tienes enfrente son herramientas para tu trabajo. Peor aún, como en mi caso, cuando los libros han desaparecido por completo de mi escritorio y sólo los tengo como back, según la jerga del medio audiovisual: escenografía”.

Cuando digo, pues, que hay algo maravilloso en el texto de Fadanelli estoy haciendo referencia a Todorov, es decir, a lo maravilloso entendido como todos esos fenómenos literarios que aceptamos sin cuestionar su presencia, su origen, su destino al interior del propio texto. Ese texto, así, de botepronto, me impulsa a escribir, y escribo esto. Pongo en el iTunes And Then Like Lions, de Blind Pilot (quizá mi disco favorito del año —y pienso en la palabra “disco” para referirnos a los álbumes, otra palabra noventera que ha desaparecido, o que sólo existe ya en las ruinas aún en pie de MixUp—, al lado de la reedición del Savaloy Dip de Alan Price, el Blues and Ballads (A Folksinger Songbook), Vols. I & II, de Luther Dickinson, y esa pieza de pop, casi perfecta, que se intitulaMidnight Machines, de Lights) y escribo, casi sin detenerme, sin citar (cosa rara). Miro frente mío: hay un montón de libros también sobre mi mesa (que es comedor, escritorio, restirador, y, más recientemente, cambiador de pañales), justo al lado izquierdo de la pantalla de la computadora (una HP 2011 modelo Café-Internet-de-la-Curva): los cito de abajo hacia arriba, acomodados como están por tamaños: DELF Scolaire & Junior B1Grammaire progressive du français. Avec 400 exercices (niveau avancé); las Tragedias de Esquilo, en Gredos; Cerca del corazón salvaje, de Lispector; La modernidad de lo barroco, de Bolívar Echeverría; la Paideia, de Jaeger; The Odyssey of Homer, en traducción de Richard Latimore; Le livre à venir, de Blanchot y Étrangers à nous-mêmes, de Kristeva —de los cuales sólo estoy releyendo los capítulos “Le chant de Sirènes”  y “De quel droit êtes-vous étranger?”, respectivamente—; Les têtes de Stéphanie, de Shatan Bogat, a.k.a. Romain Gary; y El laberinto de la soledad, de Paz. A diferencia de Fadanelli, quien afirma que “las razones por las que [los libros de su mesa] se encuentran [cerca de él] en este momento se [le] escapan y no [intentará] explicar nada a ese respecto”, para mí es muy claro que esos libros, a excepción del de Bogat-Gary, están ahí por motivos laborales —lo cual no significa que no exista cierta libertad en la elección, pues si bien los profesores de literatura trabajamos con base en programas, los programas los llenamos nosotros con los libros que nosotros, hasta donde nos sea posible, podamos intentar exponer. (Justamente hoy que di clase de la Odisea le mandé whats a Bush antes de entrar al salón, mientras fumaba afuera del Colegio: yo: “los aedos y, en general, las canciones que aparecen mencionadas en la Odisea, ¿podrían entenderse como la primera intuición de la metaliteratura? Es decir, el poema que hace referencia a sí mismo dentro del poema…”; Bush responde: “Sí, con ojos modernos. Como clasicista, diré que es un intento de ‘Homero’ por hacer de la actividad de los aedos una hazaña igualmente heroica como la de los héroes que eran objetos de los cantos. Es decir, es una manera de homologar el ‘status’ de unos con otros a beneficio de éstos mas sin menoscabo de aquéllos”.) Sé, como Fadanelli, que “en una semana o dos todo habrá cambiado nuevamente”, pero sé, asimismo, qué libros remplazarán a cuáles otros (la Odisea se va y entran la antología de Líricos griegos arcaicos de Juan Ferraté y lasCármenes de Catulo en traducción de Bonifaz; Paz se queda pero el Laberinto se cambia por Las trampas de la fe; Clarice sale y entra Laforet; sale Bolívar y entra Sánchez Vázquez; si ya lo terminé de leer —lo veo difícil— sale Les têtes de Stéphanie y entra Clair de femme) pero, sobre todo, sé las razones por las que unos habrán de remplazar a los otros —como también sé, o eso espero, que de acá a un año esos mismos libros estén en el mismo sitio, ahí, a la izquierda de la pantalla de la computadora, porque eso significará, sencillamente, tener trabajo.

Una cosa, sí, me llama mucho la atención del texto de Fadanelli: de ninguno de los autores ha puesto sólo el apellido, como si, incluso en esa falsa contingencia que produce su texto, los libros le siguieran pareciendo objetos extraños. Gran diferencia respecto a Borges, el creador del género del catálogo, si lo hay (habría que plantear este problema desde Foucault, por supuesto): en Borges había siempre una familiaridad, una extraña compañía, casi religiosa, que llenaba eso que, hoy mismo, al terminar de preparar mis clases de mañana, denominaba, en una conversación con Samia, la profesora de Lengua Española de la escuela donde yo doy clases de literatura universal y literatura mexicana e iberoamericana, como “El sacro silencio de las bibliotecas”. Un buen título, dijo Samia, para una novela. Yo pensé que sería un título que Borges, precisamente, habría detestado. Pero agrego, ahora: es un buen título para una novela escrita solamente con títulos de libros. He ahí, quizá, por qué escribo sobre un texto maravilloso de Fadanelli, planeando, quizás, un texto fantástico que, lo sé, nunca tendré el tiempo (o los apoyos del Estado) para escribir.

 

* Alfredo Lèal es escritor, investigador, traductor y docente. Licenciado en Lengua y Literaturas Modernas (Letras Francesas) y Maestro en Letras (Letras Modernas Francesas) por la UNAM, donde actualmente se desempeña como Profesor de Asignatura en el Colegio de Letras Modernas de la Facultad de Filosofía y Letras. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, del FONCA y del IFAL. Ha publicado ensayos, textos narrativos e investigaciones literarias y filosóficas en diversas revistas y antologías. Tradujo el libro La paciencia cósmica. Cuatro ensayos sobre Joyce, del suizo Jacques Mercanton. Es autor de los libros de cuentos Ohio y La especie que nos une, de las novelas Circo y otros actos mayores de soledad, Carta a Isobel, La vida escondida aún y Quién es Irina Ivanović, y del libro de ensayos Espectros de Macedonio.