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Algún día | Por Eduardo Sabugal

(Web)

Y nos dijeron que algún día comprenderíamos los presagios de las lluvias, todas las semillas inútilmente sembradas, las ventanas que nos quedaban altas, las mesas que no alcanzábamos ni parados sobre nuestras puntas. Entenderíamos nuestras manos, los eclipses y los besos, el funcionamiento de los rehiletes y los engranajes de los relojes. Y comprenderíamos los juegos piromaniacos en laberintos mentales, y cada camino lleno de piedras que nos lastimó, y nuestras noches de tormento insomne. Las catástrofes y las poéticas del desastre, los vaqueros que morían siempre en las pantallas individuales, las canciones de los Fogerty, las mujeres sólo vistas como a través de una neblina, como si estuvieran muy lejos, sonriéndonos detrás de una veladura lumínica y sanguínea. Pero los sueños se volvieron igual de indescifrables que la vida, y todo se volvió cada vez más difuso, más complicado. Todo se empezó a mirar a través de un espejo retrovisor sucio y empañado. Algún día, nos dijeron que entenderíamos las eucaristías, y los pactos de sangre, el poder de arrodillarse a tiempo y el tiempo de nuestras rodillas, pero los arcos dispararon sus flechas y aún seguimos sin entender. Los árboles siguieron torciéndose, inclinando sus ramas aleatoriamente, y las tempestades asustándonos con ruidos ensordecedores, los amigos apareciendo y desapareciendo. Las cartas del tarot se las llevó el viento. Involucionamos y nos liquidamos, sin entender algo. Nos habían prometido la comprensión, eso nos dijeron, que comprenderíamos los lunares idolatrados de mujeres hermosas, los símbolos hurtados que después tuvimos que olvidar. Cuando creciéramos y dejáramos de ser niños, al fin comprenderíamos algo, las canas en el mentón por ejemplo, o los tendones rotos, los despertares llenos de sabor a níquel en la boca, con el alma vacía. Comprenderíamos a Marx, a Kasparov y a Kafka, la crueldad de los otros, sus muertes, sus fugas. La danza de las abejas sobre sus colmenas, el secreto de la levadura del pan, el movimiento de los astros, nuestros múltiples “yo”, nuestras comunidades inconfesables. Las diásporas y las pelas de box.
Y de pronto, ya viejos, un día cualquiera nos bajamos de un auto descompuesto en media carretera, y huele a gasolina, y es abril, es septiembre, y ya nadie está ahí para decirnos que algún día comprenderemos todo. Intentamos ser hombres, como aconsejaron nuestros padres, y los 5 años se volvieron 18 y luego 27, 33, 64, y los viejos discos de acetato desaparecieron, los volcanes se fueron nevando y erosionando, hicieron erupción, y nuestras palabras escritas sobre la madera se borraron. Las mujeres que dijeron amarnos se han ido con odio y rencor, dejándonos en muletas. Mujeres que parecían de luz y hoy son de sombra. El tiempo y las lágrimas pasaron y recogimos sólo el polvo, sin comprender un carajo. Y nos quedamos esperando ese “algún día” que nunca, carajo, nunca llegó.