18 de septiembre de 2011

Diría que El derrumbe de los ídolos (Cal y Arena, 2011), de Héctor de Mauleón, era la lectura ideal para esta semana de festejos patrios, si no fuera porque más bien no vi mayor ánimo celebratorio al que oponerse con un libro así.
Razones obvias: el miedo, y la fatiga tras la avalancha de festejos obligatorios del año pasado (y para quienes vivimos en Puebla, la fatiga anticipada ante la amenaza de ese 2012 que, quiérase o no, girará completito en torno a los 150 años de la batalla contra los franceses). Pero también otra posible razón, que las crónicas de De Mauleón hacen ver: si es cierto que México —es decir: la idea de México, la idea de que existía tal cosa como México y de que esa entidad contenía y encuadraba los ánimos y las ansias de tanta gente tan distinta— mantuvo el equilibrio a base de cierta mínima estabilidad política y económica, y del azaroso despliegue de símbolos curiosos frente a los que tantos se sentían interpelados, nadie se extrañe que los próximos quincesdeseptiembres sólo se griten en las embajadas mexicanas, tequila japonés y tacos con pan pita mediante. El derrumbe… ilumina dos flancos: la caída de aquellos símbolos —Pedro Infante y su velorio multitudinario, la primera derrota del Ratón Macías, las caídas literales de los primeros pilotos de avión mexicanos, el auge (y por consiguiente, la caída) de la radio—, pero también los años en que “México” constituía el horizonte de los mexicanos, un horizonte tan dado por hecho que ni siquiera se lo percibía: el punto innombrado de todas las discusiones, aquel que justo por eso hacía posibles aun las más polarizadas disputas.

De Mauleón ha de haber dado, me imagino, muchas caminatas por la Ciudad de México; sobre todo, ha recorrido de un extremo a otro los periódicos viejos: los ha leído sin seguir el rastro de una sola noticia, sin filtrar una sola sección: con la mirada dual de quien lee, con todo el tiempo del mundo, el periódico del día, incluidos anuncios, encabezados, edictos, notas rojas, excepto porque no es el periódico del día sino uno de hace 90 años. Así ha captado el aire de una época, el aire cotidiano de las maneras, las modas, las mínimas aspiraciones, los gustos monótonos y las seguridades ingenuas, para con ello construir relatos precisos, tensos, eficaces: una combinación entre la historia cultural y la crónica periodística, cuyas respectivas mejores armas normalmente dejan a un lado los historiadores y los cronistas puros. Sus cuentos iniciales (La perfecta espiral, del que casi ni dije nada en una reseña publicada también aquí) eran esquemáticos, un desesperado énfasis en que el pasado siempre reaparece fantasmagórico en el presente; sus crónicas se han liberado de aquella tenacidad escolar: sus mejores recursos narrativos, además de mañas admirables, logran ser por fin las herramientas de una gracia evocadora que quiere no imponerse sino compartirse.


Escrito por Gabriel Wolfson

Gabriel Wolfson (Puebla, 1976) ha publicado el libro de cuentos Ballenas (Tierra Adentro), el de prosa Caja (UD-LAP) y el de crónica Ponte la del Puebla (Profética). Es colaborador habitual de la revista Crítica y profesor de la Universidad de las Américas-Puebla.