FOTOGRAFÍA: ADRIÁN DUCHATEAU

Entre las murallas del infinito | Por Víctor Roberto Carrancá  

(Web)

Cualquier aproximación a una obra presenta numerosas, tal vez numerosísimas barreras que a veces resultan imposibles de franquear. Entre el lector y el escritor se alzan paredes inmensas, laberintos de tinta y papel que solo permiten interpretar lo que hay en cada lado de esa extraña, tal vez extrañísima frontera. Las complejidades expuestas se multiplican hasta lo indefinible cuando nos encontramos ante lo que KarlésLlord (o Carlós Lloró) denomina un “libro infinito”.

El siguiente trabajo presenta un problema (o paradoja) fundamental: ¿cómo hablar de un “libro infinito”; es decir, una obra que presenta tantas encrucijadas como posibilidades de lectura, un compendio que reflexiona sobre las contradicciones del ejercicio literario y se transforma en plena metaliteratura? Peor aún, ¿cómo reseñar una obra cuya principal dialéctica consiste en reflexionar sobre la inconmensurabilidad de esas obras infinitas que se encuentran regadas en los estantes de la Biblioteca de Babel?

Creo que, en todo caso, una obra infinita es meritoria de una reseña infinita. Un análisis que se adentre en la obra y que, al igual que si se tratara de un agujero negro, se pierda para siempre entre sus murallas de papel cuántico. Un ejercicio igual de imposible que la propia intención del autor: constreñir lo eterno, lo indescifrable, lo metaliterario, a un espacio en concreto.

Por eso, aunque este esbozo de reseña no haga justicia a las posibilidades de lo eterno ni aborde los peligros de adentrarse en el infierno dantesco que es la Biblioteca Áurea, al menos puede establecer, con brevedad paradójica, que Kounmoum, la obra del escritor chileno Karlés Llord (o Carlos Otrebla), es una obra que se extiende hasta esas fronteras en donde convergen la luz y la sombra, en donde lo que no es, llega a ser y en donde cualquier afirmación se contradice.

Pero toda elucubración sobre límites y confines poco frecuentados necesita algún asidero de comprensión.

Recuerdo, con esa sensación ambivalente de temor y satisfacción, la lectura de dos obras del ecuatoriano Pablo Palacios: Débora y Vida del ahorcado. En ambas (quizás más en la segunda), la trama se ve imposibilitada para desarrollarse por la constante reflexión (intromisión despreocupada, entrometimiento irreverencial) del narrador y, arriba de este, del propio autor. Ambos se tropiezan en el análisis minucioso de cómo debe escribirse una trama de modo que esta última nunca logra desarrollarse. El sentido de la metaliteratura, entonces, adquiere tintes tan admirables como complejos. Los saltos en el tiempo y la ruptura de una consecución lógica de ideas terminan por desestructurar la novela y elevarla a una obra sobre introspección literaria.

Ese ejercicio de reflexión orobórica, por medio del cual, la obra termina por devorarse a sí misma, ha sido realizado por diversos autores latinoamericanos. Museo de la novela eterna, de Macedonio Fernández, y La novela iluminada de Mario Levrero son muestra de esta cavilación desaforada sobre la creación literaria, llevada al límite de la paradoja.

Eso es algo que realiza, de manera incuestionable, el escritor Karlés Llord (o Nataniel Retamarriz); sin embargo, este autor va más allá puesto que su laberinto no se limita a estudiar su propia obra dentro de esa posición de laberinto del discurso creacionista, sino que inicia la labor, imposible y por ello eterna, de incorporar el sentido de esos otros laberintos que han construido una nueva dimensión literaria. La obra se transforma en una “enciclopedia de enciclopedias que recopilan el sentido de las enciclopedias que catalogan enciclopedias”, o tal vez una “obra que estudia las obras que han estudiado la posibilidad de estudiar obras adentro de otras” o, de manera mucho más explícita: un fractal.

Kounboumes un gato de Schrödinger (no solo por su vínculo con la física cuántica). Ahí, las cosas son y no son o quizá permanecen, más bien, en la intención de ser. Karlés Llord (o Pernus Ok-Dragmaonnib) se pierde por igual en la búsqueda del vacío que en la conquista del absoluto. La pregunta es ¿existe cualquiera de ambas premisas?

la foto 1

Todos conocemos los laberintos. Encrucijadas de tiempo borgeano que han perdido a las mentes de los lectores. Pero con Karlés Llord (o MariusTerracotam) se retoma el punto de lo inconmensurable, las leyendas de lo paradójico y lo imposible, para situarse bajo el lente de este nuevo investigador (que se bifurca en muchos autores adentro de Kounmoum) de un infierno que, contrario a ese némesis que configura la obra de Lezama Lima, no solo teoriza con las posibilidades del lenguaje, sino con toda frontera literaria.

Así, las referencias a otros libros (y a los libros que están adentro de estos otros libros, como aquellos que se encuentran en la Biblioteca Áurea) se convierten en puertas. Componen la escenografía de un mundo que existe a partir de este proceso creador que intenta (e intenta intentarlo) interpretarse a sí mismo. Karlés Llord (o Igitur Valciro) es el nuevo guardián de un Universo que a veces se mezcla con el nuestro a través de las palabras. El vigila esa puerta construida para nosotros,a la cual nunca podremos entrar por las mismas razones.

Karlés Llord (o Adam Sextercio) se convierte, también, en el bibliotecario más amplio de la historia, puesto que no solo colecciona aquellos libros que ya abren laberintos, sino que inventa otros mil más que abren, también, otras puertas iguales de enigmáticas.

Poco o mucho puede decirse sobre la obra de este genial escritor, obra en ciernes puesto que las más de 500 páginas de Kounboum son la primera parte de la serie Infierno. También puede decirse nada o intentar decir infinitas cosas. Lo cierto es que el resultado siempre será el de quien, al colocarse entre dos espejos superpuestos, pretende alcanzar a ver al último de esos reflejos que se sitúan en medio de ese laberinto de quiralidad.

FOTOGRAFÍA: ADRIÁN DUCHATEAU

FOTOGRAFÍA: ADRIÁN DUCHATEAU