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Comparto mi columna, saludos cordiales | Guillermo Núñez Jáuregui

(WEB)

 

A veces estoy a punto de lograr olvidar que tengo una columna. Pero cada libro que abandono o que me distrae del que estoy leyendo me recuerda que el espacio ahí sigue, como la comezón de un paralizado. Es muy extraño, que lamente cuando no lo hago, pues no es que por cada texto entregado reciba dinero ni que sume puntos que podré canjear por una cafetera Nescafé (que, vamos, tampoco necesito).

Al contrario, tener una columna (¿pero realmente “tengo” una columna?, ¿qué quiere decir eso?, ¿que poseo un huacalito sobre el cual puedo pararme para decir algo en voz alta para que la gente me escuche?) me recuerda el dolor constante en la espalda, el cansancio, la ansiedad por opinar y participar, la continua desazón de no tener el tiempo necesario para leer lo que quiero leer (idealmente, en esta columna, escribo exclusivamente sobre lo que quiero leer y hoy, tras semanas de no saber qué anotar aquí, vengo con la noticia de que dedicaré el texto a que no puedo leer). Referencia culterana: en una carta a su madre, durante un viaje, Flaubert escribe que se ha aburrido de leer; que pronto volverá a casa para aburrirse en compañía. Es triste, todo esto: es triste que no haya un nuevo texto crítico, es triste que dedique líneas a la tristeza de las pasiones tristes, es triste que uno deba sentirse culpable por escribir con este tonito (el del sacrificio ante la prensa que exige tinta). Hace unos meses, recuerdo, conversaba con Héctor Toledano pues comentaríamos una de sus novelas con un grupo de alumnos (quien no lo haya hecho, le recomendaría que lea La casa de K, de 2013) y caí en la cuenta del esfuerzo que nos cuesta reconocer, a veces, que no trabajamos (es decir, que no se escribe o no se lee o no se piensa) por mera tristeza. Y vamos, sobran las razones para la tristeza, o el desánimo, o el tabardillo. En cambio uno se azota y se pone a ver la televisión, a ver gente o a leer idioteces. A distraerse, en suma, con viajes al OXXO o con novelas de detectives (a las que ya les dediqué atención hasta la indigestión). Y no es que no lo haya intentado: ahí están mis notas sobre El burgués (2013) el estudio crítico de Franco Moretti; estoy a dos de recomendar, concienzudamente, que se insista en leer a Karl Ove Knausgård; leo con entusiasmo Miramar, de David Miklos; creo que vale la pena leer los dos relatos de Be y Pies de Gabriel Wolfson; me atrae la idea de comentar los dos libros de Franco Félix que salieron recientemente; me encantaría sentarme a escribir sobre Las mil y una noches a la luz de los estudios de Steven Moore; comentar de nueva cuenta a William Gaddis. En fin, ars longa. En el fondo, claro, lo que me molesta es el silencioso monstruo de la prensa, la necesidad del ruido y del contenido (que, explica, claro, el alarmante incremento de comentarios sobre productos culturales fáciles de consumir). ¿No es enfermizo, esto? También hay una extraña sensación: que debemos rendir de cierta forma, leer vigoréxicamente, como si la lectura lenta ya no tuviera cabida en esta gran época. Comprendo que Flann O’Brien entregara una columna diaria exclusivamente por su alcoholismo (de alguna forma debía pagarse los tragos; de cualquier forma, vale la pena leerlas, están compiladas en La gente corriente de Irlanda) y comprendo muy bien las dificultades, cada vez mayores, para escribir, oh mi buen Beckett, sobre algo.