18 de noviembre de 2011

Versos en prosa

Arreola recordaba todo, es decir, esa ínfima cantidad de cosas que, frente a la nada, deslumbran. Tampoco hay nada: al menos se recuerda una cosa, el resplandor desganado de una cosa. Al menos la palabra cosa, su entrega manoseada, sin condiciones. Pero si Arreola recordaba era en parte porque, primero, identificaba qué había que recordar, encontraba lo memorable donde fuera, en el tintero, la silla, el calendario, donde otros no habríamos dado con ningún relieve ni hondura. En algún momento dice: “Como dije, desde niño he tenido manía por los nombres sonoros y extraños y quizá algún día haré la antología de los nombres hermosos y la publicaré, bien impresa, con tipografía y papel bellos”. Luego dice: “Así como este pie de grabado se me quedó para siempre en la memoria, otros muchos también. Es decir, otros pies de grabado, verdaderamente inolvidables”. Pies de grabado. Canciones, apodos, anécdotas, claro, ¿pero pies de grabado, pies de foto? Versos sueltos, romances, ¿pero fragmentos descolgados de prosa? Arreola recordaba mitades de párrafos leídos en primero de primaria.

Notablemente menos memorioso, opto por lo fácil, y por escribirlo antes de perderlo: escolares endecasílabos, pero no obra de poetas sino de prosistas. A veces se dan cuenta, a veces no, a veces los buscan a propósito. Éste de Arreola: “El que salvó la fiesta fue el payaso”: no hay mucho en él, salvo la fantasía de que por un año a los poetas se los obligara a arrancar todos sus poemas con esa línea. Otro: “un pato collarejo y golondrino”: deliberadísimo y genial —con él además concluye una frase, un párrafo, un capítulo—: el aythya collaris lleva dos anillos, uno blanco y evidente en el pico, y otro púrpura y oculto en el cuello. Hasta ahí, nada que agradecerle a Arreola, pues además collarejo no desapareció del diccionario de la academia hasta fines del siglo XX: el hallazgo está en el segundo adjetivo, ése sí arreolesco puro. Una línea, en fin, perdida por ahí en un mar de prosa, que envidiarían muchos poetas, pero que no acaba de resultar justo por lo deliberado y lo perfecto. Mejor ésta, última de Arreola, inadvertida y traicionera: “canjes respiratorios de mi madre”. No tan inadvertida en realidad, aunque igual la firmaría, yo qué sé, Lezama Lima: Arreola debe haber fraguado conversaciones enteras sobre el tema sólo para consolidar su endecasílabo (“Hoy me he dado cuenta que la sensación de marea corresponde a lo que yo llamo los canjes respiratorios de mi madre”).

Dos más, por lo pronto, los únicos que por no escribirlos aún no se me olvidan: “el díptero e himenóptero desastre”, hundido en los párrafos inacabables de Señas de identidad o de Don Julián, de Goytisolo, y “el límpido tequila de Jalisco”, con que casi abre la segunda parte —la transformación de Demetrio Macías— en Los de abajo.