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Sobre El mal menor | Por Guillermo Núñez Jáuregui

(Web)

El mal menor (1996) es una novela de terror escrita por C.E. Feiling (1961–1997) que ahora –o mejor dicho, desde 2012, como ya había dado entonces noticia Martín Cristal– está de nuevo en circulación gracias a la Serie del Recienvenido de Ricardo Piglia (que incluye otras novelas argentinas de las últimas décadas del siglo pasado, como En breve cárcel de Sylvia Molloy; Nanina, de Germán García u Oldsmobile 1962 de Ana Basualdo). La novela, como lo exigen las convenciones del género, cumple cabalmente con la estrategia de introducir, lentamente, en la realidad cotidiana (la de Buenos Aires, pero también la de La Habana y Londres, ciudades descritas casi de forma costumbrista) elementos de otra realidad que rayan con un gore perturbador.
La novela está precedida por dos epígrafes, uno de Stephen King (un guiño que aclara la tradición a la que se adhiere) y otro de Las metamorfosis de Apuleyo, que no sólo aclara qué tipo de autor escribe este libro, sino la inteligencia con la que lo hace (el epígrafe señala la preocupación constante de la verosimilitud en la literatura y del escrupuloso lector).
Además de un libro de poesía, Feiling fue autor de otras novelas, también de género, como la policial El agua electrizada (1992) o la de aventuras Un poeta nacional (1993). De acuerdo con “Argentino hasta la muerte”, el prólogo que Rodrigo Fresán escribió para Con toda intención (2005), la compilación de textos de crítica aparecidos en la prensa de Feiling, el autor argentino preparaba también una novela de corte fantástico. El cuerpo de obra de Feiling permite una reflexión sobre las nunca inocentes decisiones de circulación que tiene un autor en vida sobre su obra, sobre la forma en que decide aparecer ante los lectores y el mercado, como lo señala Piglia en el prólogo: «Cuando terminó de escribir El agua electrizada, su primera novela, Feiling se propuso publicarla en una serie policial; la serie tardó en aparecer y el libro de Feiling se editó finalmente en una colección tradicional. Siempre pensé que esa aspiración a que su primer libro se leyera en el marco fijo de un género era una muestra de lucidez literaria y de personalidad». Fresán, sobre la misma cuestión, recuerda la actitud de Feiling: «Cuando se lo enfrentó a la posibilidad de que se estuviera convirtiendo en un escritor “de géneros”, Charlie respondió: “Pero también me parece que todo escritor que no esté preocupado por su fama imperecedera sino por los lectores –y esto no significa aspirar a un mercado terriblemente amplio– trabaja con moldes que son conocidos y esperados por esos lectores. Someterme a las reglas de un género de antemano, premeditadamente, me permite escribir. Por un lado, ayuda esa disciplina del tipo ‘me levanto y hago treinta flexiones de brazos’; por otro, es bueno saber que ese movimiento de los músculos –apoyar la barbilla pero no el pecho sobre el piso– es un ritual conocido cuya ejecución correcta otro puede reconocer”».
En fin, se ha escrito ya bastante (y mejor) sobre esta novela (que es una lectura entretenida y gozosa, una novela escrita con precisión) así como de sus puntos de vista y la desconfianza que produce su narrador (como ocurre con los narradores de Feiling, que hablan a menudo con una tercera persona engañosa, como explica Luis Chitarroni, acá).
Un apunte, nada más, sobre las referencias a la cultura popular que se incluyen en la novela. Uno de los personajes, Alberto, es aficionado a las películas de terror. Guarda cocaína en la caja de Candyman, por ejemplo, o declara, en algún momento, que su nueva película favorita de terror es Cuando cae la oscuridad (1987, en México se conoció como Los viajeros de la noche), de Kathryn Bigelow, quien ha entregado obras reaccionarias como la apología de la tortura La noche más oscura (2012). Cuando cae la oscuridad, que apareció el mismo año que Jóvenes ocultos (o The Lost Boys) de Joel Schumacher, también es una astuta representación sobre la adicción (un joven es seducido por un grupo de vampiros para probar otro estilo de vida, aparentemente glamoroso, y el vampirismo se representa como un vicio que puede ser curado) que casaba muy bien con el espíritu de la guerra contra las drogas norteamericana de los 80 que se luchó desde la representación de las adicciones en los medios (al mismo tiempo que creció exponencialmente la encarcelación por su consumo). La referencia al filme palomero (pero en última instancia, propagandístico) de Bigelow le otorga una profundidad mayor a la relación de Inés (la “protagonista” de la novela) con la cocaína y con la conclusión de la novela.

 

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