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Sumisión, de Michel Houellebecq | Por Fernando Montenegro

El arte de la sumisión

 

¿Qué es en el fondo el Corán sino un inmenso poema místico de alabanza?

De alabanza al creador y de sumisión a sus leyes.

 

Michel Houellebecq, Sumisión, Anagrama, España, 2015, 288 p.

 

En 1911 Oswald Spengler se propuso escribir un tratado histórico-filosófico que pudiera entender los difíciles tiempos que le tocaron vivir a Europa a principios de ese siglo. Solo once años después pudo completar el segundo volumen de la obra que le haría ganarse su puesto (menor) en la historia de la filosofía, y, más aún, en la consideración de los altos políticos del Tercer Reich: La decadencia de Occidente. Según un famoso prólogo de Ortega y Gasset, esta obra vendió más de cincuenta mil ejemplares en su edición de 1923. Aunque hoy ha caído en el olvido y es casi despreciada por los círculos intelectuales académicos europeos, La decadencia de Occidente irrumpió en su momento como una obra profética que tuvo gran influencia en el espíritu de la Alemania nazi. En 1934, no obstante, Spengler, quien hasta el momento había sido muy próximo al régimen de Hitler (muy considerado, además), rompió todo tipo de relaciones con él al suscitarse la llamada “noche de los cuchillos largos”, donde su amigo y co-ideario Gregor Strasser fue asesinado por las SS. A decir verdad, el propio Spengler tenía serias dudas del proyecto nacionalsocialista mucho antes de aquel 30 de junio de 1934, sabiéndose más afín –incluso más entusiasta– al programa del líder italiano Benito Mussolini.

Il Duce ofrecía una reconstitución del imperio romano, que era el horizonte mítico con el que el propio Spengler trabajaba. Quizás este último entendía, o preveía, que aquel régimen alemán liderado por Hitler encarnaba el ocaso de la civilización occidental (por ser una especie de radicalización de esa idea) y prefería ese movimiento cíclico propuesto desde la Italia fascista. Por extraño que parezca, Mohammed Ben Abbes, el presidente ficticio que Michel Houllebecq instaura en la Francia de su última novela, Sumisión, tiene el mismo proyecto de Mussolini: “Pero su gran referencia, como salta a la vista, es el imperio romano, y para él [Ben Abbes] la construcción europea no es más que un medio para hacer realidad esa milenaria ambición. Salvo que Ben Abbes, líder de la Hermandad Musulmana (un partido también ficticio), busca reemplazar los valores del decadente y putrefacto Occidente por los de su histórico rival: el Islam. No lo hace a través de un régimen de terror, como un lector más o menos paranoico podría suponerlo, sino haciendo uso de una herramienta más sutil y poderosa: la clase intelectual. El narrador de la novela, François, es un intelectual de la Universidad de París (Sorbona) que ha dedicado su carrera casi en exclusividad a la lectura del escritor francés decimonónico J. K. Huysmans, pero que ante los acontecimientos recientes se ve obligado a entender el mundo que le tocará vivir, mientras observa cómo esa idea, que parecía eterna y universal (Europa/Occidente), sucumbe ante las huestes políticas del Islam: “A mi regreso a la facultad para dar mis clases, tuve, por primera vez, la sensación de que podría hacer algo; que el sistema político en el que estaba acostumbrado a vivir desde mi infancia se resquebrajaba visiblemente desde hacía bastante tiempo y quizá iba a estallar de golpe.”

Como en las anteriores novelas de este célebre escritor francés, el personaje principal es un sujeto solitario que divaga entre los debates intelectuales más sofisticados y el circuito sexual liberal de una ciudad como la París de nuestro tiempo. Es decir, goza de lo que podríamos llamar la conquista más elevada de la estética occidental: la búsqueda del placer. Hablo de placer y no de hedonismo, aunque bien pudiera utilizar este último término para caracterizar los personajes planteados por Houellebecq en gran parte de su obra. La comida, las mujeres, los viajes, la lectura, la música, son todos objetos de placer en el sentido más freudiano de la palabra. El hedonismo, y no el pesimismo, es la principal característica en este autor, como se dice con tanta insistencia entre la crítica (es el pesimismo una forma de placer intelectual, por supuesto). Y lo es porque, como sabemos, la búsqueda frenética de los placeres (especialmente carnales) es un síntoma inequívoco de cierto decadentismo, como hemos podido averiguar que era el caso de los altos mandos nazis ante la debacle del Tercer Reich antes de 1943. En este sentido, François es un clásico producto de la cultura occidental, tan acostumbrada a privilegiar los llamados pequeños placeres de la vida (el voyeurismo, acaso el más placentero de ellos, un término que bien pudo ser inventado por Sade en el siglo xix). El nuevo régimen no-occidental que se impone abruptamente en la capital del amor desbarata esta estructura de control de la sexualidad (que es ejercido a través, justamente, de la incitación) que Foucault vio tan bien en La historia de la sexualidad. Así observa esta debacle el narrador de la novela (el propio François): “Como cualquier otro dentro comercial el Italie 2 atraía desde siempre una cantidad notable de mangantes: habían desaparecido por completo. Y la vestimenta femenina se había transformado; el número de velos islámicos apenas había aumentado, no se trataba de eso, y me llevó casi una hora de vagabundeo comprender, de golpe, qué había cambiado: todas las mujeres llevaban pantalones. La detección de los muslos de las mujeres y la proyección mental reconstruyendo el coño en su intersección, proceso cuyo poder de excitación es directamente proporcional a la longitud de piernas desnudadas, eran en mí tan involuntarias y            maquinales, genéticas en cierta forma, que no había tenido conciencia de ello inmediatamente, pero ahí estaban los hechos: los vestidos y las faldas habían desaparecido.”

El pasaje anterior es una buena muestra de cómo opera la mente de François, que casi replica el gesto del que la literatura francesa (y tal vez la occidental), desde Baudelaire, no puede deshacerse: el del voyeur. Excepto que Baudelaire mantenía una relación crítica con la mirada, entendía la perversidad en ella imbuida y los orígenes de esa perversión. François, por su parte, lamenta que el cambio de régimen no le permita regocijarse con las piernas desnudas de las mujeres, con la insinuación de su sexualidad. Pero no es sólo eso: François sabe, con ello, que esta realidad implica el cataclismo del hombre moderno, del sujeto cartesiano, del libre pensador occidental, flâneur de su propia existencia, convencido y entregado a sus libertades. Es de este modo como observamos que el Estado francés, que proclamó los valores republicanos que subsisten hasta nuestros días, es ensombrecido por una teocracia que moverá rápidamente sus fichas para instaurarse como poder dominante en Europa. El momento más decisivo a los ojos de este personaje (aparte de la desaparición de las minifaldas, por supuesto) llega cuando conoce que el corazón de su civilización, La Sorbona, es rápidamente transformada en una institución con valores islámicos, donde sus profesores son obligados a convertirse para poder ejercer la práctica académica.

Después del trauma, y de una suerte de nihilismo que lo acongoja, François se ve abordado por el nuevo rector de la Universidad de París (Rediger) a la que alguna vez perteneció, su alma mater. Este rector, como es de esperarse, es un intelectual afiliado al programa político de la Hermandad Musulmana y quien ahora podía recoger su cosecha en un cargo público altamente reconocido. En sendas conversaciones con este personaje, el héroe de la novela encuentra no sólo una manera de insertarse en esta nueva sociedad, de un modo más bien cómodo y privilegiado, sino un alivio ante la sensación de zozobra absoluta de su individualidad (que inclusive lo hace pensar en el suicidio): “y también yo sentía disolverse mi individualidad, al hilo de mis ensoñaciones más prolongadas ante la virgen de Rocamadour”. En este último pasaje, François se encontraba visitando una iglesia en el sur de Francia, a donde había escapado como consecuencia de la paranoia que trajo consigo la nueva coyuntura política. La noción de individuo había dejado de tener sentido en un mundo como el que le ha tocado vivir, y sin él la experiencia humana en su conjunto y complejidad antes conocidas y, en apariencia, inconmovibles, tampoco podrían funcionar. Ésta es la razón por la que, François (cuyo nombre es, por supuesto, muy decidor) decide transformarse al Islam.

Es en este punto donde el hermético Joris-Karl Huysmans podría darnos algunas respuestas. Es a través del propio narrador que sabemos de él. Se trata de un escritor que vivió plenamente el siglo xix, una figura más bien amarga, pesimista, que escribió una novela hacia 1884, considerada la cumbre del decadentismo decimonónico: A contrapelo. Resulta interesante decir, aunque sea de pasada, que este término (a contrapelo) es también utilizado por Walter Benjamin en su Tesis sobre la historia, y lo convierte en un concepto clave para emprender una crítica de la modernidad (también muy pesimista). El propio Huysmans parecía ser un incrédulo de la idea de la modernidad que en esos tiempos empezaba a ser un problema filosófico central. Es esta sensación de angustia ante la disolución del individuo (o ante su desbordada afirmación), arguye François, la que llevó a Huysmans a tomar la decisión más radical de cualquier escritor de su tiempo, exceptuando quizás a Rumbaud: retirarse a un convento benedictino donde vivió sus últimos días como un místico

El propio François, experto en Huysmans, intenta repetir el confinamiento del escritor, retirándose por una noche al mismo monasterio benedictino en el que pasó sus últimos años. Sin embargo, no pudo sobrevivir más de una noche. A ojos del narrador, la cristiandad es incapaz de ofrecer las respuestas que estaba buscando. Es la propia cristiandad, su estructura, digamos, narrativa, la que propició las categorías filosóficas con que se erigió la idea de Occidente. No hay que ir muy lejos en la historia para recordar cómo los conceptos de cristiandad y Occidente conformaron una suerte de piedra angular sobre la cual se levantó el discurso detrás de las dictaduras militares en el sur de nuestro continente. Se trata de una relación muy íntima y en el fondo incestuosa. La misma idea del individuo, del sujeto cartesiano, le debe enormemente a la teología cristiana que, de la mano de Bartolomé de las Casas, se había preguntado por las libertades del hombre (en tanto individuo) allá en el siglo xvi. De hecho, éste es un tema muy presente en toda la cristiandad, siendo el Jesucristo de Marcos quizás el texto que más discuta este hecho. El Islam, por su parte, ofrece otra lógica para relacionarse con el misterio de Dios y del hombre. Mahoma, a diferencia de Jesucristo, no es el hijo de Dios, no forma parte de la misma entidad teogónica: es su siervo, como ya lo canta la oración más importante del Islam, la shahada: “Existe un solo Dios y su profeta, Mahoma.”

Hacia el final de la novela, una vez que observamos cómo Francia se ha transformado en un estado islámico, Rediger, el rector de la Universidad de París, le plantea a François la siguiente reflexión sobre el Islam: “Es la sumisión –dijo en voz alta Rediger–. La idea asombrosa y simple, jamás expresada hasta entonces con esa fuerza, de que la cumbre de la felicidad humana           reside en la sumisión más absoluta. Es una idea que no me atrevería a exponer ante mis correligionarios, que quizá la juzgarían blasfema, pero para mí hay una relación absoluta entre la absoluta sumisión de la mujer al hombre, tal como la describe la Historia de O, y la sumisión del hombre a Dios, tal como la entiende el islam.”

Más adelante se dice que la propia palabra islam, en lengua árabe, significa sumisión, y que este principio resulta más adecuado ante las nuevas circunstancias históricas de Europa. Lo que habría fracasado, en primer lugar, es el proyecto emancipatorio de 1968 que inauguraba, por decirlo de alguna manera, la última etapa de la Modernidad: el gran sueño de la Ilustración. Como sabemos, la Ilustración se sostiene en algunos supuestos filosóficos, entre los cuales el sujeto cartesiano, como una suerte de héroe mesiánico laico, ocupa el lugar central en la historia. Es el individuo una entidad autosuficiente, ontológicamente constituida, el origen y el final, la causa y el efecto, de nuestra experiencia en el mundo. Aunque surgieron de la protesta pública, los intelectuales del 68 volvieron a consagrar los metarrelatos de la modernidad, pero trataron de darles sepultura.

Para Walter Mignolo, Occidente es la metáfora más poderosa que el sujeto moderno pudo elaborar como la base cultural que soporta al sistema-mundo moderno. Argumenta, sin embargo, que la propia idea de Occidente no es más que una historia o mito local (la de Europa occidental) que después se exportó hacia los océanos (para usar un término, aunque pertinente, desafortunado) y trató de establecerse como “diseño global” una vez que los grandes imperios europeos (España en el siglo xvi, Holanda en el xvii, Inglaterra y Francia desde el xviii) construyeran el sistema colonial, cuyas repercusiones llegan hasta nuestros días. Una de esas repercusiones, la más clara para Houellebecq, es la cada vez más fuerte presencia de inmigrantes musumalmenes (del Magreb, en especial) en las ciudades más importantes de Europa. En Lanzarote (2000), Houellebecq ya anunciaba esas eventuales fricciones entre musulmanes y occidentales, incluso antes del 11 de septiembre de 2001. Su obra posterior mantiene esta posición pesimista, que muchos han tildado de xenofóbica, asunto que lo han puesto en el ojo del huracán, sobre todo después del atentado a las oficinas del semanario francés Charlie Hebdo en enero de este año. Es conocido que Houellebecq se proponía presentar su nueva novela, Sumisión, el mismo día del atentado. Como consecuencia, huyó, al igual que François, a un paradero desconocido, con el objetivo de refugiarse de un posible atentado contra su persona.

En abril de 2002, Houellebecq escribió un artículo llamado “Salir del siglo xx” que empieza con el siguiente enunciado: “La literatura no sirve para nada. Si sirviera para algo, la chusma izquierdista que ha monopolizado el debate intelectual de todo el siglo xx ni siquiera habría podido existir.” Emitió una opinión similar cuando se le preguntó por las implicaciones que pudieran haber tenido sus obras, especialmente la última, en la avanzada del radicalismo musulmán en los países europeos. Su respuesta también fue negativa. Sin embargo, vale la pena replantearnos estas preguntas desde otro punto de vista. En ese mismo artículo, Houellebecq argumenta que el siglo xx no ha hecho ningún aporte real, especialmente en asuntos políticos y filosóficos, secuestrados estos ámbitos por una corriente intelectual que considera embarazosa (por decir lo mínimo) y que, sin embargo, ha sido motivo de orgullo para las grandes corrientes europeas del pensamiento: el humanismo. El único aporte verdadero que, a su entender, se puede rescatar del siglo xx, porque fue en este siglo donde se la trabajó mejor, es la ciencia ficción.

Es indudable que la ciencia ficción juega un trabajo muy importante en la obra del francés, empezando por el hecho de que la novela está instalada en el 2022, repitiendo el gesto de Kubrick, Asimov y tantos otros autores cuya preocupación principal es el futuro. Quizá la máxima influencia detectable en Houellebecq (y el mismo rescata este nombre en el artículo mencionado) sea la de Phillip K. Dick, especialmente por su obra maestra, El hombre en el castillo. En la novela se cuenta la historia de una tienda de antigüedades norteamericanas, ubicada ésta en un San Francisco ocupado por los japoneses (los Nazis habían ganado la guerra). En cierto sentido, Dick propone una reflexión sobre lo que sería un mundo post-occidental, en la cual los valores con que se constituyó la idea de Occidente fueron cimentados. Allí se observa cómo los sistemas de valores orientales los van sustituyendo. El ejercicio es interesante, porque la antigua civilización Occidental que ya sólo es, por un lado, un recuerdo representado en aparatos muy norteamericanos como una tostador y, por otro, un rumor contenido en una novela que cuenta cómo los aliados ganaron la guerra. Occidente aparece allí como un relato fantástico. Algo como lo que Borges postula sobre Tlön, en su “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”.

A su modo, Houellebecq propone una estrategia análoga en la Francia del 2022. Quizás el asunto nos pudiera resultar más próximo por los eventos acaecidos en la última década y media: los atentados en Nueva York, Londres, Madrid y París y su apabullante difusión en la prensa internacional. Sin embargo, la sensación de amenaza del mundo musulmán es mucho más antigua que la propia idea de Occidente. Edward Said, como sabemos, sugiere otro camino: que la noción de Occidente fue construida en relación con Oriente y, casi exclusivamente, en yuxtaposición al mundo musulmán. Es como si el islam operara como un espejo terrible, como uno de esos espejos mágicos que, al mismo tiempo, revelan el pasado, el presente y el futuro. No en vano Miguel de Cervantes, y quizá el propio Don Quijote, guardaba una secreta pero profunda admiración por esa cultura, al punto que la propia historia que se cuenta, como es sabido, tiene un texto en árabe subyacente. El propio Rimbaud, abandonado al no poco interesante oficio de traficar con esclavos, se convirtió al islam, quizá fruto de su desdén ante la grotesca y nada heroica cultura occidental.

En la serie de televisión Homeland, protagonizada por Claire Danes y Damian Lewis, emitida desde 2011, se explora el asunto de la conversión, en medio de la cada vez más creciente amenaza de un atentado por parte de Al-Qaeda, en suelo estadunidense. Nicholas Brody (Damian Lewis) es un soldado norteamericano que, tras haber sido presumiblemente asesinado en la invasión a Irak, vuelve casi diez años después alegando haber sido prisionero de radicales de Al-Qaeda. La agente de la cia, Carrie Mathison, es la única que sospecha que el soldado Brody planea llevar a cabo un acto terrorista. Muy temprano en la serie sabemos que Brody se ha convertido al islam. Como en Sumisión, la conversión al islam por parte de Brody está relacionada, por un lado, con la supervivencia dentro de un ambiente rigurosamente musulmán (Brody es prisionero de guerra y François un prisionero político) y, por otro, con la búsqueda de un sentido en un mundo donde la capacidad de agencia del individuo, la base filosófica con la que funciona Occidente, es inútil, árida, como un desierto árabe que atravesara Rimbaud. No existe allí existencialismo, decadentismo, misticismo (con base cristiana) que los pueda salvar, únicamente sumisión.

En 1955, Aimé Cesáire, quien conocía muy bien el Magreb al ser éste territorio colonial francés, escribió: “Una civilización que se muestra incapaz de resolver los problemas que su funcionamiento suscita, es una civilización decadente.” A diferencia de Spengler y, aparentemente, de Houellebecq, Cesaire entendió que la causa de muerte (de suicido, dice Houellebecq) de la civilización occidental estaba contenida en su voracidad colonial. Como Franz Fanon, Cesaire intuía que los llamados condenados de la tierra, muchos de ellos fieles del islam, eventualmente iban a reaccionar ante los sistemas terriblemente sangrientos que sufrían las colonias francesas. Ni Cesaire ni Fanon vivieron lo suficiente para observar cómo, en efecto, la migración proveniente del norte de África iba a transformar decisivamente el mapa geopolítico de Europa. La fuerza que ha adquirido el Estado Islámico en los últimos años, cuyo proyecto es formar una entidad política que reconstituya el antiguo imperio otomano (desde el Magreb hasta Turquía), puede ser una muestra de ello. Pero la mayor fuerza del mundo musulmán radica en su religión (y tal vez también su mayor debilidad). En todo caso, los escenarios venideros nos son todavía lo suficientemente borrosos como para aventurar algo. Spengler creía que los pasos circulares de los intelectuales no sólo no podían vislumbrar los cataclismos futuros (convencidos ellos de que el conocimiento abstracto podía pensar la materialidad de la experiencia) sino que eran el síntoma mismo de la decadencia. Por eso se propuso escribir una historia universal que no respondiera a los preceptos fundamentales de la filosofía occidental, siempre tan autorreferencial. Quizás éste es el papel de la literatura en la actualidad, y sobre todo de estas ficciones políticas que, como El hombre en su castillo, se acercan de tal modo a la realidad que, aunque no logran explicarla, la incomodan, le recuerdan que es también parte de una ficción, en este caso la ficción es Occidente: ofrecen algo más que el llamado placer de la lectura. En este sentido, Houellebecq no parece tan hedonista o tan incrédulo ante el papel de la literatura en el mundo o, al menos, así lo deja ver casi al principio de su novela: “Muchas cosas, demasiadas cosas quizás se han escrito sobre literatura (y, como universitario especializado en la cuestión me siento más capacitado que otros para hablar de ello). Sin embargo, la especificidad de la literatura, ‘arte mayor’ de ese Occidente que está llegando a su fin ante nuestros ojos, no es difícil de definir. Al igual que la literatura, la música puede determinar un cambio radical, una conmoción emocional, una tristeza o un éxtasis absolutos; al igual que la literatura, la pintura puede generar asombro, una nueva mirada ante el mundo Pero sólo la literatura puede proporcionar esa sensación de contacto con otra mente humana, con la integridad de esa mente, con sus debilidades y sus grandezas, sus limitaciones, sus miserias, sus obsesiones, sus creencias: con todo cuanto la emociona, interesa, excita o repugna.”

 

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