41hxO+4uK2L._SX318_BO1,204,203,200_

Talud, de Yuri Herrera | Judith Castañeda Suarí

Hilos atemporales

 

Yuri Herrera, Talud, Literal Publishing, 2016, 64 p.

 

Dentro de Talud, breve libro de Yuri Herrera, el cuento más antiguo se ve separado del más reciente por unos veintiocho o veintisiete años. Sin embargo, ni esto ni el hecho de haber sido publicados antes en distintos medios, como nos dice el propio autor en la nota preliminar, merma ese cierto aire de unidad que posee la obra del autor nacido en Actopan, Hidalgo.

Son varios los aspectos que otorgan dicha característica al volumen editado por Literal Publishing, más allá de la brevedad común a los doce cuentos, entre ellos el tema fantástico y la pérdida o la carencia de identidad en algunos de sus personajes.

En este último caso se encuentra, por ejemplo, el presidente electo de “Aztlán, D. C.”, texto que inaugura el libro. ¿Cómo será pensar en mexicano?, se pregunta aquí el último presidente gringo en su último día de mandato. Podrían resultar un poco raras estas palabras en una lectura inicial. ¿Pensar en mexicano? Si tenemos en cuenta que la lengua de un pueblo es la que nombra su entorno, el material y el intangible, y que dicha forma de designar es diferente a la de otros pueblos, entonces sí es posible preguntarse cómo será pensar no sólo en mexicano.

Y es en el idioma donde radica la pérdida de identidad que esboza el autor para quienes se acerquen a la obra. Herrera cuenta cómo luego de ser casi inexistentes y de ocuparse de tareas tan invisibles como ellos mismos, luego de recibir herencias y empleos de mayor responsabilidad como el de asesor o secretario de un juez de la Suprema Corte, los mexicanos aparecen en escena para votar por uno de ellos, para colocarlo en la silla presidencial. Y cuando el presidente electo llega a la oficina del saliente y el lector espera alguna frase en español, un saludo humorístico, lo que se lee son palabras con aires de francés, algo referente a las cortinas: “Bien entendu, on aura besoin de satin pour ces rideaux”.

Hay otras formas de perder identidad a lo largo de los cuentos. Una de ellas tiene que ver con el anonimato que dan un disfraz, una máscara o el hecho de permanecer al otro lado de una línea de información. Así lo refleja Yuri Herrera en “El origen de las especies”, “Las llaves secretas del corazón” y “El hilo de tu voz”. Un disfraz de oso y una máscara de luchador mantienen ocultos a Pedro y al personaje sin nombre aun estando en presencia de otras personas, mientras que en “El hilo de tu voz” un empleo detrás del teléfono es el que esconde a la mujer de cuya voz se enamora César, el Chícharo.

Estos tres cuentos, además, se ven unidos por un hilo que involucra acciones policiales como lo son un arresto y la llamada telefónica con la cual se da aviso de dicha situación a un familiar o a un amigo.

En el caso de “El origen de las especies” tenemos a un delincuente que aceptó dar información a las autoridades. El diálogo con el que comienza el cuento le da cierta esperanza a este personaje: no estará encerrado, tendrá otra identidad. En este momento el hombre observa el lugar donde permanece desde su arresto: un bulbo que cuelga en el techo, desde donde, intuimos, apenas ilumina, un catre, un buró con una elaborada carpetita plástica encima. Qué tanto más pueden humillarlo, piensa, comparando ese metro y medio de tubos, colchón y buró con algo que todavía es una promesa. Y acepta. Y el giro que Yuri Herrera le da a su texto no puede ser más irónico, pues la esperanza que el personaje tiene luego de la propuesta del agente Félix se convierte casi en una burla, en la certeza de que siempre puede haber una humillación mayor: el nuevo encierro es un cuarto tan miserable como el anterior, sólo un poco más grande, y un disfraz de oso de caricatura, de labios “estúpidamente alegres”, que debe usar no importando ni lo espeso del aire adentro ni lo insoportable de los olores a sudor.

En “Las llaves secretas del corazón” está Pedro, un albañil que los martes sale en la noche con una máscara roja y un estallido triangular, también rojo, pintado en el pecho. Entonces es un luchador rudo, de peso ligero. A diferencia del anonimato humillante de “El origen de las especies”, “Las llaves secretas del corazón” nos entrega uno donde quien se oculta, además de tener la categoría de ídolo que otorga el público, puede incluso convertirse en un vengador, en un héroe, como si de una vieja película de luchadores se tratara.

“El hilo de tu voz” se construye con un narrador en segunda persona. Aquí el Chícharo, César, se dirige a la mujer de la cual se enamora tan sólo al escuchar su voz, una voz profunda y suave que al principio se limita a decir “Información”. El cuento posee una estructura circular y muestra, desde las líneas iniciales, el enamoramiento obsesivo de César. “Estás por llegar. Puedo olerte. Puedo sentir ya tu calor en mi piel a pesar de los golpes”, le dice el personaje a la desconocida de la línea de información, y a partir de este punto el autor va desenredando el hilo que condujo a su personaje hasta el sitio en donde espera que llegue esa mujer anónima.

El halo de fantasía que posee “Aztlán, D. C.” –¿en verdad los mexicanos perderán su idioma, uno de ellos podría ser presidente de un país que no es México?– sirve como un eslabón entre los cuentos ya mencionados y los que guardan una relación menor con el tema de la pérdida o la carencia de identidad.

En este punto, Herrera se adentra en el territorio de los mundos interconectados a través de “Los andamios paralelos”, “Poema de las formas intermoleculares” y “Alegoría de la biblioteca”. Un espejo, los líquidos contenidos en una botella y en una olla y un libro, son las puertas que comunican la realidad de los cuentos con una distinta. La interacción entre éstas va de un vistazo, como en “Los andamios paralelos”, al encuentro más cercano de “Poema de las formas intermoleculares”.

La fugacidad en “Los andamios paralelos” la da el espejo o, mejor dicho, la inclinación que este objeto sufre cuando el hombre que atiende la barra de la pulquería El reloj de arena tira del cordón que pende a su lado. “El espejo se precipitó sobre mí, igual que en el poema de Girondo, con las columnas y la gente que tenía dentro”, escribe el también autor de Trabajos en el reino, pero lo que el personaje ve dentro, las “múltiples variaciones sobre una misma trama”, bien podría tratarse del engaño de unos sentidos atrofiados por un “pulque tal vez más fermentado que el que bebía el resto de los comensales”.

Entonces no puede dársele mucho crédito a esta visión, quizá debido al alcohol, a lo efímero, algo por completo lejano de “Poema de las formas intermoleculares”. Aquí el autor traza una interrelación más prolongada, un personaje que busca a alguien más. El preámbulo es una botella de jugo que suena como si fuera un teléfono y una orden cuando el personaje desenrosca la tapa: “La olla, destapa la olla con la sopa”. Después tenemos a un malhumorado ser que pregunta por un agente de inteligencia que investigaba cuán habitable era el planeta y no volvió, todo esto mientras intenta mantenerse sólido, sin conseguirlo, pues su cuerpo está constituido por sopa, y mientras suelta un puñado de frases de fastidio como: “No hay modo de hacerse de un cuerpo decente con esta materia suya”, “No tenemos ningún interés en ti o en este lugar”, “Habiendo tantos lugares bonitos en el universo, carajo”.

“Alegoría de la biblioteca” es el cuento más antiguo de los que conforman Talud, dice el autor al principio del libro. Escrito en su segunda versión a los 18 años de Yuri Herrera, narra el encuentro entre Pablo y un prócer en la biblioteca. El pequeño hombre de botas negras, uniforme azul y condecoraciones en el pecho, aparece en el tomo tercero de la enciclopedia, en la página 4329, detrás de la palabra “hechos”, y a través de su aparición, narrada en un tono libre de cualquier solemnidad, vemos la puerta a otras épocas y a otros mundos que son los libros.

Apartándonos del dejo de fantasía de varios de los cuentos y de esa identidad que por diferentes razones se ha perdido, creo que otro aspecto que contribuye a dar cohesión a Talud es su lenguaje, coloquial pero al mismo tiempo lleno de imágenes, como un camino dorado subiendo de la cintura al cuello, una rendija detrás de la que están todos o la convicción de un porvenir escriturado por medio de la promesa que es la juventud y del matrimonio, eso y el humor cruel, cuya ironía impregna una buena parte de los cuentos y los hace precipitarse a un final inesperado o les confiere ese desarrollo que pone una sonrisa chueca en el rostro del lector, el presentimiento de que los desenlaces afortunados pertenecen a otros libros, a historias de hadas que este breve volumen no incluye.

Lo anterior, persistente a través de los años, habla de la firma del autor, es decir, de sus atmósferas, de su sentir e intereses firmes en la urdimbre de su trabajo sin importar el tiempo transcurrido.

 

41hxO+4uK2L._SX318_BO1,204,203,200_