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La semilla oculta | Por Guillermo Núñez

(Web)

Cada tanto pueden escucharse los optimistas estertores del humanismo y de la época inmunológica. Sin dificultad, semanalmente uno se topa con algún artículo ligero en el periódico donde se asegura que la neurociencia ha probado que leer libros de J. K. Rowling (por decir algo), nos hace mejores humanos: más empáticos, más imaginativos. Es un esfuerzo conmovedor que parece depositar confianza en la fuerza pedagógica del arte (tan enternecedor como su lado oscuro, que asegura que leer ciertos libros o consumir cierto tipo de productos culturales pueden hacernos peores personas). Es una idea muy atractiva y muy hospitalaria.

Ah, el humanismo, siempre en crisis: ¿es cierto que no termina de morir ni de nacer nada nuevo?

Podemos sospechar del humanismo de Thomas Mann, especialmente en sus obras maduras. Aunque al inicio del Doctor Faustus (1947) Serenus Zeitblum ensalza con entusiasmo la figura de Adrian Leverkühn, artista que se le «presenta como el paradigma de cuanto se relaciona con el destino humano, como el instrumento clásico para comprender lo que llamamos curso de la vida, evolución, predestinación», de inmediato Zeitblum concede, sobre sí mismo, que es un «hombre chapado a la antigua, invariablemente adicto a ciertas concepciones románticas que me son caras y entre las cuales figura la operación entre lo artístico y lo aburguesado», una tensión que es desestimada pronto por Leverkühn, de forma similar a la manera en que la tensión se sostenía entre Nafta y Settembrini, en La montaña mágica (1924), una obra de transición, para disolverse (no tan pronto) en su final pesimista. Que Mann haya advertido estas tensiones y la forma en que se disolvían es lo que nos permite sospechar de su humanismo, como si hablara desde él una especie de demonio que se expresa opacamente.

Theodor W. Adorno en “Para un retrato de Thomas Mann”: «Todo lo que decía sonaba como si comportara un secreto doble sentido que, con cierto diabolismo que no se quedaba en la actitud irónica, dejaba que el otro adivinara».

Comentario ligeramente al margen: quien haya leído recientemente El lenguaje materno (2014) de Fabio Morábito habrá advertido el alcance que todavía tienen en su obra las ideas que desarrolló en Los pastores sin ovejas (1995), como puede notarse en la figura del lector furtivo o vampírico, o en los impulsos totalizantes de las brujas o el retorno de Filoctetes. El mismo imperio de dichas ideas puede apreciarse en También Berlín se olvida (2004), como en el capítulo dedicado a los Kleingärten, donde leemos al final: «Si el jardín es, como dicen, antiguo como la humanidad, se debe a que el sentimiento utópico y la Gemütlichkeit lo son también, y que a través del jardín, o sea de la miniaturización de la naturaleza, el hombre puede sentirse un poco Dios, el gran Ortopédico que aporta incesantes correcciones e infinitos retoques a su obra, en un ejercicio de depuración interminable que ahora, después de los nazis, sabemos con qué facilidad, sobre todo si se hace detrás de un alambrado, es decir detrás de una férrea actitud mental, nos puede conducir directamente al infierno». O más tarde, en “El Muro”: «…parece que no hay un solo acto de los alemanes que no lleve oculta la semilla de un muro que ha de surgir tarde o temprano para poner fin a una discordia insoluble».