Gabriel Wolfson Bio

Profesores, Gabriel Wolfson | Víctor Roberto Carrancá

Extraños placeres: la obsesión lingüística de Wolfson

 

Gabriel Wolfson, Profesores, conaculta, México, 2015, 94 p.

 

La línea entre la prosa y la poesía: frontera inevitable (sea solamente ficción de críticos, sirena cantada por marinos igual de esquivos que sus musas), es desvelo de muchos escritores que, como Gabriel Wolfson, se obsesionan con desmenuzar el lenguaje, hacerlo propio, transformar la narrativa en cavilación sintáctica, batalla entre el significado y el significante.

Profesores, libro de cuentos (o metacuentos, o cuentos imposibles, o reflexiones sobre la imposibilidad de los cuentos) del escritor Gabriel Wolfson, disputa con esa capacidad analítica, llevada a lo inclasificable, de la actividad literaria. La obra corresponde a un autor fascinado con las palabras. Wolfson se ciñe como un diletante, igual un musicólogo, del verdadero sentido de una frase. La cuentística se vuelve hostilidad semántica, agujero negro, enfermedad y cura.

“Durmiendo con el enemigo”, me remonto al título de alguna película trivial porque es justo lo que hace este escritor: yacer con las palabras, presumirlas aliadas, subestimarlas a pesar de que nos mantienen en vela, ojos abiertos, expectantes, sedientos. Wolfson no es un escritor sencillo, tampoco cuentista de prosa inhibida. Se trata, más bien, de un cazador de epifanías lingüísticas, de revelaciones que se postergan hasta lo inevitable. La trama de un relato, la argucia cuentística, avanza a la par de las digresiones gramaticales, de la trampa del lenguaje. Caemos, pues, fuerte y directo, en este pozo que refleja nuestras obsesiones (de naturaleza distinta, claro está, pero obsesiones al fin), y que contrapone esa conceptualización de que el cuento es unidad-efecto, vuelta de tuerca, exposición prosaica. Wolfson es, por el contrario, rompimiento de reglas, aniquilación de estructuras.

Lo anterior se aprecia desde “Rima”, el primero de los tres cuentos (o metacuentos, o cuentos imposibles, o reflexiones sobre la imposibilidad de los cuentos) que conforman Profesores. Aquí, la enfermedad lingüística, la obsesión gramatical, son el personaje de la historia y Jota Ce, profesor que acaba de perder su empleo, el recipiente de una trama que no logra desenvolverse por la búsqueda de ese sentido. Las frases, los hexasílabos, el rimo y la rima, son el obstáculo de la anécdota, un llamado a no pasar por alto los pequeños detalles, a buscar en las esquinas, “en el rincón más apartado de la casa”, al insecto narrativo, el parásito literario, la enfermedad de quien va más allá de lo que nuestras ideas acomodan en torno al desarrollo de una historia.

“Rima” nos comprueba que el ejercicio literario no parte de una idea precisa, que no deviene en un punto definido en el espacio temático, sino que se desarrolla conforme avanza. Crece al rodar, como bola de nieve. Las dudas, entonces, se apilan como cartas, las preguntas forman torres que se balancean por el viento: ¿qué sucede con Jota Ce?, o, en todo caso, ¿qué se supone que debería suceder con Jota Ce? Su reflexión, por tanto, es minuciosa. El entorno en el que se desenvuelve es una metáfora de su existencia trunca: “Atrás de la puerta, y no atrás del clóset o del baño, es el rincón más apartado de la casa: frase ideal para une examen, piensa Jota: arguméntese a favor de la aseveración anterior. Eso tendría que decir el examen, desarrolle un argumento que sostenga la aseveración anterior. El problema es que Jota ya no tiene alumnos y ha de resolverlo él: atrás de la puerta es el rincón más apartado de la casa porque la puerta es un límite de la casa, una función de la casa y no un conjunto que, aun si al interior de la casa, constituyera un ente distinto a la casa.”

A pesar del discurso metalingüístico, Profesores expone, como una unidad temática, el asunto magisterial desde distintas perspectivas. Los personajes de los tres cuentos se vinculan con el medio educativo; sin embargo, éstos fungen, únicamente, como modelo crítico: las reflexiones que giran en torno a ellos (y a partir de ellos) convierten un tópico controvertible en algo trivial, accesorio. Lo sustancial está en lo narrativo, en la imposibilidad de la anécdota. De ahí que el episodio concerniente a Jota Ce se detenga en las reflexiones de este personaje, en el devaneo gramatical que le ayuda a deconstruir su escenario: el edificio en donde vive, las personas que cohabitan en éste, las actividades que los ocupan: “Pero en este lugar, dice Jota a un hipotético auditorio, me permite odiar a la vecina al mismo tiempo que me impide saber quién es.”

Jota Ce no es un conocedor sensorial, no elucubra a través de los sentidos; lo hace, en realidad, por medio de significantes: el sonido de unos pasos determina si un inquilino está ausente, si parte al trabajo o si ya ha regresado; lo anterior, a pesar de que este personaje nunca ha visto a sus vecinos, que jamás a cruzado palabra con alguno de ellos. Lo suyo es especulación, simulacro, quimera: “Si escucha ruidos y hay luz, las nueve de la mañana.”

En “Ve”, las disertaciones sintácticas son todavía más contundentes. Desde el inicio del relato, sabemos que el narrador recibe una carta. Por lo mismo, la trama se desarrolla desde ese “otro” e, incluso, sobre lo que se conjetura sobre aquél. Las hipótesis versan entonces, sobre que debería suceder, nunca sobre lo cierto. Una punta del iceberg a partir de la cual se conserva la potencialidad del personaje: en este caso de “A” (de anónimo, de anodino, anacrónico) cuya perspectiva crece por medio de esa metanarrativa epistolar: “Digo A por comodidad. Es más fácil decir A que decir antiguo, arnoldo, abeja, aritmética. A se llama Arnoldo, nombre que no lo convence mucho, así que si yo escribo una carta pongo Querido A. Por comodidad y por respeto a las manías ajenas; A. (Y esta será la única vez que la palabra arnoldo aparezca en lo que yo diga).”

Es difícil no encontrar asideros externos. Autores que presenten un punto de comparación con la obra de Gabriel Wolfson. En el caso de Profesores, me viene a la cabeza el ejercicio inacabado de Pablo Palacios. Su obra reiterativa, cazadora de inventiva lingüística. Su libro de cuentos Un hombre muerto a puntapiés, presenta relatos que se empatan con este discurso espiral, que repercute en el ejercicio mismo de lo escrito, así como en aquello que debería escribirse.  En Wolfson hay un eco de “Las mujeres miran las estrellas” o “Relato de la muy sensible desgracia acaecida en la persona del joven Z”. Su disertación alcanza, incluso, la pulcritud estilística (dotada de esa irascibilidad del lenguaje) que Palacios experimentó en dos novelas: Débora y La vida del ahorcado. Ambas son obras de lo imposible, ditirambos que dan vuelta sobre sí mismos al tratar de desentrañar el sentido literal de lo que se escribe. Se trata, al igual que en Profesores, de colocar la prosa en una plancha para cadáveres, a fin de realizar una necropsia: visualizamos lo absurdo, lo extremo e inconmensurable del lenguaje.

A todo esto, la lógica siempre reclama asideros. De ahí que el libro no se resuma a una reflexión inconexa, sino que también busque elucubrar un sentido crítico del aspecto magisterial. Profesores es, en parte, la trama medular de los relatos que abordan el aspecto académico, visto también desde las obsesiones de los académicos, portavoces de esa entelequia lingüística, ofuscados tejedores del sentido de una frase, un axioma, un pensamiento: Jota Ce, A, el Contador, personajes homogéneos en ese sentido de que se cuentan “desde el otro”, igual de irreales que las misivas que envían, que las presencias inasibles que los rodean, se trate de personas o mascotas como en el caso de Rufino: “Podría decirte, escribiría el viejo, escribe A, que Dora tiene unas manos muy grandes y carnosas, lo cual noté inicialmente porque Dora me ayuda en muchas de mis actividades cotidianas. Aquí seguiría varias líneas que describieran algunos rasgos físicos de Dora, pero quien escribiera esto, escribe A, tendría que seleccionar términos imprecisos, palabras que pudieran caer en uno u otro lado, como creo que es quizá, escribe A, la palabra “carnosas”. A piensa en otras posibles opciones de as que podría echar mano quien finalmente escribiera la historia.”

“Parte” es, en la misma línea, un discurso sosegado que vincula a un hombre con una joven, la segunda como plataforma de lo narrable, como aspiración de lo que debe (y puede) contarse, situación que se elucubra como cualquier otro misterio: partiendo de hechos supuestos, de conjeturas, de otros misterios, de partes y nunca totalidades. Sara acude a casa del Contador, donde debe alimentar a una mascota, Rufino, un animal del que nada se nos describe. Esta presencia puede ser cualquier cosa, igual un gato que un ente desconocido como en “El mico” de Francisco Tario. La obligación de alimentarlo es pasaje a divagaciones, igual de inasibles que en el resto de las historias: la superposición de posibilidades, de historias narrables, de vínculos entre lo que es y debió ser. “La cosa es simple: tomar las llaves, ir al departamento, abrir y entrar, prender las luces, abrir la alacena encima del fregadero y sacar la bolsa de alimento. Sara ya no conocerá el interior de la alacena, entre otras cosas porque el Contador, antes de irse, decide dejar una enorme bolsa de alimento junto al traste de Rufino Romero.”

Sara es, como el resto de los personajes indirectos de los cuentos, reflejo de emociones truncas, de pensamientos suicidas. Es el “qué será” que no fue. La presencia de Rufino, por igual, enarbola el misterio que engrandece el departamento del Contador: el espacio literario en donde ocurre lo que, en realidad, no ocurrió.  

La literatura de Gabriel Wolfson es osada. No concede ni otorga. Las situaciones son, aun así, tan (aparentemente) triviales, que nos sentimos inmersos en un entorno kafkiano. Algo similar sucede con la “Trilogía involuntaria”, de Mario Levrero, compuesta por La ciudad, París y El lugar. Tres novelas que nos adentran en laberintos discursivos como lo hacen los tres cuentos de Wolfson. De igual manera, a pesar de que las historias se desarrollan en México, el escritor posee ese hálito de universalidad (después de todo, otro de sus temas es la falta de pertenencia), característico, también, en Levrero. Tal vez por eso, como apresurado resumen, pueda pensarse que la intención del escritor se resume en las palabras que el profesor Ancona profiere en “Rima”, una frase que domina la vida de este individuo, a pesar de que desconoce cómo debe utilizarse: “No se quién soy pero sé de lo que huyo” (así, sin coma). No sé quién es Gabriel Wolfson. Tampoco sé de qué huye. Pero estoy seguro de que, al menos, ha logrado encontrar una voz única dentro de la literatura latinoamericana contemporánea.