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Mecánica potencial | Por Luis Bugarini

(Web)

Observatorio

Un cambio de geografía nos obliga a fundarnos de nuevo y además revela nuestras carencias. En otros lugares se habla con otras palabras, otro acento y gestos para tal o cual situación. Es el cruce de un umbral. Algo que H.G. Wells llama “presupuestos mentales distintos” en El País de los Ciegos, ese relato fantástico sobre una civilización andina que floreció sin ayuda de la vista. Cuesta trabajo creer que nuestro sistema de certezas esté ceñido a unas cuantas líneas, pero así es. Ejercemos una porción pequeñísima del mundo y nos imaginamos su propietario. Uno de los poderes de la literatura es mostrarnos aspectos que no veríamos de otra manera. Ese relato del autor inglés funciona como metáfora sobre el alcance de nuestro entendimiento. Lo que podemos conocer es limitado, al igual que lo que es posible venerar. Nos entregamos a un frenesí y renunciamos a cien más. Tal vez Drácula rechazó la inmortalidad porque no descubrió una afición. Toda su perspectiva de crecimiento era alimentarse de los demás, lo cual no es una práctica saludable. Los enconos generan malestar y terminan en contra nuestra. Idear un sitio en el que la vista es un concepto desconocido —los pobladores del lugar ignoraban el verbo—, nos enfrenta a sopesar lo que la experiencia y el mundo de los sentidos hacen por nosotros. La escritura aporta placer, pero más aún cercanía de la persona amada. Las variables del regodeo son subjetivas y admiten prueba en contrario. No se recuerda a un escritor deforme, por ejemplo. ¿Cómo leer la poesía erótica de una mujer con una joroba callosa en la espalda, o la novela histórica de un autor que padece la última etapa de una lepra insoportable a la vista? Nos arrellanamos en un punto de la silla y esto nos impide conjeturar sobre otros escenarios posibles. Si la literatura es un ir hacia, como se refiere en este libro, importa si ese traslado se hace a rastras, a pie, corriendo o en una silla de ruedas. ¿Cómo habría escrito Juan García Ponce sin la esclerosis en placas que lo postró hasta su muerte?
Intervenir o abstenerse
Las interpretaciones de las obras las afectan. Se vuelven intervenciones al objeto, que nunca será el mismo. Ya no será posible leer el Mahábharata, por ejemplo, sin recordar la versión fílmica que realizó Peter Brook a partir del texto épico. Ahí no está la obra ni lo es en sí. Es un delta que se aleja pero lleva la esencia del afluente principal: una derivación. La fuerza y facilidad de transmisión de la imagen hace que concluya hipnótica. Un diálogo de dos personas que representan a dioses cósmicos tiene más fuerza que mil páginas que narren el encuentro. Tanta espesura limita la cercanía del lector. Intervenir no es plagiar y menos aún una confesión de falta de creatividad. Es un aliento. Una modalidad específica del acto creativo que no invalida otras tentativas. Es posible escribir un Hamlet o llevar al cine otra versión de La Tempestad, como hizo Peter Greenaway, y llevar a cabo un acto ejemplar de interpretación. Otra obra es una página en blanco. Giorgio Moroder coloreó Metrópolis, actualizó los diálogos y la sonorizó con música pop de los ochenta. El resultado es otra Metrópolis que Fritz Lang no desaprobaría. Brook lleva al máximo el procedimiento porque el texto es inmenso, lidia con cientos de personajes y es un libro escrito en desde tradición hindú, tan lejana en cosmogonía y entendimiento de lo elemental. El resultado es una puesta en escena en la que diálogos enigmáticos y personajes se entremezclan hasta marear al espectador. La intervención no es promesa de efectividad. A lo mejor debió tomar sólo un episodio y comprimir el resto de la trama. Hemorragia de situaciones. Salpicadura de actos heroicos en donde el que creemos será un hito, no es sino el inicio de otra secuencia de barbaridades y reconfiguraciones del tiempo mítico. La punta de lanza de la intervención es la creatividad. Los silencios de una obra son otra página en blanco. ¿Dónde inician/terminan las obras? ¿Tiene el autor derecho a darle forma de una obra sin preguntar al posible espectador? En la posibilidad, al fin, late el salto al vacío.

Paternidad de papel
Sería riesgoso afirmar que Mary Shelley no soñó con Víctor Frankestein antes de sentarse a redactar la novela. De igual forma lo contrario. Lo que es posible sugerir es que el monstruo, luego de ser arrojado al flujo de la vida, comprobó la funcionalidad de sus extremidades antes de utilizarlas. No es imaginable que se haya levantado de la tabla de cirugía sin flexionar las piernas, por ejemplo, lo que implica actividad cerebral, esa forma de tránsito. Es el acto que inaugura su errar perpetuo, que sucederá con cada lector que fatigue sus páginas. La búsqueda del padre exige avivar los sentidos, trenzar referencias y concentrar las preguntas para plantearlas con un mínimo de palabras. ¿Qué objeto tendría perseguir a una persona si no se tiene prevista la secuencia de acciones a seguir? Búsqueda es acción. La criatura tenía habilidades para planificar, lo que refiere autoconciencia funcionando a un nivel óptimo. Ahora bien, si el monstruo buscara a su madre no la encontraría, porque Mary Shelley es nombre de casada. El apellido Wollstonecraft sería el disfraz perfecto para borrar las huellas de una maternidad no ejercida. La orfandad es una modalidad de locomoción: nacer es salir. ¿Quién podría actuar sin haber cruzado ese umbral? Rehusar los efectos de la movilidad nos aleja de la literatura, que es un ir hacia. ¿El paraíso perdido, el patíbulo o los interregnos? Lo responderá la crítica literaria. Dialogar con el cuerpo expresa un intercambio químico que actúa en silencio. Ejemplo: podemos disfrutar de nutridas mesas de novedades por la vitalidad de los autores. Así que el monstruo de Frankestein llegaría confundido a Roma, entre turistas chinos y japoneses, directo al Cimitero acattolico, donde reposan las cenizas de Percy Bysshe Shelley. “¡Alabada sea la eterna justicia del hombre!”, línea de la novela que exclamaría al confirmar que no son las del doctor Víctor. Al descubrir la impostura del oficio literario, capaz de crear padres de papel, lloraría debido a la confusión y el abandono, aunque tranquilo por haber emprendido la búsqueda.