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Postal Tejana | Por Gabriel Rodríguez Liceaga

1.
Ya tenía mis lecturas cuando cumplí un cuarto de siglo sobre este planeta. Si bien había abandonado casi por completo mi obsesión barbilampiña por la obra de Julio Cortázar, todavía creía en la concatenación de símbolos a mi alrededor (me explico en el siguiente párrafo) y vivía en Texas haciendo lo mismo que hoy en día hago acá en D.F.. A la par, leía ediciones bilingües de los collected poems de Borges y de Paz en una banca a doce pasos del Lake Austin y escribía una desafortunada novela llamada “Las manchas impares” acerca de un triángulo amoroso. Los domingos no hablaba con nadie, en más de una ocasión tenía que despegar mis labios por culpa de la saliva seca que los unía dramáticamente.
¿La concatenación de símbolos a mi alrededor?
Estaba yo exaltado con “Los Conjurados”. Llegué al último poema. El que se intitula “La Trama”. Borges le pregunta al infinito: ¿En cuál de mis ciudades moriré? Y luego las enumera. Aparecen Ginebra, Montevideo, Nara, Buenos Aires y –yo no lo sabía en ese momento- ¿En Austin, Texas, donde mi madre y yo, en el otoño de 1961, descubrimos América? Otros lo sabrán y lo olvidarán. Evidentemente sentí que el poema me hablaba a mí. Yo no lo olvidé.
El separador que utilizaba en mis lecturas era una postal tejana que promocionaba un show al que nunca asistí. El Violet Crown Tadio Players, una tropa de actores que interpretaba en vivo viejos shows de la era de oro del radio. La postal, que aquí anexo, era una calaca de frac y cantando en un micrófono antiguo.

2.
A mis 28 años estaba yo tan frustrado como fascinado. Si bien mi primer novela “El mismo río dos veces” era rechazada por todas las editoriales estaba yo leyendo a Yourcenar y a Melville. Desempleado por decisión, sobrevivía a las madrugadas viendo películas que me hacían estrenar ojos. Destacaba, entre los fundadores de mi actual clan de cineastas, la voz paternalista y sabia de Werner Herzog. Me volvía loco pensar que justamente a mi edad ese hombre había luchado hasta quedarse sin fantasía por filmar “Fitzcarraldo”. Nunca pude haceme de un “Conquest of the useless”. En cambio vi “My best fiend”. Obvio, conseguí “Burden of dreams”.
¿La concatenación de símbolos a mi alrededor?
Fue precisamente en los documentales antes citados en los que noté que Herzog tiene un tatuaje en uno de sus brazos. De entrada me pareció algo normal. No le di importancia. Luego el tatuaje se me volvió una piedra en el zapato. ¿Qué era? No suelo tener internet en casa y cuando me llega el de algún vecino compartido hago corajes que serían tema de otro grupo de párrafos. Me fui al café internet que está a unas cuantas cuadras. Tecleé en el buscador: Werner Herzog´s tatoo. Y ahí estaba. Era la calaca de frac y cantando en un micrófono antiguo. Aquello me pareció una revelación. Algo íntimo. Tres estrellas que sumaban armando constelación. Es decir: Borges, Herzog, mi vida en Norteamérica. A la par era un secreto. No se lo comenté a nadie. Sentía que la señal me insuflaba de, vaya, no sé cómo llamarlo. Digamos sencillamente que sentí muy lindo.

3.
Cumplo 32 años en breve, la edad de Cristo. Los hombres tenemos que sobrevivir un tramo enorme de vida con el peso de no ser el nuevo Mesías. Tiene sus ventajas esa circunstancia. Leo el triple de lo que escribo. Un relato llamado “Los Werners Falsos” aparecerá en mi segundo libro de cuentos. Lo escribí gracias al viaje que hice a la selva peruana hace poco. No sé si estuve cerca de Iquitos, donde en parte Herzog filmó Fitz. Pero gracias a la ingesta exagerada de un whisky con nombre de santo pude sentir, al menos una noche, la pesadilla de la que el alemán habla cuando se refiere a los sonidos salvajes de la noche en la selva. Es, en efecto, un lamento, una batalla.
Tengo por fin en mis manos un ejemplar precioso de “Conquest of the useless” y su traducción al español por parte de la editorial ibérica Blackie Books. Se trata del diario que Herzog escribió durante la filmación de la promesa que le hace Fitzcarraldo a un cerdo. Los leo a la par para desempolvar un poco mi uso del inglés. Me topo con esta nota del 21 de julio de 1979 en San Francisco:
No existe la concatenación de símbolos a mi alrededor. Herzog ni siquiera sabía ni sabrá lo que años después me significó o significa la calaca esa. En sus palabras: él sólo la eligió de entre las opciones que había esa noche, en esa tatoo parlor. Repito: No existe la concatenación de símbolos a mi alrededor. Sólo el azar y el ocio, hombres abandonados descubriendo la belleza en películas, en libros. Pero eso, de hecho, está bastante bien. Otros lo sabrán y lo olvidarán.

Me pregunto en cuál de mis ciudades moriré.

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Texto exclu­sivo de la ver­sión digital. 


Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Pre­mio Bel­las Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).