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David Ojeda: Las ficciones y las historias  | Teresa Martínez Terán               

(WEB)

Fue de forma repentina, desconsiderada por la distancia y la frialdad del teléfono que suelta la información de golpe: David Ojeda falleció el día nueve de octubre de este año en San Luis. Una nota simple que deja sin palabras, dudando si creerla o no. Esperando que sea falsa. La muerte de un ser querido deja tras de sí un abandono irremediable. David le hará falta a la cultura, a las historias que quedan por contar, a los jóvenes escritores, a la denuncia social, a todos los que alguna vez contamos con su enseñanza, su risa, su compañía.

Luego vienen frases, imágenes, fechas. La prensa reitera los pormenores. Hasta mi llegan sólo los años faustos de universidad, los primeros, esos en que fuimos un grupo de amigos confiados, francos: Guadis, Esther, Bety, Vicky, Juan Ramón, Ocejo, Armando, amigos de facultad a los que nos distanciaron poco a poco el tiempo, las ideas, las actividades. A David, a Armando Adame y a mí nos seguiría uniendo por muchas décadas la afección a la literatura. Una sensibilidad que había distinguido fuertemente a Ojeda entre los que cursábamos para abogados sin saber muy bien a qué íbamos a dedicar la vida. Para él no había duda, quería ser escritor. Ya lo era. Las veces en que había que escribir algo, el designado era él. Recuerdo que inició una de esas participaciones en el recién inaugurado auditorio de leyes en la calle de Cuauhtémoc con la frase —rara en el ambiente formal y áspero de esa facultad—: “Obreros de los libros…”. Destacó en el cuento, publicó buenas novelas, además de practicar el periodismo y el ensayo donde intercaló momentos de poesía como acostumbraba hacerlo en sus obras de ficción.

Fue por David que supe del taller literario que Donoso Pareja coordinaba en la Casa de la Cultura de San Luis. Ingresé en él y en el que se abrió después en la Casa de la cultura de Puebla, quizás entre 1981-85. Participé de una experiencia singular: la atmósfera creativa, información cultural, oportunidad de adquirir un juicio autocrítico, la disciplina de sentarse al escritorio a esperar palabras.

En eso estábamos más o menos despreocupadamente en San Luis por el 1975, cuando casi al final de la carrera de derecho, el 26 de enero por la noche, estallaron en la ciudad tres bombas que cimbraron no sólo la mañana del 27, sino la placidez en la que estábamos viviendo. Dicen que otras tres bombas fueron desarticuladas, ya así, las primeras habían bastado para causar 6 muertos y gran cantidad de heridos. Ese suceso marcó la preocupación social de David y definió en muchos otros la indignación que ya no nos dejaría nunca. El hecho aparecerá de distintas formas en la narrativa de Ojeda. El 1975 vio también explotar bombas en Guadalajara, Oaxaca y México esa misma noche del 26 al 27 de enero. En el cuento “Una bomba bajo los calzones”, con el que Ojeda obtuvo el Premio Punto de Partida en 1975, dice:

“…imagino tantas cosas: Armando constantemente sereno, racionalizando los hechos y encontrándose a Tere por la calle para asegurarle que era obra de la derecha y que él veía venir una cacería de brujas […] yo (…) que la culpa es de los ricos, esos señores que se la pasan dando órdenes desde su despacho con ventanas a un panorama de chimeneas, con los trofeos de caza colgados de las paredes: cabezas de leones o de sindicalistas, o gafas rotas de universitarios”.[1]

La obra de David recoge ese impacto y la historia que lo rodeó, que no era otra que la de la vida de una Ciudad sin puertas, como titula su compañera Laura Elena uno de sus libros.[2] Una ciudad recluida en sí misma, coartando con su cúmulo de prejuicios e intimidaciones el más nimio intento de ser, de decir, de pensar, mientras subrepticia o violentamente explota cualquier día en cualquier dirección en persecuciones y demencias. Hablo de esto porque de eso están hechos los textos de Ojeda y porque sin ello me es difícil captar todo el significado de su escritura.

En El teorema de Darwin[3] va describiendo y novelando a través de sus personajes aquel tiempo difícil desde 1961 (“Negro bumerang”), año en que otra represión en la Plaza de Armas, esta vez al movimiento navista, desarmó la disidencia. Javier Padrón describe las circunstancias socio-históricas de aquellas protestas que comenzaron siendo modestas demandas de democracia. Piensa que en 1961 se ensayaron en San Luis, con bengalas y todo, las tácticas del fuego cruzado entre policías y militares que luego se implementaron en Tlatelolco 1968.[4]

En cuanto a las bombas de 1975, Padrón deduce, como lo hicimos muchos y lo confirman los entrevistados de su ensayo, que se trató de terrorismo de Estado y que debe reabrirse la investigación. Sin embargo, líderes estudiantiles y del magisterio fueron torturados esa vez para que se inculparan de los atentados. No era verdad que ellos hubieran colocado las bombas y se comprobó muy pronto, pero la cacería ya había cumplido: inhibir el movimiento estudiantil y magisterial, peligroso porque llegó a aglutinar protestas populares y campesinas ante la carestía del transporte y la necesidad de reparto agrario. Los estudiantes sólo pedían una reforma educativa, una universidad abierta, que se les permitiera participar en la elaboración de los planes de estudio. Hoy mueve a risa amarga el tamaño desproporcionado de la reacción por cosas que el mismo Estado incorporaría en su agenda más tarde. Pero sí, algunos universitarios se movilizaron a la Huasteca, especialmente a Ciudad Valles, para apoyar al grupo agrario “Tierra y libertad”. Desde los primeros años de los sesenta en la Universidad Autónoma de San Luis habían desaparecido las carreras de Humanidades, por temor a la reflexión crítica y las agitaciones. No es si no muy recientemente que han comenzado a funcionar programas sociales y humanísticos.

Difíciles de abrir y mohosas, cierto, pero en los muros de la ciudad había trazos  de puertas y David Ojeda las cruzó atacando ahí y fuera de ahí lo que él mismo califica de una sociedad oprobiosa e injusta, recreando literariamente los monstruos que produce la censura eclesiástica y sociopolítica para exhibirlos. En su casa, una de esas puertas hechas de fuertes y gruesas vigas hacía de mesa de centro y ellos, Laura y él, contaban que había sido arrancada a una prisión. En general, la confluencia del drama político con el de la moralidad conservadora de una ciudad —o de muchas, bien sabíamos—, hicieron el núcleo fuerte del trabajo cultural de Ojeda.

Recuerdo sus novelas La santa de San Luis y El hijo del coronel. Recuerdo haber comentado la última con Amelia Domínguez y alguna otra compañera del taller de literatura de allá o de Puebla, porque David Ojeda coordinó estos dos espacios y fundó otros. Y en todos ellos contribuyó, como antes Miguel Donoso Pareja, a inquietar vocaciones para el cultivo de las letras en cualquiera de sus formas. Llamado que puede ser oído o desoído. Porque escribir—pregunta Miguel Ángel Aguilar antes de concluir con una rotunda afirmativa: “¿sirve de algo ser literato? ¿Acaso no es más necesario, más importante, más vital un albañil que sabe construir casas que nos quitan el frío?”— tal vez no quite el frío como Kelsen no sirve para sacar un preso, pero hermana, construye, hace madurar la relación con el mundo, conocer lo humano. “Ojalá sea leída la esperanza. La literatura que denuncia y que es bella”. [5]

La santa de San Luis[6] es una novela inquietante, su personaje Concepción Cabrera de Armida sintetiza la patología moral, por eso resulta insoportable en ciertos momentos, incomprensible en otros. De cualquier modo es obra de su sociedad que la mantiene presa de soledad y de miedo al pecado. La reseña de Isolda Cortés para la presentación del libro en México es muy ilustrativa.[7] No estoy segura de que en esta época o en otra ciudad la vida de la beata hubiera sido distinta, salvo porque en lugar de catecismo le hubieran recitado ética, y en lugar de manipulación de sus confesores habría contado con la fobia social que sufren las mujeres que por viudez, voluntad u otra causa viven solas. Loca o no, igual se le excluiría o recluiría en el psiquiátrico. Sor Juana Inés fue aislada y despojada de su pluma sólo por su lucidez y la alegría de vida que extraía de leer, escribir, ser dueña de sus juicios. Fue aniquilada.

Pude conversar un día sobre estos avatares de la condición femenina con David. La pequeña diferencia que tuvimos con relación a esta novela recayó sobre otro punto: me parecía ver cierta inverosimilitud en la confesión íntima que el periodista, recién llegado a San Luis a investigar un caso, le hace a un sacerdote (Monseñor) que acaba de conocer. David explicó que habiendo sido el personaje seminarista, era normal que poseyera un sentimiento de espiritualidad que le hizo confiar inmediatamente en el prelado. Más allá de mi comentario que no creo que Ojeda aceptara, esta escena es importante porque muestra un estilo y la técnica narrativa que él llegó a dominar. La configuración ficticia de los personajes incluye momentos biográficos novelados. La admiración que el escritor potosino tuvo por el padre Peñalosa de San Luis, poeta también, con quien lo unieron afinidades religiosas y su propio pasado de seminarista, posibilitaban la confesión tan personal de la novela. El último rasgo también identifica al autor con el periodista Juan José Macías que es y no es el autor al mismo tiempo. Macías es, como dice Ojeda en una entrevista, un poeta de Fresnillo, igualmente ex seminarista en la realidad, hecho ficción en la novela. La relación autobiográfica entre los tres personajes, solidificada por años de trato, se proyecta en el libro sin estos antecedentes que harían entendible la confesión inmediata del uno al otro. Por eso me parecía inverosímil. Desacuerdos así, por irrelevantes que fueran, salpicaban nuestras charlas y me eran enriquecedores.

Digo que la denuncia del clima social y político asfixiante se muestra en toda la obra de David Ojeda porque aquellos años convulsos de la segunda mitad del siglo XX resurgen en su más reciente novela El hijo del coronel.[8] Marcelo Azuara, personaje central del libro, boina verde retirado, entrenado en el fuerte Sherman de Panamá por los años sesenta, ex-combatiente de Vietnam, emigró de Ciudad Valles, S.L.P. a los Estados Unidos en 1962, iba como bracero y esperando regresar para ayudar a su madre; la experiencia lo transforma en un militar estadounidense. En la novela reaparece la problemática política local inserta en un contexto global —para David lo local-global es tan falso como lo es el dilema ficción-realidad—, junto a las técnicas particulares del escritor: desdoblamientos de caracteres en un yo, él, tú, que son la misma figura: ya soldado, ya juez, verdugo, víctima, conciencia. Un nosotros o un ustedes. El despliegue de una sola persona en varias y viceversa.

El hijo del coronel se relata a varias voces y ritmos, por momentos vertiginosos como una polka con el bikini amarillo repitiéndose en el cerebro de Azuara. Y es que ese bikini de bolitas diminutas podría no ser, respecto al autor de la canción de los sesentas Paul Vence, “el secreto sueño de su mujer pudorosa” (p. 18), sino el maltrecho Atolón de Mururoa en la Polinesia francesa que, de 1966 a 1997, padeció las peores pruebas nucleares hasta allí conocidas. Ojeda dice muy bien que los especialistas eligieron esa canción para uso de la instrucción militar de sus fuerzas especiales y para la “conversión de un recluta en obediente organismo de guerra”.

La compleja estructura de los personajes está en que el narrador toma de pronto la personalidad del coronel Azuara; habla en primera persona, en segunda, en la misma que dialoga entre sí, se recrimina haber detestado a su hijo, reconoce su misoginia, su homofobia, su racismo. Recuerda nombres hundidos en su pasado huasteco: Aparicio Robles, Marcial Longitud, Nepomuceno Santos…  Valles, el río Micos, los huapangos, su viaje a los Estados Unidos en 1962, y el coronel brutal en el que acaba convirtiéndose. Pasa por gringo, pocho o Pocholoco como le decían, y regresa a su tierra en 1977 con el pretexto de combatir narcotraficantes, cuando en verdad llega a torturar estudiantes y campesinos cañeros alzados en El Naranjo.

La historia es real en el último punto, las huelgas existieron en distintos años tanto en el ingenio azucarero de Ciudad Valles como en el de El Naranjo, y acabaron mal como todo lo demás. Eusebio, dirigente campesino del campamento “Tierra y libertad”, fue asesinado en 1975.  Antes, de 1971 a 1973 un movimiento estudiantil que apoyo las demandas agrarias había sido sofocado mediante la aprehensión y destierro de sus líderes. Lo peor lo sufrió Cruz Elena, alumna de derecho, quien no sólo fue expulsada de la universidad sino secuestrada y torturada (Padrón, 1995, pp. 35, 56). Ni el gobierno ni los terratenientes querían permitir en ese momento la repartición de los latifundios de Gonzalo Santos y otros caciques. Pero es ahí, en ese marco histórico vivido entre los años de 1975 y 1977, donde se reúnen en El hijo del coronel las distintas historias desplegadas. Ojeda se asume ficcionalmente en el relato como uno de los estudiantes detenidos durante esa represión.

Varios amigos habíamos ido de paseo al rancho de la familia de uno de nosotros en El Naranjo. David narra ese viaje con la imaginación que fortalece su narrativa, inventando amigos, recordándolos, o soñando que recuerda, nunca se sabe bien con él donde quedan los límites. Uno puede ser otro tranquilamente, enemigo o amigo, idea platónica, tipo weberiano, estereotipo mítico, tragedia o chiste, siempre personaje de cuento y de verdad. Puede ser lo que piensa que es o lo que el exterior le asigna como identidad. Animal, procurador corrupto, objeto, piedra sacrificial. Un día amanece helecho, la Cookie de la familia o siendo una casa como en “Negro bumerang”. Literatura, ficción, intercambio de rasgos y experiencias que hacen la profundidad de una obra y la realidad estética de la ficción: desvarío, recuerdo, sueño, pesadilla.

David Ojeda fue un maestro de la otrificación haciendo historias a base de él mismo y a veces de los otros, sin preocuparse de lo que esto podría acarrear, porque tal ejercicio puede ser tan anodino o positivo como fatal. Pude comentarle lo que aprendí tarde: el lector, por más culto que sea, difícilmente distingue entre ficción y realidad, confunde todo, especial y seguramente cuando le conviene confundir, carga en su inconsciente pulsiones destructivas —peor si son razonadas—. Como se sabe desde Proust, el autor no es el narrador. Éste, por obra de aquél, puede adoptar la forma kafkiana de una cucaracha, la voz demente de Concepción Cabrera, la de un asesino como Azuara, la del Raskolnikov de Dostoievski. Y sólo una mente perversa identificaría a estos personajes con su autor, pero, como se dice de las brujas, de que las hay, las hay. Y todo este ficcionar saca a flote una verdad imposible de saber o entender por otros medios que no sean los del golpe emocional, trae a la realidad del intelecto lo que no existe ni ha existido jamás. Ese es el poder de la palabra, un poder que nos rebasa a nosotros mismos. Que excede los discursos creados para suscitar sentimientos y convicciones más allá de su literalidad. Analogando, el problema es este —y parafraseo a Vladimir Jankélévitch—: Cuando el interlocutor no está a la altura de la ironía, el ironista es el primero en caer en la trampa de su expresión.

En la literatura celebrar que un cuento del género ficción sea tomado como verdad, probaría que alcanzó sus objetivos literarios. García Márquez se uniría gustoso a esta celebración metamórfica de lo mágico en histórico. Parte de El hijo del Coronel recoge anécdotas reales ocurridas en la Huasteca potosina, otras corresponden a la imaginación sorprendente de Ojeda que, como todo escritor, supedita el mundo a las necesidades narrativas. Así, hechos desconectados en el tiempo y en el espacio, sucesos del 73, 75, 77, confluyen para dar una coherencia inusitada a una obra cuya dificultad más alta es lograr la unidad.

Una vez, conversando con Ojeda sobre un personaje de novela, le dije que era insoportablemente cruel. Me respondió (confieso no saber si con o sin ironía): “¿Crees que hay hombres que no son crueles?”. La frase, en alguien que hacía unos años decía feliz no haberse dejado invadir por la amargura, me asustó. Hoy creo que coincidiríamos. Nuestro trato, concordante por la literatura, fue discordante a veces, más que por nuestras ideas políticas, por nuestras actitudes vitales. Él abrazaba un espiritualismo declarado y fue devoto practicante de un hedonismo creativo. Firmó de buena gana la antigua frase: “Vivir no es necesario, lo preciso es navegar”,[9] cosa que eleva por encima de todo a la creación artística.

La experiencia de lo humano hace comprender mejor al mundo y en revancha desencanta. No hubo tiempo de hablarlo. Al final, no sé si sobrevivió la afinidad o la diferencia, no hubo tiempo de saberlo. Los malentendidos rompen las amistades más firmes, dijo Albert Camus contando su ruptura con el poeta Rafael Alberti, las calumnias hacen el resto. Un día ya es tarde para hablar, comprender, perdonar. La presencia abrupta de Camus en esta pérdida de David Ojeda Álvarez podría estar nombrando el absurdo de la muerte. La muerte en sí es una llaga en la esperanza, es impuntual, temprana, groseramente anticipada. Siempre llegamos tarde, demasiado tarde a querer revertir el silencio, a decir todo lo que faltó hablar.

 

[1] 6X3=18, Colección de cuentos de varios autores, Editorial extemporáneos, México, 1977, pp. 45-46.

[2] Laura Elena González, Ciudad sin puertas, J. Boldó i Climent, México, 1991.

[3] David Ojeda, El teorema de Darwin, CONACULTA / Instituto Potosino de Cultura, México, 2000.

[4] Javier Padrón Moncada, Los bombazos de 1975 en San Luis Potosí: terrorismo de Estado. (El rochismo y la guerra sucia). El ciudadano potosino, 1995. en

[5] “David Ojeda, la  muerte de un galllero”, La Jornada, Zacatecas, 10/10/2016.

[6] La santa de San Luis, Tusquets Editores, México 2006.

[7] Isolda Cortés, “David O
jeda, un escritor con fe en las palabras”, periódico El Universal, México, 13 de octubre de 2006. En http://archivo.eluniversal.com.mx/cultura/50185.html.

[8] David Ojeda, El hijo del coronel, Tusquets Editores, México, 2008.

[9] David Ojeda, “Jordi Boldó: Olor del mediterráneo”, en http://www.jordiboldo.com/templates/davido.html.

 

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