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Yakarta, Rodrigo Márquez Tizano | Juan Carlos Reyes

Lo escuché reír desde Puncak Jaya

Rodrigo Márquez Tizano, Yakarta, Sexto Piso, México, 2016, 148 p.

No soy afecto a reseñar libros que no me gustan, ni siquiera como un ejercicio macabro de disección post mortem. Tal vez por comodidad, alguno dirá que por mezquindad o miedo a la confrontación. Esto no implica, por supuesto, una división en categorías tan miopes como “buenos” y “malos”, sino que hay libros que pasan sin dejar huella en mi cartografía lectora o escritural, y por lo tanto no sólo no me interesa reseñarlos sino que tampoco me interesa volver a leerlos, recomendarlos, subrayarlos o usarlos como pisapapeles. Creo que este tipo de escritura –si la llamamos reseña es lo de menos– trata, en parte, de olvidar la objetividad de la “crítica” y asumir la subjetividad imperante del lector. No podemos hablar –escribir, en este caso– sin enunciar nuestro propio sujeto. Sin embargo, creo que el asunto radica ahí: en la posibilidad de sentirse interpelado por un texto a grado tal que sea imperativo compartirlo con alguien: uno, dos, tres, cien individuos. Lo importante reside en que el libro como objeto, mundo, subjetivación de un individuo, intento de imaginación del universo o retrato de lo invisible, no nos deje dormir, nos pida implicarnos con él, con sus personajes, con su escritura como rasgo más físico del propio libro, con su autor.

El porqué me tope con Yakarta es particular. Alguien me habló del libro antes de que siquiera se publicara. El individuo en cuestión intentó contarme la “historia” de la novela y no lo logró. No fue ineptitud de mi amigo, sino ya el primer logro de Yakarta. “La tienes que leer, no te lo puedo contar. Ni siquiera sabría qué contarte” –me dijo–. No la leí en cuanto llegó a las librerías. Por un asunto que aquí no tiene importancia, me senté a platicar con Rodrigo Márquez Tizano por algunos minutos y le dije que había escuchado ya hablar muy bien de su novela, que la iba a buscar. Pasaron otras semanas para que, en una visita a una librería, me encontrara Yakarta entre las novedades. Recordé a mi amigo y su imposibilidad de resumir la novela; a Tizano jalándose los pelos mientras hablaba de no sé que cosa, y compré el libro. Lo digo sin reservas: Rodrigo Márquez Tizano es, sin duda, una de las voces más interesantes y retadoras de su generación, y ha entregado uno de los mejores textos que he leído en varios años. Digo “texto” –aunque seguramente más adelante diré novela– porque no sé si sea justo identificarla por fuerza con un género. Una escritura poderosa y embriagante como pocas he encontrado en escritores tan jóvenes como este autor. Una propuesta arriesgada, un libro que no “te atrapa” sino que te reta, te escupe en la cara y sale corriendo con la promesa de volver para darte la revancha.

Tizano debe tener treinta y pocos años, pero en algunas páginas la voz que despliega en Yakarta parece la de un anciano enjuto que habla desde una pestífera buhardilla mientras se embriaga con cerveza caliente y juega a los dados con hombres que no tienen casa a la cual volver. En otro momento habla un joven que añora su infancia recordándola, pero lo hace con la certeza de que ha visto demasiadas lágrimas y sangre como para seguir siendo un niño.  Un personaje que escapó de una novela de aventuras o de una bildungsroman que tuvo que aprender demasiado a prisa la capital de Indonesia, la metafísica que emana de una piedra, y a distinguir con absoluto refinamiento y poca duda entre los olores que despide una rata llena de gusanos y un bebé muerto en la carretera.

Ya he dicho que no me queda claro si Yakarta es una novela. Parece una novela, en algunos casos su construcción dramática parece indicarnos eso: vemos una historia a lo lejos, pero cuando parece que estamos por entenderla, por acercarnos lo suficiente para poder olfatear los gusanos del bicho, se aleja de un salto. En otras páginas aparecen personajes entrañables, pero de los que nunca aprendemos por completo: el autor da un giro justo cuando la piedra comienza a consumir por completo a Clara, cuando tenemos una vaga idea de dónde viene la inexplicable crudeza de Zermeño o de cómo se ganó a pulso Kovac un lugar en su escuadrón de exterminadores. Pareciera, por ratos, demasiado evidente que Yakarta intenta ser lo contrario a una novela tradicional, pero creo que es mucho más virtud que gratuito artificio.  Si bien aparenta tener la estructura de una novela posmoderna, especialmente en su construcción fragmentaria, tanto formal como estilísticamente, creo que es en el estilo de escritura del autor en donde el modelo se fractura. Nunca nos dice todo, no nos localiza espacial ni temporalmente por completo, pero da algunas pistas, los personajes tienen una profundidad en su construcción sólo suficiente para que, como la trama, den fulgores momentáneos. Como antes decía, Yakarta es una novela que no “te atrapa”, no es una novela que “no podrás dejar de leer una vez que inicies”. Tal vez ahí resida su mayor virtud: no intenta forzar nada, no intenta atrapar a nadie. Como el capítulo 54 que comienza diciendo: “Algunas madrugadas, lo recuerdo ahora, despertábamos en Yakarta”.

Yakarta es un rompecabezas: unas piezas se ensamblan perfectamente, otras ni siquiera son del mismo rompecabezas, algunas más son pedazos de cartón tijereteado al azar. No encuentro una mejor definición para la escritura de Tizano que la que Antonio Ortuño hace de su prosa: “Tiene una prosa desafiante, hábil, irritante, grosera, inesperada y elegante a veces, otras muy puerca, con esa elegancia y ese sarro que tiene la lengua cuando vive”. La novela, dice el mismo Ortuño, es una discusión con el propio lenguaje. Márquez Tizano emplea un lenguaje increíblemente cambiante, elige cuidadosísimamente cada una de las palabras que emplea. Como si de una enorme figura de esas construidas con fichas de dominó se tratara, no intenta que ninguna se caiga, no pretende que alguna quede impoluta. Al contrario, tanto empeño se debe a la sutileza y perfección que buscan los demoledores. Que cada pieza esté en su lugar: para cuando el detonador se active, no quede piedra sobre piedra. Dice el narrador sobre uno de sus personajes: “Zermeño, en cambio, traficaba con pornografía de voceador y a veces tenía el detalle de filtrar, sin enterarse, información de un mundo insólito a través de aquellas páginas de un papel tan corriente que a trasluz confundían letras, clasificados y puchas”. Éste no es sólo un ejemplo fantástico de los giros precisos que puede dar la prosa de Tizano, sino una alegoría de su propia escritura. La novela está plagada de ejemplos en los que el lenguaje se distorsiona y se localiza, no en un lugar sino en la boca de cada uno de sus personajes, en la del propio narrador que se rehúsa a olvidar términos con los que construyó su propio lenguaje narrativo. No quisiera abusar de la extensión de las citas, así que mejor abuso de su número. Los personajes de Yakarta “chancleteaban por el malecón”, bebían “para perjudicarse con caña”; una mujer “luce muy madreada” y la abuela “se maltrataba las vísceras a coñacazos”. No es el simple uso de palabras que, en otro contexto, serían sólo coloquiales, sino el uso preciso que las transporta del diccionario seguidas de coloquialismo a un lenguaje vivo que flota entre los personajes sin ser visto. Al igual que este uso de francotirador con las palabras, otros términos sugieren una enciclopedia de la oblación. En varias secciones el narrador habla como todo un experto del tema en cuestión: “Es bien sabido que las lagañas cristalizan con mayor rapidez entre más lejos queden del lagrimal”; o, hablando de los albinos que habitan El Charco: “He leído que los nervios que tienen detrás del globo ocular no siguen la ruta habitual sino que poseen un complicado sistema de cableado cuyo origen, según los antiabolicionistas, podría incluso tener alguna liga natural con la predisposición duplicativa que les atribuyen”. Como éstas, hay decenas de entradas cuasi eruditas que sustentan la idea de que Tizano crea con toda premeditación un edificio para que, de lejos, lo escuchemos derrumbarse con una enorme sonrisa en la cara.

Otro asunto no menor en Yakarta es la memoria, la reconstrucción de aquello que fue, pero de lo que sólo queda un rastro, una acuarela deslavada sobre la que algún día se nos cayó el café.  Esto me lleva al tono en el que decide el autor escribir, el cual tendría que ver, en cierta medida, con el género al que se “ajusta” o no el texto. Como antes había dicho, Yakarta no es una novela, o por lo menos no en el sentido tradicional de novela; corrijo, en el sentido tradicional de novela entendida desde algunos paralajes muy interesantes de interrogar, porque, por otro lado, es evidente que existen aún cientos de autores que siguen escribiendo novelas con la única idea de “atrapar al lector”, de copar la mesa de novedades o compartir estante con los horrendos pasteles decorados de Sanborns. Pero volviendo al punto, Tizano ha dicho en diversas entrevistas que piensa Yakarta como una novela de aventuras: como una novela de Emilio Salgari, según dice él mismo. Ve a Kovac y Zermeño compartiendo la cubierta con Los tigres de Mompracen y Sandonkan. La idea no me convence del todo. Esos textos funcionan, en efecto, como novelas de aprendizaje, de construcción. Creo, sin embargo, que el empleo que de la memoria hace Yakarta le permite acercase al género en sólo una sección de la novela, ya que en otros casos los recuerdos, las aventuras, son ficciones alucinantes de los personajes, recuerdos falsos, adaptaciones de otras historias, de otros libros, de otras memorias.

Así, puedo decir que el libro funciona en varios registros puesto que, si bien es cierto que su tono primordial es fársico en un sostenido tour de force, este tono le permite anclarse temporal y espacialmente al menos en un lugar de Latinoamérica. Es cierto que Tizano ha dicho que intentó borrar cualquier referencia directa a cualquier espacio real, pero sus construcciones de falacia continua y absurdo perpetuado nos dan al menos unas frágiles coordenadas. Qué serían sino “La Secretaria de Sanidad, Servicios Sociales y Salud Pública” o el “conatyc”. Referencias completamente orwellianas y un cariz local, ya que el autor no emplea nombres rebuscados o que se escuchen demasiado ficcionales, si no que añade variaciones casi insignificantes, en muchos casos algunos que parecen burla, pero otros que bien se podrían confundir con burocráticas e indescifrables realidades. No quiero decir que Yakarta puede ocurrir en “cualquier lugar porque es todos y ninguno a la vez”, porque el lugar común hace que hasta el estómago me duela. Pero la ambivalencia que logra Tizano es grandiosa. Al leer su libro sientes que alguien que te importa mucho volver a ver anotó su dirección en una servilleta con la que, en un momento de estupidez, te limpiaste el sudor y borraste la mitad de los datos. Las letras esbozan un lugar familiar, recuerdas como un zumbido cuando dijo su dirección, pero por más que lo intentes, nunca encontrarás el lugar. Y tal vez estés ya parado frente a él sin darte cuenta.

En “El charco”, lugar en el que todo ocurre en Yakarta, han vivido desde siempre la desesperanza y la desolación. Parece un lugar en el que todo lo que podría salir mal ya ha ocurrido. Tal tono me ha llevado a pensar durante casi toda mi lectura de la novela en el post-apocalíptico, pero como con otros asunto del texto, Tizano trabaja a contraflujo, aunque pueda dar muestras contrarias, como cuando el narrador afirma: “Yo apuesto a la pelota y Clara adivina el día en que la piedra impactará la tierra”. Valga decir que, en cada página que habla de la piedra, y como nota al margen, me es imposible no pensar en el gran monolito que aparece en varios pasajes y que se vuelve una obsesión en Yo el supremo de Augusto Roa Bastos.

La época en la que ocurren las historias de Yakarta –los recuerdos del narrador, un pasado lejano infestado una y otra vez por el bicho, y el presente influido tan profundamente por la gran piedra  como por millares de ratases una particular mezcla de un pasado cercano que convive con un futuro que aún no alcanza el presente. Aparece precaria tecnología “del futuro” como monografías sobre los héroes patrios, la célula o el aparato digestivo. Imágenes que una generación recordará como fotografías: “sigue acomodando un bonchecito de monografías sobre el mostrador, compuesto por billetes de distintas épocas y denominaciones bajo un cristal verdoso, cuarteado en cinco trayectorias y restaurado por un par de gordas capas de diurex”. Dice el narrador: “Los parásitos venían del interior”. Sin duda del interior de él mismo, de Morgan, Kovac, la Pájara Helguera –con su muestrario de lagañas–, el Chaparro Zermeño y su “repertorio de encueradas” o Clara, aunque para ella lo cuasi metafísico de la novela reside en “la piedra”, que la consume poco a poco mientras le revela lo desconocido.

El epígrafe de Donal Barthelme le hace honor a toda la novela. Es tan revelador como confuso. Y tal vez algo de su luz llega ya que has terminado de leer el texto, una vez que has ingresado en el caos que ocurre después del capítulo 99. Dice: “Thought I heard a dog barking. It’s possible. The simplest basic units develop into the richest natural patterns”. Es la propia Yakarta, pequeños fragmentos en los que está dividida, “pero también del bicho, de las ratas, de pequeñas unidades básicas que si se les da tiempo, si se les nutre adecuadamente se convierten en patrones, y luego en recurrencias, y después en reglas”. Al respecto, para terminar, uno de los párrafos más hermosos de la novela: “pupitres llenos de mensajes y frases amenazantes, apodos, declaraciones de amor, fórmulas matemáticas, fórmulas de odio, una sobre otra también, no anulándose sino formando capas de mensaje, cada uno engullendo y amplificando al otro, más recados y ecuaciones, variables por despejar, medidas de física descontinuadas o pertenecientes a sistemas extranjeros, pupitres sobre pupitres, niños sobre niños, hasta que la maña entera, la colección completa de objetos se hacía acreedora al nombre de colegio”.

En un texto sobre Yakarta, Antonio Ortuño dice que Tizano es un apostador. Coincido, pero me gustaría añadir dos líneas. Es un apostador porque pone todo su lenguaje sobre el paño, porque lo despliega con la intención de realizar combinaciones que de tan naturales se tornen complejas. Sin duda, Rodrigo Márquez Tizano es un apostador; pero uno que, de perder todo en la mesa, vendería un riñón sólo para apostarlo todo de nuevo.