columna el neb 2

333 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

1.

Cuando leí Aura a los 16 años me fui a caminar toda la calle de Donceles en busca de la casa donde se desarrolla la trama. No encontré tal domicilio.

Otro ejemplo: cuando fui con mi amigo Miguel a Buenos Aires nos lanzamos en busca del edificio donde vivió Julio Cortázar. No encontramos mas que a un grupo de vecinos hartos de tener que recibir a turistas que esperaban encontrar sabrá dios qué incidente mágico en la puerta de un departamento. Yo me asomé por la mirilla de la cerradura. Algo vi. Pero no les diré qué. Después, una vecina muy amable nos comentó que todavía hace unos años en la azotea estaba el esqueleto de la cama del escritor. Y que era una cama descomunal, enorme. Pues sí, obvio. Nos tomamos un par de retratos al lado de la placa conmemorativa (fotos ahora extraviadas ya que no existía aún la tecnología digital) y regresamos cabizbajos hacia nuestros demonios y cuarto de hotel.

¿Qué esperaba encontrar? Ni idea. Ambas anécdotas ocurrieron hace varios años y hoy en día me dan incluso pena, son el tipo de cosas que hace uno cuando está joven y descubre que encima de las ciudades habita el espectro de los escritores que las narraron y atravesaron.

Aquí a unas cuadras de donde escribo esto se encuentra la calle de Río Nazas. En el número 84 vivió Juan Rulfo. A veces podría jurar que lo he visto caminar de madrugada rumbo a la casa de Josefina Vicens. Ebrio de coraje y con lágrimas de tierra en los ojos porque viene de ver la cochinada de versión para cine que hicieron de “Talpa”. También en la colonia Cuauhtémoc vivió Paz. Más para allá, en la Chimalistac, está la banca en que Gamboa escribió “Santa”, aún ahora algunas calles tienen nombres de personajes de dicha novela. Yo pensaba que la calle Hipo era en homenaje al movimiento espasmódico del diafragma pero no: es por el pianista ciego. Ahí en la Chimalistac vi al menos tres veces caminando a Monsi. Y una vez a la esposa de Monterroso. Y en otra ocasión, en Gandhi de Quevedo, a Saramago. Juro que en una micro con rumbo a Taxqueña le pisé accidentalmente un zapato a Eliseo Alberto, seguro venía pensando en la poesía de su padre. Siempre que paso por el monumento a Juárez en la Alameda evoco a Rafael Bernal, quien encapuchó la estatua del benemérito en los años cuarenta. En esa misma Alameda Central cuyo viento helado enfermó a López Velarde de bronconeumonía. En esa misma Alameda Central en la que se pasea la Catrina con su peculiar corte de difuntos. Son sólo ejemplos, éste no es un catálogo de anécdotas ni aspira a ser un mapa literario. Es acaso, un primerísimo croquis de mi intitulado elogio a la ciudad de México.

En la última entrevista que le hacen a Bolaño antes de su muerte, le preguntan qué es lo que más extraña de México. Dice que su juventud. Y dice que las caminatas con Mario Santiago. Se refiere a Mario Santiago Papasquiaro, su Ulises Lima. ¡Mírenlos ahí van los dos! Se están despidiendo. Mario se mete al café La Habana en Bucareli y Bolaño camina a pasos lentos hacia el reloj que quedó hecho añicos en la Decena Trágica. ¡Ahí va Arreola con su sombrero de copa y está haciéndole la corte a una jovencita mientras filma su programa de tele! ¡Ahí está Rulfo, sentado –o más bien oculto- detrás de la puerta de un café para que no lo molesten! ¡Ahí están Benítez y Fuentes esperando a que lleguen los otros dos para chingarse unos tacos en la Ópera! ¡Ahí van las Chicas de Donceles: Villaurrutia y Novo! Suben a su estudio compartido en la calle de Argentina. Y Vasconcelos, de chavo, en ¿Moneda?: gritándole a una madre que asesine a su bebé llorón. Y Reyes en una azotea, viéndonos a todos.

 

2.

Lo que vi a través del cerrojo en el antiguo departamento de Cortázar fue un bonsái. Pero no le vayan a decir nunca a mi amigo Miguel que se los conté.

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Columna el neb


Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

(@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).

  • yaaaa

    leer esta columna es como resolver un acertijo que se trata de ver a qué clase de persona le pareces buen escritor.

  • Gabriel Rodriguez

    perdona :- (

  • Suade

    Al final sería “se lo conté” porque cuentas un solo incidente, no “se los conté” 🙁

  • Luz Vazquez Hernandez

    🙂 Me encantó, recordé a ese pianista ciego que amaba tanto a Santa que quería verla completamente desgraciada para que nadie la amara y ella solo lo pudiera amar a él… sick lo se, pero no deja de ser un poco como todos nosotros alguna vez.
    Gabriel Rodriguez, tienes algún lugar para seguirte?