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Un reflejo en la penumbra, de Fernando Sánchez Clelo | Alejandro Badillo

Crímenes en miniatura

 

Fernando Sánchez Clelo, Un reflejo en la penumbra, Ficticia Editorial, México, 2016, 86 p.

 

La ficción breve ha tenido un resurgimiento en los últimos años. Hay muchas teorías para explicar la creciente práctica de este género. Quizá la más mencionada sea el auge de las redes sociales no sólo como espacio de información sino como laboratorio de escritura. Internet, sobre todo plataformas como Twitter, permite la exploración de lo breve. Así tenemos ficciones de apenas unas cuantas palabras y juegos verbales, oraciones ambiguas, chistes encubiertos, aforismos y ejercicios lingüísticos de diversa índole. Este género, además, está ligado de forma indisoluble a lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman llama “tiempo líquido”, es decir, velocidad en la información, contextos cambiantes, conceptos que flotan en el horizonte para cambiar de forma después de un pestañeo. La escritura maleable, escurridiza y digerida en una sola ojeada se ha popularizado a grado tal que muchos medios están abriendo sus puertas para su difusión, hay premios y el contingente de practicantes aumenta año con año.

En este contexto han florecido pequeñas historias que, a menudo, son escritas con igual pasión por autores con trayectoria y diletantes que aprovechan la brevedad para retomar recetas, consejos o imitar a sus autores preferidos. El problema es apreciar cuando un texto volátil, que ofrece un contexto muy limitado, tiene condiciones suficientes para ser considerado literatura. La meta de toda obra debería ser el logro de una expresión que tenga forma y fondo; una estratagema no sólo ideada para divertir sino para dejar una honda huella en el lector. Si aplicamos este filtro a la gran cantidad de ficción breve que inunda la red u otros medios, podemos comprobar que hay mucha materia desechable. ¿Las razones? Hay varias. Quizá la principal sea que el autor, a veces carente de lecturas sólidas, caiga en la trampa de la mera intención juguetona o aparentemente experimental para hacer algo que pueda considerarse literario. Por esta razón esos intentos de ficción breve se justifican más por el discurso –como lo hace el arte contemporáneo– que por la hechura de la obra, su autonomía y solvencia. ¿Cómo lograr que un puñado de palabras se transforme en un pulso que perdure en el tiempo y ofrezca diversas interpretaciones? También abundan las paradojas en este nuevo mundo: escritores que proclaman el imperio de lo breve, la libertad del territorio virtual, pero que se aferran al libro impreso y rehuyen (sabedores de que el prestigio sigue siendo propiedad de una editorial establecida, con sus filtros y dictámenes) la publicación en internet, en donde compartirían sitio con millones de ejecutantes. La nostalgia por ver su nombre impreso en papel no ha desaparecido y parece que la minificción es un nuevo territorio para legitimarse ante la falta de nuevas ideas o propuestas de calidad.

Fernando Sánchez Clelo (Puebla, 1974) es un autor que ha cultivado desde hace varios años la minificción. Desde su primera obra, No es nada vivir, publicada en el 2005 por la Universidad Autónoma de Puebla, hasta Un reflejo en la penumbra, el autor ha explorado diversos registros en sus textos. La escritura inicial de Sánchez Clelo se aproxima a la versión más practicada en la narrativa breve: un planteamiento ejecutado en un acto fugaz que, en un corto trayecto, depara una conclusión inesperada. En este nivel se puede afirmar que la minificción abarca, de manera muy resumida, los elementos de un cuento tradicional: presentación, desarrollo, clímax y resolución. Sólo que en este tipo de ejercicios las líneas divisoras entre cada una de las partes son muy tenues y con frecuencia se confunden. En muchos casos el clímax suele ser la conclusión, ya que cualquier información adicional desbarataría el impacto del texto. En esta variante, practicada con desigual fortuna por el ejército de minificcionistas que pueblan internet, la sorpresa es el plato fuerte. Con mediana pericia, imaginación y, sobre todo, mucha práctica, se puede dominar este tipo de textos. El riesgo, como se puede suponer, es la repetición y acostumbrar al lector a que siempre habrá una trampa al acecho, que el mundo que se presenta en las primeras palabras es una fabulación que tendrá, al final, una vuelta de tuerca. Hay que aclarar que en su primera publicación Sánchez Clelo aborda otro tipo de narraciones breves, aunque sólo generalizo para presentar una división práctica de su obra. Después de No es nada vivir, el autor volvió al género con Jauría (Universidad Veracruzana, 2007) y Cuentomancia aparecido, de nueva cuenta, en la Universidad Autónoma de Puebla en 2008. En estas obras decantó su escritura y llevó sus intuiciones a una zona más reflexiva que experimental. Sin abandonar la precisión en el lenguaje, elemento vital que debe cumplir una buena minificción, se aventuró a seguir la amplia línea de la viñeta. Por esta razón, muchos textos no se ciñen a lo sorpresivo y la apuesta es fabricar instantáneas, imágenes que sueltan su carga de deslumbres muy poco a poco. El peso de las historias se concentra no tanto en lo que se muestra sino en lo que se sugiere. Esto no quiere decir que se apueste por completo a finales abiertos, sino que la narración se esfuerza en crear momentos, pedazos de realidad –muchas veces contaminados de fantasía– que van de lo violento a lo erótico, de la búsqueda de lo divino a los avatares de la vida diaria. Quizás el factor en común de esta reunión de canes (Jauría) y cartas del Tarot (Cuentomancia), además de los temas que se agrupan en razas caninas o en los adagios interpretados por una gitana, es cumplir con la sentencia que Julio Torri –otro cultivador de lo mínimo– aplicaba a una variante de lo breve: “Dos peligros del poema en prosa: ser una simpleza o un chascarrillo de almanaque. Elabóralo pacientemente con un trabajo concienzudo y ponle un feliz remate, a modo de aguijón”. En las primeras exploraciones de Sánchez Clelo el aguijón es una punzada que se clava para inyectar saludables dosis de preguntas, ironías, humor, poesía. Si en No es nada vivir el autor muestra diversos intereses y temas –cuyo hilo común quizás sea una visión desesperanzada del mundo–, en Jauría y Cuentomancia trata de unificar ideas y hacer una especie de taxonomía que añada interpretaciones y lleve la lectura más allá de la superficie.

Con estos antecedentes, llegué a Un reflejo en la penumbra. Como si el autor tratara de llevar la unión temática hasta sus últimas consecuencias, esta nueva obra no sólo se sumerge en una atmósfera encerrada en una clasificación lúdica, sino que utiliza un mismo personaje para las historias: Buck Spencer, detective privado. De esta manera, ficción tras ficción o, mejor dicho, capítulo tras capítulo, seguimos las aventuras del investigador. Cada engranaje de este libro, compuesto por dos o tres párrafos, tiene como apariencia superficial la consabida trama del crímen, la búsqueda del culpable y los dilemas que surgen en el camino. Aquí Sánchez Clelo no va más allá de lo que nos ofrece el cine o el molde de la novela negra; no aborda una creación más compleja del personaje que correspondería, por ejemplo, a un texto de mayor aliento como una novela en la que se pueden explorar aristas psicológicas del protagonista e hilvanar historias con secuencias más largas. El autor mantiene a Buck Spencer en los límites del detective de novela negra –hard boiled– muy cercano a los creados por Dashiell Hammett, Ross Macdonald o Raymond Chandler. Reafirmándose en cada uno de los pasajes, el detective es un síntoma de una sociedad en decadencia y no un salvador incorruptible. El escenario –vago, casi etéreo– podría ser Nueva York, Chicago o la Ciudad de México. Refugiado en la música y en la nostalgia, espera en su despacho un nuevo cliente o se aventura en una escena de acción decisiva. Sin embargo esta descripción, que podría exhibir una falta de creatividad del autor para escapar del estereotipo cinematográfico y literario, podría ser engañosa: la intención no es derrumbar mitos o hacer reinterpretaciones; se trata de jugar con la forma y la estructura. La idea general de Un reflejo en la penumbra es cautivar con una mirada lejana, un vistazo que contemple el conjunto de fragmentos a larga distancia. Por esta razón, el lector poco avezado puede sentir cierta desazón al tratar de vincular los capítulos del volumen como si juntara con impaciencia las piezas de un rompecabezas. Fernando Sánchez Clelo deja algunas piezas redondas, es decir, remates contundentes, pero muchas otras son saltos al vacío, posibilidades huérfanas en un universo alterno. Esta característica, poco frecuente en la minificción que he leído, vuelve el ejercicio original y un reto para la lectura. Un referente cercano en lugar y tiempo es el libro Motel Bates, de Yussel Dardón, autor también originario de Puebla. En esta obra, que reseñé aquí mismo en un número anterior, se vuelve el motel en donde se desarrolla la acción de Psicosis, película fundamental de Alfred Hitchcock. Los cuentos son cuartos en donde ocurren fenómenos dignos de un circo paranormal o un espectáculo de horrores. Cada fragmento se sostiene por el entramado fílmico y la atmósfera que, casi inconscientemente, asumimos cuando pensamos en el cine de suspenso o de terror. El libro de Sánchez Clelo no sólo tiene como ancla la novela negra sino que posee un muestrario de posibilidades que, páginas más adelante, plantean destinos posibles, realidades que se desdoblan frente al detective y que lo sumergen en un déjà vu casi perpetuo. Un reflejo en la penumbra pertenece, en cuanto al discurso, a una narrativa posmoderna: las certezas abandonan el protagonismo para dejar espacio a un puñado de dudas. La fragmentación de la narración hace contraste con la imagen clásica del detective y los supuestos remarcados una y otra vez por la cultura popular. En algunas situaciones el detective se enfrenta a mundos impregnados de fantasía como, por ejemplo, la visita del fantasma de alguna víctima asesinada. En otros capítulos la narración es totalmente realista y sondea la soledad, las múltiples derrotas de un hombre cuyos actos, alejados del heroísmo, parecen una broma macabra.

Me gustaría terminar estas líneas volviendo a una idea que he ido comprobando tras seguir las publicaciones de Fernando Sánchez Clelo a las que, por cierto, se suma su interés permanente por la difusión de la narrativa breve promoviendo antologías, concursos y animando a otros autores a internarse en los exigentes límites de lo mínimo: en estos tiempos tumultuosos, en los que la moneda de cambio es la velocidad, donde nos movemos en una perenne virtualidad y tenemos la sensación de estar siempre bordeando la superficie de la vida, Un reflejo en la penumbra y el camino que llevó al autor a su tenaz escritura nos recuerdan que lo breve no siempre lleva implícita la fugacidad, que a veces decir menos es abarcar ámbitos más ricos, quizá desconocidos u olvidados por los que piensan que la literatura nada más tiene cabida en muchas páginas.