Gabriel Wolfson

25 de diciembre de 2011

Las salas de espera de los consultorios médicos solían ser lugares espléndidos para leer. Silencio, asientos usualmente cómodos, minutos u horas sin interrupciones, y una actitud de ensimismamiento general imposible de hallar en ninguna otra reunión con cuatro o cinco mexicanos desconocidos y con tiempo disponible. Por el malestar físico, por el miedo o el anhelo de un diagnóstico, por la incertidumbre o al menos por esa curiosa mitología de que en un consultorio todo son asuntos serios, incluso los adolescentes dejaban de brincotear y vociferar. La gente clavaba la vista en el suelo, gozando quizá de su primera epifanía autorreflexiva en meses; los más experimentados dormitaban sin roncar.

Los médicos, a su vez, poseían un ojo clínico para escoger los sillones de sus salas de espera, y disfrutaban presumiendo sus lecturas en mesitas de centro, a menudo en libreros retacados. El hipocondriaco, el paciente descreído, podían con esos títulos hacerse una idea más acabada del doctor y decidir, antes de escucharlo, si confiar en él o no.

Los consultorios del Hospital Ángeles —el modelo al que secretamente aspiran casi todos los demás— parecen decorados por la misma mano: dos cuadritos insulsos, sillas individuales y un revistero lleno de Rostros y demás derivados couché de la sección amarilla (al menos, eso sí, con un poco de suerte uno puede ver el antes y el después: el notario y señora a punto de atacar una langosta en la boda de Quique Illarazamendi, y luego el mismo notario y señora, compungidos, en la sala de espera del gastroenterólogo).

Y una tele. Una tele que, encima, apenas medio sintoniza los cuatro canales de porquería de la emisión abierta —señal de que lo que tuvo en mente el decorador no fue la posibilidad de que los pacientes vieran un capítulo de En terapia o un partido de tenis, las dos mejores opciones que se me ocurren para ese lugar—. En el silencio de la sala de espera, uno se ve obligado a escuchar, nítida e impúdicamente escuchar los parlamentos de la telenovela o los graznidos de los noticieros. Todo consiste en evitar el silencio. Pareciera que si pasáramos más de diez minutos en silencio, sin risas grabadas ni los zumbidos idiotas de los teléfonos celulares, todos explotaríamos como anguilas eléctricas en ebullición.

Si yo fuera presidente, bloquearía toda señal telefónica y televisiva en los consultorios médicos y prohibiría todo material impreso con fotografías o ilustraciones.