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Nadie les pidió perdón. Historias de impunidad y resistencia, de Daniela Rea | Fabio Vélez Bertomeu

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Daniela Rea, Nadie les pidió perdón. Historias de impunidad y resistencia, Urano, México, 2015, pp. 275.

 

Apuntaba Juan Villoro en un excelente artículo, “La crónica, el ornitorrinco de la prosa”, la pulsión crematística –y por reprimida, no menos real– que solía hallarse tras la vocación del cronista: «La mayoría de las veces, el escritor de crónicas es un cuentista o un novelista en apuros económicos, alguien que preferiría estar haciendo otra cosa pero necesita un cheque a fin de mes. Son pocos los escritores que, desde un principio, deciden jugar todas sus cartas a la crónica» (cursiva mía). Pues bien, Daniela Rea y sus crónicas reunidas en Nadie les pidió perdón. Historias de impunidad y resistencia forman parte de ese conjunto de excepciones que confirman la regla. Si hago hincapié en ello no es meramente por una cuestión de naturaleza biográfica –Emiliano Ruíz Parra nos advierte en el prólogo que empezó a escribir historias desde los 18 años por un sueldo de mil pesos quincenales– sino, antes bien, porque su prosa delata un compromiso vital que está más allá de cualquier posible prebenda o contraprestación económica.

Sobra decir que este hecho, de por sí, no justificaría la lectura de un libro. Y como ya dejó sentenciado en su día André Gide: las buenas intenciones no son garantía, al menos en lo que a literatura se refiere, de nada. Lo relevante aquí (¿otra anomalía en la norma?) es que las intenciones y el producto final van sin duda entrelazados de la mano. Y para ello, digámoslo todo (aunque duela), Daniela Rea ha vuelto a la tradición, a las prácticas del reporterismo más auténtico: ha salido de la redacción, ha abandonado las cómodas e insípidas interfaces (pantallas, auriculares) y, en consecuencia, ha decidido –como diría Eliane Brum– ensuciarse los zapatos. Estas constituirían condiciones necesarias y, sin embargo, todavía insuficientes para recomendar este libro. Faltaría todavía algo, acaso lo más importante; faltaría oído y pluma. Y Daniela Rea, vaya por adelantado, cuenta sobradamente con ambos. Ahora sí, ahora ya podríamos, con todo esto presente, aventarnos a recomendar con justicia y presteza su lectura.

Quien se acerque a Nadie les pidió perdón se adentrará de igual modo en un libro de historia. ¿De historia? Pues sí, de historia y de la más reciente; de lo que podríamos denominar nuestro pasado inmediato. No solo. También de relatos. ¿De relato? Sí, de los relatos procedentes de las víctimas supervivientes y los familiares que, de alguna manera, desahogaban su indignación en el testimonio de una búsqueda truncada: el muerto o el fantasma sin rostro, el “desaparecido”. Historia y relatos que no merecieron cabida, huelga puntualizarlo, en unos medios de comunicación alienados por los ratings y shares, si no directamente al servicio y montazgo del gobierno de turno. Nada semejante encontraremos en este libro, cuyo punto de partida reclama otra mirada y otro tempo, esto es, distancia, paciencia e investigación. En una de las crónicas titulada “Caminando en la tormenta”, y ocupándose del aciago destino de cinco jóvenes inocentes acusados de terrorismo por la detonación de un coche bomba en Ciudad Juárez, Daniela Rea ponía de relieve la esquizofrenia mentada: «se vive en dos realidades: una virtual en los medios de comunicación (…) y otra real, en las calles».

Es por ello que sus crónicas no cejan de mostrarnos, a lo largo y ancho de México, esa realidad aparentemente escurridiza que la cotidianidad habría tornado invisible (¿o invivible?): torturas, falsos testimonios, siembra de pruebas, secuestros, balaceras, asesinatos, desaparecidos, fosas… Sociedad presuntamente maldecida por una suerte de ataraxia o desconcertada en medio de un estado de excepción donde ya no se sabe verdaderamente quién es el estado y quién, el soberano. Dicho con las palabras de una de sus entrevistadas: «¿Cómo saber quién es quién en medio de tanta confusión, de “este vacío de Estado”?, ¿a quién recurrir, en quién confiar, de quién protegerse?». Solo así se empieza a comprender lo borroso y, a la par, lo sinuoso del asunto; únicamente así, y más si uno es extranjero, se comienza a entender este país. Así, por ejemplo, la importancia de una crónica como “El pueblo en rebeldía” capaz, por un lado, de reconstruir el caldo de cultivo que dio lugar al surgimiento de los legítimos (o al menos comprensibles) deseos de autogobierno por parte de las policías comunitarias y, por otro, de denunciar «los discursos políticos, que se daban en el centro del país» y que, sin interés alguno por establecer distinciones (con las autodefensas), criminalizaban a todos por igual.

Daniela Rea es la voz de los que no pueden hablar porque no son escuchados, porque ni tan siquiera son reconocidos. Ella encarna el modelo de cronista que necesita un México como el presente, sumido en la impunidad y abatido por el desamparo, pero que reclama, precisamente por ello, una mirada atenta a los detalles y cuidadosa para con los supervivientes. Su título lo dice todo: nadie les pidió perdón, a pesar de la impunidad y pese a su resistencia. Que al menos no sean olvidados.

  1. S. Hace unas semanas Daniela Rea, por mediación de mi colega Alejandro Vélez, nos visitó en el ITAM. Entre testimonios desoladores (e increíbles, para alguien crecido en el viejo continente) lanzó una pregunta que, desde entonces, no ha dejado de perseguirme: ¿Cómo hacer justicia –cuando el sistema judicial no lo hace– a las víctimas? A ello respondía uno de los ponente de la mesa, ayudándose de un pasaje de Ferrajoli: “más y mejor ley; la ley es siempre de los más débiles”. Dentro de mí, una sonrisa desencantada ponía en evidencia que yo ya no era aquel, aquel que desde Europa hubiese pronunciado años antes literalmente esas palabras…

 

 

 

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