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Viena: una ficción, de Andreas Kurz | Víctor H. Martínez

Maestros de Viena

 

Andreas Kurz, Viena: una ficción, Cabezaprusia, Puebla, 2017, 157 p.

 

He tenido muchos maestros de los que he aprendido algunas cosas y gracias a los cuales he olvidado otras. Al principio los imité con mucho orgullo, con una aparente docilidad, más ventajosa que cándida, con la provechosa y mansa  atención del joven alumno deslumbrado. A esos maestros también los he criticado y me he opuesto a ellos  con ferocidad: a veces he sido justo y otras veces ingrato, con un vocabulario y algunos argumentos robados a la vez de su misma enseñanza.

Tal vez no son tantas las cosas que he aprendido, pero gracias a ellos al menos he buscado apoderarme de un lenguaje y despojarme de algunas certezas; algunos después se volvieron mis amigos o siempre lo fueron, otros seguramente no me recuerdan o yo de ellos sólo conservo alguna imagen impactante, una idea atractiva, alguna obsesión o frase curiosa. Maestros en la conversación, con quienes he aprendido en las aulas, en las comidas y borracheras, gente que de paso ha dejado siempre expuestas sus virtudes y podredumbres, y aquellos otros a quienes únicamente he conocido a través de los libros, la ciencia, la poesía, el ensayo y la ficción.  Hay varios de aquellos maestros detrás de la construcción de Viena: una ficción.

La Salzburgo de Mozart, Trakl y el abuelo Karajan es la ciudad más horrible que he visitado y lo más cerca que he estado físicamente de Viena, pero tengo la impresión de que de Salzburgo no sé nada y que sí conozco mejor la capital a través de varios neue y alte Meister, mexicanos, alemanes y austriacos, entre ellos, Andreas Kurz (Austria, 1968), profesor universitario, narrador, ensayista, estudioso de la literatura mexicana del siglo xix, de la obra de Carpentier y experto en literatura en lengua alemana. En esta misma revista he leído sus textos sobre Bernhard y Celan, sobre la filosofía, el arte y la literatura en Viena; sus reflexiones en torno al imperio de Maximiliano y al pensamiento de Ángel Rama.

A lo largo de Viena: una ficción, Kurz reflexiona sobre dos elementos centrales en la construcción del canon literario austriaco: la invención de una ciudad y una literatura a partir de una narración ficcional ––la importancia de la Anti-Heimatroman, con sus personajes quejumbrosos, satíricos y maldicientes, con el discurso cáustico sobre las virtudes de la patria–– y la centralidad de la memoria, la lucha contra el olvido.

La crítica en aquel país es atractiva y salvaje, vende y crea un canon. Piensa  Kurz que “La literatura austriaca tiene éxito porque habla mal de Austria, porque sus autores parecen detestar su país: los insultos de los héroes bernhardianos, las asquerosidades y agresiones de los hombres de Jelinek, el insoportable autocuestionamiento de los yoes de Handke; el tan hermoso vacío de las figuras de Roth y el grandioso intento de empezar de cero de Musil hallan su origen en esto: hablar mal de un país que es una ficción, insultar los principios monárquicos, fascistas, racistas, republicanos, democráticos, capitalistas…”  En muchos fragmentos, tal vez del lado de Sebald y su Patria pútrida, Kurz nos recuerda que la literatura maldiciente austriaca, la escritura infeliz de aquellos autores, tiene orígenes muy lejanos: posiblemente viene de aquel trauma experimentado por los escritores desde el imperio de los Habsburgo, pasa por el día del discurso triunfal de Hitler en la Heldenplatz, por la noche de los cristales rotos y los escritores judíos de la capital del imperio, y se vuelve a manifestar en  los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo xx, con el intento frustrado de los austriacos por “reconciliarse con un pasado inmediato horrendo y con uno remoto en apariencia esplendoroso” y que falla justamente porque busca crearse aquella nueva identidad a través de la literatura, de la ficción inseparable no sólo de las novelas y cuentos, sino también de los ensayos, como este mismo, inteligente y bien escrito de  Kurz.

La importancia de la memoria, la lucha contra el olvido, es otro elemento central en una parte importante de la literatura contemporánea en lengua alemana, en particular en Austria. Obsesión con la memoria, que no se limita a los libros de ficción, de poesía o de ensayo literario, sino que se extiende a los de otras disciplinas, desde el psicoanálisis hasta la biología, fisiología del cerebro y otras ciencias de la mente.

In search of memory. The emergence of a new science of mind, autobiografía escrita por Eric Kandel –otro de aquellos maestros-, es un ejemplo de aquellos textos donde se manifiesta la importancia que tuvo la memoria para los austriacos. Kandel, judío vienés emigrado a Nueva York desde niño, además de un gran explorador del cerebro y la mente ––obtuvo el premio Nobel de Medicina en 2000 por su investigación sobre las bases fisiológicas del almacenamiento de la memoria en las neuronas––, es un humanista sumergido en la historia cultural, el psicoanálisis, la literatura y las artes en la Viena de finales del siglo xix y principios del xx; experto en la obra de Gustav Klimt, Oscar Kokoschka, Egon von Schiele y Arthur Schnitzler.[1] En su autobiografía cuenta que el interés por el estudio de aquellas bases biológicas de la memoria tuvo que ver directamente con una experiencia personal frente al nazismo en su infancia, que comenzó en Viena en noviembre de 1938 y duró un año de humillación, pobreza y temor. Un destino afortunado, si se piensa en muchos otros judíos que no tuvieron la fortuna de escapar. A pesar de haber sido sólo un año, fue un periodo que lo marcó para siempre y lo obligó a no olvidar: “One theme of post-Holocaust Jewry has been ‘Never forget’, an exhortation to future generations to be vigilant against anti-Semitism, racism, and hatred, the mind-sets that allowed the Nazi atrocities to occur. My scientific work investigates the biological basis of that motto: the processes in the brain that enable us to remeber”.

Si Kandel comienza su exploración científica de la memoria preguntándose cómo es que aquel periodo tan corto en Viena dejó aquellas marcas tan profundas en sus neuronas, que lo obligaban a traer, en una etapa ya madura, aquellas horribles imágenes infantiles a su mente, Kurz, en Viena: una ficción, nos recuerda que la importancia actual que se le da a la memoria en Austria ––y esto tal vez se aplique también para Alemania–– es consecuencia de un inicial racismo, que continúa con la barbarie, matanza y posterior “arte del olvido”, escudado tras la lógica eficiente del cumplimiento del deber y la excusa de muchos nazis que se basa en la supuesta inocencia de la juventud, la justificación de los nacidos a partir de 1930; de la disculpa de los “errores coyunturales”, de la falta de perspectiva histórica; de los inocentes “tropiezos” o “torpes declaraciones antisemitas” por parte de escritores, intelectuales y filósofos como Heidegger, de quien ya se ha estudiado mucho su relación con el nazismo y a quien ya es imposible justificar detrás de metafísicas y malabarismos lingüísticos.[2]

Si Kandel habla de “marcas profundas en las neuronas”, Kurz, aludiendo a (¿?) Hasslinger y a Robert Menasse, habla de “cicatrices” expuestas que ayudaron a orientar la memoria, a formar en las nuevas generaciones una visión crítica del pasado nazi. El mismo Kurz expone aquellas cicatrices cuando, en varias páginas fundamentales del libro, se concentra en Kurt Waldheim, ex-oficial de la Wehrmacht, a quien se le perdonaron todos los crímenes e incluso, como a tantos otros nazis, se le premió con posteriores cargos públicos.

Me parecen atractivas las digresiones a lo largo del libro, sin embargo me hubiera gustado leer algunas más sobre la posición del autor con respecto a la figura de Freud, al psicoanálisis y la relación de éstos con el mundo cultural vienés, justamente en la parte del “pequeño psicoanálisis vienés”, donde abundan más las referencias a narradores, las curiosidades en torno a El violín rojo, las observaciones sobre el  poema de García Lorca y la canción “Take this Waltz”, de Leonard Cohen, y donde –tal vez exagerando- podría caber incluso la Vienna de Billy Joel.

En Viena: una ficción, Kurz recurre a algunos autores y obras que ya había analizado en Cratilismo. De la pesadilla mimética en literatura y discurso. El más notorio es Grillparzer y la narración Der Arme Spielmann (El pobre juglar), al que dedica, en ambos libros, apartados importantes. En éstos, entre otras cosas, se centra en la Katzenmusik,[3] la música maltocada, insufrible, que utiliza un Kratzen, un rasgado de cuerdas horrible, que pudo haberse anticipado a la música atonal.[4]  Hay varios escritores a los que recurre Kurz en sus ensayos, quienes seguramente son también sus maestros ––Elias Canetti, Novalis, Johann Georg Hamann, Karl Kraus, Joseph Roth, Arthur Schnitzler, Stefan Zweig, Karl Popper, Paul Celan, Rainer Maria Rilke, Thomas Bernhard, etc.–– y gracias a los cuales se interesa por  la violencia y el poder, el análisis de la teoría de la mimesis en el lenguaje ––tema central en Cratilismo e importante en Vienna: una ficción, libros en los que, curiosamente, en algún momento hay también un interés por los principios de la gramática generativa––[5]; el humor austriaco y una mirada sociológica a éste, el chiste racista, la vida literaria de cantina y los escritores alcohólicos o adictos a distintas sustancias y encomiásticos de ellas (imagino a Kurz en el Café Süd, joven y un poco ebrio, leyendo a Joseph Roth y su La leyenda del santo bebedor; a Jean-Arthur Rimbaud, mientras narra su proceso de escritura, cayéndose de alcohol o absenta; a Couto Castillo y La canción del ajenjo), y aquellos otros escritores suicidas, desde Novalis y su Todestrieb,[6] hasta Ferdinand Raimund y Adalbert Stifter.[7]

Me acerco siempre a la literatura austriaca buscando entender una tradición integrada por gente como Hermann Broch, Robert Musil, Joseph Roth y Karl Kraus; intentando explicar correspondencias y afinidades entre escritores como Leopold Sacher-Masoch y Schnitzler, Elfriede Jelinek y Bernhard, y con la esperanza de comprender lo que advierto como una poética donde se sigue excavando en las capas de la mente para descubrir los lugares ocultos e incómodos, donde se sigue mostrando la bestialidad detrás de los modales de la burguesía. Una tradición literaria agresiva  y, muchas veces, de una sensibilidad poética criminal. Veo que ésta se conserva desde finales del xix hasta principios del xxi en muchos autores, incluyendo a directores de cine como Michael Haneke y a narradores como Josef Winkler, quienes siguen con la mirada puesta en el Todestrieb; no dejan de practicar la crítica feroz al anquilosamiento de las instituciones austriacas y europeas, al poder y la hipocresía de la iglesia católica y a tantas otras putrefacciones sociales. Un ejemplo es Natura morta, texto ambientado en Roma, en donde, sin querer, emerge la tradición psicoanalítica vienesa; se desenmascara a los sujetos, se dibuja con elegancia y maestría las excrecencias, la saliva, la mierda, la sangre y la muerte, y, sobre todo, se vuelve a pintar al animal que siempre acecha detrás del hombre.

Se ha escrito ya tanto sobre la grandeza del Imperio Austrohúngaro y el mundo cultural, artístico, literario, filosófico y científico vienés de finales del xix y principios del xx. Hay libros más o menos lejanos pero aún actuales y deslumbrantes como El imperio perdido, de Pérez Gay; otros posteriores, también de mucha investigación y profundidad, como Afinidades vienesas, de Josep Casals; aquellos ya mencionados de Kandel y Sebald, y otros tantos muy buenos a los que se une el libro de Kurz, quien, como otro maestro de la tradición literaria austriaca, escribe con fina prosa mexicana este ensayo inteligente, íntimo y bien editado por Cabezaprusia.

 

[1] Desde un enfoque multidisciplinario ––tanto desde la historia del arte y una especie de historia cultural como desde las ciencias de la mente a finales del xix y principios del  xx en Viena, hasta estudios contemporáneos de las neurociencias y las artes plásticas––, Kandel estudia la obra de Klimt, Kokoschka y Schiele. Véase Eric Kandel, The age of insight. The quest to understand art, mind and brain, from Vienna 1900 to the present, Random House, New York, 2012.

[2] “Según explica la profesora Di Cesare en su demoledor libro, Heidegger pertenece a una ‘corriente histórica alemana’ de aversión al judío en la que se inscriben Kant, Hegel, Schopenhauer y hasta Nietzsche con su postrer ‘anti-antisemitismo’. Estos grandes filósofos albergaron prejuicios contra la ‘raza maldita: por ejemplo, que los judíos son hábiles mentirosos y se enmascaran para embaucar a los incautos. Heidegger elevó este prejuicio —entre otros— a escala metafísica; a su entender, los judíos eran culpables del ‘olvido del ser’; con sus patrañas y mentiras filosóficas serían los abanderados de esa ‘metafísica’ que ha ensombrecido al ser verdadero en su historia. Los judíos son ‘calculadores’, escribe Heidegger en 1941 (en uno de los textos más polémicos), y ese ‘calcular’ estremece asimismo ‘la historia del ser’ y es parte esencial de la Machenschaft o ‘maquinación’ —una de las caras de “’a técnica’— que ‘manipula la vida’ y ‘conspira’ para dominar el mundo y borrar del mapa a Alemania. Pero los judíos no están solos en su pisoteo del ‘ser’ —Heidegger escribe en los Cuadernos negros una forma antigua de la palabra alemana Sein: ‘Seyn’, con ello da a entender que se ha perdido el sentido originario del término. Ciria lo traduce por ‘diferencia de ser’—. A los judíos los apoya ‘el bolchevismo’ (‘el judeobolchevismo internacional’) junto con ‘América’. Estas potencias causan la guerra mundial y la oscuridad que reina en un mundo del que ‘han huido los dioses’ de Hölderlin, aniquilados por ‘el cristianismo’ (otro conspirador)”. Véase Luis Fernando Moreno Claros, “Heidegger era nazi. ¿Lo es su filosofía?”, Babelia, El País, 10 de marzo de 2017. Recuperado de: https://elpais.com/cultura/2017/03/10/babelia/1489152363_078621.html

[3] Dice Kurz: “El término Katzenmusik alude al aullar de los gatos en celo. Concretamente remite a una música ejecutada por instrumentos que no armonizan entre sí, de orquestas improvisadas que tocan mal a propósito, que rasgan, gritan, sollozan, gruñen y maúllan (no describo la voz de Dylan, aunque puede que sí lo haga sin proponérmelo)”. Andreas Kurz, Vienna: una ficción, Cabezaprusia. Puebla, 2017, p. 144.

[4] “Si el juglar hubiera vivido en tiempos de Schoenberg, entonces el ‘Kratzen’ habría sido gran arte innovador. Grillparzer no pudo prever la música dodecafónica, pero sí fijó en su narración el elemento

melancólico, constitutivo para el verdadero arte, que también se puede interpretar como cierta nostalgia cratílica: sí hay un lenguaje creador, y sí hay los que lo hablan, pero nadie lo entiende”. Andreas Kurz, Cratilismo. De la pesadilla mimética en la literatura y discurso, Ediciones de Educación y Cultura. México, 2010, p. 107.

[5] Si en Cratilismo Kurz se refiere a ella cuando señala que “Aunque como Chomsky, a más tardar se dio cuenta, existan [sic] ciertas normas y características válidas, para todos los idiomas, las concretizaciones posibles son –casi– infinitas”, en Viena: una ficción, aludiendo a Der arme Spielmann, Kurz señala: “El artista no copia, ni siquiera cuando tiene una partitura ante sus ojos. Jakob parece entender que las posibles relaciones entre las notas, la combinación de intervalos y tiempos musicales, la formación de armonías y disonancias son infinitas, como es infinita la estructuración y variación del limitado vocabulario de cualquier lenguaje específico”.

[6] Mientras que, en Cratilismo, Kurz dice que “el sistema poético-filosófico del alemán [Novalis] parte de un ‘Todestrieb’, un impulso hacia la muerte, que anticipa los descubrimientos de Freud. El final de la existencia se percibe como un alivio: ‘La muerte es como una victoria obtenida sobre nosotros mismos, que, por ello, da lugar a una existencia más ligera’. ‘Morir’ y ‘existir’ son verbos que expresan el mismo contenido, antónimos ambos de ‘vivir”, en Vienna: una ficción, recuerda que “En sus fragmentos filosóficos, en la novela Heinrich von Ofterdingen y en sus poemas nocturnos, Novalis percibe la vida individual como la ausencia de existir. Vivir es buscar, es un caminar sin rumbo. La esperanza religiosa es el oponente más peligroso de este deambular ontológico. Sólo si aniquilamos la esperanza somos capaces de seguir caminando, aunque nuestros pasos parezcan el zigzagueo de los borrachos”.

[7] Tal vez los momentos de Vienna: una ficción en los que Kurz reflexiona sobre estos escritores suicidas sean aquellos en los que éste se aproxima más al psicoanálisis.