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Insomnio y vida mundana; o el Monstruo de las 18 Horas

El insomnio se reduce a evitar que llegue el día de mañana. Es como el suicidio.

Durante mi vida he sufrido dos clases de insomnio: uno, el resultado del estrés, alguna mala temporada que desangra la tranquilidad y te conserva alerta, hundido en la preocupación del anochecer hasta que amanece. Pero este insomnio es, digamos, poco productivo e interesante. Si se va el problema, desaparece la falta de sueño.

Y dos, el que me interesa, que es el insomnio autoinfligido: el que de alguna manera se sufre pero, también, se goza.

Básicamente, dormir me aburre. Para mí representa “perderse de la fiesta”. Todo el día es un continuo establecer objetivos, límites, fundar y truncar deseos y asumir el origen, el desarrollo y la conclusión, cada mañana, de una conciencia. Si bien existe una conciencia general, que cambia cada año, cada seis meses, o cada que ocurre un acontecimiento extraordinario, existe una conciencia cotidiana. De alguna forma, y de una manera mucho menos aparatosa asistimos a una recuperación, cada que abrimos los ojos, del universo personal a la manera del personaje de la película Memento. Si en ese personaje, el olvido, la memoria fallida es el enemigo; en nosotros, el Otro, el mundo exterior, las dudas, los enfrentamientos con la Realidad, sino enemigos, sí son elementos que allanan o fortalecen ese cosmos que es memoria, identidad, conciencia. Con todo esto, ir a la cama para dormir, desenchufarte, sucumbir a otro estado de la conciencia (pero que no controlas) me parece un despropósito. Tanto esfuerzo en construir un mundo para abandonarlo en manos de los sueños. Cada momento insomne, para mí, representa una victoria de minutos y horas contra la pérdida de mí.

De alguna forma, creo, hay otro asunto que me hace emprender esta lucha cada noche. En un conteo rápido, en un día cualquiera, invierto ocho horas en el trabajo, cuatro horas en dormir, tres horas en comer, una hora y media en transportarme al trabajo, y otra hora y media en “reponerme” cuando llego a casa por las tardes. Esto me deja, cada 24 horas, con seis horas efectivas para leer, escribir, observar el mundo detenidamente, ver series de televisión, conversar y divertirme (pieza clave para la salud humana). Estos Seis Grandes, creo, son lo que conforman mi conciencia asumida y elegida. El resto, obviamente, son convenciones, necesidades y obligaciones para insertarte en la sociedad y, sobre todo, para pagar la renta.

La ansiedad que me orilla al insomnio, también, son esas 18 horas invertidas en “otros asuntos” que me alejan de mi propia vida.

Sé que una gran parte del material con el que escribo ahora, que a mis 35 años ha dejado cuatro novelas escritas y terminadas y listas para edición (una de ellas publicada en 2008, otra a publicarse en 2013); una, de 400 páginas, olvidada y a punto de ser destruida en el disco duro de mi computadora; y unos cinco borradores intratables y ya destruidos, son el resultado de mi infancia, primera juventud y fragmentos de mi vida adulta. Es decir, mis novelas han sido escritas con el material resultado de haber vivido, sí, pero, sobre todo, con la contemplación tranquila y expansiva que me dan los momentos libres que no se insertan en esas 18 terribles y trágicas horas cotidianas.

Esto me dejaría varias ideas terminales: estoy en una etapa “gris” en cuanto a tiempos de contemplación; los temas y material vivencial se me están acabando (sino ya se acabaron) y esas cuatro novelas terminadas representan el final de un ciclo (correspondido con los 35 años, la mitad de mi vida); debo conseguirme otro proyecto vital, al menos por un tiempo (cazar elefantes, ser corresponsal de guerra, vender tacos) para acumular temas y materiales para la segunda etapa de mi producción; o, también, centrar mis temas en esas 18 horas cotidianas que son, en realidad, el verdadero “viaje” por el que he atravesado los últimos seis años. Aunque, de alguna forma, he realizado esto último. Veamos:

Mi tercera novela SBN es un ejercicio realista donde cuento mi paso por la vida laboral. A mis seis lectores les ha interesado (uno de ellos mi mujer, que es la más ruda para criticar libros) pero a mí, de alguna manera, no. Es como mi novela “menor”, algo extraído casi por completo de la realidad que me sirvió, más bien, como un exorcismo más que un trabajo creativo o de imaginación. Lo que inventé, sí, fueron los antecedentes de los personajes, que no conocía, los puentes entre escena y escena y la mirada, sobre todo la mirada, la perspectiva sobre el personaje principal. Creo que el “invento” más importante fue eso: cómo revisar y mirar al personaje principal para, lejos de ser una crítica panfletaria, fuera tratado con sensibilidad y tolerancia a través de un filtro donde usé a Laurence Sterne y, en menor medida, a Rabelais. Sin embargo, esta novela sació mi apetito realista pero, creo, aunque revelé algún pasaje de la condición humana, no expuse nada de mí (salvando la idea de que todo lo que escribes es una exposición y revelación íntima y del yo, obviamente). Pensé más en el Otro, en cómo se ve el Otro, en lugar de lo que yo pienso del Otro, o cómo lo veo. En este sentido, me parece, es una novela parcialmente objetiva, donde dejé mis opiniones y percepciones en un lugar distante. Quizá mi renuencia a esta tercera novela viene de ahí: renuncié a mi soberbia habitual y a mi poder de creación (esa cosa que en la soledad de tu estudio te hace creerte dios) para simplemente (aunque no es poca cosa) recrear un mundo y adecuarme a sus reglas.

Entonces, si me ciño a “mi vida” de los últimos seis años y atenido a lo que más conozco: esas 18 horas cotidianas, mi próxima novela (la sexta, porque la quinta que ahora preparo hablará sobre los límites de una pareja, la paternidad y la maternidad, vistas desde afuera, y la renuncia a las opciones a favor de un proyecto de vida) contaría la Conciencia de un hombre que ya ha pasado los 30 años, que trata de sobrevivir a esas 18 horas “mundanas” y los distintos recursos (el insomnio) con los que cuenta para hacerlo. Y, claro, su derrota, porque uno nunca vence (ahora me doy cuenta al escribirlo) con el insomnio ni con nada el Monstruo de las 18 Horas cotidianas. El único triunfo al que podría aspirar este personaje sería a una decisión extrema: dejar su trabajo y buscarse otra cosa; primero, para combatir el aburrimiento y el tedio, y después, para acortar, de alguna forma, esas 18 horas, quizá, a diez.

Al esbozar esta trama convencional (todos hemos leído esta historia antes) me encuentro con que esos seis años plagados del Monstruo de las 18 Horas han sido los mejores de mi vida. Enumero: se publicó mi primera novela, he podido pagar mi renta con puntualidad, me cambié de una PC al maravilloso mundo de la Mac, conocí París con Daniel Sada, fui al Mundial de Futbol en Sudáfrica, terminé tres novelas, firmé el contrato para publicar la segunda; como editor, he publicado unos 100 títulos en donde trabajo, comencé a vivir en Cholula y, sobre todo, conocí hace un año al amor de mi vida que cambió todo mi mundo y hace que me estremezca de felicidad. Pero, he aquí el contraste. En primer lugar, ninguno de esos temas me parece interesante literariamente hablando, ni describir la extrañeza de Sudáfrica o lo convencional de París; ni las dificultades de escribir y publicar en un país del tercer mundo, ni las certezas del mundo de la computación, ni los esfuerzos de la edición de poesía y cultura; y, ni siquiera, la historia de cómo alguien encuentra al amor de su vida. Si acaso, lo único que me atrae es algo sobre Cholula pero todo ese material, lo sé, lo quiero conservar para una novela posterior (la gorda) donde hablaré de la identidad.

Entonces, y trayendo a cuenta que mi primera novela habló sobre la soledad; la segunda sobre la fama, la muerte, la trascendencia; la tercera sobre el poder; la cuarta sobre la desolación y la construcción individual de la realidad por artistas azotados; y la próxima, la quinta, sobre los límites de la pareja, el deseo y los hijos, advierto en que estos seis años vitalmente hermosos, no existen temas literarios para mí.

Si apresuro una reflexión, la circunstancia literaria por la que atravieso (tedio, debilidad física y mental, propensión a arranques histéricos) tiene que ver con que, a pesar de mí en algunos casos, me ha ido bien y la vida que tengo ahora es disfrutable para mí y armoniosa. Y eso, entonces, me ha alejado de las zonas que mi literatura ocupó a lo largo de cinco grandes temas.

¿Qué hacer?

¿Volver a lo que tenía antes de esos 6 años? ¿A esas zonas donde los temas que me interesan son recurrentes?

¿Cerrar una etapa, la mitad de mi vida, y esas cinco novelas que amparan la primera etapa de mi producción?

¿Estipular que la búsqueda de mis temas (no sé cómo decirles) “desolados”, “azotados”, “que bordean ciertas zonas oscuras” que he comprobado con mi propia experiencia y observación, ha terminado?

¿Buscar los “nuevos” temas en esta “nueva etapa” de mi vida?

¿Observar ya sin tocar aquellos viejos temas?

¿Hacer un ejercicio de renuncia al Yo y centrarme en el Otro, es decir, en los temas que realmente le interesan al Otro, más que a mí?

¿Escribir de allá desde acá?

¿Todo lo anterior?

 

No lo sé. Me parece, también, que todo este asunto de introspección, de refutación de la realidad a favor de mi realidad, de refugiarme en el insomnio son un una pausa, el “corte a”, el bordo que debo atravesar para, una de varias cosas, o cambiar los temas que me importan a los temas que Importan; dejar de hablar sólo de mí para hablar del Otro y de mí (o sólo del Otro); o que todo este darle vueltas a algo tan simple como vivir, pensar, escribir es sólo eso (o la consistencia de eso): es decir, sólo es vivir, pensar, escribir y sólo estoy “rizando el rizo” (como diría mi querido Sada). Sé, eso sí, que este periodo de tránsito me ocurre “entre novelas”, cuando, como ya lo dije antes, espero el inicio de la próxima novela, o la publicación de una novela, o aspiro bocanadas de aire luego de haber pasado tanto tiempo bajo el agua escribiendo una novela. Quizá es todo. Pero, también lo sé, estas reflexiones son un poco distintas a las que tenía en las pausas “entre novelas” de antes. Aquí, lo sé, hay algo más. Una definición para bien o para mal. Un seguir escribiendo o ya no escribir. Un escribir o escribir mejor. Ya veremos.

Lo dije al principio: “El insomnio se reduce a evitar que llegue el día de mañana. Es como el suicidio”. Lo importante, quizá, es qué se hace con ese tiempo que uno le gana al Monstruo de las 18 Horas. Mi insomnio, en ese caso, es dramático. Trato de resolver la compleja maraña de ideas y pensamientos, de Conciencia, que me conforma como escritor, y quizá salga una novela de todo esto.

Quizá, también, son mis últimos insomnios en los que pienso en la problemática de los primeros años de un autor, que según Richard Ford nos conformará, nos orientará y consolará toda la vida y que son: las ideas del joven autor acerca de “quién lee y si lee bien, así como acerca del destino ideal de su obra, de las alturas adecuadas para ajustar la seriedad de sus propósitos, de qué debería escribir y en qué aceptación pública de su obra podría confiar –en otras palabras, acerca de cuál es su ‘lugar’”.