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Umbral de los relámpagos, de Alejandro García | Arcelia Lara Covarrubias

Presentación de Umbral de los relámpagos

 

Alejandro García, Umbral de los relámpagos. Obra literaria de Benjamín Baraja, buap, 2016, 166 p.

 

Difícil es la tarea del crítico: explicar un texto que, por definición, es un tejido de significados; destejer, seguir la ruta inversa de las palabras amorosamente elegidas y bordadas, para ir a dar con otro texto, el no dicho y simplemente aludido, que no goza del acopio vivencial ni la belleza de la obra comentada. Los críticos pueden convertirse en verdaderos Jacks destripadores. Y muchas veces lo son con singular regodeo. Por esto su tarea es difícil. Y también ingrata. Puede suceder que, lejos de ser aclarativa la intervención del crítico, sea una rémora que echa a perder el placer del primer contacto con la obra.

Afortunadamente, en Umbral de los relámpagos: obra literaria de Benjamín Barajas, Alejandro García no se entrega a la disección; su propósito, también aclarativo pero con mirada amplia, sigue otra agenda y nos conduce por caminos más gratos; nos anuncia en el “Proemio” que “el presente libro (…) da fe y presencia de sus poemas, del viso autobiográfico, de sus ejemplares aforismos, de la transición al cuento breve, de sus primeros artículos periodísticos, de los intentos teatrales, del telúrico ensayo que en suma delinea su trayectoria como narrador”. Así, sin rodeos ni precipitación, cumple con su programa.

¿Por qué llamó así a su libro? Alejandro García no esconde ninguna carta bajo la manga. Desde el epígrafe sabemos que la razón responde al verso de uno de los poemas de Ríos vigentes. Pero ¿por qué precisamente ese poema y ese verso? Me formulé estas preguntas ya desde las primeras páginas del libro; le notaba algunos ribetes platónicos al título y esta intuición me acompañó durante toda la lectura. En La república, Platón cuenta el mito de la caverna: En una cueva viven unos hombres encadenados que se desplazan en las tinieblas; esta lóbrega travesía es un símbolo subvertido de una realidad superior, supraceleste. La prisión del alma en el cuerpo y la oscuridad impiden que se eleven sobre las limitaciones terrenales. Sin embargo, su cualidad de encadenados no es ineludible; aquel que vislumbre un lejano reflejo solar luchará por liberarse y comenzar el camino en ascenso hacia el sol. Quien se alza sobre ese mundo y sus cadenas encontrará que el vuelo es necesariamente penoso. De este relato mítico suelen hacerse interpretaciones epistemológicas y éticas; a mí, sin embargo, me queda un fondo de sentido que tiene que ver más con la creación poética; de ahí que el título tuviera para mí reminiscencia platónica. El carácter visual permea la alegoría. Se dice que los hombres de la caverna caminan a tientas, que sólo ven el contorno de las cosas y que el sol daña los ojos de aquellos que han logrado salir. En el mito, la luminosidad y la lobreguez adquieren un carácter valorativo: la luz indica la cercanía con el mundo de las esencias, con la libertad recobrada; las sombras, en cambio, están unidas a la confusión, a las cadenas. Creo que nuestro paso por el mundo se parece a la travesía por ese albergue umbrío y la luz de la poesía es la invitación para huir de la opacidad. Umbral de los relámpagos es justamente ese escalón desde el que entrevemos el rayo.

Uno de los rasgos más persistentes en Benjamín Barajas es la claridad. En su obra poética adopta la forma de luminiscencia colorida, por ejemplo: “Jardín abierto a la mirada, / colores que reviven la belleza que allí aguarda / sosegada” (“Jardín minado”) o es también presencia decisiva: “La luz infunde espacios de avanzada al que camina” (“Auroras”). En su Diccionario de términos literarios y afines la claridad es precisión y economía definitoria. En su obra didáctica, lo claro se manifiesta como efectividad comunicativa y entusiasmo pedagógico; en sus aforismos es síntesis, algunos de ellos, los que se refieren a algún personaje literario, captan un trazo que los resume. Por ejemplo, dice que Ezra Pound es un “niño que se negó a envejecer” y que Camilo José Cela “es, ciertamente, una bestia castiza” (“Diccionario barajiano aforístico de autores”).

Pero la claridad no sólo es atributo del poeta, también es una de las muchas virtudes de Umbral de los relámpagos. Me explico. Alejandro García no podría aclarar lo que, de suyo, es claro; pero tampoco su pretensión es ésa. Nos ahorra la penosa tarea de leer con lupa o microscopio los cortes distales de un poema, un aforismo o un ensayo. Su labor cala más hondo, y es más natural y sabrosa: “investigación, homenaje, sencillamente celebración de la palabra”, dice en el “Proemio”. Ni deductivo ni inductivo, el acercamiento que García nos procura no nos pierde por un itinerario en el que lo general y las particularidades hacen que dejemos de ver el bosque o los árboles, sino que, por abducción nos coloca en el centro mismo de la obra de Barajas. Frente a la lingüística o la retórica, este libro es la propuesta de una crítica alternativa, la anagógica: es invitación a recorrer un camino en ascenso, a salir de la cueva, a contagiarnos de su entusiasmo; y ésta es la conducción eléctrica del relámpago indicado en el título.

Una de las empresas de Alejandro García es “sacar a relucir”, pero no en el sentido figurado de  “traer a colación” o “a propósito de”, sino con la idea de exponer a la luz para que luzca una y otra vez; así, releemos los poemas, los aforismos, los ensayos de Barajas que se seleccionaron para Umbral de los relámpagos. Muchos de ellos también forman parte de nuestra antología personal; hay otros, sin embargo, que nosotros incluiríamos y que no se encuentran citados. Se entiende que así sea porque la criba fue dictada por la preferencia de una sensibilidad que muchas veces coincide con la nuestra, pero no necesariamente siempre. En el Capítulo II García avanza con paso seguro por cada una de las obras, de Tadrio a Ríos vigentes, indicándonos las dos etapas del poeta; se desplaza al aforismo, la tercera etapa, hasta llegar a las antologías. De cada una de las obras se comenta su inserción en el mundo discursivo, esto es, los datos de su publicación; si pertenece a alguna colección, se menciona junto con las obras con las que se hermanó; se destacan los textos en los que conviene detenerse, se recrean. Sobre La gracia inmóvil, por ejemplo, escribe Alejandro García: “en la contraportada (…) se publicó el poema ‘Agua equivocada’, como telón ante un acto significativo donde la presencia erótica del líquido al bañarse es puente entre lo amoroso, acto íntimo que, al través del tiempo, se convirtió en suceso compartido y que ha forjado imprescindibles estampas: rito y purificación, placer y deleite, renacimiento y sumisión, pecado y herejía, andanzas mundanas y amores profanos”. Vemos cómo el comentario de unos versos específicos busca el sentido unitario, aún dentro de la variedad semántica, como forma ideal de la expresión que asciende siguiendo el haz lumínico de la palabra poética y nos invita a revivir la obra en su totalidad, desde una fuerza vinculante.

Umbral de los relámpagos no se desentiende de los rasgos que singularizan la obra de Barajas. Aludo aquí a otro uso lingüístico que tiene que ver con la noción de claridad. En mi pueblo, un lugar del Bajío avecindado con la tierra natal de Benjamín Barajas, cuando una persona se saca una radiografía, se dice que va a que lo “alucen”, es decir, a que ayudados por los rayos X proyecten su interior. Para aluzar la obra, Alejandro García va a las fuentes y nos revela las influencias; las femeninas primero: Rosario Castellanos y Dolores Castro. Cada una de ellas es una mater admirabilis que cobija con su manto la palabra de Barajas para hacerlo ser poeta, pero también estudioso de la literatura. Y los otros influjos, luego, los demonios tutelares, entre los que se encuentran Garcilaso de la Vega, Aleixandre, Villaurrutia, Bonifaz Nuño, Pacheco, Castañeda.

En la búsqueda de las claves, Alejandro da cuenta de la vida del poeta, a veces con anhelo histórico; otras, con impulso existencial. He de decir que yo creía conocer la biografía de Benjamín Barajas (un cuarto de siglo de amistad, de compañerismo y de ser lectora persistente de su obra me causaban esa impresión), sin embargo, ahora que repasé la noticia biográfica me di cuenta de que ignoraba muchos detalles importantes. No creo que la obra de Barajas sea confesional; reconozco, eso sí, en algunos de sus versos, una forma de mentar el mundo, en la que noto el influjo de su lugar de origen, porque saben a tierra y a sol recién nacido.

Como cifra importante de una lectura, se señalan los afectos que pueblan sus poemas y sus aforismos; se nos muestra su bestiario doméstico, las urdimbres del amor y del humor, la insistente presencia de los ausentes, lo luminoso y lo numinoso. Con esmero, Alejandro García aluza la obra y, lo que es más, la toma para aluzar el mundo; nos percatamos, entonces, de que la palabra de Barajas no es una luz fría que nos deje suspendidos entre el ser y la nada, sino que es una obra llena de contenidos; habitada por animales, por casas y cosas, por el cuerpo, por los frutos. El relámpago nos recuerda que la literatura es carne del mundo; la poesía no nos conduce a otro lugar, como en el mito de la caverna, sino que ilumina éste, el que habitamos y que todavía conserva, aunque la tiniebla de la cotidianidad no nos permita apreciarla, su sustancia primigenia y, a la vez, siempre nueva. En la obra de Benjamín no vemos la belleza formal, como la matemática, sino una belleza plástica en la que el pan sabe a pan y el agua nos baña con su claridad y frescura.

Por otro lado, Alejandro García no se arroga el derecho de ser enunciador único; en su libro convoca todas las voces que antes se han dirigido al mismo horizonte. Sorprende la finura y la paciencia, dignas de un miniaturista, con las que compiló los diferentes artículos; podemos encontrar, así, los comentarios de Arturo Souto, al lado de los de Dolores Castro, Federico Corral Vallejo y de él mismo en trabajos anteriores, entre muchos otros que, además, aparecen cuidadosamente referidos al final en la bibliohemerografìa sobre Benjamín Barajas. El coro de voces está armoniosamente ensamblado, sin forzar acuerdos ni subrayar disensos, sino como canon que acompasa lecturas íntimas en una sola composición o, siguiendo con la idea de la luz, como fuegos de artificio que se unen y se dispersan, impactando nuestra retina con figuras de rico cromatismo. Los estudiosos de la literatura convocados en estas páginas iluminan la obra de Benjamín; los relámpagos hermenéuticos aportan colores interpretativos para personalizar los textos; asistimos a una fiesta de pueblo que se regocija con las luces de un castillo en llamas.

Además de la obra creativa, el autor atiende también la editorial, la disciplinaria y la pedagógica. En esta línea se encuentran los artículos de crítica literaria, el Diccionario, los ensayos de Tras la huella de la poesía y las antologías Didáctica de la literatura en el bachillerato y Dibujar con las palabras. Por supuesto que esta área no iba a quedar olvidada, tratándose de un autor que ha hecho de las letras no sólo su ámbito de expresión, sino un programa de enseñanza. La literatura es también un saber, un campo del conocimiento estructurado por siglos de academia y de prácticas sociales. Desde la perspectiva de Alejandro, los textos de Barajas trabajan para enseñar a los estudiantes a construir lecturas plenas de sentido, que rebasen la mera decodificación, “la simulación lectora”. En Umbral de los relámpagos se indica el propósito de esta ruta escritural centrada en la esencia de la formación, que es “la capacidad de identificar, construir y seguir unidades de significado de complejidad creciente; la capacidad de atribuir al texto sentido y significado. Ir más allá de lo que Julio Cortázar llama la ‘corteza cultural’”.

Enseñar es llevar la luz de la razón a los alumnos. Las obras didácticas de Barajas no renuncian a las positividades de la disciplina: no le tiene miedo a los términos técnicos ni a las recomendaciones de los métodos, pero tampoco abraza exclusivamente una escuela crítica en demérito de otras. Por otro lado, rescata la emotividad originaria del acto de leer literatura, sin que la intervención de la disciplina la congele o la mate. Lograr este equilibrio es una faena ardua porque, por uno de los extremos, la poesía puede consumir todo intento educativo con sus llamaradas, pero, por el otro, el frío de los métodos podría extinguir la flama del calor primero. Ser maestro de literatura es, en buena medida, morigerar la prodigalidad de la emoción, pero mantenerla viva para darle forma con instrumentos conceptuales, buscar la medianía dorada que recomendó el poeta latino.

Ahora bien, si por el lado pedagógico se recomienda la mesura, por el de la divulgación es deseable la contigüidad, el ensanchamiento. Del aula a las publicaciones lo que media es la intención de hacer comunidad; de ser “como uno” en la literatura, de poblar el espacio con las palabras poéticas y las reflexiones que inspiran: se trata de sacar a luz las voces que nos constituyen. Por eso, la labor editorial de Benjamín Barajas es el complemento necesario de su quehacer docente: habrá que mencionar las obras en las que promueve, estudia y difunde la generación de los ocho poetas mexicanos, su colaboración en Clásicos para Todos, la dirección de los ensayos de Ciencias y Humanidades, el proyecto Naveluz, la fundación de la revista Ritmo, entre muchos otros de los que da cuenta Alejandro García en su libro.

Con la aproximación anagógica de Umbral de los relámpagos, el autor nos trae la llama que ilumina y cobija, la “brasa oportuna”, como diría el poeta jerezano, pues, al calor de su compañía recreativa, releemos la obra de Barajas. Alejandro saca a luz la palabra, la saca a relucir, y nosotros, los lectores, volvemos a deslumbrarnos; nos sentimos verdaderamente iluminados. El mundo deja de ser la cueva umbría y se colorea, recobra su cuerpo. Volvemos a recibir el aforismo, el verso, la definición y la idea, guiados por el cuidado con el que Alejandro García los toma en sus manos y en su sensibilidad, y nos los muestra. Nos convertimos en comunidad, somos “como uno” en un afecto, en una lectura.

 

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