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Su majestad pone la música, de Víctor Hugo Martínez | Juan Carlos Reyes

Broca y Wernicke

 

Víctor Hugo Martínez, Su majestad pone la música, La Cleta Cartonera, Cholula, 2015, 110 p.

Llene un vaso de cualquier líquido hasta el borde: seguramente no le es ajeno el concepto de tensión superficial del agua. Si mueve el vaso, será fácil que el líquido se vierta hacia los lados. Si lo hace con mucho cuidado, o si antes de hacerlo bebe algún pequeño sorbo para bajar su nivel, su manipulación se facilitará. Si vacía el vaso hasta la mitad, podría casi correr con él en la mano sin incidentes que lamentar. Su majestad pone la música podría ser el vaso que, lleno hasta el límite, logra con toda elegancia contenerse a sí mismo. La metáfora se nubla cada vez que se alarga: el vaso espera ser sacudido, violentado en su lectura, en su lenguaje. Ineludiblemente, el viaje se hace cada vez más arriesgado: el contenido se desborda y nos enfrenta a un texto extraordinario que reflexiona profundamente sobre la propia escritura que se multiplica al alojarse en una narración, de la cabeza como símbolo de la violencia, lo vulnerable y la imaginación desmedida.

Su majestad pone la música, primera novela de Víctor Hugo Martínez (1983), fue publicada hace pocos meses por La Cleta Cartonera. El texto es un caballo desbocado que pareciera que no dejará de correr, embravecido, hasta que se agote por completo, hasta que caiga al suelo rendido de cansancio. Con un estilo sólido y arriesgado, el autor entrega un texto de una genial construcción en donde la narración y la escritura son a la vez fondo y forma. El personaje principal escribe en una libreta, lee una libreta, describe fotografías, escucha a Octavio, un Hyde personal que vive sólo en su cabeza y que constantemente lo confronta de manera violenta. El mismo personaje-Octavio no tiene reparos para intentar intervenir en la escritura del propio texto que leemos: “Pero deberías describir con detalle lo que ocurrió esa vez, chilla Octavio, y a pesar de que me doy cuenta de que es imposible hacerlo callar, creo que tiene razón: hay que narrar con calma, intentar reproducir las minucias porque aquella noche marcó un punto de quiebre en la Historia, en mi historia.”

La historia de Su majestad pone la música es una y muchas a la vez. Un joven ex-profesor de secundaria se sienta en una silla a cortar los boletos de un cine porno en el que conviven personajes entrañables por grotescos: Marta, una mujer que despierta los más ocultos placeres; Elvira –“Uñas grandes, gruesas y además pintadas de colores chillones”–, taquillera con la que el protagonista comparte libros de Historia; y La Trompa, travesti que presta servicios sexuales a los asistentes al cine. Al mismo tiempo, es la historia –“contada” por Octavio al personaje central– de un grupo de escritores resguardados en una buhardilla maloliente que discuten sobre su escritura y otros tantos temas. Es también la historia de un neurocirujano que hizo sus primeros intentos quirúrgicos con perros callejeros, puercos o ratas en la colonia Agrícola Oriental. Y, finalmente, es la historia de un hombre atrapado en un tiempo, espacio y lenguaje específicos: un hombre que ha escapado de la tiranía de su antiguo “príncipe” resguardándose en una remota playa abandonada. A pesar de esto, la historia que edifica Víctor Hugo se expande para ser una misma, para explorar temas desde diversos ángulos, registros léxicos, espacios y realidades.

Víctor Hugo Martínez unifica un complejo entramado narrativo en el que aparece una multiplicidad de personajes que, por momentos, son también narradores, mientras en otros casos hablan a través del protagonista de la historia. Historias dentro de historias, una mise en abyme que va del neurocirujano, padre del protagonista que al operar a Bernardo, un joven que toca el redoble en bodas y fiestas de Zacapoaxtla, piensa en Evgeny Kissin, “la bestia rusa de dieciséis años” –el pianista ruso conocido como niño prodigo que debutó a los diez años con el concierto para piano de Mozart No. 20 en Re menor–, hasta las minúsculas anécdotas que ocurren dentro del cine porno entre clientes y empleados. La extensión de la novela –poco más de 100 páginas– hace que cada párrafo signifique, busque ser reinterpretado, contenga líneas, palabras, referencias que en verdad son pistas para entender historias enteras.

Una de las características que más valoro de la novela es el extraordinario manejo de registros lingüísticos: un narrador atrapado entre los lenguajes de su vida anterior y la presente; la escritora que cuenta una historia de abuso infantil –“Luego hay un espacio en blanco y luego tengo en la boca la cosa del señor y una mano tomando mi coleta (…) la carne del señor sabe a queso (…) ¿ya ves?, ¿ya ves lo que pasó, mi amor?, y luego: límpiate y no le digas nada a tu mamá para que no te regañe”–; Octavio como un alter ego mordaz y sarcástico; el hablar de La Trompa dentro del cine porno y, por supuesto, la mezcla de español colonial –obtenido del usado en las cartas que los colonizadores enviaban a España– en la segunda parte de la novela. Como ejemplo, un párrafo en el que dos de estos registros se mezclan hasta difuminarse entre sí:

Y aquí sigo sentado en esta misma playa, con ojos rojos porque no ha llegado el sueño, y junto a mí, entre mis cosas, miro aquella caja y aquel libro que en la ínsula de las pata negra hallé. Y frente al mar hay una cortina negra que impide pasar la luz y, junto a ella, un espejo grande para mirarse todo el cuerpo y escucho las cautas voces de los que pagan sus boletos y a mi nariz la marejada lleva el tufo de los infectos frutos de Poseidón y miro a la Trompa hacer una mueca repulsiva frente a un cliente y parece absurdo que todo haya ocurrido apenas ayer.

Podría decir que la novela está dividida en dos partes, pero creo que dicha aseveración pecaría de simplista. Si bien es cierto que podría parecer que la novela tiene dos partes, me parece que se unen de manera formidable. Sin duda es una continuidad difícil de seguir, pero una vez que se entra y se entiende que pueden ser –¿son?– la misma historia, el contenido se reconfigura y las metáforas y espacios se van haciendo familiares. Hay pistas –sería absurdo anotarlas aquí– de que es el mismo narrador en ambas secciones. El cambio de registro lingüístico, espacio y tiempo parece indescifrable: ¿lo está escribiendo el protagonista?, ¿es una pesadilla?, ¿lo está dictando Octavio?, ¿es un conjunto de alucinaciones producto de una mona de solvente como las de Marta?

Temáticamente, me parece que el texto tiene columnas que sostienen la aguda construcción de una realidad muy próxima de la que el autor logra tanto acercamientos minuciosos como sobrevuelos en los que casi es indistinguible lo particular de los mundos referidos. En un principio, el lugar central que todo el texto le otorga a la cabeza, al cerebro, al pensamiento mismo por medio de referencias tanto directas como metafóricas. Por otro lado, una importante referencia a la relación existente entre lo erótico y lo violento: a fin de cuentas, no es casualidad que el protagonista se pase la mayoría de la narración-lectura-imaginación sentado en la entrada de un cine pornográfico, frontera entre la realidad y la fantasía, si es que existe alguna. Finalmente, encuentro una reflexión compartida entre la espera y el escape, así como entre el acto escritural y la necesidad de transformación. Casi todos los personajes están esperando una insensata redención que les permita escapar, aunque de manera imaginaria ocurra, de un mundo tan cruento como real. Tal vez, Su majestad pone la música se trata de una “microhistoria”, por algo será que refiere a Luis González y González, en el sentido que los historiadores lo usan –particularmente desde Pueblo en vilo, del mismo Luis González–, es decir, no una historia de poco alcance o envergadura, sino una historia tan individual e íntima que necesita muchos ojos para interpretarse.

Perdió la cabeza. Habrá que cortar cabezas. Está mal de la cabeza. No sabe dónde dejó la cabeza. Tiene la cabeza en los pies, y otro sin fin de expresiones que nos hablan de la enorme metaforización que la palabra ha sufrido hasta resignificarse como el centro de control de emociones, razón, sentimientos, miedos o prejuicios. No es gratuito que desde el Timeo, de Platón, se diga que “la cabeza humana es la imagen del mundo”: una bóveda circular y hermética en la que los astros y pensamientos se reflejan y pasean.

En Su majestad pone la música, existen innumerables referencias a la cabeza como signo y realidad. Situar una novela en el México contemporáneo y hablar de mujeres asfixiadas, cuerpos decapitados y cabezas flotantes no me parece gratuito. En el fondo, Víctor Hugo Martínez hace también referencia a la violencia que cualquier ataque hacia la cabeza, de nuevo como signo, implica. Por poner un ejemplo: Sergio González Rodríguez menciona en El hombre sin cabeza que, cuando a finales del 2008 México había alcanzado cerca de cinco mil doscientos ejecutados por el crimen organizado, 170 de éstos habían sido decapitados.

En un pasaje alucinante, el hombre escondido en una playa lejana sueña que la cabeza de su padre flota frente a él para regañarlo. La cabeza se multiplica en otros sueños hasta que el individuo acaba haciendo malabares con tres cabezas cercenadas. Si bien la cabeza flotante del padre del narrador tiene un tono irónico, casi absurdo y cómico –“Era un sueño empañado donde aparecíase la cabeça de mi padre y reprendíame por la nueva guarida tramada con pereça y mente atolondrada” –, la referencia se repite a lo largo de la novela con otras intenciones. Un neurocirujano practica, de niño, en la cabeza de animales para después, ya como un médico adulto, lograr “calmarse y pensar que aquel amasijo de pellejos y hueso unido al cuello de Bernardo no es más que la cabeza de un marrano o de un perro puesta sobre su mesa de trabajo”. De una manera parecida, cuando el protagonista comete un asesinato ahorcando a su pareja, la relación con la cabeza es muy clara: el cuello como un puente que, de ser cortado, impide la llegada a la sagrada parcela del encéfalo.

En la novela es importante la cabeza como símbolo externo, pero también lo es, tal vez en mayor medida, como el receptáculo del cerebro: ideas: trastornos: imaginación: fantasía. No es casual que el protagonista tenga, si lo vemos de manera ligera, un “amigo imaginario”, o algún trastorno de personalidad si somos más pesimistas. Lo interesante de ello es la manera en que el autor logra construir ambas personalidades como entidades separadas que conforman a un mismo individuo. Y como si de un reflejo se tratara, en la segunda sección de la novela, cuando el cambio de registro y diégesis cambian radicalmente, utiliza nuevos recursos para reconstruir el asunto. Dice el narrador: “Había de contar que antes de llegar acá, siervo fui del príncipe duplicado (…) De fuirme de esas dos cabeças del príncipe siamés quien, fullero, usábame de heraldo de su perversión, emisario de su desenfreno (…) mi señor el príncipe duplicado, el siamés, a quien luego un tudesco buscaría satirizar en novela.” Valga el mismo ejemplo para reafirmar la serie de referencias que Martínez esconde en su novela: cuando habla de un “tudesco” y su novela, seguramente se refiere a Georg Christoph Lichtenbert, escritor alemán del siglo xviii, de quien, tras su muerte, encontraron bajo llave, en un mueble viejo de su casa, fragmentos de una novela llamada El príncipe duplicado.

Ahora unas preguntas: ¿Usted le dedica poemas o masturbaciones a su estrella porno favorita? ¿Ambos? ¿No ve porno? ¿No tiene una estrella favorita? Qué preguntas tan personales, groseras, imprudentes, violentas… Pero, ¿no es en parte de “eso” de lo que trata la pornografía? ¿No es en ese violentar lo erótico donde reside uno de sus más caros fines? ¿No existe ahí todo menos sexo? ¿No es el simulacro por excelencia? Para Su majestad pone la música no hay mejor escenario que el cine porno: porque no lo es. Me explico: sí es cine porno, pero no es el escenario de la novela. Poco pasa dentro de la sala de proyección. Hay una pared que el autor decide no cruzar más que en contadas ocasiones, ya que lo que le importa es la espera, el sinsabor del que se sabe justo en la línea entre el gozo y el aburrimiento. No busca simulacros, sus personajes no buscan rubias multiorgásmicas con pubis depilados y senos gigantes disfrazadas de colegialas deseosas siempre del embate de innumerables falos. Los personajes se conforman con vivir una realidad cruda y áspera: con existir. Una mujer, horrible, que cobra en la taquilla; otra, igual de fea, que limpia los baños; un boletero bipolar desencajado de su propia vida, o un “ruco gordo que atiende el Oxxo y por las tardes es la señora que cobra a ochenta la mamada y a ciento cincuenta el palo”.

Lo violento y lo erótico son una sola cosa en la novela de Víctor Hugo. La relación que el protagonista tiene con Marta lo demuestra. El comienzo es un juego con pequeños golpes, con simulaciones de abuso sexual, con algunas cachetadas, pequeños juegos de asfixia erótica; el final es una puesta en escena, un dibujo grotesco y explícito de Hans Bellmer. Dice el narrador: “un cuerpo a mi merced para el ejercicio de la violencia. Una violencia brutal pero en los límites del silencio. Entre sueños fingidos me dijo que la golpeara en la cara, que le pusiera en toda la madre. Dos buenas cachetadas retumbaron en el aire miserable…” Y Bataille contesta: “El terreno del erotismo es esencialmente el terreno de la violencia.” René Girard añadiría un tercero, una triangulación mimética del deseo. Y el narrador contestaría, molesto con Octavio: “Porque el deseo es una construcción social y el placer y la excitación son puro mimetismo, dice el cretino de Octavio”; pero siendo sincero consigo mismo: “Cabía también la posibilidad de que nuestra relación fuese un constante espejo: yo me excitaba al verla excitada y ella seguía avivando su excitación con la mía. Ad infinitum, y quizá en ese reflejo estaba el secreto de lo que llaman amar a alguien.”

Con sinceridad, digo que del texto de Víctor Hugo no me convence un único asunto. Aunque el autor se pregunta en algún momento “¿Significa que el sujeto está condenado a permanecer en la ruindad a la que el tiempo lo obligó?”, me parece innecesario que de pronto emplee reflexiones que suenan a simple introspección moralizante. Como cuando se refiere a la mamá de Marta: “Platiqué con ella, era una vieja como casi todas las de su clase social, de su tiempo y de su espacio: conservadora, hipócrita y estúpida, con una sensibilidad configurada por Televisa, telenovelas y talk shows. No era su culpa. En el fondo, nunca es culpa de nadie.” Considero que párrafos como este –muy pocos en realidad– parecen de otra novela mucho menos arrojada y de la osadía características de Su majestad pone la música.

Un asunto casi final: celebro que una editorial independiente publique un texto de tan altísima manufactura, a la vez que aplaudo que el autor confíe su texto a una editorial como La Cleta Cartonera que, por razones evidentes, tendrá una distribución, siendo optimistas, menor. Lo importante, me parece, es que tal vez sea ésta la función de este tipo de editoriales: apostar por textos exigentes que hablen por cuenta propia. Tanto los editores como el autor realizaron una decisión valiente y acertada. Víctor Hugo Martínez es un autor joven preocupado por el lenguaje, por la narración, que apuesta por jamás menospreciar a su lector y pedirle que lo siga en un viaje complejo, a ratos cruento, real y alucinante. Un escritor con señas de clara madurez y con un oficio sólido e inteligente. Valga como ejemplo el comienzo del tercer capítulo en donde Martínez emplea como epígrafe versos de un poema de Efraín Huerta “Era un caballo rojo, galopando sobre el inmenso río”, para después empezar su narración como una continuación de los versos de Huerta: “Así es, después del primer corte, el alazán brinca despavorido y comienza su galope aterrador.”

Y a todo esto, ¿quién es “su majestad”? Y ¿por qué pone la música?. Dice el narrador: “Nada hallé para yantar, mas en un lugar bajo la arena dos cosas estrañas vide. La primera, una pequeña caja de delicado material sobre el que rezaban cristianas letras valproato semisódico y junto a ellas dos o tres niñerías más. La segunda, un espantoso libraco con las fojas inusitadamente unidas. El idiota titulábase, mas el nombre del autor era borrado por la edad y abandono del libro.”

Cito el anterior pasaje porque me da una pista entre otras muchas posibles. El valproato semisódico es la sustancia activa en medicamentos utilizados para el tratamiento de ataques epilépticos y, en casos más graves, para padecimientos tan complejos como el trastorno unipolar depresivo o el bipolar maniaco depresivo. Las demás pistas están entre las páginas de la novela.

Como bien lo muestra el texto, intentar descifrar lo que ocurre en nuestras cabezas, hacer un esfuerzo por penetrar en lo más profundo de nuestro inconsciente plagado de oscuros callejones, es someterse a un desaforado ejercicio cuyos resultados serían imposibles de pronosticar. Sería como “jugar a las sillas” en un cuarto vacío sin dónde sentarse, y en donde sólo su majestad pone y quita la música a placer.

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