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Morbo y disgusto | Héctor Jesús Cristino Lucas

(WEB)

I.- El extranjero

 

“Si acaso hubiera escenas amargas,

es porque muchas cosas lo son sobre esta Tierra”

 

Mondo Cane

 

Aquel día el metrobus tardó más de lo habitual.

Llegaré tarde. Ni siquiera sé por qué me esfuerzo. No sé por qué levantarme temprano, planchar mi ropa y dar los buenos días si todo esto es una mierda. ¡Ja! Siempre fue una mierda. Debería volver. ¡Puta madre, debería volver!

Odio tener que esperar con tantos idiotas. ¡¿Por qué?! Aquel vejete apestando a cigarro todo el lugar. Miren esos repugnantes labios quebradizos, cada que inhala el humo un molesto tosido sale de sus entrañas, recorriendo la garganta y dando vuelta en su campanilla, como pelota de pinball, hasta atravesar la cavidad de sus dientes frontales. Repugnante.

Una mujer y su hijo, tomados de la mano como una familia feliz. Con ella no tengo problemas, aunque seguro debe ser madre soltera. Es demasiado joven y no veo rastros de algún padre por aquí. Me apuntaría a ser un buen padrastro si no fuera porque el hijo es demasiado gordo y mongol. Olvídenlo, prefiero seguir esperando el metrobus.

Y ésa vieja, hablando por teléfono con sus auriculares mientras mueve la pierna derecha una y otra vez. ¿Acaso está ansiosa? No lo creo, seguro quiere llamar la atención. Qué vocecita de puta barata tiene. Por lo menos el culo es agradable a la vista con esos leggins. Oh, si me pagaran por calificar culos en leggins, vaya que sería divertido.

Aunque… hay algo que podría ser más divertido aún. ¿Y si la empujo? ¿Y si cuando el metrobus pase, la empujo? Vaya, un último grito de zorra y se despide de este mundo. Cualquiera que le escuche del otro lado del teléfono se sorprendería. Sí, creo que eso sería muy, muy divertido.

II.- El morbo y la risa

Es decir, ¿por qué una tragedia no habría de serlo? Desde la antigua Grecia la desdicha ha sido considerada divertida. Los griegos adoraban el humor negro: Eurípides con Medea, Esquilo con Prometeo, Sófocles con Edipo Rey. Cada que montaban sus obras de teatro la gracia invadía el lugar como ningún otro. Quizás por ver a los personajes asumir el terrible destino que les fue predicho. Tal vez por verles correr inútilmente en contra de algo tan inevitable. Todos se sentaban tranquilos a esperar a ver la tragedia, la sangre y el horror. Morir en carcajadas en esta anagnórisis maliciosa que tarde o temprano se gestaba frente a sus ojos. Y sí, eso era divertido.

Tan divertido que el mismísimo Aristóteles le dedicaría su famosa Poética. Donde concluye, a manera de reflexión, que la tragedia siempre estará ligada con la comedia. Hasta Umberto Eco hace juego de ello en En el nombre de la rosa. Con esos monjes supersticiosos de la Edad Media que veían el libro de la risa como algo prohibido, porque de alguna manera, la risa enajena el alma y le resta importancia a las situaciones; porque la risa va en contra de Dios y nos hace desalmados. Por ello, el libro de Aristóteles está maldito. Todo aquel que lo lea, y ría con sus páginas, morirá tarde o temprano. Pero el morbo de saber que la tragedia causa gracia, llevó a muchos a leerlo.

El morbo rige al mundo, por lo tanto, la risa que causa también. Esos Monjes tenían razón. Reír le resta importancia a ciertas situaciones. Hoy en día es más fácil notarlo gracias a las redes sociales. A los quince años del trágico 9/11, los internautas hicieron una avalancha de memes y videos burlándose de ello. El que más recuerdo, porque sí, gracia me causó, fue el pequeño montaje en videoclip con Binladen bailando junto sus terroristas la ya conocida canción del grupo boliviano Azul Azul: bomba, para bailar esto es una bomba, para gozar esto es una bomba, para menear esto es una bomba. Mientras, se mostraban escenas de las Torres Gemelas derrumbándose.

¿Quién lo negaría? El morbo hizo que la Youtuber inglesa Marina Joyce fuera trending topic en Julio y Agosto del 2016 por hacerle creer al mundo que estaba secuestrada por alguien que le obligaba a hacer videos. Todo resultó ser una campaña para tener más visitas.  Funcionó.

De hecho, la palabra Morbo sólo existe en el idioma español. En italiano sería algo así como Affascino, que significa fascinación. En inglés, el término Morbid fascination es referido inmediatamente a la muerte y a un enfoque sensacionalista de los medios de comunicación, mientras que Morbidité, en francés, es un término que apenas y se usa para referirse a la enfermedad. Nuestro Morbo, en cambio, se deriva del latín Morbus que significa “de origen oscuro” y suele referirse a una tendencia a lo desagradable y a lo prohibido, sea moral o escatológico, sea violento o sexual. Es un sentimiento subconscientemente reconocible, pero conscientemente rechazable.

La empujaré por morbo. Sí, creo que lo haré sólo por eso. Sería como recrear la escena inicial de Tesis de Alejandro Amenábar con un propósito fijo. Veamos: yo la mataría por morbo, sí, pero al mismo tiempo sabría cuántos morbosos reprimidos existen. Es decir, cuántos se acercarían no con la intención de ayudar, pero sí con mirar, porque hoy en día todos queremos hacerlo. Mirar escenas, no que nos las describan. Es la razón por la cual la lectura deja de ser importante y vivimos rodeados de pantallas. Giovanni Sartori nos tiene una palabra para esto: Homo Videns, el hombre que ve. Pero yo le llamaré: Homorbo Videns, el hombre que siente la excitación de ver.

¿Cuántos no grabarían con sus pantallas portátiles a la pobre chica tendida en el suelo? ¿Cuántos no sentirían el morbo y la fascinación de ver, en la comodidad de sus casas, mientras trabajan, mientras descansan, los sesos pintando el asfalto? Apuesto a que se vería como una Improvisación diluvio. Como una obra de arte que el mismísimo Kandinsky daría significado. El color penetrante del rosa, y la forma y la textura pegajosa sobre una enorme superficie artística llamada pavimento. Todos querrían verlo. ¿O es que acaso Armin Meweis -el caníbal de Rotemburgo- no sabía que alguien tendría la morbosa curiosidad de ver cómo digería el pene de su amante? Por eso grabó.

Y ahora, alguien aquí grabará. Se esparcirá por internet, porque el internet es el padre del morbo, y tanto foros de lo grotesco como personajes al estilo Dross le dedicarán un espacio en sus sitios. Mientras, periódicos como el Alarma la pondrán en primera plana con algún título picarón, como: “El metro matola a la culona” y todos comprarán el periódico a sólo cinco pesos. Sí, definitivamente debo empujarla.

III.- El morbo y el arte

Es cierto, todo tiene su grado de morbosidad, pero tampoco es tan malo. Posee cierta estética dentro y fuera de toda su ontología. El morbo pudiera incluso ser sublime, y para Kant, lo sublime es la ilimitación de la magnitud o la fuerza. La infinitud de algo lo suficientemente grande como para ser imaginado. Por supuesto, ahora recuerdo mis clases de filosofía.

Existen dos variantes de lo sublime según Kant:

El Sublime matemático: Que se opone a la comprensión.

¿Y es que acaso la excitación de ver algo tan desagradable como prohibido resulta comprensible? ¿Cuál es el fin de hacerlo? ¿Satisfacer qué exactamente? ¿El morbo? ¿Y qué diantres es el morbo? ¿De qué color es? ¿Qué forma tiene? ¿Se mide acaso? Pareciera que es un rasgo más característico del hombre. Etéreo pero consistente. Único en la especie, tan confusa como extraña del Homo Sapiens Sapiens.

Y el Sublime dinámico: Cuando puede amenazar nuestra integridad física.

Pongamos a prueba este último cuando vaya a dar el empujón. Una muerte que satisface un sentimiento inimaginable como inconmensurable: el morbo, pero que pone a prueba la integridad física de la chica. Sería una tragedia. Sólo que los medios de comunicación, que la prensa o las redes sociales, le añadirían la parte cómica del asunto. Una tragicomedia. La inmortalizarían de miles de maneras. Tan truculento como pasional, tan pasional como romántico.

Porque lo sublime es tan propio del Romanticismo. ¿Qué acaso lo sublime no recuerda a lo inmedible del horror, la belleza de lo grotesco y el misticismo de la muerte? Théodore Géricault se basó en una tragedia real al pintar La balsa de la Medusa en 1818: el naufragio de un barco francés por la negligencia de su capitán. La desolación, el horror y la muerte están plasmados de manera exquisita. Los rostros de aquellos, los trágicos, en un pedazo de madera flotante en medio de la nada, esperando en la ferocidad de las olas una mínima de esperanza, pero a la vista sigue habiendo eso: nada.

 

El Romanticismo, el verdadero Romanticismo quiero decir, es trágico, truculento, hay pasión pero también muerte, como si ambos conceptos copulasen día y noche por el resto de la existencia. Es la base primordial de la literatura gótica y de terror. Horace Galpone lo demostró con El Castillo de Otranto allá por 1764 -la novela fundadora del género- con sus maldiciones, doncellas en apuros, cuadros vivientes y personajes excéntricos. Todo bajo el filo de una pluma tan romántica como sangrienta, pero francamente tragicómica desde el inicio. Una vez más, queda claro, que la muerte puede ser tan graciosa como pasional. Tan profunda como morbosa.

Edgar Allan Poe, la eminencia con quien abre Los Raros de Rubén Dario, el referente inmediato de la literatura gótica, la pieza fundamental de Los Poetas Malditos de Verlaine-¿qué otras palabras digo que no se han dicho?- usó el morbo, la sangre y la tragedia para ofrecer letanías sublimes a la eterna perdición, tanto física como espiritual. Del Corazón delator a La Máscara de la muerte roja. De La Caída de la casa Usher a Los Crímenes de la calle Morgue. Del rítmico y mortal Nunca Más del Cuervo hasta el cantico fúnebre a ella, dos veces muerta, porque murió tan joven: Lenore. ¡Que alguien me niegue que el morbo no es arte viniendo de Poe!

Mary Shelley con Frankenstein siguió la tradición de la novela gótica, exaltando la tragedia y su belleza, pero añadiéndole el cuestionamiento de la ciencia y la relación de la humanidad con Dios. El Drácula de Bram Stoker, quien explora con erotismo la pasión de un no vivo por transgredir las barreras de la propia muerte en pos de conquistar a una mujer. Estos, los monstruos clásicos que inspirarían el nacimiento del Expresionismo Alemán. El Nosferatu de Murnau como pieza poética de muerte y oscuridad -Recordemos, Morbo: del latín Morbus que significa “de origen oscuro”- como espejo de una sociedad decadente tras la Primera Guerra Mundial.

¿Y que sería del séptimo arte sin el morbo mismo? El cine de terror viene justamente del Expresionismo Alemán. De ahí los monstruos, la sangre y lo siniestro. Y como el filósofo español, Eugenio Trías Sagnier mencionara en su obra más conocida Lo Bello y lo Siniestro: “Lo siniestro nos remite a una revelación de aquello que debe permanecer oculto. Exponer lo que no debemos ver es una transgresión y una confrontación”.

El cine de horror mantiene como único propósito aterrar a la audiencia con lo desconocido; con lo siniestro o lo oculto. Juega por supuesto, con el morbo inmediato, ése que nos hace querer ver aunque sabemos que no nos gustará. Y puede ir de lo más grotesco, como el The Fly (1986) de Cronenberg o el The Thing (1982) de Carpenter, hasta lo más sutil y sublime, como el manejo de suspenso y la maestría de provocar miedo sin mostrar mucho o casi nada. La jugarreta de Roman Polanski en Rosemary’s Baby (1968) al nunca mostrar el monstruo, o la angustiante The Blair Witch Project (1999) donde lo siniestro, en este caso la bruja, no tiene forma y no sale en pantalla. Está oculto.

De ésta última, el morbo fue pieza clave para su éxito. Con un bajísimo presupuesto, actores amateurs y un par de prospectos a cineastas, Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, lograron crear una de las películas independientes más taquilleras de inicio de siglo y la tendencia que figuró después el famoso Found Footage -metrajes encontrados- como subgénero del horror. Lo único que tuvieron que hacer fue esparcir el rumor por internet -todavía en pañales- de que todo en la película era real: que los chicos involucrados desaparecieron y que esas imágenes eran lo último que grabaron. El famoso truco del marketing-morbo que incluso se sigue utilizando hoy en día.

Sin embargo, la antesala de éste subgénero fue el llamado Cine Mondo. Nacido en Italia a inicios de los 60s, su objetivo desde un principio fue retratar las costumbres de distintas culturas exóticas y desconocidas alrededor del Globo, pero con ciertas alegorías filosóficas y paralelismos irónicos con el mundo occidental. La primera de ellas fue llamada Mondo Cane, y fue dirigida en 1962 por los cineastas italianos Paolo Cavara, Gualtiero Jacopetti y Franco Prosperi, aunque rápidamente se les tachó de sensacionalistas por promover el morbo. Hasta el día de hoy es considerada un auténtico deleite de lo grotesco por promover algunos temas ocultos de los que nadie hablaba.

Oh, pero basta de tonterías, el metrobus ya viene. Es ahora o nunca. Me acercaré a ella y cuando menos lo espere el discurso del Morbo cobrará vida. Así es, un discurso viviente con tan sólo un empujón…

¡Llámenme el Raskolnikov del siglo XXI!

 

IV.- La chica

Está bien, lo admito, no pude hacerlo. Tan sólo tenerla frente a mí fue agobiante. Aún no sé qué falló. El metrobus estaba perfecto, sólo era cuestión de empujarla. No lo creo, me he traicionado. Es estúpido. Me he traicionado y no sé exactamente por qué si las piezas estaban en su lugar. Pasé de ser Raskolnikov a un inútil y aseñorado Archibaldo de la Cruz. Luis Buñuel debe estar riéndose de mí en su tumba. De verdad, no lo creo.

Lo peor de todo es que al subir ella se sentó junto a mí e hicimos un poco de plática. No es tan tonta como creía, hasta conseguí su número de teléfono. Bueno… supongo que mi discurso está vacío, no sirve. El morbo sólo es una excusa para hacerse el interesante pero nunca para matar a alguien. No habita en quien se hace tantos discursos en la cabeza sobre el mismo. Debe hacerlo en quien nunca se lo ha cuestionado.

¿Qué les digo? Sólo resta esperar. Será otro día aburrido como siempre.

 

V.- Epílogo

Dentro de 10 minutos el metrobus pasará encima de una chica en leggins y será arrollada. Alguien la habrá empujado.