26 de septiembre de 2011

(Prosas I)

Como arranque, hace unos años, un par de ensayitos de Antonio Gamoneda dedicados a Andrés Laguna. Decía Gamoneda que ése era su libro preferido, y que en decir tal no había presunción, adorno por rareza ni excentricidad: el Pedacio Dioscórides Anazarbeo, original en griego y traducido por Laguna. He aquí un pedazo de prosa de Laguna:

El Algalia que los Toscanos llaman Zibetto y algunos Griegos Zapetio, y Zambacho, es una suciedad que se engendra junto a los compañones de cierta especie de gato, semejante a la Foena, cuando le hacen sudar. La cual, en vehemencia y gratia de olor, no deue nada al Almizque. Su virtud es caliente y húmida: por donde sirue a la suffocation de la madre, instalándose en el ombligo. También despierta la facultad genital, y según los contemplativos afirman, da increyible deleyte en el acto Venéreo, si se untan los dos competidores…

Y luego cerraba Gamoneda diciendo que, en efecto, “el tiempo convierte el lenguaje simple y natural en lenguaje artístico; pienso que la lectura actual de un discurso arcaico se carga, en alguna medida, de función estética”, pero que en el caso de Laguna había algo más que el puro trabajo de los años: “Él, que denostó la alquimia, practicó transustanciaciones en que las palabras sutilizaron su comunal sustancia y accedieron al hermetismo de la poesía”.

A continuación, otro pedazo de prosa, esta vez de Sebastián de Covarrubias, un fragmentito que encuentro en un ensayo de Javier García-Galiano dedicado a los gatos:

…animal doméstico que limpia la casa de ratones. Dixose de la catus, que vale astuto, sagaz; de donde se llamaron Catones aquellos romanos, dichos assi por la prudencia y sagacidad del primero que tuvo este nombre, del qual no degeneraron sus descendientes (…). Es animal ligeríssimo y rapacíssimo, que en un momento pone en cobro lo que halla a mal recaudo; y con ser tan casero jamás se domestica, porque no se dexa llevar de un lugar a otro si no es metiéndole por engaño en un costal, y aunque le llevan a otro lugar se vuelve, sin entender cómo pudo saber el camino. Él es de calidad y hechura del tigre, y los gatos monteses son fieros y muy dañinos; de un aruño o mordedura de un gato han muerto algunos, como lo testifica el epitafio de un romano en Santa María del Pópulo.

El asunto es ese: que hay grandes prosas y grandes prosistas, pero que, también, de pronto, aparece la gran prosa donde no se espera, donde no va. Encontrar grandes fragmentos de prosa en Goytisolo o en Deniz es obvio; no así en un manual de lingüística, en una solapita, en el prólogo de una edición escolar de Villamediana.

Pero sí. Véase la edición de las Obras del Conde de Villamediana, de Castalia (2001), a cargo de Juan Manuel Rozas. No sé quién es Juan Manuel Rozas, y puede que mi descubrimiento no lo sea en realidad: igual y es famoso entre los estudiantes más rocanroleros de los Siglos de Oro. Rozas, claro, tiene que cumplir con los requisitos de una edición así: vida del Conde, períodos de su escritura, recepción crítica tradicional, criterios de edición, todo eso. Pero entre todo eso, y entre la demanda de esa prosa más bien tibia que suele campear en tales estudios, Rozas cita una estrofita del Conde (“Estoy tan en el profundo/ que idolatrara el castigo,/ si es que se hundiera conmigo/ cuanto me cansa en el mundo”) y luego la comenta:

No necesita comentario la abismal redondilla. A mi modo de ver, en el contexto del destierro, está dicha con todas las de la ley.

Grande la abismal redondilla, bien la frasecita coloquial para rematar. Pero mejor aún lo que había ocurrido unas páginas atrás: después de muchos párrafos expositivos, impersonales, Rozas desliza esta fantasmagoría borgeana, que sí, que en Borges habría sido obvia pero que uno no espera ni de chiste en el prólogo cumplidor de una edición escolar:

Sin embargo, nada de sentimentalismos y mitificaciones de nuestro poeta, por ser ahora —mientras escribo y lees— el nuestro.

Porque entonces uno, que apresuraba las páginas del prólogo, no puede más que detenerse e imaginarse a Rozas, ya no un nombre de fichero o de currículum sino alguien: Rozas: alguien que en medio de la noche escribe su prólogo como quien tira una red filosa al río.

 


Escrito por Gabriel Wolfson

Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) ha publicado el libro de cuentos Ballenas (Tierra Adentro), el de prosa Caja (UD-LAP) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética). Es colaborador habitual de la revista Crítica y profesor de la Universidad de las Américas-Puebla.