Pastilla camaleón de Julian Herbert

Herbert: Autobiografía órfica por José Homero

La poesía es eco. Carl Sandburg, en una sentencia famosa, escribió que “La poesía es un eco invitando a bailar a una sombra”. La condición resonante, vestigio que impregna la memoria y se disemina por el discurso como un olor pronunciado que se adentra adensándose en las cámaras, a menudo se ha asociado, casi de manera única y por ello reductiva, con la coincidencia de los sonidos finales de los versos, cuya asonancia o consonancia determinan musicalidad. Compás que permite la nmemotecnia según explicara Walter Ong.

Ciertos poetas han procurado extender esta condición musical y en vez de la percusión en los fines del verso prefieren las resonancias en la abertura/obertura. No es casual que quienes eligen esta vía prefieran el versículo o la prosa a los poemas de lindes definidos. Sin embargo, fuera ya de las cualidades del metro y del ritmo tan invocadas para definir la poesía, hay una resonancia más profunda y que es la que ha menudo constituye la urdimbre de un poema.

Un poema es ante todo un artilugio para concitar y convocar la memoria; una cápsula de tiempo —recuerden: cápsula—. Un artefacto que mucho tiene de piedra; de objeto cuyo hallazgo implica una revelación. En el caso de la poesía de Julian Herbert nos enfrentamos, en una primera impresión y de ahí cierto equívoco en su lectura y su valoración, a un poeta que se asume y suma dentro de las tendencias neobarroquizantes, cuyas aguas bañaron la lírica del continente latinoamericano en la mitad de los ochenta y ya en bajamar las postrimerías de los noventa. Y sí, hay una intencionalidad y una especie de amaneramiento en esta poesía por afianzarse en motivos retóricos partícipes de la similitud fonética, tal la paronomasia, la metonimia. Cito apenas unos para salir del paso:

 

Tañer en gotas de cartílago.

Cartago congelada en el incendio.

(p. 21)

 

(Me encantan estos versos porque la paronomasia se convierte en rima.)

 

Aburrido de ser hijo de Orfeo

y cantar todo esto en un orfanato,

 

Si para el oído profano la rima, la coincidencia de los sonidos al final de un verso, sustenta una musicalidad, condición que para el verdadero poeta no reposa en las terminaciones sino en la distribución acentual, en la variedad de timbres, del mismo modo la aliteración parece un pretexto para urdir o avanzar a través de una caótica significancia. Sometido a un asedio poético, el caos permite una mancia y en esas cartas aparecen los mapas: de la memoria, de la filiación. El poeta es un hijo de Orfeo, que se comprende extraviado en una época donde no hay espacio, territorio para el poeta, en trance de extinción como los indios nómadas del norte de México perdieron su hábitat. Ese hijo de Orfeo es también un huérfano que a través de diversos tapices textuales persigue definir su relación con el padre y trazar el mapa con la herencia materna. Novela familiar como en el caso de José Kozer que es un pretexto para las mutaciones. De ahí también las menciones al Libro de las Mutaciones en la obra de Herbert. Reverbera y en la refracción resplandece entonces el sentido del epígrafe:

 

I’m the son and heir

Of nothing in particular

 

Sostengo que la paronomasia y vecinos del barrio, la metonimia, no son gratuitas ni dejos de un amaneramiento sino herramientas que permiten al poeta, al escritor por añadidura, potenciar la escritura. Harry Blamires, crítico de James Joyve y de T. S. Eliot estudió la economía referencial descubierta por Joyce a través de las alusiones y correspondencias que resonaban y proseguían su relación en la memoria. El significado de una palabra se potenciaba con las reverberaciones de su intencionalidad. Como cuando rumiamos un recuerdo y de pronto la epifanía nos permite comprender las intrincadas correspondencias y tejidos que no habíamos advertido. Rizomático sentido que en Herbert permite a la paranomasia no ser sólo la articulación entre vigía y vigilia o zanahoria y zahir —metáfora y metonimia que aluden a ser guiado y guiar— sino que apuntala versos que con ligeras modificaciones, tal temas en el sentido musical, vuelven a articularse, insinuarse, descomponerse en otros poemas.

La maestría poética de Herbert parte de establecer un mazo de figuras simbólicas que en la baraja irán decantándose y saliendo. La relación con el padre, la obsesión con la muerte, en especial por el ahorcamiento, sea suicidio o colgamiento, las balas, las relaciones amorosas, san Francisco y los nazis, la condición judaica, el nomadismo de los indios del Norte, los caballos, el sentido de la lectura… Estampas que emergen en el discurso y que conforme a la tirada pueden representar distintos momentos de una vida. Diríase que el lector, al recordar las menciones a una bala, a un suicidio, a una soga, a una esfinge, va construyendo en su memoria el sentido del texto —y esa bala me recuerda la variación de Haroldo de Campos tramada por Ricardo Yánez.

Al final no hay una línea de lectura. No podemos proponer un sentido en una secuencia, pero sí podemos proponer que hay un sentido a través de este caldo aderezado con retazos, huesos y restos de verdura, carne y especias. Herbert, ya deberíamos de comprenderlo, es especialmente un poeta autobiográfico, poeta de la experiencia personal que como en los grandes líricos pop, destila experiencia generacional. Estamos ante un poeta de la memoria que escruta la tradición, la cuestiona y procede a diseccionarla con mecanismos que exhiben la ficcionalización de los deicticos: aquí, ahora. ¿Cuáles son esas marcas? Cuál es el presente? Ejemplar al respecto “Dueña de África”, poema metalingüístico que a un tiempo propone un diálogo con la tradición, un conocido romance en este caso, al tiempo que reconstruye nuestras ideas aceptadas sobre el tiempo y el lugar de la poesía.

Poesía de la hiperreferencialidad a condición de que consideremos hiperreferencialidad un término que imbrica ya la intertextualidad. Remanente de los vínculos, de las ventanas emergentes que conducen a otro espacio, suerte de contención de diversas posibilidades de lecturas, pero también un palimpsesto donde de repente detonan las tonadas conocidas de otros textos. Unos ejemplos, de nuevo, para salir y apurar el paso, aprisa, aprisa:

 

Hay peces que cruzan el pantano

(p. 48)

Es algo digno de ver aunque esta bala esté chupándose mi cuello. Es algo bello que nosotros conservamos.

(p. 49)

Vine a América porque me dijeron

que acá había mucha plata.

(p. 50)

 

Del mismo modo en la composición de los poemas hay una poética de la cita. “Franciscano” recuerda la modulación de la poesía de Antonio Cisneros y “Batallón de San Patricio” recuerda además de a la Antología de Spoon River de Edgar Lee Master —un tono que resuena en varios de los poemas— a los Cuentos de soldados de Ambrose Bierce, muy especialmente al celebérrimo “Un incidente en Owl Creek”, para no hablar del abundante relleno de versos de Eliot pervertidos y deglutidos que aparecen una y otra vez. O de san Juan. O de Villon.

La poética del modernism aportó, más allá de ciertas figuras inmanentes —los hemistiquios, el verso proyectivo, la inclusión del blanco como espacio simbólico— una nueva forma de referencialidad. Los conceptos, que en la veta de la disquisición de Ezra Pound correspondían a la melopeia: la danza de los conceptos. Herbert, lector atento de Eduardo Milán, de Eduardo Espina, de Antonio Cisneros y José Kozer —con quienes comparte esa pasión por la novela familiar— es sobre todo un avezado lector del modernism. Resuenan su Pound pero muy especialmente el Eliot de los Cuartetos. Y su lectura es una criba y una asunción de mecanismos. Mecanismos como motivos: la soga, San Francisco, los caballos, los nómadas, el ahorcado —carta del Tarot que se convierte en personaje irlandés reflexionando al momento de su muerte, Isaac Newton, físico y nigromante que adopta la modalidad órfica para comerciar con frutos del subsuelo, evocación del suicidio en las tonadas de Nirvana, simbolismo adolescente que se imbrica con el mito órfico—. Pastilla camaleón es la decantación personal de la búsqueda del yo poético en los meandros oscuros, cenagosos, de la depresión. Desciendente de Orfeo, el poeta repite el itinerario hacia el submundo para rescatar su ánima. Pastilla camaleón ahonda en esa poética que en Kubla Khan Herbert definiera como una coreografía hipertextual. Y asienta que el poema es el lugar donde la memoria “cercena lo que une”.

Texto publicado en la edición 139 de Crítica


Julian Herbet, Pastilla camaleón, Bonobús, 2009.


Escrito por José Homero

Nació en Minatitlán, Veracruz, el 2 de diciembre de 1965. Poeta, narrador, ensayista, editor, traductor y videoasta. Estudió derecho (dos semestres: 1984-1985) y la licenciatura en letras españolas en la UV (1985-1989). Fue director de El Ágora de la Ciudad del DIF-Veracruz en la ciudad de Xalapa (1987-1988) y jefe del departamento de publicaciones del IVEC (1989-1990). Ha laborado en el departamento editorial de la UV desde 1999. Fundador y editor de varias revistas dedicadas a la literatura y la crítica de arte, la más conocida de ellas es Graffiti (1989-2000). Ha sido maestro en la Escuela de Escritores de Veracruz y del Instituto Literario de Veracruz en Xalapa; coordinador de talleres con diversos temas literarios. Es creador de los videos: Azotea (con poemas de su creación) y un documental sobre Sergio Galindo, UV, 2002. Colabora en distintas publicaciones periodísticas como Ágora, Confabulario de El Universal, El Ángel de Reforma, El Istmo en la Cultura, Graffiti, La Gaceta del FCE, La Jornada Semanal, México en el Arte, Revista Universidad de México, Siempre!, Tierra Adentro, y Vuelta. Obtuvo la beca en homenaje a Efraín Huerta, CONACULTA, 1989. Becario Jóvenes Creadores del FOECA Veracruz, en poesía, 1992, 1994; Creadores con Trayectoria, en ensayo, 2000 y en poesía, 2003.