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Morir después de amar, de Jeong Ho-seung | Aldo Báez

(WEB)

Estampas orientales

 

 

a Eris Letto y aún le debo…

 

Jeong Ho-seung, Morir después de amar, Bonobos, México,2014, 96 p.

 

Sé poco del Oriente. Tal vez nada: prejuicio occidental o desprecio de cierta globalización literaria. El mundo oriental sólo me lleva a algunas abstracciones representadas por el Tao, Confucio o Lao-Tsé. A decir verdad, no es causa de mi mejor interés. Basho es un bello retablo de la historia oriental comprimida entre versos contundentes, pero –a decir verdad– por momentos incomprensibles. Mao es una especie de fantasma histórico pleno de acciones que tampoco entenderé. Mishima es un genio occidental que nació y murió en aquellas tierras, pero fue universal. Kawabata es un escritor demasiado bien tratado por el mundo donde el sol se oculta, donde todo se oxida, y que arrojó a la esfera estética un universo sublimado en la casa de bellas durmientes. Por accidente o por mensajes publicitarios me enteré de la existencia de Murakami, un Wallace o Morris oriental cuya empresa lo promueve cada año al premio Nobel. Faltan algunos nombres que ahora no recuerdo, pero la incomprensión es total. Todo es mea culpa. Hablar de Corea tal vez sea algo normal. Es un país moderno, con alto índice de desarrollo, pero en realidad son dos países. Como eco trasnochado de la guerra fría existe el norte y el sur, los buenos y los malos. El comunismo y el capitalismo. En realidad sólo son economías dependientes de las antiguas potencias mundiales. El Oriente parece una unidad geopolítica lejana, una política o historia que se aproxima a tales ramas del conocimiento donde las economías crecen e impactan al mundo, pero… intentemos hablar de literatura.

Corea es una península que parece colgada de la enorme e imponente Rus y que, durante los años de la otrora legendaria Guerra Fría, se dividió en norte y sur, que fue invadida por los norteamericanos pensando en una posición estratégica entre Japón, China y la propia tierra de Pushkin. En la actualidad, entre ambas naciones (apoyadas por los rusos o los norteamericanos) tensan un conflicto que amenaza con la guerra. La desgracia se ciñe sobre de ellas, pues el conflicto es lo que nos aproxima algunas tardes de noticias a sus tiranos, democráticos o totalitarios, pero reza el refrán que aun en medio de la guerra la poesía o, más ampliamente, la literatura crece.

Morir después de amar es el libro que Jeong Ho-seung (1950), poeta nacido en Corea del Sur, merecedor de muchas distinciones literarias en las últimas décadas en su país, y que Bonobos nos ofrece a través de la voz de Kim Bu-ja. Y digo a través de la voz, porque es el traductor el que pretende cruzar la frontera con otra ropa encima, el que nos dice lo que dijo el poeta en esos versos que, desde la perspectiva que los presenta, parecen una antología, pues aunque el poeta es un hombre claro desde sus primeros poemas, se advierte una pasión por la naturaleza, que incluye fervor religioso y, sobre todo, sentido amoroso de la vida. Pareciera que entre los primeros y los últimos poemas existe cierto proceso; esto, sin embargo, es una suposición puesto que no se ofrece noticia alguna.

Asimismo, llama mi atención que haya nacido justo en el periodo previo a la guerra, una de las injustas guerras del imperio norteamericano, y que en sus poemas no se perciba huella alguna, sin contar o a pesar de la conversión religiosa que le da al libro un sentido muy cercano a nuestra fe cristiana. Esto último nos aproxima tal vez un poco, por la presencia de lo sincrético, pues empieza cantándole a los templos ancestrales y después, tanto los conceptos cristianos como sus imágenes y símbolos, se funden con mucha fortuna.

Ho-seung es un poeta de voz madura y juvenil a un tiempo, sencilla que no simple, que nos obliga a pensar en ciertos poemas evocativos del siglo xix o incluso en algunos himnos amorosos de la época clásica, sin que esto nos lleve a concebirlos como poemas viejos, sino que cierta entonación antigua se confunde con algunas épocas de nuestra mejor tradición.

Llaman la atención las imágenes de los templos orientales dedicados a Buda, recubierta desde el inicio por motivos cristianos como el perdón o la Pascua. Sus versos son melódicos sin que (no conozco el idioma) obvien su cercanía con la naturaleza como la sincronía de sus estados de ánimo. Desconozco sus lecturas del poeta o, en todo caso, si ha explorado la poesía inglesa, pero su motivación con la naturaleza, como señal religiosa, evoca ciertos aspectos de romanticismo inglés. No obstante no se detiene ahí porque Ho-seung siempre sabe el consejo acerca del amor. Sin embargo, ese tópico amoroso no alcanza ocultar que desea algo más: no sé si denunciar las hostilidades de su pueblo o sólo quiere vivir la intimidad de sus propios versos. “¿Podré ser yo el responsable de tus lágrimas y tu muerte?”, se pregunta el poeta en su poema “La responsabilidad del beso”, sabiendo –y sin decirlo– que el acto de responder a través de un beso tiene más que una implicación simplemente amorosa.

Más allá de intentar comprender la poesía, sólo me limito a admirar los procedimientos poemáticos que el poeta despliega de manera magistral, sobre todo a partir de que, en nuestras letras, el móvil religioso por momentos parece haber huido hacia el pasado de nuestra tradición. El poeta nos puede narrar historias sensoriales o incluso tomar objetos y ofrecerles vida, procedimiento inverso de algunas técnicas plásticas que toman, por ejemplo, frutas y las convierten en objetos. Ho-seung, toma alguna pala o alguna colilla de cigarro o una dentadura postiza o un clavo o montaña y les otorga vida.

La fusión del sentimiento oceánico, como lo pretendía en algún momento la religión y la poesía, puede develarnos el sentido erótico, como hace el poeta al pensar el mar o la esperanza, sobre todo porque a casi todas sus viñetas poéticas las acompaña un copo de nieve de primavera, como para devolver la naturaleza irónica y contradictoria al acto amoroso o poético.

De esta manera el poemario se convierte, con el caminar de los versos, en lindas estampas sensitivas que acentúan el discurso positivo en algo que muchos poetas contemporáneos no alcanzan a asimilar: “la gente no sabe del amor después de terminarse el amor”. El poeta camina, ve de manera maravillosa ese punto en el que se unen amor y muerte a través del recuerdo, mira hacia el recuerdo para comprender uno y otra: “donde no hay recuerdos no hay tumbas, donde no hay recuerdos no hay amor”, afirma mientras contempla una montaña sagrada.

Por último, resulta atractivo plantarse frente a un libro donde la esperanza, el amor, el perdón son tomados con frescura para construir un universo, donde –hay que decirlo– no pareciera ser lo que me han contado de Corea. Pero igual: es mea culpa.

 

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