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¿Qué pedo con Bob? | Antonio Moreno

(WEB)

Pär Per Wätsberg considera su silencio más que un desplante. Para este miembro de la academia sueca, la actitud del flamante premio Nobel de Literatura 2016, el ya mítico Bob Dylan, es la de un tipo maleducado y arrogante.

El cantante y compositor de la inconfundible voz de aguarrás ofreció un recital el pasado 20 de octubre en el califato de Lubbock, una pequeña ciudad localizada en el oeste de Texas, zona donde yo resido y curiosamente, ese mismo día, en su página web, dio muestras de interés momentáneo por ese tan ansiado reconocimiento para los que están aún en este mundo como en el otro: Alberto Moravia habría dado una pierna; Murakami, la cabeza; Carlos Fuentes, el corazón; Enrique Vila-Matas, el alma.

Yukio Mishima habría obtenido el máximo galardón de no haber sido porque se le ocurrió quitarse la vida como un samurái ese año en que la academia sueca lo había considerado para que su nombre fuese esculpido en el mármol eterno de las letras. Un caso semejante, quiere la leyenda, el de Jorge Luis Borges, por haber aceptado un reconocimiento venido de la dictadura pinochetista. La noticia despelucó a muchos, causó un shock mediático y un aluvión de memes, menos a Bob, el elegido, que sin importarle las peras o las manzanas, sigue sin manifestarse, rodeado del mismo aura que blindó por muchos años a J. D. Salinger, o fortalecido por el hermetismo exquisito que sigue poniendo en práctica Thomas Pynchon.

Previo al recital en Lubbock, los que alimentan la página web de Bob Dylan subieron una foto suya, acompañada de un párrafo que confirmaba que Bob sí se había enterado, y se resaltaba  en un inglés apretado cierto beneplácito por la alta distinción. Al día siguiente, esa hoja con foto y párrafo desaparecería por acto de magia. No me desagrada en absoluto el aparente desinterés de Bob Dylan por el anhelado trofeo de las letras. Me gusta porque es genuino, porque le da lo mismo, los premios abundan (hay más premios que buenas novelas o buenas canciones para tatuarse en el dorso), no revelan nada, excepto la fama del que la desea. Sin embargo, su silencio abre un compás para las especulaciones y conjeturas de toda laya: desde los elogios —la mayoría de ellos de medio pelo, por seudopedagógicos, como de listines trucados, con un pelín de cátedra casposa cuyo propósito es querer reconvenir la falta de sensibilidad de parte de los que están y continuarán extrañados por la hazaña de la Academia del Nobel por haber elegido, a secas, a un cantante y no, según la tradición, a un dramaturgo, novelista o poeta— hasta llegar al escarnio químicamente puro.

Yo no he leído ningún libro de poemas de Bob, ni conozco su prosa; después de escuchar buena parte de su largo repertorio musical, elegí un disco suyo, el único que tengo, para mí, el mejor, por la zona límbica a la que te introduce, con un minimalismo instrumental que, eso sí creo, nos remite a los trovadores de Aquitania, de Languedoc, y los primeros cancioneros, siguiendo a dos personajes clave de la cultura popular estadunidense del siglo xix: Pat Garrett & Billy the Kid, álbum de 1973, que sirvió para la banda sonora del filme del mismo título, dirigido por Sam Peckinpah. Con esta distinción, guste o no, revive al primer compositor de canciones, Giraut de Bornelh, cuando en aquel entonces ––en los albores del siglo xii el cantar no se llamaba canción sino verso–– compuso este trovador la primera canción jamás hecha.

Ésta es la letra de mi canción favorita:

Mama, take this badge off of me

I can’t use it anymore

It’s gettin’ dark, too dark to see

I feel like I’m knockin’ on heaven’s door

Knock, knock, knockin’ on heaven’s door

Knock, knock, knockin’ on heaven’s door

Knock, knock, knockin’ on heaven’s door

Knock, knock, knockin’ on heaven’s door.

 

Leerla no despierta el mismo placer que me causa escucharla con su voz de aguarrás, bien porque su voz disuelve el tiempo, bien porque yuxtapone emociones, pero sin el acompañamiento musical, me deja en completo desamparo. Leído como un poema, el texto citado es realmente árido en los recursos. Traducida al castellano, la letra se rompe. ¿Cómo la cantarían los Tigres del Norte? Me gusta para que la cante Andrés Calamaro. Sus letras me cambian radicalmente los hábitos de lectura, en especial las densas zonas de abstracción que proponen y el tema de la oralidad en juego. En voz de Axel Rose, líder de Gun’s & Roses, esta misma rola contrapunteada por las cuerdas de Slash, digno bravucón de barrio, la letra alcanza niveles de ansiedad atractivos. Le pregunto a un estudiante estadunidense de la Texas Tech University, que asiste al recital de Bob Dylan, que qué le provocan sus canciones: me dan ganas de chelear y fumarme un porro, responde.

No está en juzgar si la academia sueca se equivocó o no en otorgarle el Nobel de Literatura. Ni en cuestionar los criterios de elección, de sobra conocidos. Poner sobre la mesa la obra de autores estadunidenses como Philip Roth, Paul Auster, Cormac McCarthy, Joyce Carol Oates, John Ashbery (frente al cancionero de Bob Dylan), escudriñarla, calibrar su contenido e impacto estético, obliga la toma de distancias. Es lo más seguro, porque creo que debemos cambiar nuestras percepciones y modos de lectura, respecto de nuestra tradición y la expresión verbal dentro de la cultura oral.

La justificación de la academia sueca es precisa, se le concedió el galardón a Bob Dylan por haber creado una nueva expresión poética dentro de la tradición norteamericana de la canción.  Asumo que de esta manera se cierra el círculo entre Giraut de Bornelh y Bob Dylan: con este reconocimiento, el cancionero pasa a formar parte del canon literario, la pulsión del instante, el espasmo, la angustia y la intensidad metafísica.

La gente sigue llegando al recital. Quiero entrar pero no puedo vencer mi aversión patológica a las multitudes. Vuelvo a preguntar, ahora a una chica hispana.

—¿Qué siente asistir al recital de un premio Nobel de Literatura?

Me responde en inglés  con otra pregunta, pero desde las zonas límbicas que le gustan al cantante.

—What fuck with Bob?

La academia sueca me tenía malacostumbrado porque, precisamente en las primeras horas del día de mi cumpleaños, me enteraba del nombre del escritor ganador del Nobel de Literatura. Yo quería que el galardón fuera para un novelista, cuya novela, mi favorita, comienza así: “La llama de la vela y la imagen de la llama de la vela reflejada en el espejo de cuerpo entero se retorció y enderezó cuando el hombre entró en el vestíbulo y cerró la puerta. Se detuvo, vestido de luto, ante el espejo oscuro donde los lirios se inclinaban, pálidos, en el curvilíneo florero de cristal tallado”.

Ahora que todos sabemos que el ganador es Bob Dylan, esperemos que cuando vaya por el premio, enfundado en traje negro, con sombrero, rostro apergaminado y mirada de tigre, nos cante su mejor canción.