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Viena: una ficción, de Andreas Kurz | Gerardo A. Cortés

En la última Feria del Libro de Frankfurt, el Deutsche Buchpreis (el galardón más prestigioso para un autor de lengua alemana) se otorgó al escritor austriaco Robert Menasse. La noticia no es una sorpresa en el mundo germanoparlante y menos entre los lectores de Menasse. Además de novelista, este autor escribe ensayos y es un activo conferencista. Un tema constante de sus intervenciones públicas (y el de su última novela Die Hauptstadt [La capital], laureada en Frankfurt) es la crisis de la Unión Europea. En una compilación de conferencias del 2014 titulado Heimat ist die schönste Utopie [La patria es la más bella utopía][1], Menasse expone varias de sus ideas en torno a los retos que enfrenta la Unión Europea. Su postura: repensar y reorganizar Europa como unidad multicultural en regiones y no, como hasta ahora, en naciones (Menasse, 2014: 32).

La mención de Menasse es pertinente para introducir el libro de Andreas Kurz, Viena: una ficción, en la medida en que muestra el alcance que puede tener hoy en día la reflexión en torno a la literatura y la cultura austriacas. En uno de sus textos, Menasse ensaya una interpretación de la Monarquía austrohúngara como precursora de la Unión Europea: “Die Habsburgermonarchie erscheint nun als Vorläufer und geradezu als Modell der heutigen Europäische Gemeinschaft. Denn es gibt eine Reihe von bemerkenswerten Ähnlichkeiten, und es ist kein Zufall, dass diese jetzt, im Gedenken an 1914, auch immer wieder beschrieben werden…“[2] (Menasse, 2014: 14). Más adelante, el paralelo que aquí establece Menasse se desarrolla hasta llegar al planteamiento de un destino paralelo de ambas administraciones: “Die Habsburgermonarchie hatte eine Idee — in Robert Musils Mann ohne Eigenschaften kann man nachlesen, wie die Idee am Ende verloren ging. Droht der EU dasselbe Schicksal?”[3] (Menasse, 2014: 19). Menasse sugiere que los rasgos decadentes de esta monarquía pueden reaparecer; en su ensayo, Andreas Kurz no lo sugiere, sino que explicita esta decadencia e intenta extrapolarla a una experiencia universal emprendiendo una lectura de la literatura austriaca digerida a partir del español (su actual lengua autoral) y del contexto hispanoparlante en el que hoy se desenvuelve.

El punto de partida y de llegada del texto de Kurz, Viena: una ficción, puede cifrarse en el siguiente fragmento: “…lo grotesco de la región [de la provincia austriaca] se convierte paulatinamente en la crisis del mundo entero y en la frustración y desesperación del individuo” (pp. 149-150). Además de ser una síntesis del modo en el que el autor ha experimentado la realidad histórica y literaria de su país natal, la cita presenta un paralelismo que sirve de punto de apoyo para ensayar algunos universales. Para hallar estas experiencias, el texto propone una exploración de la literatura y de la historia austriacas en busca de la dialéctica de lo grotesco, movimiento en el que alterna inteligencia y cinismo, realidad y olvido, muerte y humor; una dinámica que en el libro se describe como una “orgía apolínea” (p. 51).

Para esclarecer la universalidad de su experiencia, Kurz establece la dicotomía urbe/provincia, binomio que en el texto se expresa en la contraposición entre Zwettl, ciudad natal del autor, y Viena. La tensión entre estos polos tiene varios paralelismos que rebasan los límites de estas dos unidades geográficas. En momentos Zwettl se vuelve la mayor parte de lo que hoy comprende la Unión Europea y Viena se transforma en Bruselas, el centro político de esta comunidad de naciones. Descubrir los elementos que permiten postular una experiencia universal implica encontrar una lógica que pueda extrapolarse a los ámbitos más amplios de la sociedad y a la vez a los más íntimos del individuo. Al inicio de su ensayo, esta lógica se extiende al pasado y el binomio provincia/capital se sustituye por el de las provincias del Imperio austrohúngaro, las Kronländer, y su centro político y administrativo, Viena.

La ciudad imperial es el gran trasfondo de un movimiento literario que encuentra su grandeza en la discreción y aparente superficialidad de sus formas y temas, el Biedermeier. Esta corriente, que encuentra su cénit bajo el apogeo de un impero jerárquico, centralizado y represor, está representado en el texto por tres autores: Franz Grillparzer, Adalbert Stifter y Ferdinand Raimund. A pesar de que murieron sin conocer el resultado del Tratado de Versalles, su obra puede leerse como el pronóstico de un futuro que traerá mayor lucidez, inteligencia y creatividad sólo para hacer más clara, evidente y bella la decadencia del Imperio y del futuro de Europa. A esto se refiere Kurz cuando describe la última producción de Grillparzer como una esperanza traicionada: “Con su novela y algunos de sus dramas anteriores, Grillparzer encauza la literatura austriaca hacia la desesperación resuelta en una esperanza que, casi al mismo tiempo de su aparición, es traicionada” (p. 41). El caso que describen estas líneas es el de Der arme Spielmann [El pobre juglar][4], novela breve que presenta a través de su personaje principal una visión esperanzadora y a la vez trágica del arte. La música que preconiza Jakob, el pobre juglar, se interrumpe violentamente con la muerte heroica pero poco memorable de este personaje. Su arte es vanguardista, pocos lo entienden, raya incluso en lo místico, pero debe servir sólo para enmarcar el final. El arte de Jakob es un “ocaso esplendoroso” (p. 41).

Stifter y Raimund completan el retrato del Biedermeier; las obras de ambos aportan claves de lectura no sólo para interpretar la historia o la literatura que les precede, sino también la que les seguirá. Preguntarse por la muerte de Ditha, personaje de una novela de Stifter, es el paso previo para la resignación ante lo inevitable. Una resignación desprovista de elementos trascendentales, apartada de lo religioso y por lo tanto lejos de ser una representación de algo así como un ‘Romanticismo austriaco’. Según lo presenta Kurz a través de una interpretación del dicho alemán “Sich in sein Schicksal fügen” (p. 44), la muerte adquiere en la obra de Stifter el carácter de una integración desapasionada a un todo incompleto. Otra clave de lectura para lo que vendrá después en el siglo XX: ¿qué sucede cuando esta idea de unidad, que presenta a la muerte como un paraje desprovisto de una metafísica de lo trascendente, sólo es una reafirmación de la soledad y del individualismo? La propuesta la da Raimund: hay que soltarle las riendas al cinismo. En sus obras de teatro presentadas en el Volkstheater, el dramaturgo ofrece puestas en escena ‘menores’ (su aspiración era el aristocrático Burgtheater) que son obras maestras del cinismo vienés. En las comedias —según Kurz más bien tragicomedias— de Raimund: “No se trata de disfrutar el día y, en medio de la fiesta, acordarse de la muerte. Se trata de disfrutar el día y, en medio de la fiesta, acordarse de la muerte. Se trata de festejar con la muerte y, envuelto por la noche, acordarse de la luz” (p. 50). La muerte está al servicio del poeta, la vida al servicio del emperador.

El capítulo que sigue al análisis del Biedermeier comienza con el caso Kurt Waldheim, político austriaco que a pesar de haber tenido una participación muy activa en las filas del nacionalsocialismo ocupó cargos tan altos como el de Secretario General de las Naciones Unidas y la propia presidencia de Austria. Entre las numerosas cuestiones que destapó la noticia de su exitosa carrera nazi, está la que concierne a los motivos por los cuales Austria simpatizó y participó con el régimen de Hitler. Viena: una ficción trata el tema directamente; sin embargo, los elementos que focaliza este ensayo les dan más prioridad a las consecuencias de la relación entre el pueblo austriaco y el régimen nazi. Por otro lado, La joroba[5], novela de Kurz reeditada en el 2016 por la editorial Calygramma, aprovecha los recursos de la ficción para analizar las variables que a nivel grupal acercaron a los austriacos al nazismo. En este sentido, la novela puede leerse como un complemento a las ideas que se exponen en el ensayo.

La novela de Kurz gira en torno a la figura de Peter Wirth, joven promesa del mundo intelectual vienés que después de escribir una brillante tesis de doctorado decide irse a la provincia austriaca para allá continuar, aislado y con un trabajo de casticista y ayudante de sacerdote, su vida intelectual. La provincia austriaca y la decadencia del Imperio austrohúngaro, elementos que atraviesan Viena: una ficción, están en el trasfondo de la historia de Wirth. La novela presenta un momento fundamental que señala una de las actitudes esenciales a nivel colectivo que le abrieron las puertas al fascismo. En una escena multitudinaria, varios soldados nazis sacan a Wirth de su casa para llevarlo preso. La razón: rehusarse a participar del ‘gran’ proyecto intelectual del nuevo régimen. Para hacer la aprehensión de Wirth más ostentosa y mostrarla como un castigo ejemplar, los soldados sacan la biblioteca del erudito llena de tesoros bibliográficos y le prenden fuego. El grupo que observa el show repentinamente desconoce a Wirth y con una voz grupal expresa lo siguiente:

Nadie sabe de dónde viene, qué hace cuando no está en la escuela, será extranjero o judío o comunista o todo a la vez. No lo conocemos, confiamos en él, nuestros hijos están en sus manos espirituales. Ha provocado la ira de los amos, nos expone. Vendrán y nos quitarán a nuestros jóvenes, irán a la guerra, nos quedaremos sin hijos y sin sustento. Nos ha traicionado el monstruo, abusó de nuestra ingenuidad. Es de la ciudad, se le nota; la altanería lo demuestra. Habíamos sido ilusos. (Kurz, 2016: 131)

El fragmento ilustra la mezcla de emociones y pensamientos que justifica la sumisión del grupo. Los miedos y también la posibilidad de volver a pertenecer a un todo ordenado y jerarquizado implican una distancia de la otredad (Wirth) y aceptar, o exigir, su sacrificio en aras de un futuro promisorio. La actitud de este grupo resuena en Viena: una ficción y hoy en día en las exigencias de expulsar a los refugiados sirios, kurdos y africanos de Europa. La AfD en Alemania y el triunfo de Sebastian Kurz en Austria no son sino una nueva mezcla de emociones y miedos que buscan sus chivos expiatorios para justificar una ideología que enaltece el pasado como creación idealizada. Los libros de Kurz ayudan a entender la paradoja que surge de este escenario: si previo a la Segunda Guerra Mundial uno de los motivos por los cuales los austriacos se anexaron al nacionalsocialismo fue por aquella añoranza que dejó el Imperio, ¿qué es lo que hoy mueve a esta nueva necesidad de excluir y aislarse existiendo la Unión Europea? Una respuesta está en el caso Waldheim.

Después de que se destapó el pasado nazi del candidato a la presidencia de Austria, las voces del extranjero se dejaron escuchar; críticas particularmente agudas e informadas surgieron de los Estados Unidos y la del Word Jewish Congress. Este factor, aunado a la postura ‘no soy culpable pues sólo cumplía mi deber’, no sólo desembocó en el triunfo electoral de Waldheim, sino en una inversión sistemática del papel que habían tenido los Mitläufer, término que designa a todos aquellos que ‘sólo cumplían con su deber’ en el nacionalsocialismo. Los victimarios ahora son las víctimas y apoyarlos frente a las acusaciones de los extranjeros es proteger al pueblo entero. El resultado de lo anterior según Kurz: una política del olvido que se transforma en el recuerdo de una inexistente resistencia austriaca al nazismo.

El resultado de lo anterior es una postura chovinista que se revela en contra de los nuevos centros de poder: en la época de Waldheim, Estados Unidos; hoy, la Unión Europea. Frente a Bruselas, Austria se vuelve en la provincia europea que le da la espalda a la capital. Austria, heredera del orden y la jerarquía de Imperio, le corresponde un centro que, sin haberlo recobrado, volvió a perder después de la derrota de los nazis. El símil entre el Imperio y la Unión Europea que establece Menasse vuelve a adquirir sentido: el descontento de la provincia del Imperio, de las Kronländer, frente a Viena se vuelve en la ‘provincia austriaca’ frente a la Unión Europea. Bajo la lógica del olvido, la víctima otrora victimario, se vuelve en contra de una unidad que no la representa pues no corresponde con su idea, o mito, de lo que debe ser una unidad.

Los círculos se expanden y se retrotraen, la experiencia de la provincia se vuelve en la experiencia de un país y la pesadilla del individuo. Los grandes escritores austriacos ven lo anterior, sufren la dialéctica de lo grotesco porque la entienden, porque la plasman en sus detalles y porque los vuelve famosos. Zweig, Berhard, Jelinek, Hanke y hasta autores como Gerhard Fritsch y el propio Robert Menasse (todos estos personajes centrales de la última parte del ensayo de Kurz) no dejan de recibir laureles por exponer su propia decadencia. ¿Será a este sentimiento a lo que se refiere Kurz al final de la introducción a Viena: una ficción cuando dice:

Me propongo, entonces, escribir sobre literatura y cultura austriacas. Pretendo acercarme desde la provincia a Viena y, mucho más que esto, desde una lejanía extrema repetir el proceso destructivo que acabo de insinuar, repetir con ello el progreso-retroceso ilusorio constituido por la cultura vienesa de 1850 a la fecha. Sé que de esta manera podría destruirme a mí mismo. Sé que la escritura será dolorosa y muy posiblemente fracasará. Sé también que es necesaria porque es necesario desmantelar las caras risueñas. (p. 16).

Las condiciones para ensayar una experiencia universal están puestas: la relación de la provincia y la capital, del individuo y la sociedad pueden expandirse porque en el fondo de la identidad de una región y del individuo está la idea recurrente y muchas veces inconsciente de que el pasado siempre será mejor que el presente y que la decadencia de la actualidad debe contrarrestarse con un regreso a aquel pasado que no es sino ficción (las referencias a Popper en el texto van en esta dirección). A la creación de mitos, estas “caras risueñas”, debe corresponderle un movimiento crítico que saque a la luz lo que se ha olvidado del pasado, aunque esto implique aceptar que la destrucción de aquel mito es sólo autodestrucción.

[1] Robert Menasse, Heimat ist die schönste Utopie. Reden (wir) über Europa, Suhrkamp, Berlin, 2014.

[2] “La Monarquía de los Habsburgo se presenta como precursora y realmente como modelo de la Comunidad Europea actual. Porque hay una serie de similitudes notables y no es una casualidad que ahora que se conmemora el año 1914, se recuerden una y otra vez…”

[3] “La Monarquía de los Habsburgo tenía una idea — en El hombre sin atributos de Robert Musil se puede leer como esta idea se perdió al final. ¿Es inminente el mismo destino a la Unión Europea?”

[4] Esta traducción del título es una propuesta alterna de Kurz a la del título de la obra ya traducida al español, El pobre músico.

[5] Andreas Kurz, La joroba. Calygramma, México, 2016.

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