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Reseña de `La bomba de San José´ de Ana García Bergua

Contra la carcajada fácil

De vez en cuando algún reseñista o crítico pone sobre la mesa la solemnidad de la literatura mexicana. Este reproche se hace cuando se analiza la tradición del género humorístico en el país y la poca atención que le dedican los autores contemporáneos. Parecería que el canon privilegia las obras plenas de simbolismo, de referencias intelectuales, juegos reservados para la academia. Los humoristas pasan como excéntricos que, simplemente, evitan hablar de asuntos más serios. Estos elementos me vinieron a la mente después de leer La bomba de San José, novela de Ana García Bergua (México DF, 1960), porque no había sido afortunado mi encuentro con obras publicadas en los últimos años que se promovían como humorísticas pero que, para mi gusto, sólo se quedaban en la caricatura. A contracorriente de la carcajada fácil vinculada a lo grotesco o la tendencia que lleva al extremo una trama hasta volverla inverosímil, La bomba de San José apela a una interesante construcción de personajes y a una historia que va in crescendo hasta desembocar en un carnaval del que nadie sale ileso. Antes de dar más referencias sobre el tema principal, debo señalar la habilidad de la autora para hilar un discurso creíble cuyos matices abarcan la oralidad, la confesión, la sátira y las claves de un misterio que, página tras página, alarga su resolución dejando enganchado al lector hasta las últimas páginas.

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La historia, ubicada en los sesenta en la ciudad de México, comienza en boca de Maite, una mujer de clase media, descendiente de españoles, casada con Hugo, un publicista que se siente atrapado en un matrimonio que lo aburre y que obstaculiza sus sueños de grandeza. Como desahogo tiene la costumbre de escapar de casa para ir con sus amigos de juerga a algún paraíso vacacional. Hasta aquí, con estas fichas del juego, se podría pensar en una trama predecible en la que Maite adopta con facilidad el papel de víctima, muy a tono con las mujeres de la época que dejaban sus sueños con tal de conservar un matrimonio estable ante los ojos de la sociedad. Sin embargo, en las primeras páginas nos encontramos con un dilema interesante: Hugo, después de una de sus correrías, lleva a casa a Selma Bordiú, artista de cine que huye de una amenaza que no explica. La dinámica familiar se interrumpe para girar en torno a Selma, quien recibe todas las atenciones de Hugo. Maite sólo puede aventurar conjeturas y odiarla en silencio por el carisma que conquista a su familia, incluso a Lorenzo, su pequeño hijo. Después de la versión de Maite, tenemos la de Hugo que, en primera persona también, continúa la historia de la estrella de cine que lo encandila y que sigue ocultando la razón de su exilio.

Hasta este punto tenemos un planteamiento interesante: la esposa que pasa por distintos estados de ánimo provocados por la presencia de la intrusa y el marido que se vuelve loco tratando de protegerla. Poco a poco entran en el escenario Néstor y La Rana, compañeros de trabajo de Hugo que van ganando protagonismo. Un buen día se les ocurre escribir un guión para continuar la carrera de la estrella caída en desgracia y la casa se llena de oportunistas, directores de cine y admiradores. Sin embargo Selma Bordiú desaparece y Hugo se enfrasca en una disparatada investigación para dar con su paradero: se mete en problemas y lo golpean en un hotel donde cree encontrarla. Como elemento final se suman dos personajes misteriosos, ligados con un político, que presionan a Hugo para realizar la película y que en realidad también andan tras los pasos de Selma. Las peripecias se acumulan aderezadas por un humor sutil que abarca a todos los personajes y que basa su efectividad en sus justificaciones: las de Maite, por tolerar a un marido que la ignora; las de Hugo, por seguir sus instintos románticos con su estrella perdida pero olvidando por completo a su familia. Estas características vinculan La bomba de San José a la sátira que explotaron autores mexicanos como Jorge Ibargüengoitia o, antes de éste, José Tomás de Cuéllar. Este último se caracteriza por la creación de personajes que representan los defectos del México que trataba de consolidarse como nación después de la larga lucha independentista: el escalador de posiciones, sacerdotes manipuladores, señoritas que buscan un buen marido para conservar su estatus social. Esta mirada, a pesar de la moraleja de la época, se aleja de juicios sumarios o fáciles y deja en libertad a los protagonistas para enfrentarse a anécdotas que revelan sin pudor sus miserias. Ana García Bergua, al igual que José Tomás de Cuéllar, sigue a sus protagonistas con la acumulación de anécdotas atractivas y añade un punto muy importante: un proceso de transformación, de autodescubrimiento que lleva, a la postre, a Hugo y a Maite en direcciones irreconciliables. Estas características demuestran una de las virtudes de La bomba de San José: los personajes se mueven de forma natural, siguen sus pulsiones y no se limitan a un camino delineado con anticipación por el escritor. Si hay muchas novelas acartonadas con personajes que, en vez de hablar, emiten discursos y frases dignas de una antología filosófica, en la novela de García Bergua hay un uso efectivo de lo coloquial que no olvida elementos importantes como el ritmo, los juegos de palabras y las imágenes. Esto gana relevancia por el uso narrativo de la primera persona que ofrece una confesión, un discurso íntimo que parece sacado de la página de un diario.

Al ser La bomba de San José una novela que, además de la peripecia, plantea un enigma, no abordaré los detalles finales de la trama para que el lector de estas líneas no predisponga su lectura. Sólo apuntaré que las aventuras de los personajes se complican y se impregnan de una atmósfera carnavalesca: Hugo no sabe cómo contentar a los mafiosos que siguen preguntando por la película y, sobre todo, por Selma Bordiú, mientras que Maite tiene un desarrollo más interesante al salirse de su papel de ama de casa. Lentamente empieza a cambiar gracias a la atracción que siente por Néstor, el compañero de trabajo de su marido que la inicia en la vida social y, en la intimidad, en aventuras sexuales. Otra clave que entra en juego y que redondea la evolución de Maite es el contexto. Ana García Bergua evita un “descubrimiento” simplón, aparecido por arte de magia, al rodearla de la efervescencia cultural de los años sesenta: la ciudad está en plena expansión y, además, es receptora de todo tipo de vanguardias artísticas. Es la época de la lucha política y de las manifestaciones estudiantiles, pero también es el tiempo de la clase media que, sin muchos apuros, puede mantener un hogar, ahorrar y tener vacaciones de vez en cuando. Aquí aparecen como telón de fondo escritores, pintores y cineastas. La cultura deja lo local para tratar de integrarse al primer mundo. Todos los protagonistas se mueven en este grupo que incorpora nuevos códigos: liberación sexual, crítica a las instituciones políticas y a los roles sociales. Lejos están los tiempos de la lucha armada cuando la violencia y el hambre asolaban el país. Además hay otro elemento de los años sesenta que aprovecha la autora: la clase política priista que, para entonces, controla de forma absoluta todos los mecanismos del poder. En la novela aparece en todo su esplendor la cultura de la transa y de las palancas. Los personajes aceptan ese juego ya sea para salvar el pellejo o, en el caso de Hugo, para luchar por el amor de Selma Bordiú. Así como hay vasos comunicantes, en el sentido de modelos de personajes, con José Tomás de Cuéllar, en la mirada incisiva de García Bergua podemos relacionar la obra con las novelas y cuentos de Jorge Ibargüengoitia. Ambos comparten la misma estrategia: el tono que se mueve entre la ironía y la aventura. Conforme se acerca el final, el telón se descorre y deja al descubierto la estrategia de un político priista, consentido del presidente en turno, para realizar una fantasía fílmica que incluye secuestrar al equipo de producción, actores y guionistas. Una vez que se llega al límite, los mecanismos del poder entran en juego para reestablecer el equilibrio necesario para el régimen. Sin embargo, no podemos hablar de una conclusión feliz, en la que se sanan por completo las heridas y todo vuelve al punto de origen. Para la pareja protagonista, aquella que narra la historia, hay un cambio que es irremediable no por la intención de la autora sino por las experiencias ganadas en el camino y que no los llevan a ser mejores sino diferentes. Por esta razón hay un cierto aire de derrota para Hugo y Maite, quienes empiezan caminos separados. Otro aspecto rescatable del contexto que ofrece la autora es la verosimilitud con que retrata a la ciudad de México de hace varias décadas. En vez de esforzarse en la acumulación de objetos, símbolos o marcas para ubicar al lector en la época, se abordan estos elementos no de manera explícita sino en la manera de pensar de los protagonistas y en su desenvolvimiento social. Esto ofrece una imagen mucho más vívida de la ciudad de México y genera, al llegar a la última página, una sensación de nostalgia de aquella época que inició un cambio en el país del que somos herederos. Como apunta el personaje de Carlos, en Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, la capital se transforma, las calles se extienden, las formas de convivencia son distintas.

Al margen del contexto y de los protagonistas principales, el manejo del personaje de Selma es acertado y se puede dividir en dos papeles: el primero, que es más visible, cuando la vemos interactuar con la familia y escuchamos su voz en boca de Maite y Hugo; el segundo comienza con su desaparición. En vez de ofrecer una certeza o pistas claras sobre su paradero, García Bergua mantiene a la estrella de cine como un gancho que conserva el interés en las acciones de los demás protagonistas: sólo hay rumores, dichos, incluso una escena en la que Hugo asiste a la premier de una película para verla en la alfombra roja y, cuando está a punto de hablarle, sucede un atentado que vuelve a enturbiar las cosas. Esto se relaciona perfectamente con el aspecto político de la obra y su crítica: el secreto en que se manejaban los asuntos públicos del país y sólo se pueden hacer conjeturas de lo que sucede tras bambalinas. Hay una red casi infinita de complicidades que apenas se perciben bajo el disfraz de lo cotidiano. Esto se refuerza con personajes secundarios como la tía de Maite, una solterona española avecindada en México que aparenta cumplir un papel conservador, sin embargo pronto se descubre su actividad política al lado de los rebeldes opositores al gobierno franquista en España. Todo este cúmulo de revelaciones ayuda a detonar las motivaciones de la esposa que descubre un mundo anteriormente vedado para ella.

Ana García Bergua

Ana García Bergua

Una vez hecho el recuento, vemos el truco empleado en la novela: al principio funciona la historia de Selma narrada por Hugo y Maite. La pesquisa se desarrolla y, en ese momento, se expande la problemática principal de la pareja. En ambos hay un estire y afloje cuando piensan en su relación. Hugo está más volcado a sus instintos, que intentan moderar sus amigos; a veces siente culpa por su obsesión desmedida por Selma pero siempre encuentra justificaciones que evaden el dramatismo para centrarse —gracias a su cinismo— en una veta cómica. En ese sentido, este personaje luce más opaco que el de Maite ya que su introspección es más limitada. Entonces el peso recae en la mujer que trasciende un papel ingenuo hasta involucrarse de manera activa en la trama tomando decisiones que modifican su trayecto hasta el final. Podría pensarse que hay un aire de feminismo en la novela, si bien es cierto que ella va a contracorriente de las clásicas figuras femeninas en la literatura —seres pasivos víctimas del destino o heroínas impolutas explotadas por el romanticismo—, queda claro desde los primeros capítulos que el personaje evoluciona no por una posición ideológica sino por los escollos en su camino. Ella no es una luchadora solitaria, una vengadora de todas las mujeres: es un personaje que vive un rito de iniciación. No hay derrotados ni vencedores, sólo entes que buscan un lugar en el mundo y que representan muy bien los cambios en la sociedad mexicana con sus pros y contras.

Usualmente se utiliza la frase “se lee de forma fácil y entretenida” para calificar obras simplonas, en las que las acciones se desarrollan como las secuencias de una película de acción. A veces esto se adereza con datos históricos, ideología new age o verdades absolutas que limitan el papel activo que debe tener todo lector. En La bomba de San José encontramos una interesante mezcla de dinamismo narrativo que sirve para hacer amena la historia y que, además, lleva la lectura a varios niveles al pintar un cuadro con matices. Ana García Bergua entiende que la carcajada, para que sea efectiva, tiene que traspasar la superficie de las cosas, explotar situaciones que muevan a la sonrisa pero no quedarse ahí. Así como Rabelais se sirvió de la atmósfera de carnaval para satirizar las costumbres de su época, en La bomba de San José tenemos una exploración incisiva y a la vez sutil de la vida en México en los años sesenta. La carcajada, para que sea efectiva, se transmite, ramifica y redondea.

Ana García Bergua, La bomba de San José, Era/unam, 2012, 339 p.

Texto publicado en la edición 152 de Crítica


Escrito por Ale­jan­dro Badillo

(Méx­ico DF, 1977) es nar­rador, ha pub­li­cado tres libros de cuen­tos: Ella sigue dormida (Fondo Edi­to­r­ial Tierra Adentro/ Conac­ulta), Tolvan­eras (Sec­re­taría de Cul­tura de Puebla) y Vidas volátiles (Uni­ver­si­dad Autónoma de Puebla). Es colab­o­rador habit­ual de la revista Crítica. En 2007 y 2010 fue becario del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes. Tex­tos suyos han apare­cido en revis­tas como Punto en línea de la UNAM, Letralia.com y Tierra Aden­tro. Actual­mente es coor­di­nador del Taller de Creación Lit­er­aria en la Uni­ver­si­dad