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Cartas y otros textos, de Gilles Deleuze | Carlos A. Aguilera

(WEB)

Repetición y Hombre Monstruo: Correspondencia de Gilles Deleuze

 

Gilles Deleuze. Cartas y otros textos. Editorial Cactus, Argentina, 2016. Traducción: Pablo Ires / Sebastián Puente, 342 pp.

 

Lo primero que habría que decir es que las Cartas de Deleuze no son las cartas de Deleuze. Ni las de Guattari. Ni las de otro colaborador o amigo. Son las cartas del autor de Crítica y clínica encontradas en archivos foráneos ―con excepciones―, y quizá Deleuze no hubiera aceptado que se publicaran, pues si algo aborrecía era la interrupción de lo privado en lo público.

Lo segundo, es que al Deleuze epistolar y amoroso de este libro (amor no como eros sino como amistad) lo cruzan el Deleuze dibujante y el Deleuze nonato, el Deleuze antifemenino y el Deleuze prologuista, el Deleuze cárnico y el Deleuze loro.

Y no sólo porque repita algunos de sus mejores temas: Sacher Masoch, Bacon, Hume, Boulez… También, porque esta edición preparada por David Lapoujade, quien previamente había “construido” las imprescindibles La isla desierta y Los dos regímenes de locos, completa algunas de las ideas del parisino sobre, por ejemplo, Pierre Clastres, más importante para su concepción del estado de lo que suele aceptarse comúnmente, o sobre el surrealismo, ese que asoma a cada rato como “máquina de guerra” en su obra y, aquí, devela, uno de sus “orígenes” (mal conocidos además en español): la obra del pensador Ferdinand Alquié, cercano en sus días a André Bretón.

Lo tercero, es que este Deleuze, con sus altos y bajos, sus despistes, resulta por momentos más divertido que el que aparece en otros libros.

No sólo por las interrupciones de tiempo que se dan entre texto y texto, sino, por ese magnífico ménage à trois teórico que sostuvieron los autores de El antiedipo con Raymond Bellour y el cual nunca llegaría a ver la luz (la larga entrevista estaba destinada a Les Temps Modernes, revista que Guattari políticamente desaprobaba), o por esos retazos, ya del todo inconseguibles sobre Gérard, Montereggio o Le Senne, o su interesante prólogo a La religiosa de Diderot, por ejemplo.

Sin embargo, de todos los Deleuze que presenta este libro, llaman la atención especialmente dos.

― El misógino, el cegato, el kitsch, en guerra abierta contra la sensualidad-mujer y el cual reproduce muchos de los estereotipos de su época:

“Son las propias mujeres las que corren hacia su perdición, quieren expresar un mundo exterior, todos los mundos exteriores posibles, elevarse al nivel del Otro-masculino, sobrepasarlo (…) Un doble peligro pesa sobre la mujer, independientemente, por otra parte, de toda cuestión de edad: demasiado “viejas” se reducen a una cosa inexpresiva; demasiado “jóvenes”, quieren actuar como Otro-masculino. Una vez más hay que ser simplista: su lugar no está en el exterior, está en la casa, en el interior. Vida de interior y vida interior: la palabra es la misma.”

Razón por la cual su familia, como es de suponer, se opuso a que estos escritos salieran antes reproducidos.

― Y el de los dibujos.

Todos hechos con un grafito grueso, tosco, irónico, al que apodaba “monstruos”.

Y todos girando alrededor de cierta violencia…

Como en ese donde se ve a una mujer frente a un bombillo intentando encontrar (establecer, recircular, abarcar) su propio espacio.

O aquel donde el hombre del látigo amenaza a una madama con golpearla.

Lo curioso, es que todos los dibujos están montados encima del movimiento, como si más que el concepto lo importante fuera ese paso último que tenemos que hacer para encontrar la postura central, lo no-etílico.

Postura sobre la cual, a posteriori, discurriría mucho y largo en uno de sus volúmenes sobre cine, donde lee “bajo foco” las muchas coartadas que se establecen entre la percepción y la rostrificación del deseo…

Y tal como se muestra en uno de los ensayos que reproduce esta antología (introducción además a la edición norteamericana de su estudio sobre Francis Bacon), donde no solo reflexiona sobre los “cuerpos ordinarios” del irlandés. Esos cuerpos, diríase, protuberantes, macizos, de raspa-raspa griego.

Sino, sobre “las fuerzas invisibles que se ejercen sobre la carne”…

Lo intenso.

“Si hay un sentimiento en Bacon, no es el gusto por lo horrible, sino la piedad, una intensa piedad; piedad para con la carne, incluida la carne muerta de los animales…”

Mirada que atraviesa una a una todas sus cartas: con Foucault, Gherasim Luca, Guattari o Klossowski (a quien para sorpresa de muchos agradece todo lo que su Nietzsche o novelas como La moneda viviente han aportado a su filosofía). E incluso con aquellos que están internándose en algún doctorado y necesitan de él una aclaración o pequeña interviú.

¿Continúa siendo válida aquella frase del autor de Vigilar y castigar de que un día el siglo, todo el siglo: el siglo y su todo, se regiría por el “estar” deleuziano (es decir, por su lucidez)?

Creo que sí.

Estas cartas, y todo lo publicado post mortem, así lo certifican.

 

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