Thomas de Quincey

A la nueva hora por Adolfo Castañón

A la nueva hora[1]

 

Comíamos a la una de la tarde, a la
francesa, para desesperación e irritación
de mi padre, que seguía el bárbaro horario
mexicano y español.

Octavio Paz, “Silueta de Ireneo Paz”.
Postfacio a Algunas Campañas.

 

Adolfo Castañón[2]

Las grandes mudanzas vienen con paso de paloma y un solo acto puede acarrear con su reiteración con su reiteración transformaciones incalculables. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si Uno, digamos el Presidente de la República —sea cual sea su nombre, credo y filiación partidaria— en lugar de sentarse a comer “a mediodía” a las 3 ó 4 de la tarde consumiera sus alimentos entre las 12 y las 13 horas? ¿Cómo se transformaría el país si la institución del desayuno político fuese abolida y ya no se observase ese curioso horario de trabajo que inicia a las 11 a.m. (“después del desayuno”) y concluye “por la mañana” a las 14 p.m., hora en que es preciso salir corriendo para atravesar la ciudad y llegar a las 15.30 p.m. angustiado y hambriento a una “comida de negocios”? ¿Y si el tiempo de juntas se aprovechase para masticar en lugar de abreviarlas para salir disparado a quién sabe qué festín remoto?

Thomas de QuinceyEntre burlas y veras, la cuestión de los horarios de trabajo de las instituciones públicas y de servicio me parece central y entiendo que, por la retícula de la agenda, por el grillete de los horarios pasa el camino de Damasco de las buenas intenciones civiles. Al igual que a Thomas de Quincey, a mí me gusta pensar en la idea de que una república varía sus hábitos porque se altera el compás de las cucharas y de los platos, y que así florece –para decir la consigna de la época– una nueva productividad.

Uno decidió cambiar el comelitón por un sensato tentempié. A veces me gusta pensar que la época que necesitaba la alcahuetería del banquete para limar con antojos las asperezas de la negociación y el “diálogo” empieza a dar signos de concluir.

 

 


[1] Cuando Vicente Fox Quezada ganó las elecciones presidenciales, se hicieron numerosas propuestas de reforma nacional. Esta nota —lamentablemente no publicada en aquel momento por los editores de una revista—, quiso ser una de ellas. La publico ahora aunque todavía no he podido ajustar la hora de comer.

[2] A partir de un artículo de P. Belluck.

 


Escrito por Adolfo Castañón

Adolfo Castañón nace en 1952 en México, pero es un pensador universal. En un sentido borgiano, se trata de un autor del gozo, pues según decía el ciego visionario “no hay placer más profundo que el que provoca el pensamiento”. Aurelio Asián, asimismo, ha dicho: “Quizá no hay más puro escritor que Castañón, quizá no haya persona más esencialmente literaria que él. En Castañón, oralidad y literatura, pensamiento y expresión, intuición y sintaxis, surgen como simultánea profundidad y superficie”. Cultivador de poesía, ensayo y crítica, entre su obra destaca La gruta tiene dos entradas (Paseos II), con la que obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura, La batalla perdurable y Alfonso Reyes: caballero de la voz errante.