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Teoría de las pérdidas, de Jesús Ramón Ibarra | Jorge Ortega

Nuevo libro de Job

 

Jesús Ramón Ibarra, Teoría de las pérdidas, FCE, México, 2015, 68 p.

 

La madurez de un poeta se calcula tanto por el reconocimiento público de su obra como por la aptitud de ésta para ir amasando progresivamente un sistema de correspondencias que supongan la conformación y la confirmación de un mundo propio. Me refiero a la recurrencia de un puñado de registros que dialoguen entre sí bajo distintos contextos a lo largo de una bibliografía, o bien, a los coeficientes de un discurso en el tiempo. Rachel Phillips hablaba del común denominador que constituyen en la vertiente lírica de Octavio Paz la reincidencia del instante, la presencia, el mediodía, la transparencia, el espejo; pero igual pudiera pensarse en las piedras y los pájaros de Neruda, o en el llano, la espada, el laberinto, la luna o el también espejo de los versos de Borges. Jesús Ramón Ibarra (Culiacán, 1965), poeta consolidado en el México de hoy, ofrece por su lado, en la rodadura de una obra forjada desde hace más de veinte años, una constelación de motivos reiterados que han dotado a su poesía de un eje identitario, tales como su consabida melomanía y su arraigo en la cultura del mar, producto quizá de la vecindad con el océano Pacífico, tratándose de un autor nacido en Sinaloa y afincado en dicha región.

Teoría de las pérdidas, libro con el que Ibarra mereció en 2015 el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes, no es ajeno a este criterio. Ahí encuentro la apoyatura en las figuraciones de la vocalización, la música, la navegación. Y no quisiera resistirme a relacionar el título con otro del poeta español Antonio Gamoneda, Arden las pérdidas (2003), como si ambos invitaran a concebir en la poesía un punto de mira de la sensibilidad humana para atestiguar la vida que va quemando las naves y exorcizar provisionalmente sobre la marcha el fuego de la muerte. Porque si hay un argumento central en Teoría de las pérdidas es el que atañe a los múltiples rostros que adopta la degradación vital, sea mediante su condensación más cruenta, la desaparición física, o un funesto abanico de eventualidades no menos cáusticas: la miseria, el déficit, la marginalidad, el fracaso, la enfermedad, el vicio, la locura, realidades y metáforas de un deterioro en proceso, un ocaso sin remedio, una condena abyecta en vías de consumación. Jesús Ramón Ibarra explora los perversos mecanismos de la fatalidad y atisba en la concisión del poema y la sintaxis lacónica una proyección del desamparo utilitario, de acuerdo, pero asimismo de la fragilidad psicológica, la integridad anímica. Cito:

 

Con su guitarra negra, el Almirante defendía su

territorio de la perversión de la luz. Su voz

tenía el don del luto.

Adoptaba la destreza de un cuervo que se sabe

perdido —de antemano— en la cordillera de

sus escombros.

 

En el fondo, Teoría de las pérdidas se ocupa de las privaciones y las penitencias, los insospechados reveses que conlleva, frente a los engranajes del pragmatismo y la sobrevalorada cordura, la congruencia ética de una existencia consagrada a la verdadera vocación, que podría resultar la del arte, un hecho que implica de entrada asumir los riesgos de elegir y ser consistente, hasta la sublimación del estoico, con el camino elegido. La dignidad del talento se yergue intacta ante la desgracia y, atravesando el aro de lumbre de la penuria, logra alcanzar la lucidez, el carácter visionario del que ha vuelto del inframundo, como Orfeo, para otorgar fe de los límites de nuestra condición, el poder de la palabra poética y la persistencia del alma, justo a la manera de un “amor constante más allá de la muerte”, para invocar de paso a Quevedo. Así lo denotan las dos primeras secciones de las tres que componen el índice, La niebla del Almirante y Fábula del hambre, donde Ibarra hace eco de sus más entrañables señoríos, lo melódico y lo marino, formas excelsas y primordiales de la sonoridad. Con la estela trágica de lo absoluto y lo imponente, la voz deviene entonces personaje y prodigio; ligada en principio a la armonía y el canturreo, se desdobla en una alegoría del destino a la par desvalido y triunfal de la voz literaria. Veamos:

 

A la aureola de la fiebre la sustituye una presión

de espinas.

 

A la señal de la cruz la sustituye un barco

que atraviesa la cama.

 

A La que canta la sustituye un súbito resquemor

en la ingle,

un fragor de cardo en la entrepierna,

un incendio que se abre paso en la cama como

en un bosque.

 

Junto al componente de la voz, ciertos relativos y alguna variante del sonido. Transcribo unas frases pertenecientes a diversos textos: “del estertor del sexo en la garganta”, “pasea los perros de su lengua”, “a una remilgosa faringe”, “una campana / de sombras en Benfica”, “la agriada mensajería de la lengua”, “un grito fermentado en la saliva, / una nota de más entre los dientes”, “y al final arrulló a sus súbditos / con la melodía de un ave / que lleva en su garganta, / en lugar de notas, / un arsenal de puñales oxidados”. Pero considerando que el tercer y último segmento del álbum, Voluntad del polvo, reserva un emotivo tributo a los amigos idos —Álvaro, Jaime— y, en consecuencia, un asedio velado a las entretelas que separan los hemisferios de la salud y la agonía, Jesús Ramón Ibarra pacta en el mencionado apartado, y un poco en el de en medio, Fábula del hambre, con una veta de alusiones religiosas y teológicas que confieren al conjunto honestidad, elocuencia, naturalidad y precisión descriptiva, cuajando los pasajes más conmovedores del tríptico que dispone la estructura del volumen a partir de la aberrante asimilación del dolor como un fermento de sabiduría. He ahí la anafórica evocación de Dios en La niebla del Almirante y “la misa / donde los ausentes refriegan sus huesos”; y el poema “Plegaria”, a mi gusto uno de los mejores, en que se leen fragmentos como los que vienen:

 

Apiádate, Señor, de los que tienen hambre.

La sombra

de su árbol irascible

aún da frutos salados.

 

(…)

 

Apiádate de su carne:

no sirve para alimentarse ellos mismos.

Mátalos, Señor, lánzales una piedra,

un rayo, una manada de leones ahítos,

arrójales un sol de ácidos letales,

abre el polvo a sus pies.

 

El tono se mantiene hasta el desenlace. Plantados todavía en el tramo final del volumen, la subsección El arte de la oncología irrumpe por ejemplo con una comparación de aspecto costumbrista que aminora la gravedad de la situación, el desahucio del paciente: “Su templo es su cuerpo, dijo, y entró en él / como a misa de domingo en la tarde”; y prosigue, líneas abajo: “Inició su rezo en una lengua de flema y esplendor. / Las campanas, en la sangre, liaban un repicar / de sombras”. La celebración de la eucaristía se torna una dolorosa experiencia somática porque encarna un simulacro del sacrificio del cordero pascual, Cristo inmolado. En esta tesitura, no deja de resultar llamativo que una pieza que aparece páginas después empiece con una estrofa que retoma y transforma la sentencia del Génesis que preside el Miércoles de Ceniza:

 

Polvo somos

en el lenguaje de las ánimas,

en la desazón de sus ritos,

en la invisibilidad de esa materia

cifrada en las exclamaciones.

Ibarra acude a la paráfrasis bíblica y elabora una versión del probable trasmundo. El ejercicio

comprende igual la fuente secular. En otra composición se advierte el concurso de Villaurrutia en su “Nocturno de la alcoba”, quien escribe: “La muerte toma siempre la forma de la alcoba / que nos contiene”; por su parte, Jesús Ramón Ibarra comienza su poema diciendo: “El dolor no toma la forma del cuerpo / que lo contiene”. Teoría de las pérdidas se decanta por la negación y el trastocamiento, ampliando el radio del suplicio por encima del moribundo, involucrando cuanto lo rodea como un recinto encantado por el halo de un tormento expiatorio, según lo patenta el resto de la estrofa:

 

Rebasa sus lindes,

instaura su imperio de cuchillos,

desteje su sábana de víboras y lanza,

en el aire calcinado por tábanos,

el silbo imperceptible

que sólo escuchan enfermeras, galenos,

monjas desveladas de Dios.

 

En la medida que Teoría de las pérdidas alimenta un tratado del desasimiento, observa y consigna la avidez de la muerte. Es la paradoja de soltar amarras: el cuerpo se erosiona, penetra y sopla el vacío. Despojo, abandono, trance, y la Parca que entra a saco a conquistar otro millón de células. Tal vez por ello las composiciones finales son de mayor longitud; entre la vulnerabilidad y la extinción, Jesús Ramón Ibarra despliega un texto que va del poema corto o relativamente sucinto a otro de extensión superior, como si el poema se creciera ahí donde el tránsito empieza a sentar sus reales. Por lo demás, se trata de un itinerario rico en pistas biográficas y sembrado de guiños culturales apuntalados por antropónimos, topónimos y ciertas claves nominales dispersas en las páginas: Saint Clichy, Río, Londres, Craven Hill, Chile, una “noche del 58”, una portada de Cardoso Pires, Ámsterdam, Lisboa, Chile, una novedad editorial de David Toscana, Rilke y el fantasma de Álvaro Mutis y Francisco Cervantes por lo que toca a La niebla del Almirante, el segmento de apertura, reminiscencia de la novela y el poema homónimo La nieve del Almirante (1986), de Mutis, y del libro Regimiento de nieblas (1994), del poeta Cervantes. Restos del naufragio de una memoria colectiva, la de cultura literaria y el sentido común, pues “nada es de nadie / flotan las pérdidas como un campo en ruinas”, sentencia Ibarra. Sobre ese mar de tierra desolada qué resta sino aferrarse a la poesía como a una tabla de salvación.