desterrados

Sombras al lado del camino | Por Gregorio Cervantes Mejía

Eduardo Antonio Parra, Desterrados, Era/Universidad Autónoma de León/Universidad Autónoma de Sinaloa, México, 2013, 160 p.

El destierro, la expulsión del lugar de pertenencia, fue durante siglos un castigo severo, pues implicaba no solo el alejamiento físico de un territorio, sino también el rompimiento de los vínculos con la comunidad de origen.
Pareciera, en estos momentos, que los movimientos migratorios (voluntarios o forzados) han socavado, si no es que dejado en desuso, el sentido de “destierro”, porque si bien en la migración está presente la separación del lugar de origen, no implica una ruptura definitiva. El migrante conserva la posibilidad de reestablecer los vínculos y los canales de comunicación con el terruño y la comunidad. Existe, en el movimiento migratorio, la posibilidad del regreso que, tarde o temprano, podrá cumplirse.
Al migrante es posible esperarlo, extrañarlo, incluso mantener un intercambio constante de comunicación.
El desterrado, en cambio, se vuelve innombrable. El destierro implica una separación absoluta con la comunidad. El desterrado carece de posibilidades de volver, de mantener o recuperar cualquier forma de contacto con su antigua comunidad, a menos que sea clandestina. Desde el momento mismo de su expulsión, el desterrado deja de estar en la tierra.
Eduardo Antonio Parra (León, Guanajuato, 1965) recupera esta connotación dolorosa en los quince relatos reunidos en este volumen, pues los personajes que pueblan el libro se encuentran, por diferentes circunstancias, arrojados del mundo, condenados a habitar territorios ajenos, hostiles, límbicos, desde los cuales intentan recuperar sus vidas, ya sea a través de una reinvención de sí mismos, de la reconstrucción de la memoria personal, de incursiones clandestinas o violentas en el mundo del que fueron expulsados o de acontecimientos casi milagrosos.
Por esta situación, en ocasiones sus personajes se muestran más como espectadores que como protagonistas. Seres condenados a ver pasar el mundo ante ellos, pasivos, anhelantes, invisibles: “porque a lo mejor nos conformaríamos con que nos vieran, nomás con eso, nos daría algo de contento que al transitar por aquí por donde está la poquita gente que vaga en el desierto detuvieran aunque fuera una nada su loca carrera hacia donde van y giraran a medias la cabeza pa plantar en alguno la vista, sí, la vista, porque una sonrisa o un saludo sabemos que sería mucho pedir, nomás una mirada, aunque fuera rápida, un brillo en las niñas de los ojos que nos hiciera sentir que de veras estamos aquí, que de veras existimos y no somos las ánimas sin vida que en veces creemos ser y que es como nos vemos entre nosotros” (“En la orilla”).
A lo largo de las historias contenidas en Desterrados, los personajes tienen ese tono fantasmal. Se mueven como ánimas o, en el mejor de los casos, como intrusos. Seres ajenos a la región donde han sido arrojados, incapaces de comprender ese lugar que ahora habitan.
Es el caso de “La madre del difunto”, donde el cadáver de un desconocido, descomponiéndose en la cárcel de Vallecillo se convertirá en el elemento que le permita a Lauro volver a vincularse con su madre fallecida y con el pueblo del cual salió en su juventud. Un proceso lento y doloroso, durante el cual los recuerdos del personaje van levantándose por sobre el polvo y el abandono del lugar.
Un proceso similar, más violento, ocurre en “Un diente sobre el pavimento”. Decidido a alejarse del mundo del crimen organizado, y a dejar de matar, Bernabé se oculta en la ciudad de México, donde descubre que sus viejos instintos de sicario son insuficientes para un mundo cuyos códigos le resultan desconocidos: “Entonces supo que su cuerpo seguía siendo preciso y estaba más alerta que su mente, pero que debía aprender a reinterpretar las señales ahora que había cambiado de ámbito. Se llevó la mano a la nuca, y al tocar la herida llena de sangre lo envolvió un estremecimiento de alivio.”
¿Cómo adaptarse a las nuevas condiciones? ¿De qué manera recuperar aquello que se ha perdido? Los protagonistas de estos relatos parecen acuciados por estas dos preguntas, de manera casi obsesiva. Buscan diferentes maneras de romper esas circunstancias que los asfixian, de acercarse lo más posible a esa gloria que consideran (saben) de antemano perdida. Y a pesar del tono fatalista presente en los cuentos, no cabe la resignación. Ni uno solo de los seres que pueblan el mundo que Parra ofrece en este libro está dispuesto a resignarse. Buscan y encuentran aquellas rendijas por las cuales puede colarse un poco de oxígeno a sus vidas.
En “La costurera”, la educación varonil de René, quien crece rodeado de mujeres solas, resulta salvada por María José, la ayudante de su madre en el taller de costura, una mujer fea, hombruna, “una quedada” (como la califican las mujeres de la familia). Además de comprarle ropa y juguetes pata niño, la misteriosa costurera inicia también a René en su vida sentimental y sexual: consejos sobre cómo vestir, cómo acercarse a las mujeres y enamorarlas, generan también una serie de situaciones cómicas que dan agilidad al relato y equilibran su atmósfera.
Si bien este tono humorístico predomina en “La costurera”, no está ausente del resto de los relatos del libro. Parra lo utiliza con frecuencia en otras historias, desde situaciones tragicómicas y casi milagrosas, como el paseo nocturno de Rebeca y Mateo en “No hay mañana”, hasta sucesos absurdos como la construcción de un puente peatonal sobre una carretera que cruza el desierto en “En la orilla”.
Pero cualquiera que sea el subterfugio utilizado por los protagonistas para volver a la tierra anhelada, queda siempre un dejo de frustración, de que el vínculo sigue trunco y lo conseguido es apenas un sucedáneo.
Así ocurre con Mariano y Lucrecia, los protagonistas de “Paréntesis”, durante su encuentro en el restaurante del hotel donde se hospedan. El deseo, oprimido por los compromisos y temores de los personajes, se convertirá en una fantasía erótica entremezclada con la comida, y que apenas puede ser entrevista por el intercambio de miradas, por insinuaciones, por reacciones físicas apenas perceptibles.
Y también con “Nunca había oído la letra”, donde una mujer irrumpe en una cantina con la intención de encontrar la canción que su marido le pidió, antes de morir, que le cantara: “—No entro en este tipo de lugares. No entiendo de música. No hablo con extraños. No hablo con nadie. Pero el dolor y la tristeza. Lo empujan a uno. Tampoco él hablaba. Ni hablará más. Ya no hay remedio. Han sido muchos años de silencio. ¿Me entiende? Y en el último instante me lo pidió. Quería escuchar esa canción. No tengo oído. ¿Cómo iba a sabérmela? A pesar de que él siempre la silbaba, no pude. Ni siquiera sé silbar. Apenas puedo tararear alguna melodía de mi juventud. Pero ésa no.”
Justo en el centro de este mundo de seres expulsados hacia territorios que les resultan ajenos y hostiles aparece “El festín de los puercos”, quizás el cuento más terrible del conjunto ofrecido por Parra en Desterrados. El relato reconstruye la participación de Heriberto Frías en el aplastamiento de los rebeldes de Tomóchic, Chihuahua, en 1892.
Al reconstruir la génesis de la novela que años después escribiría Frías, Parra explora el escenario y las situaciones a las que el novelista decimonónico debió enfrentarse en aquella incursión militar.
Con un lenguaje preciso y económico, Parra muestra la desolación de un Tomóchic derrotado, donde una piara de cerdos da cuenta de los restos dejados de la batalla precedente. “Mientras escuchaba los insultos de la tropa, vio a través del tubo cómo un grupo de cerdos se cebaba en un cadáver: arrancaban trozos, se los disputaban hocico con hocico igual que hienas, se lanzaban tarascadas unos a otros con el fin de ahuyentarse. Las bestias cobardes rehuían la pelea, pero pronto hallaban otro cuerpo caído para hozar en él.”
Mientras en el resto de los cuentos del libro la violencia, si aparece, lo hace en forma soterrada y deslizándose apenas como una corriente subterránea, en “El festín de los cuerpos” está por completo expuesta y, tal vez, justo por eso se abre la posibilidad para que el personaje Heriberto reflexione más allá de sus circunstancias personales y de los acontecimientos inmediatos que vive.
“El rostro, el cuello, todo su cuerpo está empapado, pero no a causa de la llovizna, sino por el sudor amargo, apestoso, que desdibuja los otros olores en torno suyo. Incluso el olor de los cadáveres. ¿Para esto entraste en el Ejército, Heriberto?, se pregunta. ¿Para esto dejaste los libros? Eres un imbécil. Deseabas vivir el heroísmo y hasta ahora nomás has visto cómo caen los verdaderos héroes asesinados por ti y por tus compañeros de armas. ¿Esto es la gloria? Quizá. ¿Y entonces el miedo que no te permite moverte, que te inutiliza para cualquier otra cosa que no sea jadear mientras piensas en la muerte? Carajo, malditos tomoches. Malditos puercos.”
Quizá como lo plantea el cuento inicial, “El caminante”, el lector que recorre las historias de Desterrados no sea más que eso: un viajero cuyos puntos de origen y destino son borrosos, se han velado a lo largo del trayecto y, por eso, no tiene más opción que seguir avanzando, pues cada punto alcanzado no será sino el comienzo del siguiente tramo de la ruta.

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Escrito por: Gregorio Cervantes Mejía

(Puebla, 1970), actual­mente es redac­tor de la revista Crítica, de la Ben­emérita Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla. Es autor del libro de cuen­tos Cam­bios de Estación (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla, 2001). Fue inclu­ido en las antologías Los mejores cuen­tos mex­i­canos, edi­ción 2002 (José de la Col­ina, ant.; Joaquín Mor­tiz); Antología de nar­radores en Puebla, Insól­i­tos y Ufanos (Jorge Arturo Abas­cal Andrade, ant.; UAP, Méx­ico, 2003); De claro en claro… Cuen­tos sobre el Qui­jote (AA. VV., Edi­ciones de Edu­cación y Cul­tura, Méx­ico, 2005); Fuego cruzado. Jóvenes nar­radores de la zona cen­tro del país (Fondo Regional para la Cul­tura y las Artes, Zona Centro/Conaculta, Méx­ico 2006). Fue jurado del Segundo Con­curso de Cuento Joven Ale­jan­dro Mene­ses 2007, con­vo­cado por Edi­ciones de Edu­cación y Cul­tura. Desde el ver­ano de 2006 imparte un taller de cuento en la Casa del Escritor de la Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla. Fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes de Puebla en el peri­odo 1994–1995.