farel_dostoevsky

351 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

1.

Vicente Quirarte, en alguna parte del inspirador libro “La invencible”, cita a un personaje a quien van a fusilar. En el trayecto rumbo al sitio de la ejecución ese hombre se topa con un charco de agua puerca. Él esquiva el charco y prosigue su camino rumbo a la inaplazable muerte. En esta sencilla eventualidad está resumido y explicado el corazón de ese hombre, su definitiva comprensión única del mundo que aún habita. Porque también los hay de los otros. Algunos a los que no les importaría mojarse el calzado o ensuciar las pantorrillas en la antesala de la ráfaga asesina.

Pienso, por ejemplo, en una anciana con delantal que camina por la colonia Cuauhtémoc. Dependiendo la hora pasea a un perro distinto. A todos los trata con particular cariño: les habla con diminutivos, recoge sus cacas, los persigna. Ellos la miran sacando la lengua. Quizá viva de pasear perros. Las mascotas de su vecindario. O tal vez lo haga gratis. O tal vez son todas mascotas suyas pero ya no tiene fuerza para pasearlos al mismo tiempo. Me intriga esa dama. Me imagino que ella sería capaz de embarrarse los pies en el charco con tal de que sus perros, o los perros de cualquier otra persona, no lo hagan.

Pienso, es otro ejemplo, en un hombre que con lágrimas en los ojos borra las anotaciones a lápiz que alguien más hizo en un libro que compró usado. Un libro, no sé, de Juan José Arreola. Casi aseguro que a él no le incomodaría cruzar el charco así como va.

Desde la ventana de mi cuarto en casa de mis padres, hablo de 1995, se veía de jueves a sábado una putita en la esquina. Yo fui testigo de, al menos cinco, de sus apresuradas mamadas. Siempre me llenó de juvenil ternura verla abrir su paraguas apenas empezaba a chispear. Ahí, guarecida, seguía buscando clientela entre todos los bólidos que avanzaban sobre la Calzada de Tlalpan. Me gusta creer que ella (es decir: él) sí esquivaría el charco.

Ahora ideo un hombre. Está apesadumbrado y con un trago en la mano porque ingresó espía al facebook de la mujer con quien tuvo un hijo, un hijo por el que no se ha interesado en lo más mínimo durante más de diez años. Revisó una a una las fotos que registran el crecimiento de su niño. El crío ahora es un hombrecito. Lo ve disfrazado de Hulk, lo mira conociendo al mar, lo mira bebiendo agua de limón. También ve los retratos del fulano que sí lo está cuidando y educando, aquel a quien llama “papá”. Afirmo sin temor a equivocarme que ese hombre no evitaría el charco de agua estancada rumbo al muro de fusilamiento.

Un chavo en el metro, dieciocho años a lo sumo. Cada que vende cierto número de cajas de chicles tiene en las manos una liga. Utiliza su pulgar como resortera y arroja el proyectil a las ventanas del transporte en movimiento. Interesado siempre en golpear el rostros de alguno de tantos pasajeros que nomás no le ayudan a persignarse. Él, opino, sí se ensuciaría en el charco.

El 22 de diciembre de 1849, Fiódor Mijaílovich Dostoyevski es llevado al patíbulo. A la mera hora y casi de último minuto, el Zar le perdona la vida. En este caso fue el charco quien se desbordó de Dostoyevski.

También pienso en los hombres que llevan preso al sujeto que origina este texto. ¿Todos ellos debieron embarrarse de lodo las piernas para así dramatizar el acto del preso que no lo hace? ¡Carajo! No lo sé. Podría pasarme el resto de mi vida resolviendo esa pregunta.

2.

Tanto autor como personaje, vamos de la mano rumbo a la muerte. Quizá hay que preguntarnos todo el tiempo, a la hora de escribir, si el personaje que estamos intentando crear se empaparía las piernas. O si no lo haría. Ambas son opciones igual de fascinantes, igual de humanas.

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Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

(@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • Adrián Alcalá Hernández

    ¿Existirá alguien acaso, que en esta cómoda vida de oficina corporativa en la que vales más por tus trapos, le valga madre pisar el charco?