euse

333 días sin encontrarme a nadie leyendo literatura en la calle

1.

Publico aquí el texto que leí en la presentación de la reciente novela de Eusebio Ruvalcaba, intitulada “Todos tenemos pensamientos asesinos”.

 

2.

Conozco a Eusebio desde hace aproximadamente once años, durante todo ese rato he sido su alumno en los talleres literarios que imparte alrededor de cualquier mesa, alrededor de cualquier trago. En una ocasión veníamos los dos bastante borrachos sobre la calle de Pacífico a las cuatro de la tarde. Eusebio venía manejando un auto que yo nunca volví a ver, detuvo el coche y se bajó. Me pidió que lo siguiera. De golpe: se sacó la verga y comenzó a orinar en una de las llantas traseras. Yo me quedé viendo cómo se vaciaba. Luego me ordenó que hiciera lo propio. Me saqué el pene y oriné en el mismo neumático. Toda empapada parecía que la llanta cobraría vida de un momento a otro. Eusebio tan sólo me sonreía dándome palmadas en la espalda. Apenas terminé me dijo que en esa llanta se había meado Juan Rulfo y que era la llanta de los escritores jefes. En ese momento sentí que flotaba. Sentí que escribir ya no era una opción, que estaba condenado a hacerlo con total veneración por el resto de mis días. Es el tipo de sensaciones que Eusebio provoca. A sus alumnos, a sus lectores, a sus amigos. Y cuando te tiene allá arriba flotando entre las nubes, quita la mano. Y la caída es terrible y vertiginosa. Después de tan doloroso aterrizaje te das cuenta que este hombre te ha enseñado a portarte como escritor, a no tomar en serio lo que escribes pero sí a tomarte en serio a la literatura, a ser sumiso frente a tus textos, a medir las cosas en forma de libro o cruda. Y a amar como desesperado, a no esperar nada de la vida. Y a que para escribir bastan dos cosas: humildad y disciplina.

No sé cuántos escritores mexicanos pregonen eso hoy en día. Yo creo que muy pocos. Y si acaso alguno lo hace: seguramente lo aprendió de Eusebio Ruvalcaba.

Todos somos tus alumnos, Eusebio. Mira, engargolé estás páginas para imitarte, porque es lo que hacemos los que te rodeamos, los que estamos bajo tu generosa sombra. He visto a otros hombres mecerse la barba como tú lo haces, conmemorar a los autores que tú conmemoras, decir fucking o broder, suspirar como tú en el momento de mayor peda: ese en el que decides que: estás por irte. Todas las cosas que tú eres y que ya están inscritas en el ebrio menos pensado de la cantina menos pensada. No exagero cuando digo que los borrachos somos tus principales herederos. Yo además le pediría a tus imitadores que te plagien una cosa: y es el volumen de lo que escribes. Escribes y escribes. Luego sigues escribiendo. Te lo he dicho antes: pobre del entusiasta que tenga que reunir tus Obras Completas. Escribes y escribes, y a ti te sigue pareciendo poco. Tu literatura me recuerda a esos hacedores de ataúdes que, cansados de construir tanta cosa triste, a veces se ponen a fabricar guitarras.

Espero que no tomes como algo lúgubre lo que voy a comentar a continuación, lo digo de todo corazón y porque sabes que te respeto mucho:

Eusebio, propongo organizar una colecta entre todos los que hemos sido tus lectores, alumnos y amigos para que nos quiten un poco de vida a nosotros y te la den a ti. Ya tú sabrás a partir de cuándo usas el tiempo que se acumule. Yo pongo 3 semanas. Pueden parecerte poco o mucho, eso yo nunca lo sabré. Tres semanas para que manejes a toda velocidad sobre la carretera vieja que lleva a Cuernavaca de ida y de vuelta con tu hijo en su cumpleaños. O para que sueñes que el violín de tu padre se vuelve gelatina en tus manos o para que sueñes que estás en un hospital en el que Octavio Paz necesita una transfusión sanguínea. Tres semanas para que sigas bailando el pasito Agustín Yañez. Para que le preguntes a la chica que vende jugos si prefiere a Héctor o a Agamenon, o a Aquiles. Para que le digas a tu esposa que los vecinos de Tlalpan quieren darte el premio a Esposo del Año, para que pidas tu corte de carne escurriendo hilitos de sangre, para que sigas, precisamente, el hilito de sangre que procede de las manos de George Hall Bennett y lleva hasta la azotea.

Te regalo veintiún días de mi vida para que los uses a tu antojo. Obvio, bebiendo desde temprano. Para que veas cómo matan a escobazos a una rata embarazada en una cantina pero no te inmutes y le sigas dando cucharadas a tu caldo, para que nos compartas de tu Herradura Blanco en una botella de Peñafiel. Para que orines sobre la Virgen de los Lagos y nos enseñes a todos que ahí, en eso, está el amor y el respeto al hombre que nos dio la vida. Tres semanas para que nos des a oler tus dedos luego que hurgaron a una súper chava.

Para todo eso es que yo pongo tres semanas de mi vida. Es más: ¡que sean cuatro semanas de una vez! Que te las den a ti. ¿Quién le entra, quién se anima? Me parecería de mal gusto ponerme a averiguar con cuántas horas o días se rifan cada uno de los aquí sentados, de los aquí presentes. Mejor me pregunto cuánto dieron ya los meros chidos, los escritores jefes que se orinaron en la llanta de tu auto, Eusebio: cuánto tiempo te regaló Hemingway, cuánto consintió Vicens, cuánto tiempo cedió para ti Dostoievski, cuánto Brahms, cuánto Mozart, cuánto Higinio…

Lo repito, maestro: espero de corazón que no te parezca fúnebre esto que comento; vaya: todos tenemos pensamientos asesinos.

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Escrito por Gabriel Rodríguez Liceaga

(@El_neb) Nació en la ciu­dad de Méx­ico en 1980, ganador del Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 y autor del libro de cuen­tos “El Demo­nio Per­fecto” (BUAP. 2008) y las nov­elas “Balas en los ojos” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2011) y “El siglo de las mujeres” (edi­ciones B — Zeta Bol­sillo, 2012).