Maquetaci—n 1

Valiente clase media. Dinero letras y cursilería de Álvaro Enrigue| Por Gabriel Wolfson

El orgullo criollo

Álvaro Enrigue, Valiente clase media. Dinero letras y cursilería, Anagrama, México, 2013, 191 p.

En su cuento “¿Por qué?”, cuyo título ya resulta sospechoso, Bernardo Couto narra la historia, las razones, de un suicida: aburrido, desapasionado, incapaz de consagrarse más de unos cuantos días a ninguna actividad, pasa por la mundanidad de los clubes, la emoción del juego, los “placeres intelectuales” y los sexuales, hasta que encuentra a una mujer que lo ama. El problema es que él no, así que intenta varias cosas: quererla, amoldarse a la vida hogareña, despreciarla. Al final se suicida, pero, a diferencia de “Blanco y Rojo”, otro cuento de Couto donde el hastiado protagonista sí prueba todo lo imaginable antes de terminar asesinando a su novia, en “¿Por qué?” el héroe se amilana frente a una de las opciones que él mismo concibe: “Llegué al grado de pretender recurrir a lo cómico, diciéndole que me engañara o suplicando a un amigo la sedujera para remover algo en mí.” La frase siguiente es, según yo, el tributo que Couto pagó a la cursilería modernista mexicana: “El temor del ridículo únicamente pudo detenerme”, tributo reforzado por la enorme cantidad de lágrimas y fríos corazones de los párrafos finales del cuento, como en ninguna otra página de su obra.
Sin las lágrimas, la cursilería de Couto parecería de distinto orden a la de Darío, Gutiérrez Nájera, Carreño, sor Juana y los jesuitas novohispanos del XVIII, objetos del libro de Enrigue. Si en algo se engarzan personajes, épocas y condiciones tan diferentes es en lo aspiracional de su cursilería. Pero bien vista, la de Couto pertenece a la misma lógica –como tal vez todas las cursilerías, propias y ajenas–: el límite chabacano que le impone a su protagonista, ese temor al ridículo tan prístinamente clasemediero y que termina mordiéndose la cola de la ridiculez, puede leerse como el anhelo de no abandonar del todo su nicho burgués, pese a las tantas bravatas en su contra, escritas y vividas; una última gota de urbanidad, elegancia o pudor que chirría al reunirla con los gruesos paraísos artificiales y demás fugas del filisteísmo practicadas por Couto. Anhelos, aspiraciones: si no recuerdo mal, Roberto Bolaño dijo que todo escritor persigue fama, dinero y lectores, en ese orden. El libro de Enrigue ofrece ilustraciones que lo confirman: de los criollos novohispanos que poseen riquezas materiales y con ellas, cursi, candorosamente, buscan hacerse de legitimidad, a los mestizos decimonónicos que controlan la mesa del juego simbólico pero se quedaron sin dinero que apostar y lo persiguen en mansiones de seudomecenas o en redacciones de periódicos. Lo común es, pues, una aspiración, bajo distintos niveles de ansiedad o desboque, desde este o aquel lado del dinero, desde el más acá o el más allá del prestigio.
Las mejores páginas del libro comienzan a la mitad, con el tercero de sus cinco ensayos, “La mente de Carreño”. Enrigue no se ha limitado, como hicimos varios, a leer el Manual de urbanidad a la luz de Foucault y González Stephan (aunque me desconcierta, en esa línea, la ausencia de Norbert Elias, el gurú de la reflexión sobre los modales civilizatorios), ni en todo caso como el libro más divertido de la literatura latinoamericana del XIX, acaso junto a los de Machado de Assis. Además investiga sobre la vida de don Manuel Antonio para no verlo como una casilla vacía, el inmejorable emblema de lo clasemediero, y en cambio sí brindar sus singularidades: su condición de hijo natural, exaltada por su arrebatado tío Simón Rodríguez como “garantía de pureza rousseauniana”; su rechazo justamente a las ideas de ese tío; la increíble vida de su hija, la pianista Teresa Carreño, con quien Manuel Antonio fue a cenar a la Casa Blanca ocupada por Lincoln, a quien llevó con Liszt pero rechazó que éste fuera su maestro de piano cuando ya la había aceptado como discípula, “asombrado con su talento”, y quien casó cuatro veces. Enrigue logra entonces, derivada de su observación precisa y no de la glosa teórica, una magnífica descripción de la clase media hispanoamericana, que ocupó incluso buena parte del XX, al menos hasta los años sesenta:
Se trata de una clase media urbana que, desde fines del siglo XIX, ha mantenido en movimiento las economías de la región sin abrazar por completo la modernidad laica, pero promoviendo activamente un tratamiento liberal de las finanzas tanto públicas como privadas: comunidades de empresarios, arrendadores urbanos y altos empleados públicos y privados que siguen yendo a misa los domingos; grupos defensores, tal vez sólo por supervivencia, de la libre empresa, el ahorro y el orden público; pasajeros de la ciudad que toleran a la clase política sin identificarse con ella y que resisten la noción de la distribución de riqueza desde un Estado de bienestar, pero que al mismo tiempo llevan sobre los hombros la mayor carga fiscal de los países en que viven.

enrigue

Lo que tenemos es, insisto, una caracterización no sencillamente abstracta, no una sexy paráfrasis de ninguna teoría aplicable al mundo entero, sino la precisión, la complejidad del matiz, la opacidad de lo histórico: Enrigue comprende muy bien que Carreño acarrea un peso “feudal”, premoderno –siendo que habíamos leído el Manual como el summum del proyecto racional decimonónico–, y que eso introduce, como digo, notables matices en la descripción usual de lo burgués, sea que escojamos la de la burguesía puritana, empresarial y ahorrativa –de la que poco hubo al sur del Río Bravo–, sea que optemos por la burguesía hedonista, elitista y despilfarradora, tan propia de nuestros días y que, en cierto sentido, bien podríamos decir que comienza con Darío y su época. En Carreño, pues, tal como lo hace ver Enrigue, se dan la mano ambas facetas junto con el resabio hispánico. De ese modo, por una parte, se explica la exhaustividad delirante del Manual, su exceso tautológico o beckettiano, y también su elitismo inicial (aunque terminara siendo leído por todo mundo, el Manual se ofreció para un público muy restringido: la élite masculina): una vez perdido para siempre el “mito que consagraba” la identidad de los criollos, nuevo grupo en el poder tras las independencias, hubo de proponerse otra fantasmagoría, ahora no sanguínea, que diera legitimidad a su dominio: digamos, la nueva nobleza del pañuelo y la flor en el ojal. Por otra parte, se sostiene lo que sugiere Enrigue: no fueron tanto los escritores revolucionarios –cierta gauchesca, el primer Sarmiento, Heredia, fray Servando, Simón Rodríguez– quienes produjeron el imaginario burgués hispanoamericano, sino ciertos novelistas, poetas y los carreños, “los ideólogos de esta biblioteca hispanoamericana no reconocida como tal”, pues en ellos se aliaba la lógica fría del capital con el conservadurismo tibio de los abuelos. Que en el Manual pueda leerse esa lógica del capital latiendo bajo cada inciso no supone ninguna “superación” completa del viejo orden, sino su reinvención, de la que derivaría una burguesía latinoamericana dominante: no la industriosa –dirían ahora, monstruosamente: la emprendedora– y próxima al ascenso, la movilidad social, sino la comerciante en pos del mantenimiento del statu quo.
En un tránsito hacia el pasado, los jesuitas del siguiente capítulo de Valiente clase media aparecen como el puente entre tener y no tener: si sor Juana, como se apuntó arriba, ilustra el momento donde los criollos poseen dinero y quieren manejarlo para hacerse de legitimidad, y Carreño construye su hilarante legitimidad a ver si puede hacerse de fondos que la respalden –aunque murió en la pobreza, como informa Enrigue–, los jesuitas emergen como la clase que lo tenía todo, bienes, bibliotecas, influencia, un proyecto político, hasta que, digamos, dejaron de tenerlo con la subrepticia expulsión ordenada por Carlos III: son figuras de pronto despojadas no sólo de su casa o sus libros sino de su lugar en el mundo, sacudidas por un trastorno que nadie preveía; yo diría: juniors a los que, en una mañana, todo les embargan. Enrigue es muy acertado al tejer un ensayo donde sobresale una especie de razón burocrática en los jesuitas exiliados, devenidos de golpe promotores turísticos de sus antiguas ciudades y, en especial, promotores de sí mismos. Ahí, me parece, se abre una razón instrumental, donde los criollos se presentan como los mejores mediadores posibles, los traductores por antonomasia, que recorrerá un buen trecho del XIX: conocen las altas letras pero también las altas y arduas montañas americanas, tienen la misma teoría civilizatoria que los europeos pero saben de las dificultades concretas de lidiar con incas o gauchos: de los jesuitas del XVIII al Bolívar que entre república y dictadura opta por la última, confiado en que unos pocos criollos podrán administrar mucho mejor los nuevos países, hay una vía directa.
Hacia atrás, hacia sor Juana, la vía es también directa, aunque creo que la cursilería mengua conforme retrocedemos. En el más sugerente, paciente, atractivo y, diría yo, conmovedor de los ensayos, Enrigue describe un tiempo concreto donde el crédito, la capacidad –¿y temeridad?– de hacer abstracción del dinero y cortar sus amarras con lo material, esos primeros momentos de flujos e intercambios virtuales, le suponen a la Nueva España una superioridad notable de poder y de modernidad con respecto a la metrópoli, poder, claro, que de ahí en adelante será limitado cada vez más desde el flanco político y administrativo. Por ello, quizá, por la confianza que brindan unas cuentas esplendorosas la cursilería decae, apenas bocetada en ese orgullo criollo que, a partir de entonces, irá acumulando agravios, rencores y fracasos, pero que para sor Juana aún emerge con la naturalidad suficiente como para incluso hacerlo parte del sistema metafórico del erotismo: “al definir las relaciones eróticas como operaciones financieras, la poeta postula que tiene control sobre un lenguaje que abruma, angustia y confunde a sus colegas metropolitanos: tiene un conocimiento que ellos no tienen. Es un pequeño, delicioso gesto de superioridad”. Superioridad, es cierto, deslizada sutilmente, con precaución, por ser mujer sor Juana y habitante de la Colonia, como bien argumenta Enrigue, de la misma forma que alerta contra esa tendencia actual de “descentrar” o marginar a todo el que se deje: “No es, bajo ninguna circunstancia, que sor Juana calificara como lo que la teoría poscolonial escrita en inglés y sobre la experiencia colonial británica considera un ‘subalterno’.” Al final, el hilo central del ensayo de Enrigue confluye con una de las ideas que mejor han explicado la asombrosa y ostentosa destreza técnica de muchos barrocos novohispanos: fuera dinero o pirotecnia verbal, se trataba de “acumular influencia utilizando capitales –económicos y simbólicos, diría yo– como medida de presión”.
Los dos primeros ensayos, en cambio, me parecieron mucho menos interesantes, como si hubiesen sido escritos sólo para completar un pequeño conjunto entonces publicable como libro. Sobre todo el primero, dedicado a Darío, ofrece una simpatía autocomplaciente que los otros no necesitaron, así como una lectura según yo errónea o muy forzada de Díaz Dufoo, hijo, y su “Ensayo sobre una estética de lo cursi”; y este y el segundo, sobre Gutiérrez Nájera, engrandecen retóricamente una idea –que los modernistas eran muy cursis– ya muy comentada: ¿o es que alguien sigue leyendo a estos poetas en tanto sinónimos de refinamiento auténtico? ¿No la grandeza, el “virtuosismo” de Darío existen no a pesar de su cursilería sino en parte gracias a ella? En fin, no quiero extenderme en estos ensayos, el peso de los tres restantes me es suficiente para aquilatar Valiente clase media como un libro que no se conforma ni mucho menos con la “escritura no académica” de asuntos académicos y que, al contrario, desde la investigación real y concreta, ofrece verdaderas lecturas novedosas no basadas únicamente en el ingenio o la ocurrencia.
(Nota final: ¿qué curiosa coedición es esta? El libro va amparado por una buena cantidad de logos: la Universidad Autónoma de Nuevo León, el Claustro de Sor Juana –hasta ahí muy bien–, Anagrama/Colofón, la “Cátedra Anagrama” de la UANL –¿algún crítico furibundo de, yo qué sé, Bolaño o Vila-Matas se animará a mantener su ferocidad si quien lo invita es la Cátedra Anagrama?– y, por último, una tríada fantástica: Círculo Editorial Azteca, Proyecto 40 y Fundación Azteca, las tres marcas registradas, como bien se nos advierte en la hoja legal, de TV Azteca S. A. de C. V.: ¿no será el signo final, el track fantasma de la cursilería sobre la que tanto se habló en el libro? ¿El capital que produce algunos de los programas no más cursis sino más vergonzantes y racistas de nuestro país patrocinando un libro que analiza esos fenómenos? ¿El capital querrá ahora, cursimente, acomodarse un poco la camisa y limpiarse el exceso de maquillaje patrocinando literatura? ¿O quizá exagero, y en realidad nadie de TV Azteca leyó ni leerá nunca jamás el libro de Enrigue, y por tanto, al menos a conciencia, no hay contradicción ninguna?)

Maquetaci—n 1


Escrito por Gabriel Wolfson

Nació en Puebla, Puebla, el de 24 de octubre de 1976. Narrador, ensayista y crítico literario. Licenciado en literatura por la Universidad de las Américas; y doctor en literatura española e hispanoamericana por la Universidad de Salamanca. Ha sido profesor de la Universidad Iberoamericana-Puebla, de la Escuela de Escritores de la SOGEM-Puebla, y tallerista del Instituto Tlaxcalteca de Cultura. Imparte clases en el departamento de filosofía y letras de la UDLA-Puebla. Colaborador de Crítica, DosFilos, Elementos y La Jornada Semanal, entre otras publicaciones. Becario del FOECA-Puebla en tres ocasiones. Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri, 2003. Parte de su obra se encuentra en las antologías: El hacha puesta en la raíz; Nuevas voces de la narrativa mexicana; y Los mejores cuentos mexicanos (ediciones 2001 y 2002).