9786074454260

Rosas negras, de Ana García Bergua | Rosana Ricárdez

Escarabajo encandilado

 

Ana García Bergua, Rosas negras, Ediciones Era, México, 2015, 201 p.

 

La originalidad ha sido y será uno de los temas al que podamos referirnos cuando hablemos de literatura: que si éste me remite a aquél, que si el tráfico de ideas es el único reino real de este mundo, que si mis referentes exclusivos son también los varios miles de escritores en el mundo. Al final, la literatura seguirá tratando del cómo. Rosas negras es eso. Un cómo no sólo ameno sino divertido, con mucha ironía y con una precisión asequible sólo para la ficción.

Tras La bomba de San José (Era, 2012), asocié a Ana García Bergua (México, 1960) con una prosa humorística inteligente –¿será mucho cliché decirlo así?–, planeada y ordenada. Supuse a una autora divertida que gozaba al crear historias. Así pues, a juzgar por los resultados, resultaba auténtica por traslucir naturalidad en el humor. No parecía costarle trabajo, lo cual no querría decir –¡faltaría mayor candidez!– que no hubiera mucha labor tras la novela. El asunto está en que esta novela, que tiene ese sentido del humor e ironía, fue publicada por primera vez por Plaza&Janés en 2004 y ahora es reeditada. En realidad, Rosas negras deja ver ya ese humor que sólo se ratifica en La bomba de la San José. El orden de los factores sí altera el producto. El humor estaba presente desde antes.

Entre la publicación de una y otra novela median ocho años, periodo en el que la autora publica Isla de bobos (Planeta, 2007) y dos libros de cuentos: Edificio (Páginas de espuma, 2009) y El limbo bajo la lluvia (Textofilia, 2014). Edificio, por ejemplo, es una mirada múltiple y contemporánea de la forzada vida en comunidad desde los edificios, una forma moderna de las vecindades o los conventillos; la mirada de las urbes donde la vida privada atraviesa dificultades para mantenerla. Esos ocho años no difuminaron la veta humorística en una escritura contemplativa y crítica de los acontecimientos de un país, pues de nuevo encontramos una similitud: tanto Rosas negras como La bomba de San José se desarrolla en un momento histórico con un fenómeno político particular e identificable, el Porfiriato en una, el priismo en otra (¿o será el mismo fenómeno político sólo que ilustrado de manera diacrónica y con un par de modificaciones en la nomenclatura?).

Pero la literatura no es historia; es mucho más creativa e hilarante. En Rosas negras, García Bergua juega con las fechas y, por lo menos, con cuatro fenómenos que identifico: el modo de vida de la población bajo el control militar; la eterna lucha de clases y el nacimiento de acciones subversivas; la curiosidad por vidas más allá de ésta y la conciencia de ser y estar en el mundo de una mujer.

Comienzo por esto último. La novela narra la historia de un matrimonio roto por la muerte. Ante el deceso del esposo, la viuda es forzada a hacerse cargo de sí –nunca antes hecho, huérfana de padre y madre abandonó el cobijo de una tía para casarse- como de una mueblería. Guapísima y jovencísima, es asediada por vivales antiguos amigos del esposo, quienes además atesoran su fortuna. Sibila llega a desarrollarse como personaje y muta de forma verosímil, planteándose preguntas sobre su vida y proceder ahora que debe llevar la batuta de su vida y la empresa. Por ello es una novela de formación, donde toma y desecha consejos de amigas, se deja influir por las portadoras de las buenas costumbres y termina por llevar a cabo su santa voluntad ante el asedio de hombres de distintas edades pero con una sola intención: poseerla. Poseerla toda: su cuerpo, su mente, su belleza, su juventud, su energía, su elegancia, su porte, sus caricias, su reputación, su fábrica.

La principal dificultad de Sibila es el fantasma de su esposo, no sólo en sentido figurado sino literal. La escritora ilustra perfectamente la idea del fantasma de alguien cuando, aún muerto, sigue presente entre los vivos. La vuelta de tuerca es que este muerto sí está en este mundo y su espíritu habita esta dimensión, no obstante de forma limitada en tanto únicamente vive a través del candil eléctrico del restaurante donde sufrió el paro cardiaco. El muerto es el alter ego de todos los que alguna vez han querido saber más de la vida de los otros, meterse en sus conversaciones, conocer sus secretos sin ser advertidos.

En el plano literario, Bernabé Góngora es un personaje narrador con vista privilegiada, por encima de la de cualquiera, aunque nunca llegue a ser –y ése es su drama– el narrador omnisciente que desea, ése que lo ve, sabe y abarca todo. En él se revela una constante tensión entre presente y pasado, el anhelo de gozar de nuevo las delicias de la carne –la comida y el cuerpo de su mujer– y el de conocer los secretos de otros, incluidos quienes en vida se dijeron sus amigos. Él es la representación del anhelo humano de ser y saber de más, pero también del miembro de un sistema: un explotador de obreros, astuto –dentro y fuera de casa– y con cierta gracia, además de gordo y goloso; un burgués de provincia mexicana de fines de siglo, beneficiario del sistema político imperante.

El mal de Sibilia estriba en que acaricia literalmente a su esposo convertido en cenizas, preserva su memoria al conservar la urna pensando que se encuentra allí (no imagina que su paradero es el restaurante El Candil de Hamburgo), a grado tal que fetichiza la urna. Es de manera paulatina, y gracias a la posibilidad de un enamorado, que logra despegarse. Pero el amor con el mesero es más idílico que real, con escasas posibilidades de concretarse, pese a las miradas y los roces de manos. Ese enamoramiento le sirve para asirse y tomar decisiones que pueden ser atisbos de una insurrección femenina, una especie de feminismo muy temprano. De hecho, de haber nacido en Francia unos cuántos años después, Sibila hubiera podido formar parte de las feministas encabezadas por Simone De Beauvoir. No obstante, su realidad es que nació en San Cipriano, un pueblo en todos y en ningún estado de la República Mexicana de fines del siglo xix.

Si he de aventurar otra lectura, Sibila bien puede representar el nacimiento y la muerte de ideas, nacimiento de mujeres con posibilidades de tener conciencia de sí, pero que mueren sin que ello se concrete y sin descendencia. Más aún, una nación a comienzos de siglo que, cuando está a punto de nacer, muere.

¿Dónde reside la magia de la novela? En el humor al plantear estos temas y diseminarlos hasta que encuentran pares para dialogar, pares que resultan acontecimientos diversos que cambian la forma de ver y estudiar los fenómenos. A fines del siglo xix y principios del xx el psicoanálisis se despliega por el mundo. Poco a poco se revelan los pliegues de una disciplina que, al menos en San Cipriano, se conjuga con prácticas espiritistas y modos de tratar la histeria femenina. En ese terreno se mueve todo: espiritismo, psicoanálisis y medicina.

La reflexión acerca de la trascendencia del cuerpo ocupa un lugar importante en los personajes de la novela, en el muerto y en los vivos, y en los vivos que parecen muertos: la tía de Sibila, el médico charlatán y reprimido –con una obsesión de autocontrol– y su esposa insatisfecha, por ejemplo.

Cada personaje, con su fantasma a cuestas, logra rendirse ante el misterio y la curiosidad por lo que pueda existir después de la muerte. Y cada uno encuentra una respuesta a la altura de su posibilidad. El territorio de los encuentros espiritistas es el único lugar capaz de congregar las diversas clases sociales descritas, pues ahí el requisito es poseer inquietud intelectual.

Es clara la descripción de los estratos sociales: desde el dueño de una mueblería hasta el obrero, pasando por el militar pero también por el mesero. Cada personaje engloba los males y pecados de su clase: la pereza de unos y la audacia de otros. Pero más allá de eso, la autora traza el perímetro de otras pasiones: el ansia de alteración del statu quo. En el caso de Sibila, la alteración del papel de la mujer establecido por la sociedad; y, en el caso de los obreros, la alteración de la forma de emplearse y de sujetarse al dueño de los negocios, incluso si ello nunca se concreta. Es curioso que el único personaje vinculado al arte, el poeta, esté trazado desde un oportunismo y arribismo exacerbado, más cerca de un sofista que de un artista.

En lo que a Sibila concierne, el personaje deambula desde la mujer-ángel del hogar hasta la femme fatale, aunque no del todo libre en el ámbito sexual pero sí en el intelectual –con la promesa de alcanzar el primero–. Se vislumbra en ella un despertar a la sensualidad, sin dejar de lado las características bíblicas de la mujer virtuosa: sabia, hacendosa, solícita, que “Busca lana y lino, Y con voluntad trabaja con sus manos […] Trae su pan de lejos. Se levanta aun de noche, Y da comida a su familia […] planta viña del fruto de sus manos”; y además bella, pues  “no es engañosa la gracia ni vana la hermosura”.

Rosas negras tiende lazos con referentes literarios y periodísticos, por lo que transita entre la novela de folletín y la crónica (no en vano la segunda frase de la novela es “El día en que murió, Bernabé Góngora comía un ossobuco en el restaurante…”). La intriga del cómo estos géneros conviven marca la pauta para desencorsetar la novela y llevarla a transitar por una prosa fluida y que provoca risa, sea por la gravedad o sea por lo absurdo de los acontecimientos. No sólo es un mundo verosímil sino muy divertido desde las primeras dos páginas, donde el lector puede engancharse gracias al enorme escarabajo atrapado en un candil eléctrico. Porque eso es Bernabé: un enorme escarabajo “tan desguanzado, tan grande le parecía en comparación a la idea que el espejo le solía dar de sí mismo cuando se vestía en las mañanas”, muy distinto de la idea de sí en vida, tal como cualquier humano.