Gabriel Wolfson

Una herencia más del boom

Más allá de las relaciones estrictamente personales, que en cierto sentido no nos incumben —aunque a sus participantes, en ocasiones, no les haya importado que eso personal se convirtiera en público: así la mitológica y fastidiosa pelea entre Vargas Llosa y García Márquez, por ejemplo—, se alcanzan a ver tres ejes de actividad del boom en tanto grupo de escritores: 1. la confluencia, durante los estrictos años del boom, en la participación política (los viajes a Cuba, las firmas de desplegados y cartas abiertas, el ser jurados o asesores de Casa de las Américas, las críticas a las dictaduras sudamericanas, en fin); 2. la promoción entre amigos (elogiarse unos a otros, reseñarse unos a otros, recomendarse unos a otros con distintos editores, agentes y traductores, atacar a los enemigos comunes, glorificarse unos a otros); 3. la reflexión sobre la obra de los compañeros de grupo, que si bien se acerca peligrosamente al punto 2, podríamos con buen ánimo juzgar aparte (el libro de Vargas Llosa sobre García Márquez, el de Fuentes sobre la nueva novela, etcétera).

De todo eso, ¿qué nos toca — para peor: qué elegimos— como legado? Yo diría que, básicamente, el puro punto 2, que podríamos enunciar de la siguiente manera: la conversión de cualquier cosa —actividad, gesto, discurso, foto, anécdota— en promoción de los autores. Digamos:

a) que los escritores se unan, se hagan amigos, se propongan por un rato objetivos comunes, se enfrenten a otros: perfecto. Así ha sido siempre, me imagino. Lo que parece un poco novedoso es que, en general, además de promocionarse, ya no se propongan hacer nada más: una revista, un ciclo de conferencias que ataque cierta estética imperante, un rechazo masivo a alguna práctica cultural del Estado, la creación de una editorial que dure lo que dure aquello que tengan que decir en común. Participar en algún grupo de escritores parece, cada vez más, reducirse a esto: tú me reseñas/yo te reseño, yo te hago un hueco donde ya estoy instalado, tú me invitas adonde te invitaron, yo te presento al escritor famoso, tú me presentas unas groupies, yo comparto la portada de tu libro en mi facebook, tú compartes la entrevista que me hicieron en un periódico digital de Panamá. La única actividad que convoca nuestro entusiasmo y en la que nos hemos vuelto verdaderamente expertos mundiales es: organizar presentaciones de libros. Para mí la amistad —aunque la palabra sea terrorífica— es superior a la “literatura”, así que no me asusta ni indigna que A haga una presentación o una reseña elogiosa de B aunque su libro sea una porquería sólo porque A y B son grandes amigos. Lo que más bien me da una gigantesca pereza es que a A y B no se les ocurra hacer nada más.

b) atrabiliarios narradores rockstars que pasan de vándalos a mártires porque eso les da notoriedad; escritores que atacan todo lo que se mueva porque eso, paradójicamente, los vuelve inmunes y siempre elegibles para los dineros del Estado; un grupito se inventa una etiqueta, otro otra, alguien da con otra más llamativa —norte, sur, postnorte, sureste, frontera, golfocentro, narco, antinarco, autoficción, postficción—, luego alguien se adscribe a una, otro la ironiza, uno más la trasciende, y la crítica de solapas las asume todas con alucinada seriedad; en twitter se suceden las bravatas, los abajofirmantes, las discusiones de tres frases —que pocas veces llegan a discusiones en serio, públicas—. ¿Y mientras? Mientras, me imagino, los gerentes de las grandes compañías editoriales se frotan las manos: como dioses olímpicos, asisten al espectáculo de una luchita despiadada por notoriedad, de la que saldrán victoriosos los más aguerridos, a quienes sin embargo se les acabará el espíritu combativo tan pronto dichos editores concedan en ponerles un contrato enfrente. Gran estrategia: el estudio de mercado, el aparato publicitario, la segmentación del público, las etiquetas y eslóganes para venta y clasificación, de todo eso ya se encargaron los productos —los escritores—, fascinados por dedicar horas y días a modelarse una imagen y ofrecerla en cuanto medio se les presente, de un humilde blog anónimo a la tele abierta. Y totalmente gratis: por eso en las oficinas corporativas se frotan las manos.

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  • Gaelle

    Me encantaría que por eso las “oficinas corporativas” “se frotaran las manos”. Eso querría decir que leen lo que editan, lo cual cada vez pasa menos.

  • Gabriel Wolfson

    Cierto, cierto, no creo que lean casi nada. Pero aún mejor entonces: no tienen que leer nada para escoger, ni después tienen que promocionar nada. En fin.

  • Edna

    Cierto!! Por eso las cajeras de librerías son las más apropiadas para reseñar!! 😉

    • Gabriel Wolfson

      quién se esconde tras de tu bonito nombre, Edna?