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Pasos pesados, de Gunter Silva | Judith Castañeda Suarí

Devorados

Judith Castañeda Suarí

 

Gunter Silva, Pasos pesados, Myrdle Court Press, Inglaterra, 2016, 156 p.

 

Con Pasos pesados, su primera novela, el escritor peruano Gunter Silva Passuni pone ante nosotros una obra inscrita en la narrativa de formación y centrada en la figura de Tiago E. Molina, estudiante universitario con una biografía que, si bien es difícil a causa de su orfandad, de unos estudios y un empleo simultáneos, también se parece a la vida de muchos jóvenes no sólo en Perú.

Dos son los aspectos a resaltar de este libro, publicado bajo el sello de Myrdle Court Press: su estructura y el entorno que contiene a los personajes. En el caso de la estructura, está construida por una voz en tercera persona. El lenguaje que vierte en ella el también autor de Crónicas de Londres tiende hacia lo coloquial y, aunque posee construcciones logradas y chispazos de humor en varios de sus diálogos, podemos encontrarnos asimismo con frases que se aproximan al lugar común. Entre estos altibajos está, por ejemplo, un espejo que devuelve la imagen de un hombre joven, feliz y asustado a la vez, contraponiéndose a las montañas arrugadas por el arado del tiempo o a un universo que de pronto parece rectangular en cuanto se aborda el transporte público.

Sin embargo, creo que es el segundo aspecto, el del entorno, el que resalta más en Pasos pesados. El autor, nacido en Lima en 1977, lo describe así en el segundo capítulo: “A media mañana del día siguiente, el bus interprovincial de la empresa Tepsa prendía los motores con destino a Cuzco. A la salida de la capital, los graffitis colonizaban las paredes polvorientas de la ciudad: unas veces era arte ambulante y periférico, otras veces frases inconclusas o siglas que solo podían tener significado para un buen descodificador”. Y al entregárnoslo en tales términos, Gunter hace de su escenario algo cercano a nosotros, un paisaje que no obedece ni a una época ni a un país, pese a estar enclavado en el Perú de finales de los ochenta y principios de los noventa, como podemos advertirlo en la palabra “combi”, en los casetes que comparten territorio con los primeros discos compactos, o en la música de Soda Stereo, con la que Tiago celebra su entrada a la universidad, luego de contener la respiración escuchando al locutor de radio que da los resultados para los estudiantes de nuevo ingreso.

Es familiar pero no idílico el entorno de Pasos pesados. No estamos frente a la imagen de una tarjeta postal ni hojeamos guías turísticas. En cambio, asistimos a un lugar duro, a un sitio que moldea de distintas formas a quienes buscan la supervivencia en su interior.

Así, están las personas que visten uniformes de comando y portan emblemas de S. L., como las describe Gunter Silva, y en quienes el lector descubre a Sendero Luminoso, el grupo terrorista fundado y lidereado por Abimael Guzmán.

Estos desconocidos interrumpirán el viaje del reciente alumno, quien se había prometido ir a Cuzco si lograba su entrada a la universidad. El autor presenta su accionar contradictorio y su discurso vacío, vago en su pretendida universalidad, pues se trata de palabras que cualquiera puede esgrimir como propias sin que alguna vez llegue a cumplirlas. Ello a través de una mujer con el rostro semicubierto por un pañuelo rojo. Su discurso, el mismo que el chofer del autobús ya escuchó antes, se refiere a la intención que tiene su movimiento de arrebatarle el poder a los gobernantes, lacayos del imperialismo yanqui, y de aplicar políticas anticorrupción. Mientras ella habla, uno de los hombres le roba a Tiago el reloj y la cartera y el resto del grupo hace lo propio con los demás pasajeros, tomando billeteras y cualquier objeto de valor.

Este grupo, al modificar lo planeado por el personaje de Gunter Silva, hace hincapié en la dureza del ambiente, convirtiéndose al mismo tiempo en parte de él. Y Tiago se amolda lo mejor que puede; luego de un interrogatorio por parte de un suboficial del ejército, completa su viaje con dinero oculto en el zapato izquierdo, abordando un camión de carga.

Pese a lo anterior, el personaje conserva, por lo menos al principio, esa cierta esperanza que otorgan la juventud y un panorama en apariencia sin fronteras. Entonces vemos a un Tiago que trabaja y al mismo tiempo trata de cumplir con los deberes de la universidad, sin importar si los entrega a última hora o si recibe una prórroga. El joven mantiene estos ánimos aun después del incidente con el grupo de Sendero Luminoso, en Cuzco, hospedado en un albergue donde comparte habitación con dos israelitas y un norteamericano, donde alguien le roba el dinero que logró conservar al escondérselo en el zapato.

Pero esto cambiará: el joven que no se atreve a devolverle el favor al posible ladrón del albergue en el barrio de San Blas, al que le tiemblan las manos y el corazón cuando va a revisar la casaca de uno de sus compañeros de cuarto, no será el mismo que acepte participar en el robo a alguien que nunca ha sufrido uno, pues “nadie en el país se metería con el Chayahuita”, el jefe del Servicio de Inteligencia.

Junto a él, como algo cercano a una figura paterna, está El Gato, uno de los profesores de la universidad. El autor, avecindado en Londres, lo presenta como una especie de rockstar. De frente amplia y ojos verdes detrás de una montura de carey, El Gato expone ante sus alumnos con rigurosidad, como si se tratara no de estudiantes sino de un grupo de eruditos en lingüística, y no afirma nada sin haberlo corroborado al menos tres veces. Además, posee el ingenio que puede volver amena una clase o hacerlo demoledor frente a personas con conocimientos menores a los suyos. El lector advierte en él a alguien que trata de conservar sus posturas, pese a las consecuencias que esto pueda acarrearle.

El hecho de atribuir tantas cualidades a un personaje podría parecer exagerado; sin embargo, creo que el narrador en tercera persona, ese que conoce incluso los pensamientos, podría estar describiéndolo a través de los ojos de sus alumnos, engrandecido bajo el prisma de su admiración.

De cualquier modo, dichas cualidades traen consecuencias muy lejanas al afecto, no con personajes humildes, como el joven de la limpieza que trata de “Doctor” al Gato, le invita un mate de vainilla y le dice que tiene el derecho de reclamar porque su despido es injustificado, sino ante las autoridades del campus. Éstas últimas son la forma que adopta el ambiente para mostrarse ante el profesor.

Así, no importa si El Gato se encuentra en el sitio apropiado para pensar con libertad, el profesor no podrá ejercer tal derecho. Y el precio a pagar por intentarlo irá mucho más allá de un simple despido, de los insultos y las risas burlonas que escucha antes de salir del campus de manera definitiva. El “rojo de mierda” que le grita uno de sus colegas, José de la Torre, ha de convertirse en un Chevrolet blanco de lunas negras que lo persigue, en un disparo que llena la noche de una ciudad que parece derretirse.

Otros personajes conviven con Tiago: Neyra, quien sin más se acerca a él en la universidad; Cazafortuna y sus amigos; los hermanos Chasqui y Chusco, de los que recibe ayuda durante su viaje a Cuzco; Waikicha, prima de Cazafortuna; Ana, compañera de curso, a quien Tiago conoce gracias a un mojito que él prepara con exceso de azúcar y a la soledad del Mamá África, bar donde el muchacho trabaja para reunir dinero y así regresar a Lima.

Cada uno de ellos se amolda al entorno como mejor puede a fin de sobrevivir; Cazafortuna es el tipo que te puede vender desde un alfiler hasta un jet privado, sale con turistas, los dos hermanos leen, van a bares, fuman yerba, se mudan a Lima, conduciéndose siempre con ligereza porque, después de todo, el final de cualquier ser viviente es el mismo. Aquí la diferencia radica en Ana, una joven de elevada posición social.

Ana no necesita buscar un medio de subsistencia; gracias a la fortuna del empresario José Mauricio del Valle, su padre, ella habita en una casa amplia y llena de antigüedades de la que Tiago se enamora desde su primera visita, sale de vacaciones y a bares; tiene la vida resuelta. Pero lo cierto es que hay una gota de inseguridad en todo y la rueda de la fortuna gira siempre, sin importar ni clases sociales ni razas. Por lo menos así ocurre en el libro.

Veremos cómo el escenario que Gunter Silva teje en Pasos pesados le muestra a la joven lo inútil del dinero y de un nombre elevado, pues podrían desaparecer en cualquier momento debido a unas cuentas bancarias congeladas y a bienes confiscados luego de un problema de corrupción. Entonces seremos testigos de cómo Ana debe someterse a la aspereza del mundo, la que por lo regular elige a sus víctimas entre los humildes, aunque ello no sea una constante.

La forma de actuar cuando se está a merced del entorno o, mejor dicho, del destino, me parece que es lo que llama la atención. Los personajes salidos de su pluma, de los recuerdos que tiene del Perú de aquella época, deben adaptarse a su destino. Algunos moldean sus actos, aprovechan cualquier oportunidad, otros quizá consideren la muerte o la huida, dependiendo de las fuerzas con que se opongan al rostro desagradable que muchas veces nos muestra la existencia. Llegados a este punto, más allá del papel, los posibles lectores pensarán en qué más se puede hacer. Quizás enfrentar al escenario o dejarse devorar por él; tal vez lo mejor sea tomar la propia vida como si de un manto liviano se tratara, igual que Cazafortuna, Chasqui y Chusco, y adaptarnos a ella para no herirnos las manos mientras la sostenemos.

 

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