La memoria de las cosas_portada

Colección | Guillermo Núñez Jáuregui

(WEB)

 Noticia breve: ya circula La memoria de las cosas (2015) de Gabriela Jauregui (México df, 1979), publicado por Sexto Piso. En su nota de agradecimientos Jauregui se refiere a esta colección de relatos y prosas como un gabinete de curiosidades. La imagen sirve de estructura para el libro: así, como las recámaras de maravillas típicas de las épocas de las grandes clasificaciones y exploraciones coloniales, el título está dividido en vegetalia, mineralia y artificialia. Pero si entonces se procuraba clasificar para dominar (un impulso que sigue sano y dañando), la mayor parte de los ejercicios narrativos compilados en este libro parecen estar caracterizados por una mirada que, refrescantemente, se niega a distanciarse; por una imaginación que entabla relaciones cercanas con distintos objetos. Aquí no hay un objeto descrito que se someta a un juicio, sino que se descubre una relación.

Podríamos comenzar un aburrido listado: que si este árbol es más que un sauce, y que ayuda a detonar una reflexión sobre la movilidad de lo aparentemente inmóvil; que si este melón, en cambio, sirve para pensar un relato sobre lo absurdo de la inflación global en épocas en que los traslados son más sencillos; y en cambio, este osito de goma, ¿cuántas asociaciones siniestras esconde? Esto lo sabemos ya: cualquier objeto, bien visto, es interesante. Pero, ¿cómo hacer que lo atractivo hable? Bien vistos, estos textos de pronto brillan autónomamente: la insistencia de la repetición en “Follaje” nos podrá recordar la prosa de Bernhard pero brilla aún más si se contrasta con las asociaciones y saltos de “Pera cocodrilo” o con los relatos que colindan con la crónica de “Oro negro” (detrás de la cual está la disparatada historia verídica del charlatán Uri Geller) o “Molusco” (detrás de la cual, sabemos, está la obra Los siete niveles de la basura, de 1995, de Francis Alÿs) o con el relato de un registro que evoca el policíaco de “Biombo” o con “Autobiografía”, que se suma al siempre fértil campo del animal que habla. Cuando lo atractivo de un objeto habla, comprendemos de pronto, es porque hay un coleccionista capaz de contagiar su entusiasmo, de explicar esa extraña curiosidad que le aguijonea.

El libro de Jauregui podría comenzar a visitarse desde cualquier prosa y, uno sospecha, podría regresar a él para descubrir que su pieza favorita no es ésta sino aquella. Lo extraño es que el título no es particularmente visual y si parece serlo es por la riqueza de los registros de prosa que en él conviven, o convergen, antes que por sus afinidades con autores como Lawrence Weschler o John Berger (que se me ocurren ahora, por haber explotado también la poderosa imagen del gabinete de curiosidades).

 

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