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Una violencia sencilla, de Lorena Huitrón Vázquez | Daniel Bencomo

EL INVITADO QUE LLEGA TARDE

 

Lorena Huitrón Vázquez, Una violencia sencilla, Instituto Literario de Veracruz/Secretaría de Cultura y las Artes de Yucatán/ Secretaría de Cultura de Veracruz, México, 2016, 72 p.

Los galardones que auspicia el Estado están lejos de ser un indicador de la poesía escrita en este país. Ejemplo: el alicaído Premio Aguascalientes, que a partir de —pongamos una fecha arbitraria— 2007 se ha distinguido por condecorar, con sus excepciones, estéticas que no se distinguen por su talante propositivo, sino más bien parecen participar de una idea de la poesía como entidad, si no elitista, quizás un tanto inocua. Consecuentes con criterios que atienden a una pulcritud de la escritura, tales poéticas son leales a ciertos modos de voz que se emiten desde la década de los veinte del siglo pasado como luz extinta y parecen ser percibidos sin mayor cuestionamiento crítico, pues no se actualizan, no se ponen a actuar en el lenguaje, sino que intentan conservar una presencia extinta. En dichos poemarios cunden personajes ficticios, literarios, históricos como graves protagonistas; ligeras tentaciones formales que no rompen lo prístino de la escritura; versos sentenciosos, destellos de hablantes líricos bastante seguros de sí mismos, bastante de su ritmo y de su papel en un país como el nuestro. Paradójicamente, quizá lo más grave sea que ciertos libros dieron la impresión de escribirse en un sitio ideal, sin convulsiones ni problemas de lenguaje alguno. Poesía sin fisuras, poesía resanada, para quien busca un remanso de paz ficticio, para quien anhela menos del género una convulsión que una constatación consoladora de un estado estético, normalizador, de cosas. A sabiendas de que la recepción de la poesía en un sistema cultural y literario depende de muchos factores, tal escenario puede atribuirse en cierta medida a quienes designan y a quienes fungen como jurados, que por lo regular han sido ya galardonados, y a quienes quizá convenga ––valdría la pena preguntarse las razones–– que la poesía mantenga una consideración pública tan inocua. Igual de sombrío es descubrir que tales estéticas prevalecen aún en la determinación de ciertos premios de poesía joven, lo que hace aún más difícil que los autores en ciernes emprendan una reflexión en torno al devenir de poéticas y perspectivas de índole creativo. Si se premian las formas de escribir ya establecidas hace más de medio siglo, ¿para qué esforzarse en buscar posibilidades expresivas? Quizá valdría la pena recordar el ímpetu del joven Walter Benjamin, en “El autor como productor”, y replantear aquí una pregunta cercana a las que él en ese texto lanza: ¿Qué ha de hacer el joven escritor de poesía con los medios y los recursos que una clase —Benjamin pensaba en la clase económica burguesa; aquí valdría pensar en una clase poética— le ha dispuesto? O quizás preguntarse, con la Lyn Heijinian de “The rejection of closure”, ¿qué hacer para abrir la forma y el sentido del poema y desafiar a esa “Voz del Padre” —estético, ideológico, etc.— que rige en lo cerrado?

Pienso esto mientras tengo en mis manos Una violencia sencilla, de Lorena Huitrón Vázquez, compacto volumen de poemas de reciente aparición, al cual se le concedió en 2015 el Premio Experimental de Poesía Raúl Renán, y al que sostengo en mi lectura como uno que escapa en buena medida de lo anterior. Intentaré dilucidar en este texto mis razones. De entrada, el título ofrece una declaración de intenciones: pocos sustantivos han sido más pronunciados que el de “violencia” en los discursos de toda índole que colman este país; sin embargo, el adjetivo “sencilla” matiza y disloca la general gravedad con la que se publican, difunden y reciben comunicaciones a partir de dicho concepto. La violencia sencilla cunde en esta obra, y opera en distintas dimensiones, pero sobre todo como un principio compositivo. Huitrón Vázquez propone un epígrafe de Anne Carson como gesto de apertura: “cicatriz tras cicatriz/los eslabones/cascabelean una vez”. La escritora canadiense está presente de otras maneras. “En amar el juego grave”, ciclo inicial de poemas, hay una propuesta formal que recuerda a Carson, en la medida en que el poema se ve infectado por cierta tensión hacia la prosa. Busca algo que en Carson es muy común: despojar objetos y seres vivos de toda aura de solemnidad o importancia para acercarse a ellos desde una cierta naturalidad dotada de agudeza. En esta primera sección el tema de los poemas son las cicatrices y las heridas quirúrgicas. El lenguaje oscila entre el tono coloquial y los términos médicos. Una muñeca de arroz —nombrada Alie en recuerdo de una mujer del siglo xix a quien se le practicó la mastectomía sin anestesia— da pie a que se desplieguen figuras que reverberan y hacen eco en otras: la hija y la madre que se hacen cargo de la muñeca; la imagen del cirujano como la de aquel que incide en la piel y en el cuerpo, de la mujer y del poema. Ese objeto de arroz, o ese objeto de palabra al que una niña rellena y una madre repara, pareciera sugerir la construcción cultural de la mujer. No desde una construcción estereotipada, tampoco desde una férreamente ideológica, pero sí desde una perspectiva muy sensible a la imparable violencia de género que ocurre en este lugar y este momento: “Oh, mi muñeca de arroz. Nos cosimos mal, fracasamos por las puntadas, por no haber sentido algún malestar por ellas. La mano, ‘instrumento de instrumentos’, fracasó”.

Entre la herida y la cicatriz el dolor se plantea como testimonio ontológico de lo inmanente del cuerpo: “El francés René Leriche no sólo amaba su término de juego grave sino que enfrentaría a todos los médicos al demostrarles que el dolor no es mecanismo de defensa, sino el invitado que llega demasiado tarde”.

Ambas citas muestran la tensión hacia la prosa y el procedimiento de Huitrón Vázquez en este apartado. La meditación en verso es constantemente obturada por tales fragmentos, casi ensayísticos, que fungen de herida, pues interrumpen el lirismo inocente y lo saturan de información técnica, notas o citas variopintas, mezcladas con un tímido complemento en imágenes fotográficas: vienen a colación la artista francesa Sophie Ristelhueber y la perturbadora cicatriz en la espalda de una mujer; también la serie de autorretratos del pintor sueco Günter Brus, junto a un desfile de términos y personajes de la historia de la medicina. El verso en esta sección tiende a lo opaco, sin apoyarse con solidez en sus cualidades sonoras, quizá por esa tracción que lo enmarca en la prosa. La cicatriz propone honestidad. La cicatriz, en otro nivel de lectura, nos sugiere precisamente el fracaso de lo ideal, ya sea bajo la forma del cuerpo, ya sea bajo una potencial forma poética abierta. Pues la herida vuelve a cerrarse y a encerrar. La inclusión de Áyax como figura extraña en este apartado integra lo mitológico a lo profano a partir de la demencia —lo abierto infinito del delirio— que caduca ante aquello que pervive.

La violencia quirúrgica, que pone a pensar al cuerpo, adquiere otra dimensión y se transforma en el siguiente apartado, “Diálogos con un negro durante la fiesta de San Mateo”. Aquí toma el modo del encuentro, del choque público, sea ritual o inesperado. Y acontece en el diálogo entre una voz femenina, en apariencia vejada —quizá la misma muñeca de arroz—, y una figura de fiesta popular denominada “el negro”—ente a medio camino entre la esclavitud, lo nefando y lo abyecto. Las líneas siguientes parecieran describir el estado de ánimo generalizado en este país y en esta hora:

 

—Uno se aguanta el dolor, pero nada más arde, agobia menos que la máscara de equimite. No sé si a alguien he golpeado así. Uno está entre otros tantos batiendo los garrotes hacia arriba, preparados para buscar la rodilla o el espinazo de quien se deje. Es parte de la danza, de la lucha, de saber que todos nosotros, los negros, terminaremos siendo los vencidos por tres Santiagos, y que al final, quizá por eso, queremos vernos heridos, cansados, con el disfraz manchado de sudor y de sangre.

 

El verso en la segunda sección atiende al talante de la fiesta trágica y propone un ritmo más natural, de respiración menos entrecortada que en la primera: ya sea en sus prosas o en el poema final, en verso, donde el negro, monstruo, el hombre de la danza y la máscara, se descubre de repente encajuelado, lleno de golpes y abandonado. La perspectiva de enunciación nos propone, más que el morbo o el interés de hablar de la violencia, un estado de expósito, como el donado al abandono al nacer, como el abierto a la violencia que no se busca en los versos, que no se mienta por mentarse, si no como aquel que es encontrado: “O no sé si lo soñé. / Al despertar estaba en una cajuela, / me dolían las costillas, (…) tal vez me encontraba en la caja de despropósitos, / tal vez la danza de los negros me había preparado para esto, / De ese día no tengo cicatrices, / pero desperté gimiendo por la golpiza (…) Para ello hay una palabra, ¿cuál es? Es cuando te abandonan de recién nacido, no la recuerdo. //—Expósito. Ese es el término. //—Pues eso.”

El final de este poema nos plantea la clave conceptual del libro escrito por Huitrón Vázquez: el movimiento pendular del apósito —vendaje o remedio puesto de manera exterior a una lesión— al expósito. De la cicatriz como cierre necesario del poema —o como conclusión de la turbulencia e infamia que inunda a quien vive en este país—al estado necesario de apertura y abandono en un mundo inhóspito e injusto: propio de quien vive aquí o en Veracruz, o aquí; singular estado de exposición que requiere el poema para encarnar su tiempo. Pareciera que ese ánimo motiva y da forma a los poemas de Huitrón Vázquez en este libro. Parecieran reflejar sus textos un péndulo anímico que priva en México. Y pareciera advertir y al mismo tiempo desmarcarse: no se olvidan las poéticas de nuestros amados y añejos Contemporáneos, pero sí con facilidad el dictum de Celan: la poesía no se impone, se expone.

Tres breves secciones culminan lo que se planteó con tanta potencia en las dos primeras: una dedicada a Sylvia Plath; una que nos regresa a la sala de operación como sitio de luz y utopía, de la mano de los renacentistas Tommaso Campanella y Giordano Bruno; y un epílogo-carta a la hermana. La escritura de Lorena Huitrón Vázquez cambia con madurez en Una violencia sencilla. Aquí no se busca ya esa belleza pulcra y sobria a la que se atendía más en su Parábola del desconocido (Tierra Adentro, 2012). Se buscan las cicatrices, ya sea como motivo temático de la escritura o como operación formal.

Y aunque es posible que el poema sea siempre un invitado que llega demasiado tarde, la sensación que queda tras la lectura de este libro es sugerente: conduce a este lector a pensar, entre otras cosas, que esa operación quirúrgica, invasiva y reiterada, que ejerce la élite política sobre este cuerpo social que llamamos México no deja —ni puede ni debe dejar— a la poesía en su estado de belleza sin mácula, inoperada e inoperante, a pesar de lo que un puñado de libros galardonados, bien hechos, parezca indicar. A esa invasión tendría que exponerse quien escribe hasta que ella lo/la encuentra. Sin embargo, no por mencionar a los muertos en un poema —y erigirse en paladín moral mientras se aluden mancos y descuartizados o se procura la emoción sensiblera— mueve algo el poeta. Tal posición es, a mi juicio, errada y oportunista. No será declarativa sino una exposición formal —con sus errores y fisuras, como lo muestra también Una violencia sencilla— la que guíe al encuentro, a lo honesto que deviene. Lorena Huitrón Vázquez parece avanzar hacia tal rumbo en este libro.