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Lorenzo García Vega. Apuntes para la construcción de una no-poética, de Carlos A. Aguilera | Víctor Roberto Carrancá

(WEB)

Carlos A. Aguilera, en esta laberíntica obra que explora textos, cartas, ensayos, en torno al personaje-autor de Lorenzo García Vega, nos habla, entre numerosos tópicos, acerca del gran descubrimiento cubano: ¿qué es la literatura, sino descubrir y redescubrir?, ¿explorar pantanos, océanos y ciénagas? Este autor, de pluma y voz propias (a pesar de que estas se enfocan en ese otro, mucho más inasible, que es García Vega) nos dice que quien se va de Cuba deja de pertenecer a la “literatura cubana”. Aun así, es difícil imaginar unas letras cubanas que prescindan del exilio. Las suyas, son las grafías del ostracismo. Desde José Martí hasta contemporáneos como Zoé Valdés y Eliseo Alberto, quien, por cierto, vivió sus últimos años en México.

A pesar de su título (Lorenzo García Vega. Apuntes para la construcción de una no-poética), debe saberse que el recorrido ensayístico de Carlos A. Aguilera, breve aunque no exento de minucia cultural, no solo versa sobre Lorenzo García Vega. El autor hace buen recuento de la Cuba literaria, a través de diversos textos, con conformación tan variada como ese manojo de cartas que se exhiben al final de la obra, que discurren, con humorismo, en opiniones sin censura. Aguilera se adentra en esa locura inherente al escritor, materia de estudio, así como de aquellos otros que conforman eso que el autor describe como “una poética de lo alucinado”. De ese modo, los ensayos y cartas que conforman esta obra, se desmigajan en disquisiciones sociales, políticas y hasta psicológicas[1] (por esa latencia de conceptos freudianos en la propia literatura y vida de García Vega).

De ese modo, los distintos textos que conforman esta obra, ahondan en la “grandeza” de las letras cubanas, ese “país venido a menos, donde todo es caricatura de un antiguo esplendor, y la grosería, la máscara, la mentira, el tapujo son de alguna manera las constantes sociales más típicas”. Bajo esta visión sardónica, Aguilera explora la influencia de Virgilio Piñera, el nacimiento de la revista Orígenes y los llamados origenistas, las novelas de Severo Sarduy, la hegemonía de Lezama Lima, el nacionalismo y sus repercusiones literarias. Lorenzo García Vega se transforma, pues, en un epicentro discursivo que sirve para analizar lo que a su derredor deambula.

El libro de Aguilera predica lo que sobre García Vega escribe. En sus palabras, este último “poseía uno de los imaginarios más raros de toda la literatura cubana. Un imaginario extraño para una literatura que muy pocas veces se burla de ella y casi siempre sacraliza todo lo que toca, incluyendo el hambre, la realidad o el homo cubensis en sí” (41). Esta rareza se contagia, a su vez, a la labor ensayística de Carlos A. Aguilera, quien da piruetas críticas sobre aspectos que profanan ese carácter “intocable” de las letras cubanas, que se desprende de una petulancia nacionalista y enfrenta tópicos, tan sustanciales como polémicos, a través de su recorrido por lo que circunda al autor de Los años de Orígenes, a quien Aguilera termina por coronar como Rey de Polonia: “un polaco que no sabía nada de Polonia ni de la lengua polaca ni de Lem, Schulz o Brandys. Pero, por eso mismo, el más polaco de todos los escritores polacos” (43).

Para el lector foráneo, que puede conocer poco sobre literatura cubana, el contexto en el que escribió García Vega se torna, ensayo tras ensayo, mucho más claro. Difícil interpretar el verdadero sentido de este autor, así como el significado que tuvieron sus obras. Si bien se ha afirmado que la Cuba literaria es la Cuba del exilio, también es cierto que el lector es, a su vez, un extranjero. No así como Aguilera, poeta y ensayista que deambula en un lenguaje audaz y osado y quien se presenta como crítico cercano (no como aquellos que especulan desde ese “otro lado”) al propio Lorenzo García Vega. Lo anterior se corrobora, claro está, con el contenido epistolar y las entrevistas que forman parte de esta obra, en donde Aguilera y García Vega se entrelazan en un diálogo que arremete en los conceptos más complejos (y a la vez más banales) de la literatura: “Querido Aguilera Carlos: ¿de qué estás hablando? ¿Sentido de la literatura? ¿A la edad que tengo me voy a plantear eso? Además, no creo que si fuera más joven tendría, tampoco, sentido hacerme ese planteamiento” (93).

El rescate de las letras de Lorenzo García Vega no debe ser tarea fácil. De ahí lo encomiable de la labor de Carlos A. Aguilera. El canon, ese sistema de jerarquización que ha sido abordado por autores como Harold Bloom, tiene un mecanismo peculiar dentro de la literatura cubana. Esto atiende, claro está, a cuestiones políticas y sociales de un país tan complejo. García Vega se coloca, por ende, dentro de un espacio que escapa lo sistemático[2]. Su discurso se encuentra en lo que Reyes llamó la literatura “ancilar”, al margen de esas otras letras imperantes que, en muchas ocasiones, atienden lo hermético y se conducen con pragmatismo. Es así, que la irreverencia y el sarcasmo, tanto de García Vega como de Aguilera, se unen en un camino intrincado que trasciende la labor crítica y forma, de este modo, la verdadera no-poética que da título al libro.

Debe elogiarse, también, la labor ilustrativa de Luis Cruz Azaceta, ornamento imprescindible para considerar esta edición una obra completa, visual, que decora las palabras como lo hace el poeta con su imaginería extravagante. De igual manera, el libro de Aguilera no se limita a “construir” a ese Lorenzo Vega de la crítica adusta. Se trata, también, de transformarlo en personaje, protagonista tangible[3]. De esta manera, las diversas entrevistas, como en el caso de “La devastación”, sirven para arrojar luz sobre un temperamento que, en muchas ocasiones, se cierne al discurso crítico. El personaje-Lorenzo discurre en detalles que van más allá de la efusividad con que se aborda la visión de un autor: “Yo con mi expresión me enredo mucho. Cuando era niño y me traían un juguete a mí lo que me gustaba era conseguir un martillo para ver lo que tenía dentro. Y esto es lo que yo quisiera hacer también en una entrevista: traer un martillo y…” (56). Sin embargo, quien trae el martillo es Carlos A. Aguilera. Su labor es la de destruir (y reconstruir) la imagen que uno puede hacerse en torno a Lorenzo García Vega. Sus ensayos son, de alguna manera, la estructura de aquel juguete. Descubrimos que el poeta se encuentra en el interior de la carcasa.

Las diversas cartas y entrevistas pretenden, también, crear una perspectiva cercana sobre García Vega, una figura, por demás reputada, que puede parecer de esas efigies literarias que resultan inconmensurables, sagradas, casi intocables. La familiaridad con que Aguilera aborda a García Vega se vuelve, más bien, una tertulia agradable en la que está presente el lector. Esto no quiere decir que el contenido de las entrevistas carezca de cierta presuntuosidad. Carlos A. Aguilera desgarra con esa cultura que lo caracteriza. Una cultura que, indudablemente, debió elogiarle el mismo poeta. Aun así, esa argucia discursiva, poblada de citas, de paráfrasis y guiños doctos, ayuda a construir un lenguaje refinado que convierte a Aguilera en algo muy distinto a un entrevistador común o a un ensayista que se focaliza en el enaltecimiento de un tercero. La correspondencia entre el autor y García Vega también son prueba de esta franqueza literaria. El vínculo epistolar entre ambos escritores construye una amistad irreverente: “Querido Aguilera Carlos: pon mi firma donde quieras. Todo lo que hagas está bien. Te seguiré hasta el infierno” (78). Sin duda, el libro de Aguilera termina por tomar el consejo trascrito y conducir, pues, hacia las letras del infierno, donde la política cubana se aborda sin vestimentas ni refinamientos: “Pero te aconsejo que pienses en los tiempos de la diáspora, olvídate de la jodida nación, con su jodida política! Debemos ser fantasmas, y cagarnos en la noticia, todo lo demás nos lleva a convertirnos en un Cintio del lado opuesto” (78).

La obra de Carlos A. Aguilera es, como se ha dicho, un homenaje al humorismo de García Vega. De ahí que su contenido oscile entre la irreverencia ensayística y la exploración de apartados menos convencionales de la obra del poeta. Esto se aprecia, por ejemplo, en “Cómo me quede calvo”, texto que alude, en su proemio, a la patafísica de Alfred Jarry puesto que se desarrolla, nos dice su autor, en el “Novísimo Instituto de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires Subcursal Albina” (79), en donde García Vega reflexiona sobre la famosa guagua cubana y la utiliza como metáfora de la humanidad. Aunque la disquisición suena humorística, este sello de insolencia es identificable a lo largo de todo Lorenzo García Vega. Apuntes para la construcción de una no-poética, no solo por la pluma de este autor, sino también porque el propio Carlos A. Aguilera se transforma en objeto de estudio para el mismo García Vega[4]. De esta manera, los dos escritores cumplen una función especular, de modo que el estudio de uno se convierte en la reflexión sobre el otro, y viceversa. El tejido literario de Aguilar crea una escalera de textos, que se combina, a su vez, con las serpientes. Es decir, se trata de una antología poco convencional, de ritmo ascendente y decreciente, que va a lo alto de un discurso para regresarnos al subsuelo; pero que atiende un ritmo acorde a esta exploración del personaje-autor de García Vega. Las cavilaciones de las cartas, por tanto, son muestra de esta exploración acuciosa que efectúa el autor de esta antología, presente, de hecho, en la ya mencionada complicidad entre ambos escritores.

 

[1] Esto último se aprecia en la entrevista compilada con el título “La patria albina”, en la que, sin arreglos ni eufemismos, Aguilera cuestiona a Lorenzo García Vega del siguiente modo: “¿Continúa asistiendo al psicoanalista?”, ante lo que el escritor, materia del libro de ensayos, responde: “Lamentablemente nunca tuve dinero para pagarme un tratamiento psicoanalítico. Solamente pude intentar tratamientos psiquiátricos pobretones” (73).

[2] Para Aguilera, se trata de una obra fronteriza: “Y cuando hablo de fronterizo no solo me sitúo en su lado clínico, mental y cómicamente público; sitúo más el acento sobre una necesidad de exterior, de inserción y juego en el espacio del otro, de travestimiento, cosa que en Cuba se ha intentado sin efectuarse completamente más por razones políticas que por una transgresión conceptual o contracanónica, más por razones económicas que por colocar entre comillas a la LiteraturaNación y las preguntas chiquiticas que ésta genera” (28).

[3] De ahí el genial grito que hace García Vega: “Pero, Carlos, ¿por qué me haces hablar tanto? ¿Voy a terminar hablando como un personaje de un melodrama?” (73).

[4] Lo que sucede, por ejemplo, con una carta que contiene un ensayo sobre la obra de Aguilera que García Vega titula: “La literatura como dolor de cabeza”.

 

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