Erzsébet Báthory

Obras completas de Erzsébet Báthory | Por Luis Bugarini

Basándose en uno de los fragmentos que se conserva de la Biblioteca histórica de Diódoro Sículo, el padre Ángel María Garibay (1892-1967) rastrea el origen del mito vampírico en su Mitología griega (1964) hasta la legendaria figura de Lamia que, al ser seducida por Zeus, procreó con él varios hijos a los que Hera, esposa del Dios, asesinaba conforme llegaban al mundo. En venganza, Lamia “mataba a los niños de los demás, apareciendo en la noche con cara horrorosa y dejando exangües a los infantes por chuparles la sangre”, al tiempo que “se aparecía en los caminos en forma de bella mujer para seducir a los hombres” para dormirlos y beber su sangre. Con un origen tan remoto, es factible postular que el nacimiento del mito vampírico se funde con el despertar de la conciencia humana. El valor de la sangre ha hecho de los animales y seres que la beben, entidades que generan respeto cuando no veneración manifiesta. En contraste con esta historia tan longeva, no fue hasta la primera mitad del siglo XIX y durante el XX, en que la temática de los seres que hacen de la sangre su alimento o simple líquido de regodeo, se hizo manifiesta en la literatura y otras artes.
Dos novelas de indudable valor estético ―Melmoth el errabundo (1820) de Maturin y The Vampire (1821) de Polidori―, sentaron un precedente que llega al clímax de su popularidad con Drácula (1897) de Bram Stoker. El autor irlandés, influido por libros como Varney the Vampire, or the Feast of Blood (1847), de James Malcolm Rymer, y Carmilla (1871), de Sheridan Le Fanu, integró una figura del vampiro que terminó como referencia en el género. El mito vampírico, cargado de fuerza y misterio, pasó de la literatura al cine y una de las primeras adaptaciones fue de Murnau: Nosferatu: Eine Symphonie des Grauens (1921). A partir de ese filme, el torrente de reelaboraciones ha tenido altibajos que muestran que el vampirismo llegó a su culminación. La última gran recreación del mito, nutrida con elementos científicos y construida con lúcido estilo, la escribió Richard Matheson: Soy leyenda (1954).
Este agotamiento, tan visible en obras como Uno para el camino (1977) y Salem’s Lot (1975) ambas de Stephen King, el anodino ciclo de Anne Rice y su Entrevista con el vampiro (1976) o el soporífero Drácula desencadenado (1991) de Brian Aldiss, refleja que la repetición termina por asfixiar a sus creadores. Dicha ausencia de novedades audaces lanza al ruedo cuestionamientos inevitables: ¿llegamos a la extinción de la fórmula vampírica? Sí es así, queda por determinar de quién fue la culpa: por una parte, la industria del cine es capaz de banalizar los campos de concentración o el martirio de Jesús; por otra, hay una evidente incapacidad de los escritores del género para esbozar contenido renovado que los obliga a repetir las mismas historias una y otra vez. En su perversión, el capitalismo hizo saltar al vampiro del ruedo literario y fílmico a la música, y cientos de profesionales del espectáculo explotan los dientes y la sangre para sacar ganancias por concepto de conciertos y venta de discos. Los auto proclamados dark’s y góticos son testigos de la aparición de bandas que aparecen y se extinguen a paso acelerado.
Ante esta carencia de continuadores, queda regresar a quienes, fuera de la fabulación y el arte de la palabra, buscaron en el vampirismo y la tortura, formas de comprender el mundo y la maraña con la que está construida la realidad. Más allá de la literatura, queda la vida como perpetua instigadora de aquélla; la cotidianeidad como forma de trascender la rutina. El nacimiento de la era moderna no sólo revolucionó la producción de los medios de subsistencia y el uso de los recursos para las actividades relacionadas con el arte. Los aspectos más escabrosos de la condición humana no quedaron sin una valoración novedosa. Uno de los más atractivos y reprensibles ―sobre todo por su vinculación con la literatura― es el de arrebatarle la vida a otro ser humano y hacer de ello un procedimiento estético. El excéntrico Thomas De Quincey (1785-1859), además de las anécdotas que vertió en sus Confesiones de un opiómano inglés (1821), tuvo el arrojo de redactar, seis años después, un panfleto: Del asesinato considerado como una de las bellas artes. En el opúsculo, De Quincey consignó que “empezamos a vislumbrar que un buen asesinato requiere algo más que dos necios, uno que mata y otro que muere, un cuchillo, una bolsa y un callejón oscuro”. El homicidio, como actividad humana cuya historia se diluye en el pozo del tiempo, comenzó a aspirar a un perfeccionamiento en la forma de su ejecución. Una de las precursoras nació en Hungría y permanece en el olvido.
Para los eruditos de la hematofagia vuelta erotismo aristocrático, así como para los diletantes informados, el nombre de Erzsébet Báthory (1561-1614) no les debe resultar extraño. Su figura y hechos de su existencia le han asegurado un escondrijo en las bibliotecas del mundo. Es como si su nombre, marcado por el oprobio, como el de Gilles de Rais (1404-1440) ―ese bretón de fortuna adicto al satanismo y al pillaje necrófilo de infantes―, pidiera ser sepultado en la desmemoria. Los que tienen noticia de sus acciones habrán obtenido ese conocimiento a través de la transmisión oral, del ejercicio sistemático del rumor fuera de las aulas o como consecuencia de su apego a una tradición de informales sectas urbanas reunidas en torno a su vida y obra.

2.
Sobre la familia Báthory, la Enciclopedia Británica consigna entradas sobre Esteban I (1533-1586) y Segismundo (1572-1613), ambos príncipes de Transilvania e insignes figuras políticas de sus respectivos periodos; pero de Erzsébet no dice palabra. La elección que realizó Stoker para recrear la Transilvania vampírica en su Drácula a finales del XIX, no fue gratuita. La fascinación con esa zona de Europa oriental comenzó siglos atrás. El cruce insólito del último fragmento occidental con el inicio del mundo árabe, cubrieron esa región con misterio. Los Cárpatos, que inician el Bratislava (Eslovaquia) y terminan cerca de Orşova (Rumania), han sido el hábitat vampírico natural desde antes que el autor irlandés haya imaginado el castillo del Conde más popular de la literatura fantástica y la cinematografía de todos los tiempos.
La figura excepcional y seductora de Erzsébet no ha sido un motivo constante de inspiración para los escritores de corte sangriento. Los autores que aparecen en las antologías del cuento de vampiros tomaron el mito tradicional, y lo reelaboraron con elementos de la época en la que se escribió el relato. La manufactura de cada historia lleva un sello cronológico incrustado del momento en que se plasmó en papel.
Valentine Penrose (1898-1979) impulsada por esa falta de información publicó La Condesa Sangrienta en 1963. La obra, inteligente y bien logrado cruce entre el ensayo biográfico, la crónica novelada, la historia oficial y el contoneo lírico, se sostiene con un extenso fundamento bibliográfico, que incluye no sólo fragmentos de transcripción de los procesos a que fueron sometidos los secuaces de Erzsébet, sino también de obras que dieron cuenta de los hechos desde hace varios siglos. “He aquí la historia de la condesa que se bañaba en la sangre de las muchachas” dice Penrose, con un tono que no intenta ocultar su fascinación por el personaje. El testimonio más antiguo que se tiene de sus asesinatos (más de 600), lo dio a conocer Michel Wagner en su libro Beitrage Zur Philosophischen Anthropologia (Viena, 1796), cuando halló los hechos relatados en las pertenencias de un jesuita. La distancia de casi dos siglos contados desde los procesos hasta la aparición del libro de Wagner, se explican por la vergüenza de las autoridades húngaras para dar a conocer la brutalidad de los actos cometidos al seno de la familia real. Al parecer, aquéllos crímenes quisieron ser ocultados dada la alcurnia de su perpetradora. Erzsébet mantuvo, dado su nacimiento y su posterior matrimonio, estrechos lazos con el poder real de Hungría y Polonia. De ahí su impunidad.
Seducción, intriga, caos político y sucesiones reales marcadas por el autoritarismo y la fuerza, son el escabroso trasfondo que sirve para ilustrar uno de los casos más indiscutidos del ejercicio vampírico en el mundo. La Condesa Sangrienta es un libro para quien sienta la compulsión de poner en práctica sus ideas respecto del consumo del líquido vital. De lectura ágil, el libro es un marco interpretativo de la situación histórica en la que se dan los asesinatos de las marmóreas doncellas. En sus páginas no sólo aparece el complejo carácter de la Condesa ―que a decir de Penrose, fue uno de los grandes retos de su imaginativa reconstrucción―, sino también el papel político de los Báthory, la intrincada historia de Hungría, así como el juego político por tratar de que los hechos no salieran a la luz.
Referente al libro, la escritora argentina Alejandra Pizarnik escribió que Penrose “no ha separado su don poético de su minuciosa erudición. Sin alterar los datos reales obtenidos, los ha refundido en una suerte de vasto y hermoso poema en prosa” y, como resultado, la obra “inscribe el reino subterráneo de Erzsébet Báthory en la sala de torturas de su castillo medieval; allí, la siniestra hermosura de las criaturas nocturnas se resume en una silenciosa palidez legendaria, de ojos dementes, de cabellos del color suntuoso de los cuervos”.

3.
Erzsébet Báthory es una de esas figuras de la historia de las que rara vez se escucha algo a lo largo de una vida. Sus actos, repudiados, son motivo de curiosidad en el mundo. En una de las transcripciones más escalofriantes de los procesos, se le pregunta a Ficzkó, un ayudante de segunda línea de la Condesa, sobre las torturas que empleaban, y éste confesó que a la mayoría “les ataban muy fuerte las manos y los brazos con cuerda de Viena, y las golpeaban, hasta que se les ponía el cuerpo negro como el carbón y se les abría la piel”. El museo de horrores se magnifica pues además de los ultrajes y el ejercicio sistemático de la infamia, Erzsébet gozaba del privilegio y poder oficiales. Los bochornosos hechos tras los engranajes del poder y el novelable asesinato de tantas jóvenes, terminan vaporosos pero apreciables debido a su reelaboración creativa.
El embeleso que produce la repetición de un mito no debe cegar a los incondicionales. La admiración, cuando carece de juicio crítico, se torna miopía. La devoción por el vampirismo no puede ser motivo para justificar la digestión de tanta basura que fabrica el mercado, sea literaria, musical o cinematográfica. Ante el acartonamiento es aconsejable un retorno a los clásicos, a los forjadores del género y a los orígenes. Mircea Eliade (Aspects du Mythe, 1963) al analizar la estructura mítica de la conciencia humana, se mostró partidario de beber de las fuentes, de la esencia y del origen. El mito es metáfora y la expresión cabal de la imaginación: volver es rehusarse a perder la senda. Sólo así es posible andar nuevas veredas. Cuando parece que el vampirismo como tema de reflexión y creación artística ha quedado agotado, la obra de Penrose es aire fresco, libertad y rigor. El libro se mantiene pleno, como cuando se concibió en alguna buhardilla de la posguerra francesa.